
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de
la Arquidiocesis de Managua![]()
![]()
(Ciclo A)
Isaías 11,1-10
Romanos 15,4-9
Mateo 3,1-12
La liturgia de este domingo nos
coloca delante de la palabra profética que delinea los rasgos fundamentales del
Mesías y prepara su llegada en la historia y en las conciencias de los hombres.
La espléndida página de Isaías recuerda que la llegada del Mesías es acompañada
del gran don del Espíritu, que transforma al hombre colmándolo de sabiduría,
fortaleza y amor. El resultado es un mundo pacificado y sereno, en donde “nadie
hará daño, ni nadie hará mal... porque la tierra estará llena del conocimiento
del Señor, como cubren las aguas el mar” (Is 11,9). La predicación de Juan
Bautista, el austero profeta del desierto que prepara los caminos del Señor,
anticipa la predicación de Jesús: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). Sus
palabras nos recuerdan que la única manera de acoger al Mesías que está por
llegar es “enderezar nuestras sendas”, liberarnos de falsas seguridades y
reorientar la ruta de nuestra vida según la voluntad de Dios.
La primera
lectura (Is 11,1-10) está tomada del
llamado “libro del Enmanuel” en el volumen del profeta Isaías (Is 7-12). Se
trata de un magnífico poema mesiánico que canta con rasgos ideales la época
futura del Mesías como un tiempo paradisíaco de justicia y de paz, utilizando
vivas imágenes tomadas del mundo vegetal y animal.
El texto comienza evocando un tronco
cortado y seco del cual “saldrá un brote”, de cuyas raíces “un retoño brotará”
(v. 1). Aquel tronco es el símbolo de los pecados y de la infidelidad de la
dinastía de David. Por eso se le llama “tronco de Jesé”, pues Jesé fue el padre
de David (1 Sam 16,1ss). En aquel tronco ya muerto brota un retoño
absolutamente inesperado, un brote que es gracia y don de Dios. Aquel tronco
representa también la historia humana con todas sus sombras y perversidades. El
anuncio del profeta es inaudito. Ahí donde las posibilidades humanas no son ya
capaces de hacer florecer algo nuevo, Dios hace surgir una novedad absoluta, un
brote de vida y de esperanza.
Aquel germen de novedad es imagen y
prefiguración del Mesías. La idea del pequeño ramito que comienza a crecer
atrae la idea del viento-espíritu (hebreo: ruah) que se posa sobre él
(v. 2). El viento que sopla sobre aquel retoño novedoso es símbolo del Espíritu
que se posa sobre el Mesías y que él donará en plenitud a la humanidad (Jn
1,32-33; 3,34). Se repite en el texto por cuatro veces la palabra “espíritu” en
el v. 2, evocando el símbolo cuaternario del cosmos y de la totalidad. La
manifestación del Espíritu es multiforme: sabiduría, inteligencia, consejo,
fortaleza, ciencia y temor del Señor. Su presencia en el Mesías se manifiesta
sobre todo en su obra de justicia en favor de los más pobres de este mundo. De
la plenitud de los carismas brota un gobierno justo, que según la visión
mesiánica de Isaías consiste en la defensa de los desvalidos y en la
eliminación de los que, promoviendo la injusticia, hacen imposible la paz entre
los hombres. El Mesías, en efecto, “juzgará con justicia a los débiles... y
herirá al hombre cruel con la vara de su boca” (v. 4).
Al final del texto la paz
establecida por el Rey Mesías se extiende al mundo animal, estableciendo en el
mundo una especie de nuevo paraíso. Animales feroces (lobo, leopardo, león,
oso) conviven con animales domésticos (cordero, cabrito, vaca, buey). Todo
sometido al hombre considerado en su condición de mayor debilidad: “un niño
pequeño los conducirá” (v. 6). Sobresale en el texto “la serpiente”, animal que
evoca la rebelión originaria de la humanidad frente a Dios. También esta
realidad contradictoria y enigmática de la condición humana queda transformada:
“en la hura de la víbora, un niño recién destetado meterá la mano” (v. 8).
Destruidos los malvados y amansadas las fieras, el mal habrá desaparecido para
siempre. La humanidad finalmente habrá conocido al Señor (v. 9). Un sueño
maravilloso en el cual podemos creer y esperar, pues se fundamenta no en la
debilidad del hombre, sino en la fidelidad de Dios y de Jesús de Nazaret su Mesías.
