
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de
la Arquidiocesis de Managua![]()
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(Ciclo A)
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Isaías
35,1-6.8-10
Santiago 5,7-10
Mateo 11,2-11
El tema del gozo domina el leccionario de este domingo.Es un gozo que atraviesa incluso la dimensión física del universo. El cuerpo y el cosmos son alcanzados por la fuerza de Dios que todo lo transforma. Las lecturas bíblicas de hoy nos invitan a renovar la confianza en la vida y en la historia. Contra el pesimismo que nos amenaza en estos difíciles momentos que vive la humanidad, la palabra profética y el evangelio insisten en la buena noticia de la liberación y de la esperanza. No hay que confundir, sin embargo, el gozo con el triunfo, la paz con el poder, la justicia con la venganza. El Mesías del gozo pleno no es un triunfador, sino un siervo, pobre en entre los pobres.
La primera lectura (Is
35,1-6.8-10), aunque ha sido colocada dentro de los oráculos del profeta
Isaías, que vivió en Jerusalén en el siglo VIII a.C., proviene ciertamente de
una época posterior, como lo demuestra su estilo literario y su teología. Es muy
probable que este texto haya sido escrito en la época del exilio, precisamente
cuando el pueblo experimentó más hondamente el dolor y la desesperanza y cuando
todo parecía contradecir las antiguas promesas y la fidelidad de Dios. Esta es
precisamente la novedad de este oráculo. La palabra del profeta brota de una
esperanza y una confianza tan grande en Dios, a tal punto de llegar a soñar y
anunciar un feliz retorno a la tierra: “Los redimidos del Señor volverán,
entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus
cabezas”(Is 35,10).
El Señor salvará a
su pueblo y reiniciará la historia de la alianza y de la fidelidad. El exilio no
es la última palabra de Dios sobre Israel. Dios es un Dios de vida y de
esperanza. Sin embargo, la tragedia ha sido tan tremenda y el sufrimiento tan
grande, que el retorno a la tierra implica una acción salvadora de Dios a
diversos niveles. La liberación tendrá que iniciar en el corazón del hombre
hasta llegar abrazar el cosmos entero. En primer lugar, en efecto, se anuncia la
liberación del desánimo y del miedo: “Decid a los de corazón intranquilo:
¡Ánimo, no temáis! Mirad que nuestro Dios viene vengador; es la recompensa de
Dios, él vendrá y os salvará” (Is 35,4). Luego se proclama la superación del
dolor y de las limitaciones físicas del hombre: “Se despegarán los ojos de
los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como
ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo” (Is 35,5-6a). Finalmente
se habla de una transformación benéfica del ambiente y de las estructuras de
muerte: “Serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se
trocará la tierra abrasada en estanque y el país árido en manantial de aguas”
(Is 35,6b-7a).
La acción
liberadora de Dios será total. El hombre y las estructuras del mundo quedarán
radicalmente transformados. Sólo así el pueblo se pondrán en camino hacia la
tierra: “Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se la llamará” (v. 8). La
historia podrá reflejar la gloria de Dios que es vida y salvación para la
humanidad: “Los redimidos del Señor volverán entre aclamaciones, y habrá alegría
eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán!” (Is
35,10).
La segunda lectura (Sant
5,7-10) nos abre también a la esperanza, compartiendo la “paciencia” de
los profetas (v. 10) los cuales, a pesar de las contradicciones y oscuridades de
la historia, comprendieron y sintieron que “la venida del Señor está cerca” (v.
8). Frente al panorama desconsolador de injusticias y violencias de la historia
humana, los profetas vivieron con la certeza que “el Juez está ya a las puertas”
(v. 9). Como el campesino que “espera el fruto precioso de la tierra aguardando
con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías” (v. 7), también el
creyente-profeta sabe esperar y prevenir el juicio de
Dios.
El evangelio (Mt
11,2-11) relata el desconcierto de Juan Bautista, que se encuentra en la
cárcel, delante de los gestos y las palabras de Jesús: “¿Eres tú el que
ha de venir, o debemos esperar a otro?” (v. 3). Probablemente la pregunta de los
discípulos enviados por Juan refleja también la polémica post-pascual que
existió entre las comunidades judeo-cristianas y los seguidores del
Bautista.
La pregunta tiene que ver con la identidad mesiánica de Jesús.
