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Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiocesis de Managua
Gen
3,9-15.20
Ef 1,3-6.11-12
Lc 1,26-38
La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos coloca
delante del proyecto originario de Dios, que nos ha elegido “en Cristo”, “antes
de la creación del mundo”, “para ser santos e irreprochables ante él por el
amor” (Ef 1,4); que nos “ha destinado de antemano, por decisión gratuita de su
voluntad, a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, y ser así un himno
de alabanza a la gloriosa gracia que derramó en nosotros, por medio de su Hijo
querido” (Ef 1,6).
La fiesta de la Inmaculada Concepción
celebra la historia de María de Nazaret, la Madre del Señor, como la realización
del designio de Dios en una criatura como nosotros. La historia de María es la
historia de una donación total al plan trazado por Dios, es la historia de una
gracia y de una vocación excepcionales. La gracia recibida por María y su
fidelidad a Dios iluminan nuestra propia existencia cristiana. María Inmaculada,
totalmente consagrada a Dios y al amor en cada instante de su vida, en cada
partícula de su ser y en cada dinamismo de su voluntad, es un motivo de
esperanza y un llamado a la conversión. El “adán” que existe en cada uno,
contemplando a María, es llamado a volver el esplendor original de la gracia y a
vivir con gozo su fidelidad a los caminos del
Señor.
La primera
lectura (Gen 3,9-15.20) nos coloca
delante de la magnífica reflexión sapiencial de Génesis 2-3 sobre el hombre de
todos los tiempos. Contrariamente a lo que se afirmaba hasta hace pocos años,
estos capítulos no provienen de la antigua época de la monarquía davídica en el
s. X a.C., sino que, como se deduce del análisis del vocabulario y de los temas
teológicos, son fruto de una tradición sapiencial más tardía y madura, que
probablemente hay que ubicar en el tiempo del exilio (siglos VI-V a.C.). Nos
encontramos, por tanto, delante de una reflexión teológica en forma narrativa
acerca de la experiencia histórica de Israel que supone la terrible noche oscura
del destierro en Babilonia: el pueblo llegó a perderlo todo por haber
desobedecido a Dios y no haber seguido sus caminos.
El capítulo 2 del Génesis describe el
proyecto originario del Creador, hecho de armonía y de luz; el capítulo 3, en
cambio, presenta el resultado de un proyecto alternativo que el hombre ha
querido realizar prescindiendo de Dios y cuyos resultados trágicos han sido
experimentados por Israel y por todos los hombres, porque todos los hombres han
pecado (cf. Rom 3,9; 5,12). El capítulo 2 habla de ’adam, un nombre
hebreo colectivo que significa “humanidad”, una humanidad que ha recibido la
existencia como un don de parte de Dios su Creador (Gn 2,7); en el capítulo 3,
en cambio, el hombre es descrito arrastrado por una sabiduría y una voz diversa
a la de Dios. Esta “voz” es representada por la serpiente, un animal que evoca
los cultos idolátricos cananeos de la fertilidad y por tanto todo aquello que
contradice a Dios. En la narración bíblica, el autor sagrado echa mano del
artificio literario de hacer que la serpiente “hable”, pero precisamente
hablando es una especie de “anti-palabra”. Las palabras que el narrador pone en
su boca representan, en efecto, la oposición total y radical a la palabra de
Dios.
La serpiente, afirmando que Dios no quiere
que el hombre coma de ningún árbol del jardín (Gen 3,1), representa una
sabiduría (una mentalidad), que imagina a Dios como alguien que es malo, que no
quiere la vida del hombre y que, en cierto modo, es su rival. En la Biblia, la
sabiduría es una forma de vida, es una forma de pensar, una serie de actitudes
que orientan la conducta de todos los días. La serpiente representa la sabiduría
que lleva a la muerte, que se opone al proyecto de Dios y que empuja al hombre a
vivir idolátricamente, poniéndose como nuevo y único dios. Es el drama de la
historia humana y de nuestra vida de todos los días. Es el pecado “original”
porque se encuentra en el origen de todo pecado. Este es el pecado original,
radical, característico y propio del primero y del último hombre, de todos los
hombres que habitan sobre la faz de la tierra.
El texto del Génesis anuncia una “enemistad”
histórica entre la serpiente (el símbolo del mal y de la sabiduría engañadora
que se opone a la palabra de Dios) y la estirpe de la mujer (la humanidad). Se
anuncia una continua hostilidad entre la humanidad y lo que la serpiente
representa. Una lucha tenaz y dolorosa que, sin embargo, habrá un desenlace
feliz: la victoria final será del género humano, a través de su fidelidad a Dios
y a su voluntad. Tal victoria se realiza en la muerte y resurrección de
Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Esta victoria de Cristo
resplandece en forma eminente en María, su Madre, cuya existencia es un claro
signo de la gracia divina y de la entrega total a Dios y, por tanto, de la
victoria de la raza humana sobre la serpiente
engañadora.
