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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Is 60,1-6: Levántate y resplandece Jerusalén Ef 3,2-3.5-6: Todos los pueblos comparten la misma herencia en
Cristo Mt 2,1-12: Unos magos de oriente adoraron al Niño
postrándose
Las
lecturas que se proclaman en la solemnidad de hoy constituyen un mensaje
de apertura, de esperanza, de amor apasionado por los valores presentes en
todas las culturas y religiones de la humanidad. Es una invitación al
diálogo y al testimonio, a la inserción en el mundo y al compromiso por el
ecumenismo. Es un poema al universalismo y a la fraternidad entre los
pueblos y culturas, no sólo por motivos filantrópicos, sino porque Dios
ama a todos los hombres, se ha revelado a todos y redime a todos en la
sangre de su Hijo. Es también una invitación a descubrir “los signos” de
Dios en la vida, indispensables para alimentar la fe y experimentar el
gozo y la luz de quien ha descubierto la verdad y la salvación en
Cristo. Isaías presenta a Jerusalén, la ciudad santa y centro religioso
del pueblo de la antigua alianza, llena de luz y visitada por gentes de
toda la tierra que van en busca de Dios. Pablo, con un lenguaje refinado y
preciso, expone el contenido teológico de la fiesta: “todos los pueblos
comparten la misma herencia... y participan de la misma promesa en Cristo
Jesús por medio del evangelio”. La narración evangélica de la visita de
los magos, lejos de ser una sentimental fábula infantil, representa la
teología de la iglesia primitiva que presenta a Jesús como el Mesías
anunciado en las antiguas profecías, rechazado por Israel y revelado a los
pueblos paganos que le rinden culto. Toda la celebración de hoy es un
canto de luz y de gozo al amor de Dios que ama a todos los hombres y a
todos ofrece la salvación en Jesús el
Mesías.
La
primera lectura (Is 60,1-6) presenta a Jerusalén, símbolo de la
presencia de Dios, revestida de luz. El texto describe un amanecer, una
aurora luminosa sobre la ciudad santa. Dios mismo la ilumina: “La gloria
del Señor amanece sobre ti” (v. 1). Aunque “la tierra está cubierta de
tinieblas y los pueblos de oscuridad”, sobre Jerusalén “amanece el Señor y
se manifiesta su gloria” (v. 2). El Señor trae la luz de su gloria sobre
ella para despejar, desde ella, las tinieblas del mundo (v. 2). Hacia ella
convergen, como un río inmenso, gentes de toda la
tierra. La
ciudad santa es como un polo de atracción hacia el cual se encaminan todos
los pueblos en peregrinación: “A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes
al resplandor de tu aurora... todos se reúnen y vienen a ti, tus hijos
llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos” (Is 60,3-4). A Jerusalén
traen sus tesoros como signo de adoración y vasallaje: “Derramarán sobre
ti las riquezas del mar y te traerán los tesoros de las naciones” (Is
60,5). La intuición del profeta es novedosa y de un valor teológico
fundamental en la revelación bíblica: el Dios de Israel es el Dios de
todos los pueblos. El
Dios que se ha revelado al pueblo de la antigua alianza ilumina con su
salvación a toda la tierra. Ciertamente el texto subraya el valor de la
ciudad, revelando un cierto nacionalismo israelita: la ciudad, antes
humillada, ahora es objeto de gloria y de reconocimiento internacional.
Pero lo más importante en el poema es el horizonte universal de los
destellos luminosos de Jerusalén y la peregrinación de pueblos enteros
hacia ella. Hijos de la ciudad dispersos, es decir, hebreos de la
diáspora, y pueblos extranjeros, se ponen en camino para contemplar,
celebrar y vivir el gozo de esa luz que parece no conocer el ocaso. La luz
que brota de la ciudad es la vida y la salvación de Dios, que no tienen
límites ni término, ni en el espacio ni en la historia, sino que alcanzan
a todos los hombres sin distinción.
