Natividad de la Santísima Virgen María
     





 
 
Natividad de la Santísima Virgen María
8 de Septiembre
 
Esta fiesta mariana tiene su origen en la dedicación de una iglesia en
Jerusalén, pues la piedad cristiana siempre ha venerado a las personas
y acontecimientos que han preparado el nacimiento de Jesús. María ocupa
un lugar privilegiado, y su nacimiento es motivo de gozo profundo.
En esta basílica, que había de convertirse en la iglesia de Santa Ana
(siglo XII), san Juan Damasceno saludó a la Virgen niña: "Dios te salve,
Probática, santuario divino de la Madre de Dios … ¡Dios te salve, María,
dulcísima hija de Ana!". Aunque el Nuevo Testamento no reporta datos
directos sobre la vida de la Virgen María, una tradición oriental veneró
su nacimiento desde mediados del siglo V, ubicándolo en el sitio de la
actual Basílica de "Santa Ana", en Jerusalén. La fiesta pasó a Roma en
el siglo VII y fue apoyada por el Papa Sergio I. Su fecha de celebración
no tiene un origen claro, pero motivó que la fiesta de "La Inmaculada
Concepción" se celebrara el 8 de diciembre (9 meses antes). El Papa Pío X
quitó esta celebración del grupo de las fiestas de precepto

Himno
I

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.

De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale luz clara y digna
de ser pura eternamente;
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

Gloria al Padre, y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
Amén.

O bien
II

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Canten hoy pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.

Dignan, Señora de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense desde ahora,
para cuando venga Dios.

Y nosotros que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también
el corazón y las manos.

Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios. Amén.

Oración:

Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos
hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la
Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento.
Por nuestro Señor Jesucristo,
Amén.
   
  Nuestros ojos se alegran cuando en las cimas de los montes ven el oro de la luz
primera, precursora de la claridad del sol. Así se alegra la Iglesia en este día
de la Natividad de la Santísima Virgen. «Tu nacimiento, ¡oh Virgen gloriosa!,
anuncia para el mundo entero la más pura de las alegrías.» Así canta la liturgia,
invitándonos a participar en ese regocijo, a honrar esa luz naciente, a coronar
esa cuna con los lirios y las rosas de los santos deseos y las alabanzas sinceras.
Y añade, en un éxtasis de admiración ante la belleza de la criatura privilegiada
que acaba de venir al mundo: « ¿Quién es ésta que avanza con la gracia de la aurora,
hermosa como la luna, escogida como el sol, envuelta en los aromas de todas las
virtudes? Bella imagen, que en esta hija de David tiene la más alta realidad, que
nos sugiere el encanto de sus misteriosos destinos y nos resume la gloria de su
formidable grandeza. Ella será sobre el horizonte del mundo como el alba del día de
la verdad, como el despuntar de la luz de la fe; ella anuncia el sol de la gracia,
preconiza la alegría de la salvación y asegura la realización de nuestras esperanzas.
Su aparición es un gozoso despertar para el mundo entumecido. Huyen las sombras, se
disipan los miedos, un dulce fulgor inunda todas las cosas; se entreabren las flores,
ávidas de claridad, se llenan de esencias los campos y los aires de armonías;
resucita la naturaleza, danzan las aguas, fulguran las hojas de los árboles, y
agitado por un anhelo de vida universal, se prepara a recibir al astro del día.
Esto es la aurora, esto es el nacimiento de María; es la alborada del Señor, Termina
la noche de la incertidumbre, que hacía llorar a Jeremías; asoma el amanecer en que
desciende el rocío del Cielo, y a la voz del vidente, que pregunta al centinela sobre
los terrores nocturnos, contesta el grito alborozado: «Las sombras huyen, la estrella
matutina fulgura en medio de la niebla, y una gran luz aparece para los que se
sentaban en la oscuridad de la muerte.» Y el terrible Elías, el profeta del fuego,
suaviza su semblante, y desde sus místicas almenas nos dice, dibujando una sonrisa
entre sus barbas de nieve: «He aquí que veo una nubecilla, chiquita como la huella
de un hombre, que sube desde la llanura del mar.»