La segunda lectura (Ef 1,3-6.11-12) canta el proyecto de “Aquél que todo lo hace conforme al deseo de su voluntad” (Ef 1,11). Un gran designio salvador que tiene como centro y como meta a Cristo Jesús: “nos ha predestinado a ser sus hijos en Cristo Jesús” (Ef 1,5). El Padre nos ha elegido por amor (Ef 1,3-6); el Hijo nos ha redimido y nos ha obtenido la salvación a través de su sufrimiento (Ef 1,7-12); y el Espíritu es la mejor garantía de que tanto la acción del Padre como la del Hijo lograrán su objetivo final (Ef 1,13-14).
El evangelio (Lc 1,26-38), según el estilo de Lucas, forma un díptico con el anuncio del nacimiento de Juan a Zacarías (Lc
1,11-22). Se inspira en varios pasajes del Antiguo Testamento (Jue 6,11-24;
13,2-7; 2Sam 7) y describe la modalidad del nacimiento y la especial relación
con Dios del mesías esperado.
Después de la presentación de los dos personajes, María y el ángel Gabriel (v. 27), el relato se estructura en forma dialogal, con tres intervenciones del ángel, a las cuales corresponden tres reacciones de María. La escena se cierra con la partida del ángel (v. 38). En su primera intervención el ángel saluda a María y le revela el favor divino del que es objeto (v. 28); María reacciona turbándose y preguntándose interiormente sobre el sentido del saludo (v. 29). En la segunda intervención el ángel anuncia el nacimiento del niño y describe su misión (vv. 30-33); María reacciona exponiendo su situación virginal (v. 34). En la tercera intervención el ángel explica el modo con el cual acaecerá el nacimiento y confirma sus palabras a través de un signo (vv. 35-37); María reacciona dando su pleno consentimiento (v. 38).
A nivel de contenido en el texto destacan tres temas: 1. Lo que el ángel afirma de María: Ha sido objeto de una acción benévola y gratuita de Dios, que la coloca en una situación de especial relación con él en vista del nacimiento del niño. 2. Lo que el ángel dice del niño: Es el mesías davídico esperado; su nacimiento, fruto exclusivo de la acción del Espíritu Santo en María, se coloca bajo el signo la santidad divina y en relación con su condición de Hijo de Dios 3. El consentimiento de María: María manifiesta su total disponibilidad a Dios y se declara “esclava del Señor”, utilizando un término (siervo-esclavo) con el cual en la Biblia se designa a los grandes personajes que han colaborado con Dios en la historia de la salvación.
María es la realización más perfecta y bella del pueblo de la alianza, es la Hija de Sión llamada a alegrarse porque “el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,17; Lc 1, 28). De ahora en adelante será ella, la nueva Sión, quien llevará en su seno la presencia salvadora de Dios en medio de los hombres. Sobre ella, de quien nacerá “el Hijo del Altísimo” (Lc 1,32), como en una nueva creación, vendrá el Espíritu Santo (Lc 1,35). Sobre ella, el poder del Altísimo bajará como una sombra que protege y cubre amorosamente (Lc 1,35). Como anunciaba el Salmo, María ha sido concebida “bajo el amparo del Altísimo” y “habitará siempre a la sombra del Omnipotente” (Sal 91,1). Como dice otro salmo: “El Señor la guarda a su sombra, está a su derecha; de día el sol no le hará daño, ni la luna de noche” (Sal 121,5).
María es, en efecto, la “llena de gracia” (Lc
1,28), expresión que traduce la forma verbal griega: kejaritoméne. Esta
expresión verbal es un pasivo “teológico”, es decir, que tiene como sujeto de la
acción a Dios; además pertenece a un tiempo verbal griego que supone una acción
en el pasado, cuyos efectos permanecen continuamente en el presente. Dios ha
colmado de su gracia a María desde siempre. Al inicio de su existencia hay una
intervención divina, a la raíz de su vida totalmente “inmaculada”, es decir,
consagrada al reino de Dios, hay una iniciativa de amor de parte de
Dios.
María,
la “llena de gracia”, es también “la sierva del Señor” que anhela desde el fondo
de su ser realizar la voluntad de Dios en su vida (Lc 1,38). Sierva como
Abraham, como Moisés y los profetas, como su Hijo, el Siervo por excelencia.
María es, en efecto, una persona elegida por Dios para colaborar con él en la
realización de su plan de salvación en la historia; al mismo tiempo, es alguien
que ha respondido libre y gozosamente a Dios, consagrándose totalmente a su
voluntad. La criatura, acogiendo la salvación, llega a ser colaboradora de Dios,
volviéndose sacramento y anuncio de esta misma salvación para toda la
humanidad.