Homilías
   Cronológico (Histórico)

 

Pbro. Herling Francisco Hernández Baca

Homilías del 17 de Mayo al 6 de Septiembre 2009

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario 
Domingo XXII del Tiempo Ordinario 
Domingo XXI del Tiempo Ordinario 
Domingo XX del Tiempo Ordinario
Domingo XIX del Tiempo Ordinario
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario 
Domingo XVII del Tiempo Ordinario
Domingo XVI del Tiempo Ordinario
Domingo XV del Tiempo Ordinario 
Domingo XIV del Tiempo Ordinario 
Domingo XIII del Tiempo Ordinario 
Domingo XII del Tiempo Ordinario 
Domingo XI del Tiempo Ordinario 
Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo 
Solemnidad de la Santísima Trinidad 
Jesucristo Sumo y Eterno sacerdote Jueves 4 de Junio 2009
Solemnidad, Domingo de Pentecostés, 31 de mayo 2009
Séptimo Domingo de Pascua Domingo 24 de Mayo, 2009.
Ascensión del Señor Jueves 21 de Mayo, 2009
Sexto Domingo de Pascua Domingo 17 de Mayo, 2009

   

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario,

Septiembre 6 de 2009

 

Primera lectura Is 35, 4-7ª; Segunda lectura Sant 2, 1-5; Evangelio Mc 7, 31-37

  Hace oír a los sordos y hablar a lo mudos
   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

Primera lectura Is 35, 4-7

El profeta hace un llamado, a los cobardes de corazón, a ser fuertes a no temer (v. 4). Este anuncio,

viene a ser apropiado, ante las circunstancias que está pasando el pueblo de Israel, desolación, exilio.

Ante el cual, el pueblo se siente atemorizado; ante tales situaciones, del que no tienen control. Es en

este momento que la voz del profeta tiene que ser fuerte, altisonante, sobre todo porque las causas de

sus miedos son sus propios pecados, la desobediencia a los mandamientos de Yahvé. El pueblo fue

decidido a violar los mandamientos de Dios, pero le teme a las consecuencias. Lo dicho por el profeta

es para desenmascarar a aquellos que habían dado la espalda a Dios y habían llevado a la desgracia

moral y espiritual. La misión del profeta es hacer conciencia que lo que está viviendo, el pueblo, es

únicamente su culpa. Pero yahvé no los dejará solos, ni los abandonará, él mismo, “en persona los

salvará” (v. 4).

El profeta Isaías, utilizando un gran realismo de un Dios personificado, quiere acentuar la cercanía de

Yahvé, que es parte de su pueblo y actúa por ellos; a partir de ahora el pueblo de Israel  podrá ver

claramente el destino que ha seguido a consecuencias de sus pecados, pero podrá ver la luz de la vida:

los mandamientos. Ahora podrán escuchar a Dios, ante el que habían cerrado sus oídos; de esta

manera volverán al culto verdadero, el cual habían abandonado (v. 5-6). De esta manera la vida

volverá para los Israelitas, en medio del desierto brotaran aguas, recordando la experiencia del

desierto, donde Dios, hizo brotar aguas para saciar la sed de su pueblo (cf. Ex 17, 1-7).

 

Segunda lectura Sant 2, 1-5

Santiago continúa hablando con mucha claridad, sobre cómo debe de comportarse el cristiano, y para

ello, nos da un ejemplo práctico: el favoritismo no va con la fe (v. 1); al contrario, sólo demuestra

que no hemos comprendido el significado del amor a Dios y al prójimo. Santiago sin entrar en

mayores detalles y explicaciones teológicas, pone el ejemplo de un hombre vestido pobremente y otro

vestido espléndidamente (v. 2). La actitud de favoritismo, no tiene que ver en nada con un acto de

cortesía, sino de desprecio y de un juicio externo. Esta actitud sólo expresa la falta de amor al más

necesitado; al pobre, olvidarnos de esto, es olvidarnos de Dios “que siendo de condición divina

de hizo esclavo por nosotros” (cf. Fil 2, 6-7).

Por eso, las comunidades cristianas se deben especialmente a los menos favorecidos, marginados

sociales y morales: la palabra “pobre” en lenguaje evangélico es muy amplio; el excluido es el amado y

favorecido por Dios. Toda actitud, que tengan los cristianos, que implique desprecio o marginación, es

contrario a Jesucristo.

Los cristianos deben vencer la tentación de quedarse en un círculo cerrado, hacer grupos excluyentes

y apostolados de elites. Nuestra vida debe ser una expresión del amor de Cristo, especialmente por los

más pequeños y pobres; en lenguaje de la doctrina social de la Iglesia debemos hacer una “opción

por los pobres” y  ver en ellos el verdadero rostro de Cristo. Por eso, es importante lo que dicen los

obispos reunidos en Aparecida en su documento conclusivo: “la opción preferencial por los

pobres es uno de los rasgos que marca la fisionomía de la Iglesia Latinoamericana y

Caribeña. Por eso, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe

cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre, para enriquecernos con su pobreza.

Los cristianos estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros

hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos” (DCA 391-393).

 

Evangelio Mc 7, 31-37

El Evangelio de San Marcos remarca una actitud que Jesucristo presenta a lo largo de toda su vida y

que de alguna manera ya había sido expuesto en el Evangelio del Domingo XXIII (Ordinario). Jesús

no sólo combate doctrinalmente la marginación social y religiosa de aquellas personas, que en razón

de leyes humanas quedaban excluidos, sino que va a los lugares mismos de marginación (v. 31); a la

raíz  de los verdaderos males que causan que el ser humano se aísle y pierda la conciencia de su

dignidad humana.

La ubicación geográfica que al respecto hace el Evangelio de situar a Jesús, atravesando la Decápolis,

nos da una idea de la personalidad del Mesías y de su misión (v. 31). El conoce la psicología del

hombre y sabe que muchas veces excluimos y nos excluimos debido a taras, etiquetas sociales y

morales. En este sentido es iluminador las palabras del profeta Isaías que leíamos en la primera

lectura anunciando que Dios en persona los resarcirá y salvará (cf. Is 35, 4). Esta profecía viene

cumplida en Jesús; él en persona salvará a su pueblo de todos aquellos males que lo pongan en una

situación de marginación y de sufrimientos.

El contacto fisco al que el Evangelista Marcos  expone a Jesús, dice muchísimo, para una cultura que

se distanciaba de los menos favorecidos; social y moralmente hablando (v. 33). Cristo rompe con

todos aquellos complejos y prejuicios que alejan a los seres humanos. Él, como Dios, reconoce en

estos pobres hombres, su imagen. El día que los hombres  reconozcan en los demás la imagen de

Cristo, entraran a formar parte de los verdaderos creyentes.

Cristo es la repuesta a los problemas más profundo del ser humanos; aquellos que son fruto del

egoísmo, del odio, como aquellos que tienen su raíz  en cada persona; que se sienten menospreciados

o que han perdido el valor por su vida y dignidad.

Sólo en Dios el hombre encuentra la verdadera realización y liberación, frente a todo aquello que lo

esclaviza y lo oprime. Cristo ha venido para salvarnos y a él debemos acudir, sin temor a ser

rechazados. El amor que mueve a Jesús, debe ser el amor que mueva a los cristianos a ir en busca del

más necesitado, sin importar su condición social, moral, política y religiosa. El cristiano debe hacer

una opción preferencial por los padres: “los rostros sufrientes de los pobres son rostros

sufrientes de Cristo” (DCA 393).

   
 

Domingo XXII del Tiempo Ordinario,

Agosto 30 de 2009

 

Primera lectura Dt 4, 1-2.6-8; Segunda lectura Sant 1, 17-18.21b-22.27

Evangelio Mc 7, 1-8a.14-15.21-23

 

Todos tus miembros servirán a la justicia,

si posee tu corazón el emperador justo

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

Moisés el legislador de Dios, se dirige al pueblo con una apelación: “Escucha” que tiene un

significado doble de pasivo y activo. “Escuchar”, por tanto, implica una actitud de atención, de

obediencia,  que dispone al hombre a un encuentro con Dios. Pero, este encuentro se da, sólo en el

cumplimiento de sus mandamientos. Desde los orígenes del hombre, Yavhé puso sus mandatos a

Adán y Eva: “de cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del

bien y del mal no comerás, porque el día que comieras de él, morirás sin remedio” (Gn

3, 16-17). “Con esta imagen, - dice el Papa Juan Pablo II- , la Revelación enseña que el poder de

decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente

libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una

libertad muy amplia, porque puede comer «de cualquier árbol del jardín». Pero esta libertad no es

ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar llamado a

aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y

plena realización en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce perfectamente lo que es

bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos” (Veritatis

Splendor, 35).

 

Esta prohibición que Yavhé mandata, a nuestros primeros “padres”, consiste especialmente, en una

advertencia de vida o muerte, propio de un ser que ama. Yavhé conoce el bien y el mal (Gn 3, 11) y

para prevenir nuestra destrucción Él nos advierte de los peligros que el hombre corre al establecerse

en norma absoluta de sus conductas y decisiones.

 

Queda establecido, por segunda vez (Deuteronomio), que los mandamientos de Dios tienen una

finalidad salvífica y que, por esta razón, supera todo legalismo, Yavhé mismo, a dotado a sus

mandamientos de un carácter liberador, para que el hombre no se presente ante ellas como un

esclavo, sino como un hijo. Practicar los mandamientos de Dios, desde la libertad, hacen que el

hombre manifieste su dignidad y su grandeza, frente a aquel que elije el camino de la desobediencia y

del libertinaje.

 

La sabiduría y la inteligencia van de la mano con la obediencia a los mandamientos de Dios, conocer

lo que es verdadero y practicar lo que es bueno, no es una cuestión de gustos, opinión o modas; es

esencialmente, un ejerció de purificación de la inteligencia y de la voluntad, mediante una búsqueda de

la verdad y la bondad, tal como lo plantea el Joven rico frente a Jesús: “Maestro ¿Qué he de hacer

de bueno para conseguir la vida eterna” (Mt 15, 16). El Papa Juan Pablo II en su encíclica

Veritatis Splendor dice: “la pregunta que el Joven rico dirige a Jesús, es una pregunta esencial e

ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar, y a la vida

eterna” (Veritatis Splendor, 8). Sólo en Dios el hombre puede encontrar las repuestas a estos

interrogantes sobre lo que debe hacer de bueno. Por eso, “es necesario que el hombre de hoy se dirija

nuevamente a Cristo para obtener de Él  la repuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo” (Veritatis

Splendor, 8).

