
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de
la Arquidiocesis de Managua![]()
![]()
1 noviembre
|
|
Ap
7,2-4.9.14
1 Jn
3,1-3
Mt
5,1-12
La santidad es ante todo la condición por excelencia de Dios. El término “santo” se utiliza en sentido propio solamente cuando se aplica a Dios. Él es el único Santo. Con este término se indica la trascendencia absoluta, la alteridad radical de Dios, en relación a los hombres, la “separación” de la divinidad respecto al mundo humano (este es el sentido de la raíz hebrea qadosh, con la cual se indica la santidad en la Biblia). La santidad, por tanto, antes de ser una cualidad que se refiere al hombre, es ante todo una prerrogativa específica de Dios.
Sin
embargo, la santidad divina no transforma a Dios en un ser desinteresado y
lejano de la historia humana. El Dios Santo, “el Santo de Israel”, como lo
llamaba el profeta Isaías, hace partícipe de su santidad a la creación, a las
criaturas obra de sus manos, al hombre creado a su imagen y semejanza. En el
Antiguo Testamento es santo sobre todo Israel, el “pueblo consagrado” al Señor
(Dt 7,6; 14,2). El libro del Levítico hace resonar en sus páginas constantemente
el estribillo: “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv
11,4; 19,2). Israel es, por tanto, un pueblo consagrado por el hecho de
pertenecer a Dios y ser mediador entre Dios y la humanidad que todavía no cree:
“Vosotros seréis para mí un pueblo de sacerdotes, una nación santa” (Ex
19,6).
En el
Nuevo Testamento, en cambio, la santidad de Dios se encarna y se hace tangible
en Jesús de Nazaret, que “será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35), “el
Justo y el Santo” (Hch 3,14). La santidad de Cristo es comunicada a la Iglesia,
su cuerpo, auténtica asamblea de “santos” y “santificados” (Rom 1,1.7; 8,27;
15,25-26; 1 Cor 1,2; 6,1-2; 2 Cor 1,1; 8,4; Ef 1,1.4.15.18; Fil 1,1; Col
1,2.4.12.22.26; 1 Tes 3,13; 2Tes 1,10; 1 Tim 5,1; Fm 5,7; ecc.). Llamarle
“santos” a los cristianos no es una simple fórmula teológica, sino un concepto
que expresa una realidad objetiva y que se refiere a todo “el pueblo de Dios”
como pueblo santo (1 Cor 3,17; Ef 2,21). Los santos, por tanto, no deberían ser
la excepción sino la norma de la vida cristiana. Los santos son la demostración
de la posibilidad del cristianismo, posibilidad ofrecida a todos, porque todos
debemos “ser perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos” (Mt
5,47).
El camino
ideal para alcanzar la santidad es la aceptación radical del espíritu de las
Bienaventuranzas. La celebración de hoy podría ser la ocasión para examinar
nuestra religiosidad a partir de este texto fundamental del cristianismo, que no
solamente contiene los valores fundamentales que deben estar presentes siempre
en una conducta evangélica, sino que es sobre todo el gran kerygma, la
gran proclamación de Jesús que llama a los hombres a la felicidad, su gran anuncio de
gracia y de salvación. Dios se acerca al hombre para comunicarle su reino, su
plenitud, su vida, su santidad. La santidad, al fin de cuentas, más que fruto
del esfuerzo humano, es un don que hay que recibir agradecidos y pedir cada día
humildemente en la oración.
1 lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14. Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
En esta visión del Apocalipsis se describe la universalidad de la salvación. El lenguaje es simbólico y de carácter apocalíptico. Lo descrito se presenta como “visión” que tuvo el autor del libro: “luego vi...” (v. 2). No necesariamente se trata de una visión sobrenatural, sino de una visión de fe de la historia y del final de esa historia.
Un ángel le pide a otros cuatro ángeles, encargados de inaugurar el juicio de Dios al final de los tiempos, que no den inicio a su obra de “causar daño a la tierra y al mar”, es decir, de ejecutar la sentencia de Dios sobre la historia, sin antes haber marcado con el sello en la frente a los siervos de nuestro Dios (v. 3). El sello es símbolo de pertenencia (cf. 2Cor 1,22; Ef 1,13; 4,30). Los que han vivido en obediencia a Dios y han acatado su señorío en la historia aparecen sellados, mostrando visiblemente su identidad más profunda.
