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Pentecostés
Qué es Pentecostés
Pentecostés es una de las celebraciones más
importantes del calendario litúrgico, después de la Pascua.
En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente
los israelitas, la unieron a la alianza en el Monte Sinaí, 50 días
después de la salida de Egipto. De ahí viene el nombre de pentecostés
(50 días). En este día recordaban que Moisés subió al Monte Sinaí y
recibió las Tablas de la Ley. El pueblo estableció un pacto con Dios,
ellos se comprometían a vivir según sus mandatos y Dios se comprometía a
estar siempre con ellos.
Los
cristianos celebramos esta fiesta 50 días después de la Resurrección de
Jesús. Pero Pentecostés no es una fiesta aislada en el tiempo sino que
junto con la Pascua y la Ascensión forman una unidad. Son un sólo y
único misterio.
El Espíritu es fruto de la Pascua. Estuvo en el
nacimiento de la Iglesia, y sigue presente entre nosotros, renovándonos
e impulsándonos a ser testigos de Jesús resucitado.
Algunos textos bíblicos:
Hech 2, 1-11
1 Cor 12, 3b-7.12.13
Rom 8, 8-17
Jn 20, 19-23
Fiesta de Pentecostés
Originalmente se denominaba “fiesta de las
semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los
primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169). Siete semanas son cincuenta días;
de ahí el nombre de Pentecostés (igual a cincuenta) que recibió más
tarde. Según Ex 34 22 se celebraba al término de la cosecha de la cebada
y antes de comenzar la del trigo; era una fiesta movible pues dependía
de cuándo llegaba cada año la cosecha a su sazón, pero tendría lugar
casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro
Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de
gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido
histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don
de la ley.
En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos coloca la
efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de
este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta
cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168).
PENTECOSTÉS, algo más que la venida del
espíritu...
La
fiesta de Pentecostés es uno de los Domingos más importantes del año,
después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la
cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el
Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto.
Aunque durante mucho tiempo, debido a su
importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la
liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima
solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un
paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en
donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena
pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo
tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es
la Pascua.
En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta
autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu
Santo. Aunque lamentablemente, hoy en día, son muchísimos los fieles que
aún tienen esta visión parcial, lo que lleva a empobrecer su contenido.
Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés,
es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los
cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación
existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del
Espíritu Santo.
Es bueno tener presente, entonces, que todo el
tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es
fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que,
además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida,
renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la
realidad que nos corresponde vivir.
Culminar con una vigilia:
Entre
las muchas actividades que se preparan para esta fiesta, se encuentran,
las ya tradicionales, Vigilias de Pentecostés que, bien pensadas y lo
suficientemente preparadas, pueden ser experiencias profundas y
significativas para quienes participan en ellas.
Una vigilia, que significa “Noche en vela” porque
se desarrolla de noche, es un acto litúrgico, una importante celebración
de un grupo o una comunidad que vigila y reflexiona en oración mientras
la población duerme. Se trata de estar despiertos durante la noche a la
espera de la luz del día de una fiesta importante, en este caso
Pentecostés. En ella se comparten, a la luz de la Palabra de Dios,
experiencias, testimonios y vivencias. Todo en un ambiente de acogida y
respeto.
Es importante tener presente que la lectura de la
Sagrada Escritura, las oraciones, los cantos, los gestos, los símbolos,
la luz, las imágenes, los colores, la celebración de la Eucaristía y la
participación de la asamblea son elementos claves de una Vigilia.
En el caso de Pentecostés centramos la atención
en el Espíritu Santo prometido por Jesús en reiteradas ocasiones y, ésta
vigilia, puede llegar a ser muy atrayente, especialmente para los
jóvenes, precisamente por el clima de oración, de alegría y fiesta.
Algo que nunca debiera estar ausente en una
Vigilia de Pentecostés son los dones y los frutos del Espíritu Santo. A
través de diversas formas y distintos recursos (lenguas de fuego,
palomas, carteles, voces grabadas, tarjetas, pegatinas, etc.) debemos
destacarlos y hacer que la gente los tenga presente, los asimile y los
haga vida.