 

La segunda lectura Sant 1, 17-18.21b-22.27

 

Santiago quiere llamar la atención de sus oyentes con una afirmación elocuente: “todo beneficio y

todo don perfecto viene de arriba” (v. 17). Con esto, el Apóstol, considera a Dios como el autor

de todo lo que existe de bueno, justo y recto en la vida de los hombres. De aquí, es donde se

fundamenta el derecho positivo. Nada de lo que el hombre ha construido en materia de derechos,

seria posible sin un derecho natural, sin las leyes divinas, seria sencillamente imposible. Por eso, es

aberrante cuando las leyes humanas se alejan cada vez más de su verdadera fuente, y cuando esto

sucede, pueden considerarse “legales”, pero no justas. La justicia es un concepto que va mas allá de

un uso legal, está relacionado con la moralidad de los actos, es bueno o malo. Esto, sólo es posible a la

luz de los mandamientos de Dios, que tienen como fin ultimo la salvación del hombre, pero

integralmente, por tanto, compromete toda la vida humana, desde su concepción hasta su muerte

natural.

 

Del mismo modo que el libro del Deuteronomio nos invita a cumplir los mandamientos de Dios,

Santiago en su carta, nos exhorta a aceptar dócilmente la palabra que ha sido plantada, y es capaz de

salvarnos (v. 21). Con ello nos dice que el bien ha sido puesto en nuestros corazones y si lo realizamos

encontraremos la vida. La fe y la moral van de la mano, y en esto consiste la religión pura e

intachable a los ojos de Dios Padre (v. 28). Por eso, el cristiano no puede separar su vida privada de su

vida pública, su vida de fe con su posición en la sociedad: “yo no puedo levantar mis manos y

mis ojos a Dios, mientras con mis pies estoy pisoteando a mi prójimo” (cf. 1 Jn 20, 21). De

igual manera nadie puede confesarse cristiano y estar a favor de leyes injustas que atenten contra la

dignidad humana, nadie puede confesarse cristiano y estar a favor de la violencia, nadie puede

llamarse cristiano y promover el odio, nadie puede llamarse cristiano y coartar la libertad del otro.

Santiago está a la base de una autentica y verdadera Doctrina Social, un Evangelio encarnado en los

problemas del hombre.

 

El Evangelio Mc 7, 1-8a.14-15.21-23

 

La escena que nos presenta San Marcos posiblemente pareciera superficial a los ojos del lector, que no

tome en cuenta las circunstancias de este texto. El evangelista no ha querido pasar por alto este hecho,

no se trata simplemente de una prescripción higiénica que pusiese al descubierto la falta de

conocimiento y cultura de aquellos discípulos, sino más bien de un juicio de marginación que ponía en

una condición de exclusión y denigración a estos hombres ¿Dónde radica la dignidad del ser

humano? ¿En su apariencia, en su posición social, religiosa o política? Definitivamente la

repuesta que Jesús nos ofrece; nos dice que la dignidad humana radica en lo que él es: persona e hijo

de Dios, y que esta dignidad se eleva o se degrada según sus acciones: buenas o malas (cf. Mt 12, 12).

 

De estas palabras de Jesús podemos sacar algunas conclusiones:

 

Las leyes humanas se vuelven injustas cuando se aplican para favorecer a unos y condenar a otros,

aunque cumpla con una cierta “legalidad”, esto se llama hipocresía de la ley: condeno al inocente y

libero al culpable

 

Las leyes humanas se vuelven injustas cuando se utilizan como instrumentos de venganza. Si busco en

la ley, un instrumento para hacer justicia, es moralmente bueno, pero si uso de las leyes por venganza,

es moralmente malo.

 

Las leyes humanas se vuelven inhumanas cuando estas se contraponen al valor moral por excelencia,

que es la Dignidad de la Persona Humana y el Bien Común. Por eso, para que una ley sea

humanizadora y justa no puede prescindir de los mandamientos de Dios. Allí donde se prescinde de

Dios, prevalecen las injusticias, las aberraciones, las tiranías, las inmoralidades, que afectan no sólo a

las personas como individuo, sino a toda una sociedad.

 

Es cierto, que No existen leyes perfectas, pero Sí se puede construir una sociedad más justa en la

medida en que los hombres cambien su corazón: “porque de dentro del corazón del hombre

salen los malos propósitos” (v. 21).

 

Aristóteles, el filósofo griego, dirá: “las ciudades necesitan, más que de leyes buenas, de
buenos gobernantes
”. Sólo si tenemos buenos gobernantes, que respeten los mandamientos de Dios
y con una conciencia que distinga lo bueno de lo malo, entonces tendremos un país que viva en
justicia. Sólo si tenemos católicos comprometidos con su fe, entonces nuestras sociedades vivirán en
paz, dice San Agustín: “Todos tus miembros servirán a la justicia, si posee tu corazón el
emperador justo
” (Comentario al salmo 125,7-8).
   
 

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

Agosto 23 de 2009

 

Primera lectura Jos. 24, 1-2a. 15-17. 18b; Segunda lectura Ef. 5, 21-22; Evangelio Jn 6, 60-69

 

Los secretos de Dios deben despertar nuestra atención,

no nuestra aversión

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

En la Primera Lectura del Libro de Josué (Jos. 24, 1-2a. 15-17. 18b) nos encontramos con un aspecto

fundamental en la vida del Pueblo judío, particularmente para la mentalidad bíblica, la importancia de

la comunidad y la familiaridad, todas las gestas de Dios son particularmente dirigidas a la familia. El

sentido de la Alianza está orientado a la constitución de un Pueblo, cuya realización se centra en el

núcleo familiar. La promesa que Dios hace a Abraham, de darle una descendencia, dará lugar a esta

relación de amor: “de ti hare una nación grande y te bendeciré” (Gn 12, 2; 17, 1-2; 21, 1-6).

Yahvé establece de esta manera, una relación especial con el Pueblo de Israel, del cual, las doce tribus

constituyen su fundamento.

 

El gesto de Josué de reunir a las doce tribus de Israel, tiene como finalidad recordar su origen, para

enfocarse en su presente y futuro, un presente y un futuro que está en las manos de Dios. La enseñanza

aquí es: un pueblo que renuncia a sus valores fundamentales corre el riesgo de extinguirse

en el tiempo. La promesa hecha por Dio a Abraham, radica fundamentalmente en el cumplimiento

de su Alianza. Es en este contexto donde Josué, sucesor de Moisés y garante de esta Alianza, exhorta al

Pueblo a aceptar o rechazar a Dios (v. 2). Josué, por su parte, encabeza la lista de aquellos, que

quieren servir a Yahvé, él se convierte en ejemplo para su casa (v. 15). Nos encontramos ante una

enseñanza fundamental: se trata del papel insustituible de la familia para transmitir los valores morales

y religiosos, y en ella, el padre y la madre son indispensables: “yo y mi casa serviremos al Señor”

(v. 15).

 

El exhortativo, hecho por Josué, y su decisión de servir al Señor, hacen que el Pueblo de Israel haga lo

mismo. Dios ha demostrado ser necesario en la vida del Pueblo de Israel. Sólo Dios pude liberar de

las grandes esclavitudes del mundo, al que están sometidas muchas familias, Dios manifiesta su amor

haciendo posible que los seres humanos no se exterminen. Son muchas las razones, por la cual, las

familias y los pueblos, deben decidirse por seguir y servir a Yahvé.

 

Mientras la primera lectura nos presentaba la relación de Dios y el Pablo de Israel, San Pablo, en la

Segunda Lectura (Ef. 5, 21-22), nos presenta la relación al interno de las familias, en su núcleo

esencial: maridos-mujeres a la luz de la nueva condición de cristianos. Tal como lo ha venido

desarrollando a lo largo de toda su carta. Es precisamente, a la luz de Cristo que las relaciones

conyugales y familiares, adquieren una nueva dimensión y función: “sean sumisos unos a otros” (v.

21). Esto hace pensar inmediatamente en la persona de Jesús, que se caracteriza por la humildad y la

obediencia, desde su misma experiencia en el seno familiar (cfr. Lc 2, 51).

 

La invitación que hace el Apóstol Pablo a los esposos cristianos de “someterse unos a otros”, tiene

como lección fundamental, no tanto una regla o norma, sino mas bien, un amor reciproco, que se

convierta en el eje fundamental, de la convivencia entre los esposos. No se trata, por tanto, de quien

está al mando, sino en buscar el bien del otro, el bien de toda la familia, sin sustituir el papel  que cada

uno de sus miembros desempeña.  El esposo debe ejercer su papel de guía y educador, cuidando de su

hogar. Así como Cristo cuida de su Iglesia y se entrega por ella, sin desplazar o sustituir el papel de la

mujer, no como una sirvienta, sino como una servidora por excelencia y exclusiva de la vida familiar;

por eso, San Pablo compara a la mujer con la Iglesia, le reserva un alto grado de dignidad y, a la

misma vez, de complementariedad con el hombre. Culminando con la alusión al libro del Génesis

(Gn 2, 24) para enfatizar que la grandeza de los esposos y  de la familia, sólo se da en esta vocación de

unidad, de amor y respeto mutuo.

 

El Evangelio (Jn. 6, 60-69) nos presenta una escena desalentadora en la misión de Jesús,

 

un fracaso desde el punto de vista de liderazgo, no lograra convencer, ni persuadir a sus

oyentes (discípulos) y la razón, según el evangelista, es el estilo de su lenguaje, su forma de hablar.

La Palabra en este Evangelio ocupa un lugar importante, por la Palabra se llega a la fe, todos los

discursos de Jesús se van a dar de una manera coloquial. Esta dimensión de la Palabra, como

acción que provoca una reacción, se encuentra a lo largo de todo el Antiguo Testamento;

YAHVÉ habla ya desde el principio (Gn 1,26).

 

De esta manera la fe viene suscitada, sólo desde una actitud de escucha a esta palabra, más que el

signo, interesa la obediencia que Jesús comunica como verdades de Dios (Cfr. Jn 12, 50). Esta es la

razón por la que muchas veces el lenguaje de la fe viene rechazado, porque requiere, de parte de quien

la escucha, un acto de fe, de humildad y disposición; si queremos ver resultados, primer tenemos que

escuchar, si nuestra actitud es defensiva, el resultado será un rechazo: “Los secretos de Dios deben

despertar nuestra atención, no nuestra aversión” (Comentario sobre evangelio de San Juan,

27,1-3,5).

