
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua
1 de enero
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Num 6,22-27:
El Señor haga brillar su rostro
sobre ti
Gal 4,4-7: Nacido de una mujer
Lc 2,16-21: María conservaba todas las cosas
en su corazón
La
fiesta de Santa María, Madre de Dios, está colocada en el calendario litúrgico
inmediatamente después de la Navidad. De esta forma no corremos el riesgo de
aislar a María, disminuyendo su importante misión en relación con Cristo su
hijo y con la Iglesia. Las celebraciones navideñas han sido la ocasión para
contemplar la cercanía y la ternura de Dios que comparte nuestra condición
humana y nuestro camino en el tiempo.
En medio de este misterio, María es como el paradigma de la humanidad que se abre al don de Dios, la encarnación del ideal de los pobres de Yahvéh, el modelo del discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica. El nuevo año se abre bajo el signo de la bendición divina (primera lectura) y bajo la mirada amorosa de la madre de Cristo, “nacido de una mujer, nacido bajo la ley” (segunda lectura).
La primera lectura
(Num 6,22-27) es una bellísima fórmula de
bendición que el Señor, a través de Moisés, confió a los sacerdotes para que la
pronunciaran sobre el pueblo (vv. 22-23). Es la misma bendición que todavía hoy
utilizan nuestros hermanos hebreos en las celebraciones de la sinagoga. Estas
palabras no son un simple deseo o una fórmula ritual de saludo. Es Dios mismo
quien ha revelado esta bendición, con la cual él mismo se dona a su pueblo. El
v. 27 suena literalmente en hebreo así: “Así pondrán mi nombre sobre los
israelitas y yo los bendeciré”.
La bendición sacerdotal hace que el
pueblo partícipe del Nombre de Dios, es decir, de su dinamismo vital, de su
fecundidad, de su misterio santo. La bendición, en sentido bíblico, no es
simplemente una declaración de buena voluntad, sino algo eficaz en la vida del
hombre, desencadena una novedad, produce un evento. El texto pone la bendición
de Dios en relación con el rostro de Dios: “el Señor haga brillar su rostro
sobre ti”, “el Señor te muestre su rostro”. En el mundo bíblico ver el
rostro es ver a la persona, y ver el rostro de alguien importante (un rey, por
ejemplo) significa ser admitido a su presencia, con la confianza de que tal
acogida será favorable.
Decir que Dios “hace brillar su
rostro”, o “muestra su rostro”, es decir que él está dispuesto a manifestar al
pueblo su benevolencia y su favor, en síntesis, su paz. La paz, (en
hebreo: shalom), representa en sí todos los dones de Dios: protección,
seguridad, fecundidad, salud, bienestar. Israel es el pueblo de Dios porque
goza de la bendición de Dios, por la cual el hombre participa de su amor
gratuito y de su misma vida. La bendición divina es portadora de paz y de
misericordia, de vida y fecundidad. El hombre bendecido por Dios está llamado a
ser un “hombre santo”, porque participa de la misma santidad de Dios y ha sido
invitado a colaborar íntimamente en su proyecto salvador.
La segunda lectura (Gal 4,4-7) hace referencia a la Madre de Jesús sólo en forma indirecta. Pablo afirma: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…” (Gal 4,4). El texto, en primer lugar, evoca la larga historia de las intervenciones de Dios en “el tiempo” de la humanidad. Cuando el Padre envía a su Hijo al mundo, llega “la plenitud del tiempo”, el punto culminante de la historia salvífica.
Es en este momento decisivo y pleno de la redención cuando Pablo menciona el nacimiento de Cristo en la carne (“nacido de una mujer”). Esta mujer es María, colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. En ella, el Mesías—Hijo de Dios llega a ser verdadero “hermano” nuestro (Heb 2,11), compartiendo nuestra propia carne y sangre (Heb 2,14).
María es Madre de Dios. Creer en su maternidad divina, por tanto, significa proclamar con certeza el infinito amor de Dios a los hombres, manifestado en la encarnación. Además, si ser cristianos significa acoger en la propia vida la Palabra eterna de Dios que se ha hecho carne, María ocupa un lugar verdaderamente singular en la vida de la comunidad cristiana: ella llevó en su seno a Jesús Mesías y Señor, lo cuidó, lo educó y lo introdujo en las tradiciones del pueblo elegido, lo siguió con fe hasta la cruz y llegó a ser así la primera creyente del nuevo Israel.
El evangelio
(Lc 2, 16-21) constituye la parte final de la
narración del nacimiento de Jesús en el capítulo 2 de Lucas. Después que han
recibido el anuncio del ángel los pastores se dirigen “de prisa” (verbo: speudô)
a Belén (v. 16), demostrando así su docilidad a los caminos Dios. Come había
hecho antes María, dirigiéndose “con prisa” (sustantivo spoudé) a la
casa de Isabel (Lc 1,39). Tanto la Virgen como los pastores obedecen con
urgencia y prontitud al proyecto divino que se realiza “hoy”, y delante del
cual no es admisible ningun retardo o descuido. Es la actitud del creyente que
vive abierto a los caminos del Señor y es dócil a sus inspiraciones.