No sacamos nada con mencionarlos sólo para esta
fiesta, o escribirlos en hermosas tarjetas, o en lenguas de fuego hechas
en cartulinas fosforescentes, si no reconocemos que nuestro actuar
diario está bajo la acción del Espíritu y de los frutos que vayamos
produciendo.
Invoquemos, una vez más, al Espíritu Santo para
que nos regale sus luces y su fuerza y, sobre todo, nos haga fieles
testigos de Jesucristo, nuestro Señor.
Los siete dones del Espíritu Santo

Los siete dones del Espíritu Santo pertenecen en
plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las
virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para
obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
Don de sabiduría
Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a
buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y de
nuestras obligaciones.
Don de inteligencia
Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.
Don de consejo
Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida
diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria
de Dios y el bien de los demás.
Don de fortaleza
Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin
duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.
Don de ciencia
Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro
corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.
Don de piedad
Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su
Padre.
Don de temor de Dios
Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación,
a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer
radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra
razón de ser y de vivir.
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RITU SANTO
DEL CATECISMO:
1830
La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del
Espíritu Santo.
Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para
seguir los impulsos del Espíritu Santo.
1831 Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de
Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2).
Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben.
Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las
inspiraciones divinas.
Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios...
Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de
Cristo (Rm 8,14.17)
Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por
Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las
mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.
Los dones son infundidos por Dios. El alma no podría adquirir los dones
por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente todo el orden
puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas
en gracia. Es incompatible con el pecado mortal.
El Espíritu Santo actúa los dones directa e inmediatamente como causa
motora y principal, a diferencia de las virtudes infusas que son movidas
o actuadas por el mismo hombre como causa motora y principal, aunque
siempre bajo la previa moción de una gracia actual.
Los dones perfeccionan el acto sobrenatural de las las virtudes infusas.
Por la moción divina de los dones, el Espíritu Santo, inhabitante en el
alma, rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es
la razón humana la que manda y gobierna; es el Espíritu Santo mismo, que
actúa como regla, motor y causa principal única de nuestros actos
virtuosos, poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida
sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.
Número de dones: La interpretación unánime de los Padres y la enseñanza
de la Iglesia enumera siete dones del Espíritu.
SABIDURÍA
Gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.
El primero y mayor de los siete dones.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 9-IV-89
La sabiduría "es la luz que se recibe de lo alto: es una participación
especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios...
Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un
conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere
familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en
ellas. ... "Un cierto sabor de Dios" (Sto Tomás), por lo que el
verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios,sino el
que las experimenta y las vive "
Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para
juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios.
Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las
realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los
valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de
Dios.
Ejemplo: "Cántico de las criaturas" de San Francisco de Asís... En todas
estas almas se repiten las "grandes cosas" realizadas en María por el
Espíritu. Ella, a quien la piedad tradicional venera como "Sedes
Sapientiae", nos lleve a cada uno de nosotros a gustar interiormente las
cosas celestes.
Gracias a este don toda la vida del cristiano con sus acontecimientos,
sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a ser
alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz "que
viene de lo Alto", como lo han testificado tantas almas escogidas
también en nuestros tiempos... En todas estas almas se repiten las
"grandes cosas" realizadas en María por el Espíritu Santo. Ella, a quien
la piedad tradicional venera como "Sede Sapientiae", nos lleve a cada
uno de nosotros a gustar interiormente las cosas celestes.
"La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en
nada la riqueza" Sb 7:7-8.
Por la sabiduría juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por
sus últimas y altísimas causas bajo el instinto especial del E.S., que
nos las hace saborear por cierta connaturlidad y simpatía. Es
inseparable de la caridad.
INTELIGENCIA
O ENTENDIMIENTO
Es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y
profundizar las verdades reveladas.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 16-IV-89
La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es
también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada.
Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente
con ella concede precisamente este don especial de inteligencia y casi
de intuición de la verdad divina.
La palabra "inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa
"leer dentro", penetrar, comprender a fondo.Mediante este don el
Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10),
comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el
corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva
entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras
haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a
otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el
camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24:32)
Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a
la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son
herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cfr Jn 14:26;
16:13) y a los fieles que, gracias a la "unción" del Espíritu (cfr 1 Jn
2:20 y 27) poseen un especial "sentido de la fe" (sensus fidei) que les
guía en las opciones concretas.
Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la
inteligencia de las cosas divinas, hace también mas límpida y penetrante
la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los
numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre
así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que
está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar
proféticamente el tiempo presente y el futuro. "¡signos de los tiempos,
signos de Dios!".
Queridísimos fieles, dirijámonos al Espíritu Santo con las palabras de
la liturgia: "Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo"
(Secuencia de Pentecostés).
Invoquemoslo por intercesión de Maria Santísima, la Virgen de la
Escucha, que a la luz del Espíritu supo escrutar sin cansarse el sentido
profundo de los misterios realizados en Ella por el Todopoderoso (cfr Lc
2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de Dios será también en
nosotros fuente de alegría inagotable: "Proclama mi alma la grandeza del
Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador" (Lc 1, 46 s).
CONSEJO
Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone,
sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más
al alma.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 7-V-89
2. Continuando la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, hoy
tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para
iluminar la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone.
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no
pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los
verdaderos valores, es la que se denomina «reconstrucción de las
conciencias». Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos
factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano,
cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas
elementos sanos y positivos.
En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en
primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus
miembros -de todos nosotros para obtener ante todo la ayuda de una luz
de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica
mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la
virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre
lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes
(por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que
recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia
confirma que «los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras
nuestras ideas», como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).
3. El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia,
sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más
al alma (cfr San Buenaventura, Collationes de septem don is Spiritus
Sancti, VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el «ojo sano»
del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva
pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor que hay que hacer en
una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil.
El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de
los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de
la montaña (cfr Mt 5-7).
Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo
particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en
virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.
Pidámoslo por intercesión de Aquella a quien saludamos en las letanías
como Mater Boni Consilii, la Madre del Buen Consejo.
FORTALEZA
Fuerza sobrenatural que sostiene la virtud moral de la fortaleza. Para
obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las
contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las
pasiones internas y las presiones del ambiente. Supera la timidez y la
agresividad.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 14-V-89
1. En nuestro tiempo muchos ensalzan la fuerza física, llegando incluso
a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el
hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el
campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones
internas y a las presiones que sobre el ejerce el ambiente circundante.
2. Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es
necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes
cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la
fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el
cumplimiento del propio deber.
Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que está
difundida la práctica tanto del ceder y del acomodarse como la del
atropello y la dureza en las relaciones económicas, sociales y
políticas. La timidez y la agresividad son dos formas de falta de
fortaleza que, a menudo, se encuentran en el comportamiento humano, con
la consiguiente repetición del entristecedor espectáculo de quien es
débil y vil con los poderosos, petulante y prepotente con los
indefensos.
3. Quizá nunca como hoy, la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad
de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la
fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no solo en
momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales
condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los
propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la
perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en
el camino de la verdad y de la honradez.
Cuando experimentamos, como Jesus en Getsemani, «la debilidad de la
carne» (cfr Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana
sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del
Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos
en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: «Me
complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las
persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy
débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12, 10).
4. Son muchos los seguidores de Cristo -Pastores y fieles, sacerdotes,
religiosos y laicos, comprometidos en todo campo del apostolado y de la
vida social- que, en todos los tiempos y también en nuestro tiempo, han
conocido y conocen el martirio del cuerpo y del alma, en íntima unión
con la Mater Dolorosa junto la Cruz. ¡Ellos lo han superado todo gracias
a este don del Espíritu!
Pidamos a María, a la que ahora saludamos como Regina caeli, nos obtenga
el don de la fortaleza en todas las vicisitudes de la vida y en la hora
de la muerte.
CIENCIA
Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con
el Creador.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 23-IV-89
1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, que hemos comenzado
en los domingos anteriores, nos lleva hoy a hablar de otro don: el de
ciencia, gracias al cual se nos da a conocer el verdadero valor de las
criaturas en su relación con el Creador.
Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del
desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación
de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme
riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el
riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el
fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de
las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar
de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que
el mundo se postra demasiado a menudo.
2. Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias
nefastas a las que puede llevar, he aquí que el Espíritu Santo socorre
al hombre con el don de la ciencia. Es esta la que le ayuda a valorar
rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador. Gracias a
ella -como escribe Santo Tomás-, el hombre no estima las criaturas más
de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia
vida (cfr S. Th., 11-II, q. 9, a. 4).
Así logra descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas
como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la
verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como
consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en
alabanza, cantos, oración, acción de gracias. Esto es lo que tantas
veces y de múltiples modos nos sugiere el Libro de los Salmos. ¿Quien no
se acuerda de alguna de dichas manifestaciones? "El cielo proclama la
gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos" (Sal 18/19,
2; cfr Sal 8, 2); "Alabad al Señor en el cielo, alabadlo en su fuerte
firmamento... Alabadlo sol y Luna, alabadlo estrellas radiantes" (Sal
148, 1. 3).
3. El hombre, iluminado por el don de la ciencia, descubre al mismo
tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su
intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al
pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a
advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y
confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la
necesidad de infinito que le acosa.
Esta ha sido la experiencia de los Santos... Pero de forma absolutamente
singular esta experiencia fue vivida por la Virgen que, con el ejemplo
de su itinerario personal de fe, nos enseria a caminar "para que en
medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en
la verdadera alegria" (Oración del domingo XXI del tiempo ordinario).
PIEDAD
Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para
con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre.
Clamar ¡Abba, Padre!
Un hábito sobrenatural infundido con la gracia santificante para excitar
en la voluntad, por instinto del E.S., un afecto filial hacia Dios
considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal para
con todos los hombres en cuanto hermanos e hijos del mismo Padre.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 28-V-1989.
1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva, hoy, a
hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante este, el Espíritu sana
nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con
Dios y para con los hermanos.
La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa
en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del
vació que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la
necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don
de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con
sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como
Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: «Envió
Dios a su Hijo..., para que recibiéramos la filiación adoptiva. La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre! De modo que ya no eres
esclavo, sino hijo...» (Gal 4, 4-7; cfr Rom 8, 15).
2. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo,
se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu
infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos,
haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre
del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe ver en los
demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de
Dios, que es la Iglesia. Por esto el se siente impulsado a tratarlos con
la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.
El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de
tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y
lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.
Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana,
que se fundamenta en la civilización del amor.
3. Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don,
confiando nuestra súplica a la intercesión de Maria, modelo sublime de
ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las
Letanías lauretanas Saluda comoVas insignae devotionis, nos ensetie a
adorar a Dios «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23) y a abrirnos, con
corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros
hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la «Salve Regina»: «i... 0
clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria!».
TEMOR
DE DIOS
Espíritu contrito ante Dios, concientes de las culpas y del castigo
divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. Temor a ofender
a Dios, humildemente reconociendo nuestra debilidad. Sobre todo: temor
filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a
Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y de
crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 11 -VI-1989.
1. Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del
Espíritu Santo. El Ultimo, en el orden de enumeración de estos dones, es
el don de temor de Dios.
La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de
Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No
ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o
acordarse de El, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de
ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del
pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles
del jardín» (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo
infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el
talento recibido (cfr Mt 25, 18. 26).
Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto del
temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime:
es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a
la tremenda malestas de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las
propias infidelidades y sobre el peligro de ser «encontrado falto de
peso» (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El
creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y
con el «corazón humillado» (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe
atender a la propia salvación «con temor y temblor» (Flp, 12). Sin
embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de
responsabilidad y de fidelidad a su ley.
2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del
temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la
conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo
divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la
certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna
de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el
alma sobre todo el temor filial, que es el amor de Dios: el alma se
preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no
ofenderlo en nada, de "permanecer" y de crecer en la caridad (cfr Jn 15,
4-7).
3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de
Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y
especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la
mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol
Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de
la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de
Dios» (2 Cor 7, 1).
Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad
transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos.
Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del
santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por
intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste o se
conturbó» (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad
que se le confiaba, supo pronunciar el fiat» de la fe, de la obediencia
y del amor.
ORACION
Ven Espíritu Divino
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido;
luz que penetras las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén.
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