 

La fe sólo es posible, si existe una disposición voluntaria, de allí que ésta no puede ser impuesta, pero
sin relativizarla. La fe tiene que asumir a toda la persona y la persona tiene que ser asumida por la fe.
La fe es un acto espiritual, no sensitivo, sino que exige lo más profundo que tiene el ser humano. La fe
implica esfuerzo, no es un toque mágico, es la razón de la vitalidad y de la espiritualidad. La vitalidad
del ser humano no se encuentra en el alimento físico, eso sería muy ingenuo de nuestra parte, y peor
aún, degradante, radica en el alimento espiritual, que es en realidad lo que da vida, por eso, la fe no es
una opción más, es una necesidad y un don. Abandonar este alimento, es quedarnos en la mediocridad
y banalidad. La fe debe ocupar no solamente un espacio en la vida de cada persona, y por tanto, de la
familia y de la sociedad. La persona es libre de rechazar a Dios, pero de lo que no es libre, es de
querer desaparecer a Dios de la vida de los demás, de las familias y de la sociedad.
   
 

Domingo XX del Tiempo Ordinario

Agosto 16 de 2009

 

Primera lectura Prov. 9, 1-6; Segunda lectura Ef. 5, 15-20; Evangelio Jn. 6, 51-58

  Cuando se come a Cristo, se come la vida
   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La Primera Lectura del libro de los Proverbio (Prov. 9, 1-6) es un llamado a encontrar la

Sabiduría: ella viene a nuestro encuentro; ha construido su casa entre nosotros (v. 1). La Sabiduría

entra en una relación de amistad, figurada en el banquete preparado por ella (v. 2). Nos encontramos

ante un tema de gran importancia en la literatura sapiencial, que tiene su base en la palabra de Dios, y

que se concretiza en los sabios consejos de Salomón; quien los escucha sabrá orientarse en la vida con

éxitos y felicidad.

 

La sabiduría, personificada en este texto, no hay que entenderla como un ejercicio intelectual (según la

concepción griega/Platón), sino más bien como la disponibilidad a escuchar y discernir lo bueno de lo

malo, y eso, sólo es posible, por medio, del Espíritu de Dios. La Sabiduría es un don sobrenatural,

 pero se adquiere en colaboración con el esfuerzo humano.  La mescla del vino (v. 2), es

precisamente, la fusión del oyente que se deja guiar por Dios, y que lo lleva a alcanzar su perfección

humana: “así pues, hijos, escuchadme, dichosos los que siguen mis caminos” (Prov. 8, 32).

 

Lo más difícil para los hombres es aprender a escuchar y pedir consejos, normalmente nos dejamos

conducir por nuestras propias opiniones y pasiones. Por eso, la invitación que nos hace la lectura de

hoy a entrar a la casa de la sabiduría y sentarse a la mesa con ella, significa hacer un alto en la vida, en

nuestro camino, y escuchar lo que tiene que decirnos. Hay que tratar con Dios, él es la fuente de la

verdadera sabiduría, de este encuentro, nuestra actitud cambiaria, lo mismo que nuestra manera de

pensar.

 

El primer paso, para ser hombres de sabiduría,  es escuchar y dialogar ¿Dónde podremos encontrar la

sabiduría? La casa de la sabiduría es el templo, lugar de encuentro con Dios, allí encontraremos la

mesa preparada (recordando el man-hú =maná). En otras palabras, sólo bajo la sombra de Dios el

hombre es capaz de descubrir el camino de la verdad, de la paz y de la tranquilidad; no es bajo la

sombra del mal, de los que maquinan para hacer el mal. Sólo acercándonos a Dios, es que podremos

vivir sabiamente, sólo en sus palabras, nuestros juicios alcanzaran la verdad, y la felicidad:

“escuchemos lo que Dios nos dice y sigamos el camino de la inteligencia” (v. 6).

 

La Segunda Lectura del Apóstol San Pablo a los Efesios (Ef. 5, 15-20) nos pone frente a una

conclusión: la vida del cristiano debe de caracterizarse por la prudencia o sensatez, su manera de

actuar a de ser distinta del gentil que se deja guiar por la pasión y el libertinaje. El cristiano debe

mantenerse unido a Dios  en la escucha atenta a su voluntad, no porque se encuentre totalmente

impermeabilizado contra todo aquello que es propio del mundo, sino precisamente, porque su

condición en el mundo es igual que la de aquellos que no buscan a Dios, pero diferentes en su actuar.

Decíamos en la primera lectura que para discernir lo bueno de lo malo y tener juicios verdaderos, es

necesario estar bajo la sombra de Dios. San Pablo es mas explicito y dice que debemos estar llenos del

Espíritu Santo. El don de la Sabiduría es precisamente recibido en la confirmación (cf. 1 Tm 4, 14),

que nos lleva a conocer cuál es la voluntad del señor. Por eso, es necesario recibir el don del Espíritu

Santo: “el que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece” (Rm 8, 9). «… “El Espíritu

viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas

el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 22). El espíritu

Santo artífice de las obras de Dios, es maestro de la oración » (c.e.c. # 741).

 

¿Cómo avivar en nosotros el Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo? San Pablo nos

recomienda: recitando salmos, es decir escuchando la palabra de Dios. “la palabra de Dios – decía

san Ambrosio – es la sustancia vital de nuestra alma, la alimenta, la apacienta y la

 gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la palabra de

Dios”. Esta expresión de San Ambrosio, respecto de la Palabra de Dios, es por así decirlo, el primer

peldaño en la búsqueda de la sabiduría, pero es también importante que se haga dentro de un

ambiente festivo: entre himnos y canticos inspirados, es decir, en una celebración comunitaria: la

Eucaristía que es acción de gracias. En conclusión, según lo que dice la Carta a los Hebreos: “sin

abandonar nuestras asambleas” (Hbr. 10, 25).

 

El Evangelio de este Domingo (Jn 6, 51-58) ha tenido un bello proceso de preparación, bien

intencionada de parte del escritor sagrado: escuchar la palabra para poder comprender el signo.

Palabra y sacramentalidad está presente a lo largo de todo el Evangelio de San Juan. Es precisamente,

en este capítulo 6 donde encuentra su máxima centralidad. Aquí encontramos la más clara explicación

al misterio de la Eucaristía como alimento real del cuerpo  y la sangre de Cristo, en su sentido más

literal de comida y bebida. Cristo se está adelantando a dos acontecimientos centrales de nuestra fe: su

muerte en la cruz y su entrega en el pan y en el vino: presencia en el tiempo y en el espacio de su vida

gloriosa, que se da como alimento para todos.

 

Con este discurso, Jesús no pretende suscitar un debate racional, al contrario, habla con sencillez de

cómo él quiere compartir su vida. No olvidemos  que la fe es propia del hombre sencillo y humilde: …

“porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se la has revelado a

pequeños” (Mt 11, 27). Sólo a través de la fe, el hombre puede comprender estas palabras y acoger

su cuerpo y su sangre como verdadero alimento. No existe ninguna contradicción entre las palabras de

Jesús y el hecho de darnos “su cuerpo y su sangre”, se trata de un acto de amor y debe ser acogido

como tal, un don.

 

Cristo mismo preparó este ambiente de su entrega, como en la sabiduría de la primera lectura,

“vayan y prepárennos la pascua para que la comamos” (Lc 22, 8). En definitiva, la Eucaristía,

es la pascua del Señor: es sacrificio y festín, dos momentos de una realidad natural y sobrenatural,

humana y divina; es don y misterio. «Al celebrar la ultima cena con sus apóstoles en el

transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En

efecto el paso de Jesús a su padre por su muerte y resurrección, la pascua nueva es

anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía

y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino» (c.e.c. # 1340).

 

Las palabras que Jesús utiliza para explicarnos esa relación que el tendrá con los creyentes, son de un

gran valor espiritual. Se trata de una nueva presencia: Cristo glorioso en el pan y el vino; en donde él

nos comunica su vida y nos garantiza nuestra resurrección. Esta nueva presencia de Cristo es

verdadera comunión, se hace uno con el hombre. Por eso, es necesario discernir este misterio (cf. 1

Co 11, 28). La Eucaristía es el don más grande de la Iglesia: esto llevó al Papa Juan Pablo II a

expresarlo con estas palabras: La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad

de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en

su caminar por la historia” (Ecclesia de Eucharistia, 9). Y el santo Cura de Ars dirá: “No hay

nada más grande que la Eucaristía – y continua – “No decís que no sois dignos. Es cierto:

no sois dignos, pero lo necesitáis”.

   
 

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

Agosto 9 de 2009

 

Primera lectura 1Re 19,4-8; Segunda lectura Ef 4, 30-5,2; Evangelio Jn 6, 41-52

 

Dame un corazón amante y comprenderá lo que digo

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La Primera Lectura  del Libro de los reyes (1Re 19, 4-8) nos presenta una conmovedora y dramática

experiencia del Profeta Elías. El enviado de Dios, no está exento de dificultades y  problemas, vive en

carne propia la angustia y la impotencia de no poder hacer nada, su única posible salida es la muerte.

Esta experiencia profundamente humana es personal, no puede ser comunicada a otro, esa es la razón

por lo cual es más angustioso, y por la que sobreviene una gran soledad. Por eso,  el profeta Elías

continua su camino, sólo, sin la compañía de su siervo, esta es una condición humana que el profeta

vive y le hace desear la muerte: “…y se deseó la muerte…” (v. 4a). Aparentemente Elías perdió

toda confianza en Dios, su vida se convirtió en un desierto en donde no hay razón para seguir adelante.

Esta figura del desierto, en las Sagradas Escrituras tiene significado de muerte, desolación y

desesperanza, allí se pierde el valor de la vida; no llega la vida… es la ausencia de todo, la nada. Elías

pierde el valor por la vida: “Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis

padres” (v. 4b). Esta es una de las consecuencias de la persona que se encuentra en estado de

depresión, la vida se encuentra en un sin sentido, no es más importante, no vale nada. Como Moisés,

Elías también huye hacia el desierto que lo acoge y lo libera del poder real, pero aún sigue prisionero

de sí mismo. Después de una jornada de desierto, Elías, exhausto y desilusionado, se tumba a la mejor

sombra posible de aquellos lares, la de una retama, y se desea la muerte (v. 4). Ha perdido la

confianza en sí mismo y en los demás, se siente sólo (v.10).Cansado del duro bregar, sólo desea que

Dios le envíe la muerte; está atravesando su prueba de Getsemaní.