El número de los sellados es significativo: “ciento cuarenta y cuatro mil” (v. 4). Este número es un múltiplo de doce, el número de las tribus del antiguo pueblo de Dios (doce por doce), multiplicado por mil. Simbólicamente representa al pueblo de los siervos de Dios, provenientes de todos los pueblos y razas de la tierra. Aparecen vestidos de blanco, compartiendo con Cristo Resucitado su condición gloriosa (cf. Ap 1,14; 19,13-14); con las palmas de la victoria en sus manos, pues han vencido en “la gran tribulación”, en medio de las pruebas y oscuridades de la historia. Esta inmensa muchedumbre, al mismo tiempo que aparece victoriosa y redimida, proclama gozosamente la gratuidad de la salvación que han recibido como un don (vv. 10.14).
2 lectura: 1 Juan 3,1-3. Veremos a Dios tal cual es.
La filiación divina es un don del amor de Dios, que no sólo nos ha dado un título honorífico, sino que nos ha hecho realmente sus hijos en Cristo Jesús, pues “a todos los que creen en su nombre, les ha dado poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12). Sin embargo, la condición filial del creyente queda oculta a los ojos del mundo que, por no conocer a Dios, tampoco puede reconocer la filiación divina de los hijos de Dios. Ser hijos de Dios es una realidad presente y operante en la historia (“ahora somos hijos de Dios”), pero que todavía no ha alcanzado su plenitud, la cual coincide con la participación de la vida divina en plenitud, “cuando seremos semejantes a él”, cuando hayamos podido alcanzar el sueño de los creyentes de todos los tiempos, “cuando lo veremos tal cual es” (v. 2).
3 lectura: Mateo 5,1-12a. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Jesús proclama los principios fundamentales del
evangelio del reino e indica quiénes se encuentran en la situación más propicia
para recibirlo. Las bienaventuranzas no son un simple elenco de virtudes, sino que describen la actitud de fondo con la que el
hombre se dispone y acoge el Reino de Dios. Son auténtico camino y expresión de
santidad evangélica, pues encarnan y anuncian los mismos sentimientos y opciones
de Jesús. El evangelio de la solemnidad de hoy (Mt 5,1-12) nos traslada al mismo inicio de la
predicación de Jesús en el evangelio de Mateo. Jesús sentado, desde un monte,
rodeado de sus discípulos y de las multitudes que le siguen, proclama los
principios fundamentales del evangelio del Reino. El suyo no es un discurso
moral, ni una simple página de catequesis doctrinal. Utilizando un género
literario conocido en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, el
macarismo (Sal 1,1; 32,12, Prov 3,3), inicia su ministerio proclamando el
Reino como camino de felicidad para los hombres.
El “macarismo” es
una forma literaria con la cual en la Biblia se felicita a alguien por causa de
un don que ha recibido (Mt 13,16; 16,17) o para declarar dichosa a una categoría
de personas por algún motivo particular (Mt 11,6; Lc 11,28).Con las
bienaventuranzas Jesús proclama quiénes son las personas que se encuentran en la
situación más propicia para recibir el don del Reino de Dios.
Las formulaciones de Mateo (Mt 5,1-12) y de Lucas (Lc 6,20-26), quienes nos ofrecen dos versiones de las bienaventuranzas, nos ayudan a remontarnos hasta el estadio profético en que Jesús en persona las pronunció. A ese nivel el objetivo de Jesús no fue indicar las virtudes necesarias para entrar en el Reino, sino proclamar públicamente quiénes eran las personas favorecidas –y por tanto felices– debido a la intervención salvadora definitiva de Dios. Jesús, en efecto, se presentó como el Mesías enviado a los pobres, los privilegiados de la acción liberadora de Dios (Mt 11,5). Las dos versiones, la de Mateo y la de Lucas, no alcanzan su verdadero sentido si no son puestas en relación con Jesús y el contexto original de la proclamación del Reino.
Los pobres de espíritu son los que ponen toda su confianza en
Dios y se adhieren sin condiciones a su voluntad; los que lloran son los
que sufren a causa de alguna situación dolora y saben encontrar en Dios el
autentico consuelo que libera y transforma. Ser “pobre de espíritu”
quiere decir ser pobre desde el espíritu, desde el corazón, desde el centro más
profundo de la interioridad de la persona. Estos “pobres” pertenecen a ese grupo
de hombres y mujeres que en todo tiempo han puesto toda su confianza en Dios en
medio de las dificultades y pruebas de la vida, según las palabras del Salmo:
“Yo soy pobre y necesitado, pero tú, Señor mío, cuidas de mí. Tú eres quien me
socorre y me libra, Dios mío, no tardes!” (Sal 40,18). Son pobres de espíritu
quienes luchan constantemente contra la tentación de la autosuficiencia y de la
autoafirmación que la riqueza-idolatría producen en el corazón humano y se
adhieren plenamente el proyecto que Dios está realizando en la humanidad y en la
historia.