Porque esta niña que acaba de nacer en un humilde lugar de Palestina, en una casa
humilde, de unos padres humildes y desconocidos, aunque no ha sido recibida en una
cuna de oro y de marfil, trae todas las señales de la predestinación. No ha sido su
nacimiento como los demás nacimientos. Por vez primera no lloraban los ángeles cuando
aparecía un ser humano en la tierra; por vez primera se alejaba confusa la serpiente
del paraíso, y sonreía Yahvé y se alegraba el Cielo y temblaban las potencias
infernales. Sin embargo, nada nos dijeron los libros santos de aquel nacimiento, ni
de los padres de la niña, ni de la grandeza de sus antepasados. Ni las hazañas de
David, ni la gloria de Salomón, ni los cantos de los coros angélicos deben ocupar
nuestra atención al acercarnos a esa cuna gloriosa. Ninguna de esas cosas nos da la
verdadera grandeza de la criatura que acaba de nacer. Lo que ella es, lo que
representa en la historia del mundo, lo que significa en el tejido maravilloso de
los caminos de Dios, se encuentra en aquellas palabras evangélicas, de una
profundidad insondable: «María de qua natus est Jesús. Esta niña es María, de quien
nacerá Jesús.»

Día vendrá en que el Salvador de los hombres, la Sabiduría del Padre, el iluminador
de las almas, la alegría del género humano, tomará carne humana en el seno de esa
niña que hoy viene al mundo. Ella recibirá el mensaje divino, verá al Mesías salir
de sus entrañas purísimas, le mecerá entre sus brazos, le alimentará con la leche de
sus castos pechos, y cuando Él empiece a hablar, la llamará Madre, se abrazará a su
cuello, se dormirá en su recazo, y asido a su túnica aprenderá a dar sus primeros
pasos sobre la tierra. La gloria, la grandeza, el fin, el destino de esta niña, es
ser Madre de Dios. Para eso fue creada por el mismo Dios, que de ella quiso nacer.
Es al mismo tiempo Hija de Dios y Madre de Dios. Tal vez por eso los Evangelios no
nos hablan de sus antepasados. Su genealogía comienza por la divinidad y acaba por
la humanidad de su Hijo. Todo en María dice relación a Jesús, de quien se dirá en
Galilea: « ¿No es éste el Hijo de María? Y en relación a Jesús la predestinó Dios
Padre desde toda eternidad, y la formó el Verbo Creador, a quien todo debe la
existencia, y la enriqueció y hermoseó el Espíritu Santificador, que infunde los
celestes dones en las almas santas. La Madre era como un primer esbozo del Hijo.
En lo físico y en lo moral. Jesús debía recordar a María; debía ser, en cuanto a
su humanidad, como un retrato de María. «Quiso -dice San Bernardo- nacer de una Virgen
para no tener mancha alguna en su origen; quiso que ella fuese humilde para heredar
su humildad y su mansedumbre.» Del mismo modo que el artista empieza bosquejando en
pequeño la figura que se propone ejecutar en mayores proporciones, así Dios hace ya
aparecer en la Natividad de María un comienzo, un esbozo de Jesús, un anuncio de sus
infinitas perfecciones, una expresión viva y natural de su deslumbrante belleza.
Cuando Yahvé formaba al primer hombre, al modelar el barro, sus manos debían temblar
de amor, porque en aquel barro, dice Tertuliano, consideraba a Cristo, que debía
hacerse hombre algún día. «Pues bien—observa Rossuet—, si al crear al primer padre
de la humanidad pensaba Dios en el segundo Adán; si en consideración al Salvador
Jesús, le formó con tan moroso y amoroso cuidado, porque de él había de nacer su
Hijo después de una larga serie de siglos y generaciones, ¿no podemos concluir que
al formar a María, a la Virgen que debía llevarle en sus entrañas, sólo pensaba en
Jesús, y trabajaba para Jesús y anunciaba a Jesús?» Porque de todas las relaciones
que la humanidad tiene con el Hijo de Dios, después de la unión hipostática, no hay
ninguna más estrecha que esta unión de María; relación única, inefable, incomparable,
por ser individual, exclusiva, inmediata, virginal, maternal, divina. En cierto modo,
la maternidad de María es a la humanidad de Jesucristo lo que la humanidad es a la
divinidad.