 

En medio de la angustia, un acontecimiento va a transformar su vida. La voz del ángel y la comida

milagrosa (vs. 5-8) harán que la huida que conducía a la desesperación y a la muerte desemboque en

peregrinación hacia el Horeb (v. 9a): comienzo de la vida del pueblo y también de Elías. Hay, pues, un

retorno al origen del pueblo, al origen de la fe. Su peregrinar durante cuarenta días y cuarenta noches

coincide con la permanencia de Moisés en el monte (v. 8; Ex. 34, 28). Así se convierte su caminar en

un peregrinaje que conduce a la revelación de Dios en el monte (vs. 11-13; cfr. Ex. 33, 18-21). En este

momento Elías va a encontrar la respuesta divina a su angustia y desazón. Huracán, terremoto y fuego

son elementos clásicos de teofanía (cfr. Ex 19, 16 ss.; Jue. 5, 4; Sal. 18, 7-15...), pero el Señor no

estaba en medio de estas espectaculares y bravías fuerzas de la naturaleza.  El profeta va a recobrar la

esperanza, en esa intervención milagrosa de Dios y es que realmente la acción de Dios, en medio de

las profundas angustias del hombre, son sobrenaturales, no hay otra explicación a esta situación, que

humanamente parece imposible y ante el cual el ser humano se encuentra impotente. Dios siempre

actúa de una manera misteriosa, el profeta no sabe cómo, pero actuará a favor de su siervo. El camino

que recorrerá el profeta es largo, pero Dios da la fuerza y suscita esperanzas para seguir adelante, en el

monte Horeb encontrará el descanso. La meta de todo hombre es Dios, sólo con él,  el ser humano

encuentra su verdadero descanso.

 

En la Segunda Lectura (Ef 4, 30-5,2) el Apóstol San Pablo hace una exhortación a no entristecer  al

espíritu Santo. Poner triste al Espíritu o destruir el gozo del Espíritu, por los cinco vicios enumerados

en el v. 3, significa no que el Espíritu se entristezca, sino que es la comunidad la que se encuentra

afligida si el bautismo no se traduce en una vida de santidad. El gozo de la existencia cristiana viene

deteriorado si dejamos que mengüe o se oscurezca la luz de la nueva vida que es amor y gracia. En la

comunidad de los bautizados, la vida debe de estar caracterizada de la alegría. Esta será una de las

grandes temáticas del Apóstol Pablo, no obstante las dificultades, incluso la muerte: “siempre llenos

de buen ánimo” (2Cor  4, 6); “por lo demás, hermanos, alégrense” (2 Cor 13, 11); será en esa

unidad con Dios, por el Espíritu Santo, que el cristiano podrá vivir alegre en todo momento.  Esta

expresión de ánimo alegre es expresión de algo más profundo: un comportamiento santo. El cristiano

vive del gozo del espíritu santo; porque vive en una constante santidad: traducido por un

comportamiento de acuerdo al mandato de Dios: “Sed imitadores de Dios, como hijos

queridos, y vivid en el amor como Cristo” (v. 1). Debemos aspirar a la perfección del amor, de

un amor que sabe perdonar sin hacerse cómplice del pecado, de un amor redentor que libera al

opresor y al oprimido. Es así como imitaremos también el amor de Cristo, que se entrega por todos

nosotros al Padre haciéndose sacerdote de sí mismo, haciéndose sacerdote y víctima al mismo tiempo.

 

El Evangelio (Jn 6, 41-52) destaca a partir de estos versículos el tema central de este capítulo 6: “Jesús

como el pan verdadero bajado del cielo”.  Esta afirmación de Jesús provocará el rechazo departe

de los judíos, que se alejan paulatinamente del estado de fascinación, ante el prodigio de la

multiplicación,  pasando por la desilusión ante las palabras de Jesús. Este cambio se explica

sencillamente por su falta de fe, no existe intención alguna a querer escuchar; la terquedad del pueblo

sigue siendo una constante con la que se encuentra Dios, y lo mismo Jesús. Para los judíos es más fácil

satisfacer el estómago, que hacer un esfuerzo por comprender a Jesús  y sus palabras; de hecho los

misterios de fe, exigen un esfuerzo por parte del hombre; aunque son un don divino, ellos exigen la fe;

como asentimiento y adhesión, San Agustín nos dirá: “Dame un corazón amante y comprenderá

lo que digo. Dame un corazón anhelante, un corazón hambriento, que se sienta

peregrino y sediento en este desierto, un corazón que suspire por la fuente de la patria

eterna, y comprenderá lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón helado, ése

no comprenderá mi lenguaje. De estos eran los que murmuraban entre sí. Viene a mí

aquel a quien lo atrae el Padre, dice el Señor” (Comentario al evangelio de San Juan 26,4-7).

Sin la fe sería imposible para el hombre reconocer el signo, que va más allá de lo que la vista puede

ver y la mente comprender. El origen humano de Jesús hace imposible reconocer en él su origen

divino; no porque se opongan, sino por la falta de fe de sus coterráneos. Jesús no se extiende dando

más explicaciones sobre su origen divino; pero advierte que la fe es la aceptación de su persona como

enviado del Padre y que esto no es posible si el mismo Padre, que le envía, no conduce los hombres

hacia su enviado. No se puede creer en Jesús sin la gracia de Dios, pero esta gracia no quita el riesgo y

la libertad de la fe. Sólo en el acto de asentimiento y de adhesión a sus palabras es que el hombre

puede encaminarse hacia Jesús. La fe llega a su perfección cuando es fe en Dios, que se revela en su

enviado Jesucristo. El que cree alcanza vida; pues, aunque todos puedan escuchar a Dios, solamente lo

ha visto aquel que viene de Dios. Y éste es Jesús, el testigo y la misma Palabra de Dios hecha carne: la

plenitud de la revelación, que hace posible la plenitud de la fe. Los que creen así alcanzan vida eterna.

Jesús se nos presenta como el verdadero alimento que da la vida, el se hace alimento cotidiano en el

sacramento de la comunión: su cuerpo y su sangre son verdadera comida y bebida que se nos da en

cada Eucaristía. Esta vida que Jesús comunica, la vida de la que aquí se habla hay que entenderla en el

sentido riguroso y radical del término. Vida en cuanto opuesta a muerte, sin sentido metafórico o

figurado alguno. Jesús invalida la muerte porque él es la vida: “El pan que yo daré es mi carne

para la vida del mundo” (v. 33).

 

En la Eucaristía los creyentes encuentran un reconfortante espacio espiritual de descanso, donde Jesús

lleva a sus discípulos; pero es además alimento que nos garantiza la vida, no física, sino algo mayor, la

vida eterna y, por eso, la Iglesia vive de la Eucaristía, sin la cual no sería  capaz de avanzar en su

camino por el mundo; así como Elías fue confortado por el ángel y fortalecido por el pan que le dio de

comer para continuar su camino, así también la Eucaristía se convierte en viatico que reconforta al

cristiano: «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una

experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la

Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples

formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta

el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y

el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una

intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha

empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado

sus días, llenándolos de confiada esperanza» (Ecclesia de Eucharistia, Juan Pablo II, 1).

   
 

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

Agosto 2 de 2009

  Primera lectura Ex 16, 2-4.12-15; Segunda lectura Ef 4, 17.20-24; Evangelio Jn 6, 24-35
 

Buscad en mí el manjar que no perece, sino que perdura hasta la vida eterna

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La primera lectura tomada del Libro del éxodo (Ex 16, 2-4.12-15) permite al lector acercarse

con plena claridad al motivo de la liberación del Pueblo de Israel. La murmuración del Pueblo frente

a la prueba y la repuesta de Dios al hambre, nos ayudan a entender mejor el mensaje del Antiguo

Testamento (vv. 2-3). La memoria de los Israelitas es, sumamente corta, no es capaz de traer, al

presente de la prueba, las maravillas que Dios ha hecho por ellos en Egipto. Por eso, murmura contra

Dios, y se lamenta de su presente, deseando su pasado; cree que Dios lo ha abandonado, que no sabe

guiarlo, y si lo guía es una condición hacia la muerte. Con esto, se pone en evidencia, la inmadurez del

pueblo, no han sido capaces de crecer; la esclavitud en Egipto, no les ha enseñado absolutamente

nada, solo desean lo inmediato, lo placentero, no existe el más mínimo esfuerzo y sacrificio. Ante las

dificultades, el Pueblo, se comporta como un niño malcriado. El pueblo que salió de la esclavitud de

Egipto, comienza ahora a cansarse de la libertad, ahora que tropieza con las dificultades. Este pueblo

tiene hambre y el hambre es mala consejera.

Lamentablemente el pueblo de Israel perdió la perspectiva de su verdadera liberación, y cayó, en la

inmediatez material (el hambre). De igual manera, el hambre, sigue siendo la preocupación inmediata

de muchas personas. La actividad del hombre de hoy, es satisfacerse con el pan de cada día, esta es la

causa de todos los males del mudo: por el pan de cada día, se mata, se roba, se blasfema contra Dios;

por el pan de cada día, destruimos hogares, por el pan de cada día, se crean las ideologías, y aparecen

los falsos mesías, por el pan de cada día, se pierden los ideales más altos del espíritu humano. Pero al

final, es Dios, quien responde a las quejas de Israel, el mismo que lo sacó de Egipto, es ahora el que

sacará de apuros en el desierto (vv. 12-14). Dios siempre responde a las necesidades más elementales

de su pueblo: tienen hambre y les da de comer el maná “man-hu” (¿qué es eso?). No obstante, la

reacción del pueblo es mezquina, Dios cumple siempre con sus promesas: “yo soy Yahvé Dios,

que te he sacado del país de Egipto” (Dt 5, 6). Aunque, los Israelitas, hayan murmurado contra

Dios, no los dejará morir.

 

En la segunda lectura tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios (Ef 4, 17.20-24) volvemos

a encontrar una nueva recomendación general, a una conducta correcta y conforme a la fe que se dice

profesar: no según los criterios vacios de los gentiles, sino según la verdad de Cristo. San Pablo

exhorta al cristiano a vivir según a “escuchado” y “aprendido” (v. 21). Esta es una de las grandes

dificultades en la que se encuentra el mundo de hoy, y muchos creyentes: un cristianismo sin

Cristo. El cristianismo no es un modo de vida libertino o independiente de la ética y la moral. La

propuesta de Cristo es sumamente radical y profunda. San Pablo lo ha experimentado personalmente,

ha cambiado de mentalidad, pero sobre todo ha cambiado de vida (Cf. Gal 1, 13-14). Para el creyente,

el cristianismo, no puede ser una moda más, dentro de las opciones del mundo, no es tampoco, un

amuleto de buena suerte, ni es un sentimiento romántico, para justificar conductas que atentan contra

la verdad y la moral.

 

El bautismo señala para el cristiano el inicio de un estilo de vida completamente renovado. Los

criterios de conducta distinguen al cristiano del gentil. El ideal cristiano estriba en asimilar

profundamente los valores y la persona de Cristo. Esta exhortación del Apóstol nos permite hacernos

estas preguntas: ¿Mi manera de actuar y de comportarme son coherentes  con lo que Cristo enseña?