La
segunda lectura (Ef 3,2-3.5-6) expone aquello que Pablo llama
“el misterio”, es decir, el plan salvador de Dios manifestado ahora en la
predicación del evangelio a todos los pueblos. El Mesías esperado no ha sido destinado sólo a
Israel, sino que ha sido enviado para todos los pueblos de la tierra. Para
Pablo este es el gran “misterio”, “un plan que no fue dado a conocer a los
hombres de otras generaciones y que ahora ha sido revelado por medio del
Espíritu a sus santos apóstoles y profetas” (Ef 3, 5). En el centro de este plan
divino está Jesús, el Mesías. Los
apóstoles y profetas de la Iglesia proclaman sin cesar esta buena noticia
para todos los hombres: en virtud del evangelio todos comparten la misma
herencia, todos son llamados a configurar el mismo cuerpo de Cristo que es
la Iglesia universal y todos participan de la misma promesa hecha por Dios
a los antiguos patriarcas.
Jesús
es presentado en su dignidad mesiánica, descendiente del rey David,
originario de Belén. Sin embargo, la narración está estructurada sobre la
base de la doble reacción delante de la revelación de la mesianidad de
Jesús: la búsqueda perseverante y valiente de los magos, llegados de
Oriente, y la sospecha hostil del rey Herodes y de toda la ciudad de
Jerusalén (v. 3). El
destino del nuevo Mesías davídico se presenta paradójico desde el inicio,
a través de las actitudes opuestas de ambos grupos: los magos, con la
revelación de la estrella, llegan al lugar del nacimiento del Mesías
después de haber consultado la Escritura; Herodes y los jefes de
Jerusalén, a pesar del testimonio de la Escritura, no llegan a reconocer
la realidad mesiánica de Jesús. La alarma de los judíos, la reunión de una
asamblea de expertos en la Escritura, la inquisición a la que son
sometidos los magos, hace pensar al proceso al que será sometido Jesús en
Jerusalén antes de ser crucificado, cuando será definitivamente rechazado
y condenado por las autoridades de Israel (Mt 26,63) y por las autoridades
civiles como “rey de los judíos” (Mt 27,37). Mateo ha proyectado sobre el recién nacido Mesías de Belén el drama que sufrirá el Mesías perseguido al final de su vida. El texto representa una pequeña parábola del movimiento paradójico que marcará la historia de Jesús de Nazaret, rechazado por los cercanos y aceptado por los lejanos (Mt 8,10-11: “Les aseguro que no he encontrado en Israel una fe tan grande”; Mt 21,42-43: “la piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra fundamental... a ustedes se les quitará el reino de Dios y se le entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos”). Al mismo tiempo refleja la experiencia de la iglesia de Mateo, abierta a la misión hacia los paganos (Mt 28,19: “Id y haced discípulos a todos los pueblos...”).
El
relato está construido con ricos elementos simbólicos de la Biblia y del
ambiente judeo-helenístico que acompañaban las narraciones de nacimiento
de grandes personajes: el surgimiento de una estrella o luz reveladora, la
reacción hostil de ciertos ambientes, la liberación del personaje, etc.
Los “magos” (griego: magoi) en el relato son personajes de pueblos
lejanos, dedicados al estudio de la
astrología. Mateo
probablemente piensa en el profeta Balaam del libro de los Números,
personaje extranjero llamado del oriente por el rey Balaq para maldecir a
Israel en el desierto, el cual, en lugar de maldición pronuncia una
bendición sobre el pueblo de Dios, anunciando el surgimiento de una
estrella: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de
Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Num 24,17). Este
símbolo mesiánico del Antiguo Testamento puede explicar la expresión de
los magos en el evangelio de Mateo: “Hemos visto su estrella en el oriente
y venimos a adorarlo” (Mt
2,2). Junto
a esta imagen mesiánica hay otros dos textos del Antiguo Testamento que
sirven de trasfondo al relato evangélico: el rey ideal del futuro que
recibe regalos de los reyes de tierras lejanas (Sal 72,10.15); y la ciudad
de Jerusalén, invadida de camellos y dromediarios, cargados de oro y de
incienso, para dar gloria al Señor (Is 60,6). Los dones que los magos llegados de Oriente ofrecen al niño, nacido en la ciudad mesiánica de Belén, son propios del “hijo de David”. En este homenaje se expresa, de acuerdo a las antiguas profecías, el reconocimiento mesiánico de los pueblos llegados de lejos. Los magos, encarnación de los pueblos no judíos y del mundo de la cultura y de la sabiduría que busca con corazón sincero, experimentan “una inmensa alegría” (Mt 2, 10). Es el gozo mesiánico que se difunde entre los paganos que entran a formar parte de la Iglesia de Cristo.
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