La segunda
lectura (Rom 15,4-9) constituye la
conclusión de la parte doctrinal de la carta de Pablo a los Romanos. Hay dos
ideas claves para iluminar la espiritualidad del adviento: la importancia de
las Escrituras antiguas para alimentar la esperanza y la descripción del Mesías
como siervo que da cumplimiento a las promesas. En primer lugar el texto nos
recuerda la actualidad de la palabra del Antiguo Testamento para la vida
espiritual del cristiano, pues “todo cuanto fue escrito en el pasado se escribió
para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza” (v. 4). En segundo lugar Pablo ofrece un
perfil fundamental del rostro auténtico del Mesías, quien “se hizo siervo.. en
favor de la veracidad de Dios” (v. 8), acogiéndonos misericordiosa y
gratuitamente para gloria de Dios(v. 7). También los creyentes, por tanto,
están llamados a vivir “unánimes”, glorificando a una voz al Dios verdadero y
acogiéndose mutuamente los unos a los otros a imagen de Jesús Mesías (vv. 6-7).

El evangelio
(Mt 3,1-12) nos traslada al desierto de Judea,
en donde Juan el Bautista desarrolla su ministerio, predicando y bautizando
para la conversión de los pecados. El evangelista ha colocado en boca de Juan
lo que será la síntesis de la predicación de Jesús: la llamada a un cambio
radical de vida a causa de la llegada del Reino (v. 2).
Mateo coloca al Bautista en la misma
línea profética de Elías, el antiguo profeta de fuego celoso por la gloria de
Dios (1 Re 17-19). Su cercanía con el desierto y su mismo vestido evocan a
Elías (2 Re 1,8). El dato es significativo. Al Mesías Jesús lo precede, no un
sacerdote o un escriba de la ley, sino un nuevo profeta, pues la palabra
mesiánica será ante todo un vigoroso mensaje profético. Con razón más de una
vez quienes experimentaron la liberación traída por Jesús lo vieron como
profeta: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” (Lc 7,16; cf. Jn 6,14).
El evangelio no se detiene a
describir el rito bautismal practicado por Juan, que seguramente era un signo
exterior de carácter penitencial. Se centra sobre todo en su predicación, la
cual con acentos vivamente polémicos se dirige a las autoridades oficiales del
judaísmo, representadas aquí por “fariseos” (laicos reformistas apegados a la
ley) y “saduceos” (funcionarios del templo fuertemente conservadores y familias
ricas de Jerusalén). Para Mateo ambos grupos encarnarán más tarde la oposición
al proyecto mesiánico de Jesús. Son llamados en el texto “raza de víboras”,
frase que más tarde utilizará también Jesús contra ellos (cf. Mt 12,34; 23,33).
Según la antigua tradición judía, la figura de la serpiente insidiosa es
símbolo de la maldad perversa y obstinada (cf. Is 14,29). Los jefes del judaísmo son los adversarios
del proyecto salvador de Dios, revelado y realizado por Jesús. Todo aquello que
entra en contradicción con el reino de Dios merece ser emparentado con la
serpiente antigua.
El discurso de Juan nos hace
recordar a los antiguos profetas que llamaban a Israel a la conversión y a la
autenticidad. El Bautista desmonta la falsa seguridad fundamental de Israel, es
decir, su pertenencia religiosa al pueblo de Dios, estirpe de Abraham (v. 9).
Los méritos del Patriarca, el justo por excelencia, no pueden invocarse como
pretexto para huir del juicio de Dios. El criterio último y decisivo para
escapar del juicio y de la condena es una praxis de “conversión” que demuestre
el cambio interior y radical de la persona. Para Mateo aquellas palabras de
Juan deberían también sacudir las conciencias de los cristianos lectores de el
evangelio, quienes están llamados a liberarse de las falsas seguridades
religiosas y del ritualismo estéril.
El juicio de Dios es descrito por el
predicador del desierto con las imágenes tradicionales de los antiguos oráculos
proféticos: el árbol cortado a la raíz (Is 6,13; 66,15-16; Ez 22,31; 31,12; Dan
4,11; etc) y el fuego (Is 29,6). La última parte de la predicación de Juan, de
carácter mesiánico, conserva el tono de urgencia escatológica. El “más fuerte”
que está por llegar es un Mesías y Señor poderoso que realiza el juicio
definitivo de Dios, ya que bautiza con el Espíritu Santo y fuego (v. 11). Trae
en su mano el bieldo y, como al final de la cosecha, comienza a limpiar la era:
“recogerá el trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se
apaga” (v. 12).
La predicación del Bautista da a la
espiritualidad cristiana del adviento un gran espesor de radicalidad y
autenticidad. Es necesario liberarnos de una concepción de la navidad en línea
exclusiva y exageradamente sentimentalista. El evangelio de hoy nos recuerda
que la llegada del Mesías inaugura el tiempo definitivo, en el que Dios ofrece
a la humanidad la última oportunidad de salvación con la llegada del Reino. El
Mesías Jesús que nacerá en Belén pondrá de manifiesto el mal que se esconde
solapado bajo múltiples hipocresías humanas y realizará una radical
purificación de las conciencias, limpiando y quemando la escoria y los
deshechos del mal y del pecado. Delante de él no valen privilegios. El don del
Espíritu que él infundirá en la nueva humanidad y la gracia de la paz con la
que soñó Isaías exigen de parte de todos un auténtico cambio de vida.