La expresión “el que tiene que venir” resume la esperanza mesiánica de la
tradición bíblica (Gen 49,10; Sal 118,26; Zac 9,9). También Juan el
Bautista, en su predicación acerca de Jesús, había hablado de “el que viene
después de mí”. Sin embargo, la imagen que él tenía del Mesías era la de un juez
escatológico que limpia la era, recogiendo el trigo en el granero y quemando la
paja con un fuego que no se apaga
(Mt 3,12).
La respuesta de
Jesús parece eludir directamente el problema, en cuanto no responde ni sí ni no.
Simplemente se limita a invitar a los enviados de Juan a tomar posición frente a
lo que “oyen y ven”. Es una invitación a hacer una lectura profética de la
actividad global de Jesús y, por consiguiente, una invitación a la fe: “Id y
contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos
quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los
pobres la Buena Nueva” (Mt 11,4-5).
Los hechos a los
cuales alude Jesús recuerdan algunas de las profecías de Isaías en relación con
la acción salvadora de Dios en el futuro (Is 26,19; Is 35,5-6). En el texto del
evangelio estas “obras” de Dios son indicadas como presentes y en relación
directa con la acción histórica de Jesús. Aquellos hechos revelan que él es el
Mesías enviado por Dios para liberar a los hombres. Los enviados de Juan y los
lectores del evangelio deberían saber leer con profundidad la realidad que
tienen delante, como los antiguos profetas, los cuales bajo la superficie de las
cosas sabían intuir el dinamismo profundo y misterioso del actuar liberador de
Dios.
El estilo mesiánico de Jesús, que proclama el evangelio del reino a los pobres (Mt 4,23; 5,3), que sana a los enfermos y acoge con misericordia a los pecadores (Mt 9,13), en cierto modo decepciona a Juan Bautista y a sus discípulos, los cuales sueñan con un Mesías reformador, de estilo apocalíptico y al servicio de las instituciones judías (cf. Mt 3,11-12; 9,14). Esta misma desilusión puede tentar también a los discípulos mismos de Jesús cuando se encuentran delante de un Mesías derrotado y humillado que contradice la imagen tradicional que ellos tienen de Dios (Mt 16,21-23).
Jesús dice de Juan Bautista que “no hay nadie mayor que él entre los
nacidos de mujer”. Sin embargo, añade: “el más pequeño en el Reino de los Cielos
es mayor que él” (Mt 11,11). “El más pequeño en el Reino de los cielos” es en
realidad Jesús mismo, el Siervo que se compromete a padecer por y con los
hombres, el Mesías que libera a los pobres, sana a los enfermos y otorga el
perdón a los pecadores. No obstante, el papel de Juan Bautista en la historia de
la salvación es excepcional. Su predicación y su esperanza alcanzan su
cumplimiento en el anuncio y la inauguración del reino de los cielos de parte de
Jesús.
Jesús recuerda las características espirituales de aquel gran profeta del desierto. Las muchedumbres no vieron en Juan a un hombre miedoso e incierto como una caña agitada por el viento, ni tampoco a un hombre elegante como los cortesanos y los amigos de los poderosos (Mt 11,7-8). La gente –recuerda Jesús– vio en él a un profeta, “sí, os digo, y más que profeta” (Mt 11,9). La imagen popular del Bautista es colocada en la nueva perspectiva del tiempo mesiánico. Él es el precursor que prepara la venida del Mesías-Señor, aun cuando vivió con perplejidad el “estilo mesiánico” de Jesús.
Es necesario
reconocer que el reino anunciado por Cristo no coincide con la lógica y las
estructuras de poder y de grandeza de la historia humana. El reino es un nuevo
modo de vivir y de leer la realidad, en donde los “primeros” son precisamente
“los últimos”. Para penetrar y comprender esta lógica de Dios es necesario
romper con muchos esquemas mentales que incluso los creyentes hemos ido
aceptando y que contradicen los valores del Reino. Con razón en el evangelio,
Cristo reserva una bienaventuranza a “quien no se escandaliza de él”, de su
estilo de vida y de sus opciones (Mt 11,6).
El adviento es un momento propicio para entender el estilo de Dios, tal como se manifestó en el Mesías Jesús de Nazaret. Es un tiempo oportuno para entrar en la lógica del Reino, creyendo en el actuar poderoso y eficaz, pero escondido y humilde, de Dios y de su Mesías. Es el momento para superar el miedo y la incoherencia y preparar, como Juan Bautista, los caminos de Aquel “que tiene que venir”.