Lo anunciado por el ángel corresponde exactamente a la realidad de los hechos (vv. 15-17): los pastores “encontraron a María, a José, y al niño acostado en el pesebre” (v. 17). Entonces aquellos que antes fueron destinatarios de la buena noticia (Lc 2,10: verbo euaggelízomai), se convierten ahora en anunciadores de la misma, y comienzan “a contar lo que el ángel les había dicho de este niño” (2,17).
“Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados” (v. 18). La gente se admira (griego: thaumazein). Es la reacción normal de quien experimenta la acción de Dios, como Zacarías (Lc 1,21), María y José (Lc 2,23), los habitantes de Nazaret (4,22; cf. 9,43, 11,14.38; 20,26; 24,12.41). Se destaca, sin embargo, la actitud de María: “María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (v. 19). El verbo griego traducido como “conservar” es syntêreô, que quiere decir literalmente: “custodiar algo precioso”, “cuidar con esmero algo de valor”. El otro verbo traducido como “meditar” es el verbo griego symballô, que quiere decir literalmente: “poner dos cosas juntas”, “unir realidades que están separadas”, “confrontar”. Supone una actividad mental y una actitud del espíritu que crea síntesis, que logra encontrar una lógica en medio de cosas o situaciones aparentemente sin relación. El verbo griego está en tiempo imperfecto, lo que indica una acción repetida, continua.
Lucas, por tanto, describe a María como alguien que vive a la escucha del Misterio y que, con profunda actitud contemplativa, lee continuamente los acontecimientos para descubrir su sentido más profundo. María es aquí verdadero intérprete, hermeneuta, de los hechos acaecidos. El evangelista hace notar con esto que la Virgen no había entendido todo desde el inicio y que solamente, poco a poco, con el transcurrir del tiempo y atenta a los hechos, va comprendiendo la lógica intrínseca de los acontecimientos y su sentido.
María recuerda todo lo que ha acaecido en su vida de parte de Dios y va descubriendo los caminos del Señor y su voluntad poniendo en relación unos hechos con otros. Esta actitud profundamente contemplativa se realiza en “el corazón”, sede del discernimiento, del ejercicio intelectual, y sobre todo de la fe abierta a los designios de Dios. El texto concluye con la glorificación y la alabanza de los pastores que han podido experimentar lo que Dios les ha anunciado (v. 20).
La figura de María, intérprete de los hechos históricos y contemplativa delante de las acciones de Dios, es modelo para todo creyente, llamado a descubrir el misterio y la presencia del Dios de la vida en la cotidianidad y lo ordinario de cada día. María, la madre de Jesús, es maestra de vida interior, de oración y de escucha de la Palabra. Ella ha acogido la palabra de Dios en su vida, la ha dejado resonar dentro de sí, desde la primera palabra del ángel hasta las últimas palabras de Jesús en la cruz. María ha sabido encontrar momentos de silencio para adorar y meditar.
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PARA LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA |
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- ¿En qué cosas concretas podría comprometerme este año para convertirme en instrumento de “bendición” para otras personas? - ¿Qué lugar ocupa María, la Madre de Jesús, en mi vida espiritual? - ¿Cuáles actitudes de María, la Virgen orante y contemplativa del evangelio, podría asumir personalmente para crecer en el discernimiento de los caminos del Señor en mi vida y en la historia?
Preguntas para la reflexión comunitaria: - ¿Cómo podríamos como grupo eclesial comprometernos más en favor de la paz y de la justicia en este nuevo año? - ¿Cómo podría nuestra comunidad cristiana en este nuevo año imitar mejor a María “esclava del Señor” siempre abierta a discernir la voluntad de Dios para ponerle en práctica?
Oración universal de los fieles: - Dios de la vida y de la paz, fuente de toda bendición, te pedimos por la Iglesia para que sea siempre en medio de la historia signo e instrumento de bendición para toda la humanidad. Roguemos al Señor... - Dios de la vida y de la paz, benévolo y misericordioso con todas tus criaturas, haz brillar tu rostro sobre todos los pueblos de la tierra y concede a la humanidad entera un año nuevo de justicia y de paz. Roguemos al Señor... - Dios de la vida y de la paz, que en Cristo tu Hijo hecho hombre te has hecho compañero de camino de la humanidad, concédenos la gracia de orientar nuestra existencia a la luz de su evangelio y comprometernos activamente en el servicio a los demás. Roguemos al Señor... - Dios de la vida y de la paz, que en María Madre de tu Hijo, nos has dado un modelo de vida espiritual, concédenos que siguiendo su ejemplo, aprendamos a leer los acontecimientos de la vida como signos de tu presencia salvadora. Roguemos al Señor...
Oración colecta: Dios, Padre Nuestro, fuente de toda bendición, que en la plenitud de los tiempos nos has enviado a tu Hijo, nacido de María, la hija de Sión, pobre entre los pobres, concédenos abrirnos con fe al misterio del Mesías Salvador, para que, a ejemplo de María su Madre, vivamos siempre a la escucha de tu Palabra y atentos a los signos de tu presencia salvadora en la historia. Por Jesucristo Nuestro Señor.
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