¿Con que criterios juzgo mi vida? ¿Qué es para mí ser cristiano? ¿En mi vida, tengo como norma el

Evangelio? Según la repuesta que demos a estas preguntas, tendremos al cristiano que quiero ser. Pero

la verdad es una sola, «se es cristiano, sólo cuando imito verdaderamente a Cristo».

 

El evangelio de San Juan (Jn 6, 24-35) revela las verdaderas intenciones de la gente: “a fin de que

queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 35). La gente no busca

verdaderamente a Cristo por ser el Mesías, el Hijo de Dios, lo buscan “porque comieron pan

hasta saciarse, no por los signos” (v. 6). Así, como en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel

había perdido el verdadero sentido de su liberación. También el gentío que seguía a Jesús no

comprendió el milagro de la multiplicación, no serán capaces de comprender su ministerio. Con esto

Jesús mismo nos explica, la torpeza que los hombres cometemos cuando lo reducimos y confundimos

con un promotor social; Cristo ofrece algo más grande que saciar el hambre, Cristo viene a liberar al

hombre del pecado y ofrecer un pan que sacia más allá del cuerpo. Son su palabra, Él mismo y la

Eucaristía. Las palabras que Jesús nos dice: “trabajad por el pan que no perece” y que da “la

vida eterna” (v. 27), es Él mismo, es el pan bajado del cielo (v. 33).

 

Seguir a Cristo, creer en él, es lo que verdaderamente cuenta, no son los milagros los que salvan, es

Cristo el que salva. La muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, la personalidad de Jesús

es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento, no son la que van a poder

merecer la salvación, lo único que cuenta es seguir a Cristo (vv. 28-29).  Solamente una autentica fe es

capaz de ver los signos, no los milagros, los milagros son evidencias; “bienaventurados los que

crean sin haber visto” (Jn 20, 28). La fe implica esfuerzo, trabajo. El pueblo de Israel no

comprendió que el maná del desierto, como los panes multiplicados por Jesús, son ambos expresión

del amor que el Padre ofrece al mundo. Esto no lo comprenden los interlocutores de Jesús, como

tampoco hoy el mundo lo comprende. Lo único que se busca y se quiere es encontrar placer, el

espíritu no cuenta, el amor como sacrificio a los demás no cuenta, la verdad no cuenta. Eso no es lo

que cuenta para la gente que sigue a Jesús, solo cuenta el pan material. Por eso muchas veces, el

cristianismo, se convierte en una opción más y no en un encuentro con la verdad, que es Cristo. «

¿Qué nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser discípulos de Cristo? Porque

esperamos encontrar en la comunión con él la vida, la verdadera vida digna de este

nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que

hemos hallado en él. Pero, ¿es esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo

es el camino, la verdad y la vida?» (DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI,

Salón de Conferencias, Santuario de Aparecida, Domingo 13 de mayo de 2007).

   
 

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Julio 26 de 2009

 

2Re 4, 42-44; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15

 

Dios siempre cuida sus criaturas, pero lo hace a través de los hombres

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La primera lectura tomada del Segundo Libro de los Reyes (4, 42-44) nos relata un

acontecimiento que debe repetirse en la historia de los hombres, “compartir el pan”. La actitud

mostrada por el profeta Eliseo, pone de manifiesto que realmente él es un hombre de Dios, dicho de

otra manera, no sólo habla con las palabras, sino que comparte con el que no tiene. Aquí aparece una

escena, que vista con ojos humanos, no es comprensible, ni posible: “dar de comer a cien

personas con veinte raciones de pan” (v. 43). Lo imposible, se hace posible en el hombre de fe.

La razón radica, no en una intervención milagrosa, sino en la capacidad de compartir. Baal-Salisá, el

criado, no piensa en los demás, sino en él mismo.  La pobreza, las injusticias, las precariedades que

encontramos en muchas personas, radica principalmente en la actitud egoísta que el ser humano tiene,

no se quiere compartir, la justificación es siempre la misma: “no da para todos”, “no tengo, soy

muy pobre”, o nos quedamos con lo que le pertenece al otro: robo. Definitivamente, la actitud del

profeta, es un acto profundamente humano, pero sobre todo de fe: “porque así dice el señor:

comerán y sobrara” (v. 43). Esta confianza del Profeta, ante lo imposible, debe ser seguida por toda

persona que se declara creyente, en aquél que se dice que confía en Dios. Pero, para eso, debemos ser

hombres de oración, no de matemáticas. Solamente amando profundamente a Dios, podemos amar

profundamente al prójimo: el verdadero creyente no se tapa la vista ante el que se encuentra en

desgracia, el verdadero creyente comparte con el que tiene menos o nada. Simplemente da. Entre más

damos, mas tenemos, esta es la lección de la vida, la lección de la providencia.

 

La segunda lectura de la carta a los Efesios (4, 1-6) recoge el mensaje central del Apóstol: el

llamado a la unidad ¿Por qué para el Apóstol es tan importante la unidad? Él mismo nos da unas

posibles repuestas en el prólogo de su carta: la obra de la salvación es una; es trinitaria y los creyentes

cristianos están llamados, de igual manera, a realizar  esta misma obra de salvación en la unidad. De

ahí que la unidad vivida de la Iglesia tiene que remontar tres peligros: la discordia (vv. 1-6); la

diversidad de los ministerios (vv. 7-13); las doctrinas erróneas (vv. 14-16). Todo aquello que

afecta la unidad de los hijos de Dios y de su cuerpo, la Iglesia (cf. Ef 5, 21-23), es un grave pecado,

porque atenta, con el designio de salvación, que Dios a querido realizar, por medio de Jesucristo y que

Él mismo a puesto como condición para que el mundo crea. ¿Cómo es posible vivir en esta unidad?

¿Qué deben hacer los creyentes que aman a Cristo? Las indicaciones son las mismas que para

aquellos cristianos de Éfeso:

Sean siempre humildes y amables

Comprensivos

Trátense mutuamente con amor

Esfuércense en mantener  la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz

Amar a la Iglesia: un solo cuerpo un solo espíritu

Vivir en la misma fe y celebrar los mismos sacramentos: un sólo Señor, una fe, un

bautismo

 

Para san Pablo esta unidad, es condición para la salvación, y así, se hace efectivo el anuncio del

Evangelio: “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). La Iglesia es UNA

debido a su origen… La Iglesia es UNA debido a su fundador… La Iglesia es UNA debido a su alma

(cf. C.E.C 813).

 

La escena que nos presenta el Evangelio de San Juan (6, 1-15), corresponde al contexto, del discurso

del pan de vida, y evoca dos momentos importantes en el ministerio público de Jesús: el anuncio de

la palabra y del discurso, propiamente, del pan de vida. En realidad se trata de dos momentos

de una misma realidad: el Anuncio de la palabra y los sacramentos. Para el evangelista San Juan,

el anuncio de la palabra encuentra en Jesucristo una dimensión profunda: “la palabra era Dios” (Jn

1,1); “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Las personas venidas de todas partes: “lo

seguían mucha gente” (v. 2), expresa la fuerza que tenia Jesús en sus palabras. Los encuentros que

tiene con Nicodemo (cf. 3, 1-10) y la Samaritana (cf. Jn 4, 7-30) indican un cambio, una vida nueva,

que solo es posible con Jesús. Pero esta palabra, es una palabra encarnada, en su sentido más literal:

“y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). Esta afirmación del

evangelista hace posible entender el ¿Por qué de la preocupación de Jesús por la gente? Él no es un

demagogo, no es un comerciante de la palabra, como lo hacían los sofistas de la Antigua Grecia. Es la

palabra hacha carne. Es la acción misma del amor: “la palabra amor, es el amor sin palabras”.

Jesús no solo entra en la mente de las personas, sino que penetra en su corazón, se compadece de

ellas. A diferencia del profeta Eliseo, él mismo realiza la obra, pero la realiza a través de la

generosidad de otros: “aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de

peces” (v. 9). Es en este momento donde se realiza el verdadero milagro; no se trata de un trueque, es

puro amor y generosidad. Sin embargo, es el hombre el que pone límites (falta de fe) y obstáculos al

amor de Dios (por la dureza del corazón) “¿Qué es eso para tantos?”  (v. 9). De nuevo el hombre

resistiéndose a dar, a compartir. Sin amor no es posible hacer nada. «Dios siempre cuida sus

criaturas, pero lo hace a través de los hombres. Si alguna persona muere de hambre o

pena, no es que Dios no haya cuidado, es porque nosotros no hicimos nada para

ayudarla. Nos fuimos instrumentos de su amor, no supimos reconocer a Cristo bajo la

apariencia de ese hombre desamparado, de ese niño abandonad» (Madre Teresa de Calcuta).

 

Realmente, Jesús cambio aquella situación, el amor podría cambiar muchas situaciones de injusticias,

de pobreza, de discriminación. Escuchar la palabra es tener un encuentro con Cristo, pero también es

conversión y la conversión no es más que amor a Dios y amor al prójimo. Esta es la diferencia de una

religión vacía o del vacío de la religión, con una verdadera fe. Los sistemas económicos y del mercado

buscan ganancias; Cristo ama a las personas, no su dinero. Por eso, el resultado es el silencio, la

soledad, la única ganancia es dar. San Juan Bosco dirá: “el bien no hace ruido y el ruido no hace

bien”.

   
 

Domingo, Julio 19 de 2009

XVI del Tiempo Ordinario

Jr 23,1-6; Ef 2,13-18; Mc 6,30-34

 

El mayor mal es la falta de amor y caridad: Nosotros predicamos un Dios bueno,

comprensivo, generoso y compasivo

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La primera lectura tomada del profeta Jeremías (Jr 23,1-6) es un serio reproche a la

responsabilidad de los pastores; ¿Quiénes son estos pastores sobre quienes recae esta sentencia del

profeta? Muy probablemente se trata de los Reyes, particularmente el Rey Sedecías. Con ocasión de la

primera deportación de judíos a Babilonia (año 597 a. C.), Nabucodonosor se lleva prisionero al Rey

legítimo de Jerusalén, Joaquín: “… No le harán funeral... lo enterrarán como a un asno: lo

arrastrarán y lo tirarán fuera del recinto de Jerusalén” (Jr 22, 18ss) y en su trono coloca a un

pariente del Rey: Sedecías. Del emperador babilonio ha recibido el nombramiento y su nombre de

reinado: "Dios es mi justicia". Este Rey - pastor ha recibido el encargo de cuidar de su pueblo -

rebaño, pero en vez de cuidar de ellos, los ha llevado a la ruina; no solo económica, social y política,

sino sobre todo moral y religiosa (vv. 1.2). Esta negligencia de parte del Rey, de abandono a su

pueblo y de falta de justicia, se convertirán en las consecuencia de su sustitución, no en un sentido

político-militar, sino más bien de un liderazgo moral, de justicia,  y de paz, que le traiga a su pueblo

esperanza y unidad (vv. 3.4). No podemos olvidar, que la instauración de un nuevo pastoreo, así los

enfatiza el profeta, viene de Dios, Él suscitará un vástago que “reinará como rey prudente, hará

justicia y derecho en la tierra” (v. 5).

