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1 de enero
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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Gal 4,4-7 Lc 2,16-21 La fiesta de Santa María, Madre de Dios, está colocada en el calendario litúrgico inmeditamente después de la Navidad. De esta forma no corremos el riesgo de aislar a María, disminuyendo su importante misión en relación con Cristo su hijo y con la Iglesia. Las celebraciones navideñas han sido la ocasión para contemplar la cercanía y la ternura de Dios que comparte nuestra condición humana y nuestro camino en el tiempo. En medio de este misterio, María es como el paradigma de la humanidad que se abre al don de Dios, la encarnación del ideal de los pobres de Yahvéh, el modelo del discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica. El nuevo año se abre bajo el signo de la bendición divina (primera lectura) y bajo la mirada amorosa de la madre de Cristo, “nacido de una mujer, nacido bajo la ley” (segunda lectura). El día de hoy, el primero del nuevo año, es también dedicado tradicionalmente a la paz, el gran don mesiánico, el shalom bíblico. Iniciamos este camino implorando la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, deseo ardiente que encuentra su máxima expresión en la celebración de la Eucaristía.
La primera lectura (Num 6,22-27) es una bellísima fórmula de bendición que el Señor, a través de Moisés, confió a los sacerdotes para que la pronunciaran sobre el pueblo (vv. 22-23). Es la misma bendición que todavía hoy utilizan nuestros hermanos hebreos en las celebraciones de la sinagoga. Estas palabras no son un simple deseo o una fórmula ritual de saludo. Es Dios mismo quien ha revelado esta bendición, con la cual él mismo se dona a su pueblo. El v. 27 suena literalmente en hebreo así: “Así pondrán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré”. La bendición sacerdotal hace que el pueblo partícipe del Nombre de Dios, es decir, de su dinamismo vital, de su fecundidad, de su misterio santo. La bendición, en sentido bíblico, no es simplemente una declaración de buena voluntad, sino algo eficaz en la vida del hombre, desencadena una novedad, produce un evento. El texto pone la bendición de Dios en relación con el rostro de Dios: “el Señor haga brillar su rostro sobre ti”, “el Señor te muestre su rostro”. En el mundo bíblico ver el rostro es ver a la persona; y ver el rostro de alguien importante (un rey, por ejemplo) significa ser admitido a su presencia, con la confianza de que tal acogida será favorable. Por tanto, decir que Dios “hace brillar su rostro”, o “muestra su rostro”, es decir que él está dispuesto a manifestar al pueblo su benevolencia y su favor, en síntesis, su paz. La paz, (en hebreo: shalom), representa en sí todos los dones de Dios: protección, seguridad, fecundidad, salud, bienestar. Israel es el pueblo de Dios porque goza de la bendición de Dios, por la cual el hombre participa de su amor gratuito y de su misma vida. La bendición divina es portadora de paz y de misericordia, de vida y fecundidad. El hombre bendecido por Dios está llamado a ser un “hombre santo”, porque participa de la misma santidad de Dios y ha sido invitado a colaborar íntimamente en su proyecto salvador.
El evangelio (Lc 2,
16-21) constituye la parte final de la narración del nacimiento de
Jesús en el capítulo 2 de Lucas. Después que han recibido el anuncio del
ángel los pastores se dirigen “de prisa” (verbo: speudô) a Belén
(v. 16), demostrando así su docilidad a los caminos Dios. Come había hecho
antes María, dirigiéndose “con prisa” (sustantivo spoudé) a la casa
de Isabel (Lc 1,39). Tanto la Virgen como los pastores obedecen con
urgencia y prontitud al proyecto divino que se realiza “hoy”, y delante
del cual no es admisible ningun retardo o descuido. Es la actitud del
creyente que vive abierto a los caminos del Señor y es dócil a sus
inspiraciones. Lo anunciado por el ángel corresponde exactamente a la realidad de los hechos (vv. 15-17): los pastores “encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre” (v. 17). Entonces aquellos que antes fueron destinatarios de la buena noticia (Lc 2,10: verbo euaggelízomai), se convierten ahora en proclamadores de la misma, y comienzan “a contar lo que el ángel les había dicho de este niño” (2,17). “Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados” (v. 18). La gente se admira (griego: thaumazein). Es la reacción normal de quien experimenta la acción de Dios, como Zacarías (Lc 1,21), María y José (Lc 2,23), los habitantes de Nazaret (4,22; cf. 9,43, 11,14.38; 20,26; 24,12.41). Se destaca, sin embargo, la actitud de María: “María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (v. 19). El verbo griego traducido como “conservar” es syntêreô, que quiere decir literalmente: “custodiar algo precioso”, “cuidar con esmero algo de valor”. El otro verbo traducido como “meditar” es el verbo griego symballô, que quiere decir literalmente: “poner dos cosas juntas”, “unir realidades que están separadas”, “confrontar”. Supone una actividad mental y una actitud del espíritu que crea síntesis, que logra encontrar una lógica en medio de cosas o situaciones aparentemente sin relación. El verbo griego está en tiempo imperfecto, lo que indica una acción repetida, continua.
Lucas, por tanto, describe a María como alguien que vive
a la escucha del Misterio y que, con profunda actitud contemplativa, lee
continuamente los acontecimientos para descubrir su sentido más profundo.
María es aquí verdadero intérprete, hermeneuta, de los hechos acaecidos.
El evangelista hace notar con esto que la Virgen no había entendido todo
desde el inicio y que solamente, poco a poco, con el transcurrir del
tiempo y atenta a los hechos, va comprendiendo la lógica intrínseca de los
acontecimientos y su sentido. María recuerda todo lo que ha acaecido en su
vida de parte de Dios y va descubriendo los caminos del Señor y su
voluntad poniendo en relación unos hechos con otros. Esta actitud
profundamente contemplativa se realiza en “el corazón”, sede del
discernimiento, del ejercicio intelectual, y sobre todo de la fe abierta a
los designios de Dios. El texto concluye con la glorificación y la
alabanza de los pastores que han podido experimentar lo que Dios les ha
anunciado (v. 20).
María es también el modelo del discípulo del Nuevo Testamento. Mirar a la Madre del Señor es comprender lo que nosotros somos y estamos llamados a ser como creyentes que intentamos decir sí a Cristo todos los días de nuestra existencia. María es el Abraham del Nuevo Testamento, que sale sin saber adónde va y se abandona totalmente a Dios y a sus designios. María, “sierva del Señor”, representa lo que debe ser cada discípulo de Cristo y la Iglesia de todos los tiempos. La Iglesia, como María, deberá vivir de pobreza y de fe. Una Iglesia pobre, sin ambición de poder y cercana y solidaria con los pobres de este mundo, que como María, son objeto del amor predilecto de Dios. Una Iglesia arraigada en la fe, que no sea simplemente una organización religiosa, con mayor o menor poder, sino una comunidad consagrada a realizar el proyecto de Dios, que busca a oscuras sus misteriosos caminos, que confía sin reservas y que pone en el centro de su vida la Palabra de Dios. Una comunidad que sabe que sirve a Dios y que no pretende nunca usurpar su puesto o reducir su misterio. Una Iglesia, como María, servidora de Dios y de los hombres, que camina con confianza infinita en el Señor en medio de los obstáculos, las infidelidades, las traiciones y las persecuciones de la historia.
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