Lucas, en su versión de las bienaventuranzas, opone ricos a pobres como se opone el Reino que está por llegar a la situación histórica presente. Él subraya situaciones concretas para mostrar que el Reino de Dios desestabiliza la escala de valores que predomina entre los hombres (Lc 6,20.24: “¡Dichosos los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios! ¡Ay de ustedes los ricos porque ya han recibido su consuelo!”). Mateo, en cambio, en su interpretación de las bienaventuranzas muestra que la pobreza interior es la condición necesaria para entrar en el Reino. Mateo acentúa la dimensión exhortativa y describe las actitudes del justo (Mt 5,3: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”). La primera bienaventuranza de Mateo resume todas las demás. Es dichoso quien vive la pobreza por decisión personal, como actitud de sencillez y abandono delante de Dios y de desprendimiento y libertad frente a todo lo que no es Dios.
Los mansos, (apacibles o humildes), que traduce el término griego praeis mejor que “sufridos”, son los que rechazan el camino de los orgullosos y de los violentos (cf. Sal 37,9-11). Son bienaventurados también ellos, los “mansos”, o humildes, es decir, los que no tienen otro defensor que Dios mismo para reivindicar sus derechos. Los mansos son aquellos que han rechazado el camino de los orgullosos, de los violentos y de los egoístas. En el A.T. a ellos Dios destina el don por excelencia, la posesión de la Tierra prometida (Sal 37,9-11); de ellos dice también Jesús que “poseerán la tierra”, es decir, vivirán gozando continuamente de la vida como regalo de Dios, serán felices en la tierra, gozando de una felicidad que sólo Dios puede dar.
Los que lloran son los que sufren a causa de su fidelidad al Reino de Dios. El discípulo cristiano experimentará grandes obstáculos para realizar el plan divino de salvación: la injusticia, la persecución, la dureza de los hombres. En medio de las luchas de la historia descubrirá el valor de la aflicción y del dolor por la causa del Reino. Los que lloran por este motivos son felices, porque ellos serán consolados” (v. 4). Ese llanto es fruto de la persecución por causa de la justicia” (v. 10), que en sentido bíblico no se agota con la lucha por un orden social más humano, sino que abarca también la construcción de un mundo nuevo en el que la humanidad alcance la plenitud que sólo Dios pueda dar. En el lenguaje bíblico, “justicia” es sinónimo de salvación integral del hombre.
Los que tienen hambre y sed de la justicia anhelan como un deseo intenso y una necesidad sentida la justicia, que para Mateo es la experiencia religiosa auténtica, basada en la voluntad de Dios buscada y vivida en el plano personal y social. Esta justicia, por la cual lucha y sufre el creyente y que es fuente de gozo infinito, no es sólo don de Dios sino también conquista y compromiso cotidiano. El discípulo de Jesús vive con hambre y sed de esa justicia (v. 6), es decir, la desea como el agua y el alimento que satisfacen de las necesidades más elementales de la vida humana.
Los misericordiosos encarnan uno de los mayores atributos de Dios, que es “rico en misericordia” (cf. Ex 34,6), por eso ellos serán objeto de la misericordia divina. La misericordia es la caridad recíproca y activa, que se vuelve perdón y acogida sin límites del otro.
Los puros de corazón, buscan a Dios con rectitud de conciencia, realizando íntegramente su voluntad a partir de intenciones profundas arraigadas en el corazón (cf. Sal 24,4). El “corazón” es la conciencia, la sede de los pensamientos y proyectos, de la voluntad y de los afectos. El corazón es el punto de partida de las decisiones y de las acciones. La pureza es la transformación del “corazón de piedra”, insensible y obtuso, en un “corazón de carne”, vivo y palpitante (Jer 31,31-34). La pureza de la que habla Jesús ciertamente no es exterior o limitada al ámbito sexual. Son puros de corazón los que buscan a Dios con rectitud de conciencia y en modo sincero, los que lo buscan "con el corazón" y no sólo por aparentar o ritualmente (Sal 24). Los puros de corazón son los que se relacionan con los demás en modo limpio, leal y sincero. Éstos verán a Dios, es decir, experimentarán su presencia, vivirán en comunión de intimidad con él y sabrán discernir y aceptar sus caminos.
Los que trabajan por la paz se comprometen activamente con un aspecto esencial de la obra del Mesías, que es una obra de paz, que en sentido bíblico indica el bienestar humano en todas sus formas y la armonía y reconciliación entre los hombres y de los hombres con Dios.
Los que sufren persecución “por mi causa” (v. 10), son los que a causa de su compromiso y coherencia con el evangelio del Reino, comparten con Jesús el camino de la cruz que lleva a la gloria de la resurrección.