 

La segunda lectura (Ef 2, 13-18), en su sentido literal inmediato, trata de la reconciliación que

Cristo ha traído entre los hombres, quitando las diferencias entre judíos y no judíos, igualando a los

gentiles y a los del Pueblo de Israel. El Señor ha hecho desaparecer la enemistad y odio que existía

entre unos y otros. Es preciso tener en cuenta esta realidad para comprender el sentido del texto: es

bastante claro como por parte de los judíos existían un exacerbado nacionalismo, mezclado con lo

religioso, en contra de todos los no pertenecientes a Israel.

 

Frente a un mundo enfrentado, por diversos motivos, las palabras de San Pablo a los Efesios son el

camino seguro para encontrar la paz, no es suficiente el dialogo; porque este es vacío, sino lleva

consigo en reconocer en el otro a un hermano. El dialogo, viene  enriquecido, sólo en el amor de

Cristo, que viene testimoniado por su sangre derramada en la cruz: “Ahora, por la sangre de

Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. El es nuestra paz” (v.13). La iniciativa que

Dios ha tomado, en la persona de Jesucristo, de venir al encuentro del hombre, cuando éramos sus

enemigos, es la prueba de una amistad definitiva, un proyecto de paz y un don que puede ser vivo entre

los hombres (vv.15.16). Cristo es modelo de paz, de perdón de amor, por tanto, el cristiano que

participa del amor de Dios, por el bautismo, se convierte en otro Cristo,  debe ser testigo de paz, por

eso, la recomendación de San Pablo a los Romanos es la fórmula para alcanzar la paz entre todos: “en

 lo posible, y en cuanto de ustedes dependa, en paz con todos los hombres” (Rm 12, 18).

La paz, como don de Cristo a los hombres, es el único camino a la unidad, donde se funda la familia

humana y la Iglesia. Cristo es nuestra paz: “Ved, pues, que quienes no aman la paz han sido

desheredados; y no aman la paz quienes dividen la unidad” (Comentario al salmo 124,10. San

Agustín).

 

El Evangelio San Marcos (Mc 6,30-34) recoge en los primeros versículos el retorno de los doce

de su primera actividad como enviados. Es un retorno al Maestro que los ha enviado y que los acoge

con cariño y solicitud maternales. La escena rezuma lozanía y autenticidad, algo que no se encuentra

en los paralelos de Mateo o Lucas. Marcos está dando así forma a la imagen de Jesús pastor, que

constituye el verdadero centro de interés del conjunto del texto. Este es absolutamente necesario leerlo

desde el telón de fondo de Jeremías 23, 1-6 (primera lectura del día) y, sobre todo, de Ezequiel 34. El

texto de Ezequiel está a la base no sólo del texto de hoy, sino del relato siguiente sobre el alimento

ofrecido por Jesús a la multitud que le busca.

 

El Evangelio de San Marcos presenta dos actitudes del autentico Pastor: a) La paz interior (v.32);

b) La compasión  (v.34). Difícilmente el Apóstol puede llevar la paz a otros, sino vive un encuentro

con Cristo: nuestra paz. En un mundo dominado por las luchas y enemistades, se necesita del coraje

del amor y del perdón. Sólo la paz del corazón hace posible sentimientos de compasión por el

prójimo. “Para los creyentes la primera y fundamental acción en favor de la paz es la

oración, porque la paz es un don del amor de Dios” (Juan Pablo II). Desde el don de la paz el

cristiano se dispone a construir un mundo más humano y más cristiano. José María Escrivá de

Balaguer dice: «Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de

campañas negativas, ni de ser atinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de

optimismo, con juventud, alegría y paz, ver con comprensión a todos» («Surco», n. 864).

 

Todos los  cristianos, en mayor o menor grado, y cada uno en su ambiente, tenemos la 

responsabilidad de ayudar a los demás, con nuestro testimonio y con nuestra acción: unos  padres que

educan a sus hijos en la fe, un joven que da testimonio ante sus amigos, los  que forman parte de los

diversos grupos de animación de una parroquia (liturgia, atención a  los enfermos, etc.): todos somos

misioneros y apóstoles. La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos

que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras

propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro precisamos que toda

familia viva feliz” (Madre Teresa de Calcuta). Las cualidades que aquí  aparecían como exigidas a

los pastores, van para cada uno de nosotros. Incluyendo toda  clase de autoridad (también social,

económica o política) que podamos tener, y que  debemos interpretar y vivir como servicio, y no

como usufructo aprovechado.

   
 

Domingo, Julio 12, 2009

XV del tiempo ordinario

Primera lectura Am  7, 12 – 15; Segunda lectura Ef  1, 3 – 14; Evangelio Mc  6, 7 – 13

 

El profeta habla no por propia iniciativa, sino en nombre de Dios

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
   
 

La primera lectura tomada del libro de Amos nos presenta la inquietante vocación del profeta que

se rebela contra el funcionalismo de la casta sacerdotal, complaciente de las injusticias que se

cometían, en el Reino del norte (v. 13). Amos es, sin duda, el profeta que alza su voz de condena a

todo orden que quiere estar por encima de Dios y que hace de la religión un instrumento para

acallar la conciencia frente a los graves pecados que se están cometiendo (v. 15). El profeta habla

no por propia iniciativa, sino en nombre de Dios, no responde a ningún sistema, sino al Espíritu, por

eso, la vocación del profeta contrasta con todo aquello que se acomoda al poder, a las injusticias,

difícilmente puede ser comprado, para hablar en nombre de ellos. De ahí la sentencia de reproche y

expulsión (v. 12). La voz del profeta no siempre es bien escuchada, porque no habla para complacer

a las masas, mucho menos se presta para que su palabra sea manipulada. El profeta incomoda a

quien se ha vuelto cómplice de la corrupción y de la tiranía contra el pueblo. Por vocación, el

profeta, se ve obligado a huir porque su palabra inquita a aquellos que se ven denunciados.

   
 

La segunda lectura tomada de la carta a los Efesios es un himno y a la vez una auténtica oración,

una contemplación teológica de todo el plan salvífico de Dios. Ya la introducción es claramente

trinitaria: el Padre, Cristo y el Espíritu, son los grandes agentes de la salvación (v. 3). Si leemos

detenidamente el texto de esta carta, el lector se ve movido a elevar su espíritu en acción de

gracias a Dios por un designo realizado en la persona de Jesús que se hace patente en la vida del

cristiano (vv. 3-4). Esta vocación tan sublime del hombre, a participar de la misma santidad de

Dios, no pretende ser una exageración del apóstol, sino un reconocimiento a este don (v. 6). Esta

es la razón por la cual todos los bautizados debemos de explotar de gozo ante esta experiencia de

amor, que lo coloca en una condición de ventaja frente a aquél que se queda fuera de este designio

de amor. Si bien es cierto es una acción que pertenece a la liberalidad absoluta de Dios; no pueden

ser vivida sin una conciencia que la acoja. Por eso, este texto es una invitación a la misión, de la

cual la Iglesia es portadora, y ante el cual, no puede quedarse callada. El ser humano tiene frente

así un derroche de gracia, y un destino de amor (v. 13). Quien toma conciencia de esto, no le

queda otra cosa, que bendecir a Dios. El culto que el cristiano ofrece a Dios no puede ser vacio si

esta movido por este designio de Dios revelado por Jesucristo y marcados por el Espíritu Santo, que

es prenda de nuestra herencia (v. 14).

   
  El Evangelio de San Marcos se detiene en el momento de la misión que lo presenta con
características, muy particulares, que el mismo evangelista quiere expresar: a) los Apóstoles son
escogidos por Jesús; b) el envió se hace de dos en dos; c) son revestidos de autoridad; d) lleva
solamente lo necesario; e) las obras que acompañan. La misión que van a realizar los Apóstoles
rompe, por decirlo de alguna manera, con el esquema tradicional, son hombres que se encuentran
fuera del formalismo religioso (cf. Mc 1,36) de ahí que, muchos se quedaran sorprendidos de las
palabras de estos hombres, su mensaje no es aprendidos, sino dado por Jesús, pero también,
comparten la experiencia de una misericordia vivida, esto nos recuera lo que leíamos del llamado
del profeta Amos: “No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos” ( Am 7,
14)
. Esta es la grandeza de la vocación y del menaje, porque viene de Dios. Pero esta misión
no se puede realizar sino es en la comunión: de dos en dos; esto no es solo una forma práctica de
realizar algo, sino el compromiso que tiene el Apóstol de que el mensaje que el porta viene
testificado en la comunidad y por la comunidad; podemos ver en esto la Tradición Oral (cf. 1Ts 2,
15)
, anterior a la Escritura y que es garantía de la misión que se realiza. La misión de los Apóstoles
es hecha desde la verdad y en la comunión, pero necesita de autoridad (Hb 13, 17), una autoridad
que les viene de Cristo, sin ella la misión sería una simple comunicación, sin adhesión, no podría
haber comunidades, porque no habría nunca discípulos. Esta autoridad es autentica si se vive en la
verdad y en la caridad
. Por eso las obras que deben acompañar la misión son el testimonio que
corona este don. La Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tm 3,15), es enviada por Dios y
ella debe realizar el designio de Dios a los hombres, evangelizar y santificar, es la razón de esta
misión.
   
 

Domingo, Julio 5, 2009

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Primera Lectura: Ez 2,2-5; Segunda Lectura: 2 Cor 12,7-10; Evangelio: Mc 6,1-6

   
  S.E.R. Monseñor Silvio Báez Ortega,
Obispo Auxiliar Arquidiócesis de Managua
   
   
 

El tema dominante de la liturgia de la palabra de este domingo es el escándalo que causa

el profeta y su palabra, en medio de una sociedad empeñada en llevar adelante un proyecto

alternativo al reino de Dios. La vida y el mensaje de los profetas fueron y serán siempre incómodos y

objeto de rechazo de parte del mundo. Ezequiel tiene que enfrentarse con Israel, “pueblo rebelde” y

de “corazón duro” (primera lectura); Jesús, con la incredulidad de sus conciudadanos de Nazaret

(evangelio). No obstante el rechazo del mundo, la palabra profética continuará siendo una instancia

crítica fundamental de parte de Dios frente a las estructuras pecaminosas e injustas de la sociedad.