He aquí el fundamento de todas las perfecciones de María. Formada en el laboratorio
de la divina sabiduría, como reflejo del Verbo, nada defectuoso debía caber en ella.
Un ángel, un mensajero de la corte celestial, podría saludarla con las más graciosas
palabras que han bajado del Cielo a la tierra: «Dios te salve, María; llena eres de
gracia.» Y este saludo no es solamente un testimonio de admiración y de homenaje,
sino la expresión plena de la realidad. Todas las gracias, todas las virtudes, todas
las perfecciones, debían reunirse en esta criatura privilegiada. Hija del Padre.
Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo. La pureza infunde en su cuerpo un soplo
celeste y aromático, la gracia le anima, la caridad forma su corazón, la prudencia
organiza su cerebro, el pudor modela su frente, la dulzura derrama suavidad en sus
labios, el recato hace su nido en sus mejillas, la modestia y la virginidad vierten
divinos encantos sobre todo su ser, y toda ella, en sus palabras, en su andar, en
sus gestos, en sus facciones, es como un acorde maravilloso de modestia, de gracia,
de dulzura, de paciencia, de discreción, de fe, de fortaleza, de caridad y, para
decirlo en una palabra, una cifra de todas las perfecciones que los hombres han
cantado y admirado. «No había orgullo en su mirada—dice San Ambrosio—, ni ligereza
en su hablar, ni en su semblante dureza, ni precipitación en su voz, ni en sus
movimientos abandono. Todo el aspecto de su cuerpo era como la imagen de su alma y
el retrato de su santidad. Tan noble era su andar, que no parecía apoyarse en el
suelo, sino elevarse sobre él por su propia virtud.» Los Santos Padres han visto
condensadas en ella todas las maravillas derramadas a través del mundo visible;
San Agustín la llama la forma, el molde de Dios; y al aplicarla los más bellos
pasajes de los libros sapienciales, la Iglesia nos la presenta como el boceto
purísimo de la creación entera. Ordenada desde toda eternidad, existía antes que
la tierra con toda su hermosura. Antes que fluyesen las fuentes, que los montes
levantasen sus cimas hacia las estrellas, antes que de los labios de Dios brotase
la primera palabra creadora, ella era ya soberana del pensamiento divino. Los
ángeles aparecen como un reflejo de su alma, las flores como una sonrisa de su boca,
los astros como un parpadeo de su mirada, el mar como un espejo de su belleza, las
nubes como el escabel de su pie, los Cielos como el dosel de su gloria.
Todo esto es lo que representa el nombre dulce, amable y gracioso de esta niña que
hoy aparece en nuestra tierra, llenándola de esperanza, inundándola de gozo,
bañándola de luz. «Y el nombre de la Virgen, María», dice el texto sagrado; María
estrella de la mar; María, estrella del amanecer, aquella estrella de la cual se
había dicho en el Oriente: «Yo le veré, mas no ahora; yo le miraré, mas no de cerca.
Una estrella se levantará de Jacob; un cetro se levantará de Israel; herirá a los
príncipes de Moab y reinará Sobre todos los hijos de Set.» El cetro reina ya sobre
la raza humana; y el principio de su reinado fue la aparición de la Estrella en los
horizontes del mundo. Su luz sigue brillando dulce, clara y benigna, para guiar a
los extraviados hacia la casa paterna, para alegrar el alma de los que lloran, para
calentar los corazones que tiritan entre los hielos del odio y de la indiferencia.
«Oh, vosotros—dice San Bernardo—, que flotáis sobre la corriente de ese siglo, entre
las tormentas y los vendavales, tened los ojos fijos en la Estrella, si no queréis
sumergiros en las olas. Te sientes asaltado por el huracán de la tentación, arrojado
contra los escollos de las tribulaciones: mira a la Estrella, invoca a María. Tiemblas
agitado por el oleaje del orgullo, de la ambición, de la envidia, de la concupiscencia:
mira a la Estrella, invoca a María. Te aterra el horror del juicio, te turba la
enormidad de tus crímenes, te sientes arrastrado por el abismo de la tristeza y la
desesperación: piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las vacilaciones,
piensa en María, invoca a María. Tenia siempre en los labios, siempre en el corazón;
y para obtener el apoyo de su oración, no dejes de seguir el ejemplo de su vida. El
que la sigue, no yerra; el que la implora, no desespera; el que en ella medita,
camina seguro....»
 
   
  Fuente: http://www.ewtn.com
   
 

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