El profeta, sin embargo, será siempre un signo ambiguo, difícil de aceptar: un hombre como todos

los demás, sin ningún distintivo exterior, sin ningún poder para imponerse sobre los demás, pero

portando dentro de sí una palabra que no es suya, sino de Dios, y que debe comunicar a los hombres.

La palabra de Dios se encarna en la palabra del profeta. La Palabra no existe de otra forma sino

encarnada. Por eso escuchar al profeta es escuchar la voz de Dios; rechazarlo es cerrarse a la

palabra del Dios vivo.

   
 

La primera lectura (Ez 2,2-5) presenta a los tres protagonistas fundamentales de toda vocación

profética: Dios que toma la iniciativa y que, a través del Espíritu, fortalece, habla y envía al profeta; el

profeta, llamado a proclamar la palabra del Señor; y el pueblo, que es descrito como rebelde y duro de

corazón desde antiguo.  Ezequiel, como profeta, deberá hablar abiertamente a los israelitas, “escuchen o no

escuchen”. No importa. Al menos “sabrán que en medio de ellos hay un profeta” (v. 5). El éxito del profeta

no consiste en ser aceptado, sino en ser fiel a la palabra de Dios. El verdadero profeta cumple su misión si

permanece obediente a Dios que lo ha mandado y proclama fielmente al pueblo el mensaje que ha recibido

de parte del Señor, “escuchen o no escuchen”. El pueblo obstinado y pecador no podrá callar al profeta, ni

logrará ignorar su voz.  La palabra que él debe proclamar  no es suya, sino de Dios mismo: “Te envío para

decirles: Así dice el Señor Yahvéh” (v. 4). Ezequiel, como todos los auténticos profetas, se caracterizará

por su firmeza y su fidelidad al Dios que lo ha enviado.

   
 

La segunda lectura (2 Cor 12,7-10) nos permite vislumbrar la lucha interior de un apóstol–profeta:

Pablo. Además de las persecuciones y los sufrimientos que le llegaban de un ambiente hostil al evangelio,

tiene que sufrir “una espina en la carne” (v. 7). Es difícil saber en qué consistió concretamente este

sufrimiento y esta lucha interior que acompañó y humilló a Pablo en su ministerio: ¿una debilidad personal, a

lo mejor sexual?, ¿una enfermedad crónica?, ¿su profundo sufrimiento a causa del rechazo de Israel a

Cristo? Lo importante es el testimonio que nos deja de su experiencia personal. En medio de la prueba y

del sufrimiento, “abofeteado de Satanás” –como dice él–, sabe que no está solo y abandonado, sino que el

poder y la misericordia de Cristo lo acompañan, como él mismo le ha asegurado: “Mi gracia te basta, que

mi fuerza se pone de manifiesto en la debilidad” (v. 9).  Por eso Pablo celebra con gozo la fuerza de Cristo,

una fuerza que se hace visible precisamente en su flaqueza y en su impotencia, en la debilidad de su palabra,

en el aspecto muchas veces humillante del ministerio apostólico y en el escándalo y las dificultades que trae

consigo. Es la paradoja de la gracia. Precisamente en el momento de la crisis, en la experiencia del “ser

débil” y en el aparente fracaso de la Palabra, se manifiesta Dios con toda su potencia salvadora en favor del

profeta y del apóstol.

   
 

El evangelio (Mc 6,1-6) relata la reacción de escándalo de los habitantes de Nazaret delante de las

obras y de la palabra de Jesús. Jesús enseña en la sinagoga de la ciudad y la muchedumbre que lo escucha

se admira y se pregunta: “¿de dónde le viene a éste todo esto?, ¿quién le ha dado esta sabiduría (sofía) y

estos portentos (dynamis) de sus manos?” (v. 2). El problema es el origen, el de dónde viene todo esto.

No lo saben y, precisamente, este “no saber” se convierte en ellos en incredulidad. Los habitantes de

Nazaret estarían dispuestos a aceptar solamente aquello que pudieran comprender y encerrar en los

esquemas de la tradición y de la estructura legal de Israel. Sabiduría (sofía) y portentos–fuerza (dynamis)

son dos términos que definen bien el reino de Dios anunciado por Jesús. La sabiduría es el modo de

comportarse, es la nueva ética y la enseñanza de Jesús, el misterio del reino que expresan las parábolas

(Mc 4); los portentos son los milagros que él realiza, liberando y devolviendo la dignidad a los hombres y

mujeres de este mundo, introduciéndoles en una dinámica de salvación que lleva a la plenitud.

Sabiduría y portentos definen el ministerio profético de Jesús de Nazaret. El problema de los

habitantes de Nazaret es que se encuentran delante de un de una enseñanza y unas obras que, con su

novedad y su libertad creadora en favor del hombre, han roto con la mentalidad y la tradición social y

religiosa de Israel. Por eso resultan difíciles de aceptar. Para aquella gente Jesús no es más que “el

carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón” (v. 3). No logran ir

más allá. No se abren a la novedad del evento que en él ha comenzado a manifestarse y no captan el

misterio que en él se esconde. No tienen fe. La fe es precisamente la superación de la ambigüedad del signo

profético, para captar la estructura teológica profunda que va más allá de los elementos contingentes de

carácter histórico o espacial. No hay que olvidar que la presencia de Dios pasa siempre a través de la

encarnación, de los signos muchas veces discretos pero reales de su acción salvadora. 

En su propia ciudad, que se convierte en espacio de incredulidad y escándalo ya que “un profeta

sólo es despreciado en su tierra” (v. 4), Jesús no pudo realizar ningún milagro (v. 5). El no es un mago que

cura exteriormente a los enfermos, sin contar con la apertura de corazón y la fe de los hombres. Aunque el

rechazo no es total (v. 5: “tan solo sanó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos”), el texto se

cierra con una triste constatación de Jesús: “Estaba sorprendido de su falta de fe” (v. 6).

Hay momentos en la historia en que se agudiza la percepción de una ausencia. Ausencia de ideales,

de valores, de experiencia interior y de verdad, con la consecuente necesidad de seguridades en las cuales

hacer descansar el ansia o el desconcierto. En estas etapas de vacío espiritual, muchas veces prolongadas,

como la que vivimos actualmente en nuestras sociedades, vamos instintivamente en búsqueda de personas

que irradien en sus palabras y en su conducta la presencia de la Verdad y del Sentido. Por eso el don

espiritual del profetismo, con su palabra de verdad, es tan indispensable actualmente, porque el carisma

profético auténtico, más que anunciar el futuro, edifica, consuela y exhorta en el presente (1 Cor 14,3).

No podemos olvidar, sin embargo, como lo enseñan las lecturas de este domingo, que la

experiencia del rechazo de la Palabra es una de las constantes de la misión profética. Tenemos necesidad

de una fe grande, capaz de abrirse a la novedad de Dios y de sus caminos.  La liturgia de hoy nos invita a

abrirnos a la palabra profética que nos llama a la verdad y a la justicia, a la coherencia de vida y al

compromiso en favor de los otros. La indiferencia delante de la Palabra es una tentación de todos, no sólo

de los incrédulos. Es una dramática enfermedad que nos puede atacar, haciendo que nuestro corazón se

vuelva duro y nuestra conducta estéril.

   
 

Domingo, Junio 28, 2009

Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Primera Lectura: Sb 1, 13-15; 2, 23-24; Segunda Lectura: 2Co 8, 7. 9. 13-15; Evangelio: Mc 5, 21-43

 

Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha revelado más

fuerte que la muerte, más fuerte que el mal

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
 

La primera lectura tomada del libro de la Sabiduría hace resaltar una verdad, que pareciera que

ha quedado olvidada por el pasar de los años, una verdad fundante de la misma existencia humana:

 “Dios no hizo la muerte… Dios creó al hombre para la inmortalidad” (vv. 13.23).

Los seres humanos se debaten y se interrogan sobre el sentido de la vida, encontramos distintas

repuesta según sea la visión que se tenga de ella, pero lo cierto es que el hombre se resiste a morir,

busca la inmortalidad. Algunos la buscan en el placer, otros en el honor y la gloria humana y hay

quienes lo buscan en la acumulación de riquezas, ¿pero esta allí la inmortalidad? El libro de la

Sabiduría que estamos leyendo nos dice que la inmortalidad hay que buscarla, en Aquel que nos ha

 dado la existencia, Dios, porque de Él hemos salido, es nuestro creador: los planes que Dios tiene

para el hombre son de vida, no de muerte y ¿Por qué entonces existe? La repuesta es sencilla:

por la envidia del demonio. Pero la muerte de la que habla el libro de la Sabiduría, no es tanto la

muerte física, ella es solo consecuencia de una muerte más terrible, la muerte del espíritu, la muerte

moral, que en definitiva afecta a toda la persona, y que adquiere rasgos de dolor, sufrimiento, angustia

y finalmente la muerte. Si bien es cierto que la muerte pasa a ser una dimensión de la persona

humana, lo es no en cuanto le pertenece a su naturaleza creada, sino en cuento a su naturaleza

corrompida por el pecado, así lo expresa el apóstol San Pablo: “por tanto, como por un hombre

entro el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzo a todos

los hombre” (Rm 4, 12). La muerte es una realidad de la cual el hombre no puede eludir, mucho

menos escapar, en ese sentido la muerte es una condición del hombre; pero no su fin. Por eso, dice el

libro de la Sabiduría que “la experimentan los que le pertenecen” (v. 24). En otras palabras, no

somos de la muerte, el creyente afirma con propiedad esta verdad, de allí que vivamos por la fe.

 

La segunda lectura del Apóstol San Pablo insiste en aquello que es propio del Cristiano, no como un

añadido, sino más bien, como un estado de vida: la FE, y por eso, es que el Cristiano sobresale en

todo. La fe es la razón primera de la vida del creyente, de allí que San Pablo manifieste su admiración

por los Corintios, pero una admiración que va mas allá de un simple dar, sino como consecuencia de

una fe que se convierte en generosidad, solidaridad. A ejemplo de Cristo que siendo rico se hizo pobre

por nosotros para enriquecernos (cf. v. 9) La fe, entonces, pasa a ser la fuerza que mueve a todos los

hombres a compartir su vida con el otro. En este sentido el Cristiano que vive en el amor de Dios, no

puede pasar por alto su compromiso de amor que tiene con su prójimo: “Tómate tiempo para

hacer caridad. Es la llave del cielo” (Madre Teresa de Calcuta). Esta fuerza del amor que nos

viene como un don de Dios, es para el creyente el inicio de una nueva vida y la instauración del Reino

de Dios en la tierra.

El Evangelio de San Marcos se ocupa en esta ocasión de dos hechos milagrosos que implicaban, para

los sujetos de estos milagros, el todo por el todo, el primero: la llegada inminente de la muerte a una

niña de doce años y el segundo: una vida de sufrimiento. Ambos hechos ponen de manifiesto la

impotencia humana frente a la enfermedad y la muerte. Frente a este cuadro del drama humano, hay

quienes se resisten a creer en una repuesta de Dios, en una solución que no esté asegurada por el

hombre, pero también, hay quienes se atreven, a un tímidamente, a creer que no todo está perdido, tal

es la situación de Jairo y la hemorroisa. En realidad estos últimos ni siquiera calculaban las

consecuencias de esa fe tímida, pero suficiente para encontrar una repuesta, una solución inesperada.

Y no es para menos; el ser humano no es capaz de ver con claridad la grandeza de Dios ante tales

acontecimientos: enfermedad y muerte provocan una angustia en quien las padece; pero por otro lado,

aparece la Fe en el Señor que parece acabar con ellas: “Hija, tu fe te ha curado… No temas;

basta que tengas fe” (vv. 14.36) Para el ser humano que racionaliza todo es un imposible, pero para

quien cree: Dios si tiene una repuesta incluso para la muerte: “La niña no está muerta, está

dormida” (v. 39). Jesús quiere decir que para él y para el poder de Dios esta muerte no significa más

que un sueño ligero. Así lo dice también hablando de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro está

dormido, pero voy a despertarlo" (Jn 11, 11).

 

La muerte para Dios no es un poder insuperable. Es delgada la pared que separa la muerte de la vida.

Eso la gente no lo entiende, y se burlan neciamente de él. Las cosas tienen un aspecto muy distinto

ante la mirada de Dios y ante la experiencia del hombre. Sólo si nos ejercitamos en ver con la mirada

de Dios, nos formamos el verdadero concepto. Entonces la muerte también pierde su carácter

horripilante.

 

La muerte escapa a los dominios del hombre pero no a los dominios de Dios, en Cristo la muerte ha

sido vencida con su resurrección. «Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha

revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El amor lo ha hecho

descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende. La fuerza por medio

de la cual nos lleva consigo» (HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI, Sábado

Santo 7 de abril de 2007).

   
 

Domingo, Junio 21 de 2009

XII del Tiempo ordinario, Ciclo B

Primera lectura Job 38, 1.8-11 Segunda lectura 2 Co 5, 14-17 Evangelio Mc 4, 35-40

  A Dios si le interesamos y por eso responde siempre a nuestras súplicas
   
  P. Herling Hernández B.
   
   
 

Las lecturas de este domingo XII del tiempo ordinario son una clara provocación a la soberbia del

hombre frente a la majestad  de Dios. La naturaleza misma sede ante su creador y hacedor, pero

solamente el hombre, lo interpela y lo provoca. En cambio Dios responde con humildad a la soberbia

del hombre.

 

La primera lectura tomada del libro Job, pone de manifiesto, que el Señor no queda callado ante las

 grandes interrogantes del hombre. Él siempre habla y responde “desde la tormenta” (v. 1). El

contexto dentro del que leemos este texto de Job podríamos encontrarlo desde el capítulo 35 donde

se nos expone que Dios no es indiferente a los asuntos humanos “pues bien, te responderé y de paso

a tus amigos” (v. 4).  Job es figura del hombre que vive en carne propia el sufrimiento humano en toda su

crudeza y radicalidad. Pero también deja entrever la fragilidad humana que se encuentra totalmente

desprotegido, que se pregunta “¿dónde está mi hacedor?”  (v. 10). La repuesta a esta pregunta no

siempre aparece con tanta claridad, por lo menos no para Job, como tampoco para el hombre que vive en

carne propia la amargura del sufrimiento: “Dios no escucha, Shaddai no presta atención” (v. 13), por

eso, se angustia y tiene miedo. Pero sin embargo, aparece una luz: “Dios respondió desde la tormenta…

aquí se rompe la arrogancia de tus olas” (vv. 8.11). Dios siempre pone un alto a las cosas que

atormentan al hombre, solo debemos dejar que Dios actué según su sabiduría, no según los argumentos

humanos. Job pidió repuestas de sus familiares, amigos y adversarios, pero lo único que consiguieron, fue

confundirlo y atorméntalo más, y al final se da cuenta que sólo Dios, es el único que responde grandemente

hasta darse cuenta que, Dios todo lo puede, y solo queda humillarse ante Él: “me doy cuenta que todo lo

puedes, que eres capaz de cualquier proyecto… solo de oídas te conocía, pero ahora te han visto

mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza” (Job 42, 2. 5-6).

 

La segunda lectura del Apóstol San Pablo a los Corintios enfatiza la razón de una nueva vida, la que todos

tenemos a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el cristiano vive ahora en el triunfo de Dios. Todo lo

que afligía al hombre, ya no es condición de tristeza, la angustia de la muerte, la más radical de todos los

miedos, ahora es ganancia. ¿Cómo entender esto que San Pablo nos dice hoy?  ¿Qué hay de los

sufrimientos que todavía están presentes en el mundo? San Pablo responde que no hay que comprender

todo esto con criterios humanos. Si dominan nuestros criterios humanos, las cosas seguirán igual, pero si las

valoramos según Dios nos daremos cuenta que lo antiguo ha pasado y lo nuevo ha comenzado (cf. v.

17) .Esta es la razón de nuestra fe: que Cristo ha muerto y resucitado.

 

El Evangelio de San Marcos tiene como finalidad pedagógica suscitar la fe entre sus oyentes, por eso el

texto leído en este domingo, es un camino de fe: “pasar a la otra orilla” (v. 35), es avanzar en nuestro

conocimiento de Dios, es superar todo criterio humano, que nos ancla en el mundo, y que no nos permite

avanzar en la fe. “Dejar a la gente” (v. 36), que muchas veces nos impiden dar pasos de verdadera

confianza en Dios, esta es la experiencia de Job  en las que su familia y amigos lo increpaban a renunciar a

un Dios que es indiferente a sus problemas y dificultades (cf. Job 2, 9). Esto mismo queda expresado en las

palabras de los discípulos,  “lo despertaron, diciéndole: « ¿no te importa que nos hundamos? »” (v.

38). El Evangelista San Marcos pone en labios de los discípulos un reclamo a Jesús, lo mismo que hacemos

los hombres cuando estamos pasando por dificultades, el hombre en medio de su soberbia, se olvida que es

limitado, que no lo puede todo, que no lo controla todo, por eso, mientras las cosa están bien, Dios no

cuenta, nos olvidamos de su presencia silenciosa, pero cuando las cosas se nos salen de nuestras manos y

de control, el hombre increpa a Dios y lo culpa de su males y problemas. Al final Jesús  muestra su poder

increpando al viento: “calla, enmudece” (v. 39) y reprobando la incredulidad de sus discípulos: “¿Cómo

no tienen fe?” (v. 40). La verdad es que los hombres no somos capaces de conocer los planes de Dios, y

menos, su sabiduría. Por eso sucumbimos ante las dificultades y lejos de buscar la repuesta de Dios

exigimos una repuesta a Dios.

 

El apóstol San Pablo nos dice que el “amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14). Esta es la condición de

Dios, su amor por el hombre, toda arrogancia humana queda destruida por la humildad de Dios, que se ha

hecho hombre por nosotros, asumiendo toda nuestra condición frágil, “y aun siendo Hijo, por los

padecimientos aprendió la obediencia” (Hb 5, 8). En Cristo todo ser humano está asumido, por eso

nuestros problemas, nuestras enfermedades son de Él. Definitivamente a Dios, si le interesamos y por eso

responde siempre a nuestras suplicas, sólo debemos aprender a escuchar con humildad. Tengamos fe y

entonces experimentaremos las maravillas de Dios y su paz llegara en esos momentos de incertidumbre y

tribulación: “no se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mi” (Jn 14, 1).

 

Muchas veces nos preguntamos ¿Por qué razón Dios no nos contesta?  ¿Por qué razón se queda callado
Dios? A muchos  nos gustaría que Él nos respondiera según nuestra voluntad y deseos pero, la forma de
actuar de Dios es diferente. El conoce el pasado, el presente, y el futuro (Hb 13, 8)  Dios nos responde aún
con el silencio. Debemos estar dispuestos a escucharle y esperar en Él. “Porque mis pensamientos no
son vuestros pensamientos ni vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor. Cuanto son los
cielos más altos que la tierra, tanto están  mis caminos por encima de los vuestros”
(Is 55,8-9).
“Pues Yo conozco mis designios para con vosotros, dice el Señor,  designios de paz y no
desgracia, de daros un porvenir y una esperanza”
(Jr 29,11). Un hombre debe comprender lo que
significa el divino silencio y rendirse a los caminos del Señor y orar como el Salmista: “Te amo Señor, mi
fortaleza. El Señor es mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi roca, a quien me acojo; mi
escudo, mi fuerza de salvación, mi asilo”
(Salmo 18, 1-2).
   
 

Domingo 14 de Junio, 2009,

Domingo XI del Tiempo Ordinario

Primera lectura Ez 17, 22-24; Segunda lectura Co 5, 6-10; Evangelio Mc 4, 26-34

Permitámosle a Dios que haga con nosotros lo que nosotros sin

Él no podemos hacer

   
  P. Herling Hernández B.
   
   
 

La primera lectura tomada del profeta Ezequiel que leemos en este día, utiliza una imagen, que

a simple vista nos parece rudimentaria, pero en realidad manifiesta la grandeza del obrar de Dios

en medio de la calamidad, del desanimo y del quebranto de las fuerzas humanas. En otras

palabras, la realidad del hombre con todos sus proyectos y la intervención, muchas veces

misteriosa de Dios, en esa realidad. El árbol es figura del bien y del mal: dos realidades que se

oponen, pero que están presentes en la vida del hombre (Cfr. Gen 2, 9). Ese árbol de bien que Dios

ha plantado, en un primer momento, viene destruido por el hombre mismo, y se convierte en

destrucción, se alza no para ofrecer sombra, ni para cobijar entre sus ramos, ni como refugio, sino

que se alza, para destruir. Por eso, según Ezequiel Dios plantará un nuevo árbol, pero del mismo

hombre, no tala al árbol malo, sino que se vale de él y corta de entre sus ramas un tallo, para que

dé frutos  y se haga un cedro noble (vv. 22.23). Esta es la imagen de un Dios que no viene a

destruir lo creado, lo que hay de bueno en el hombre, sino que viene a plantarlo nuevamente, a

tallarlo, a componerlo. ¡Es admirable el actuar de Dios!, que sabe escoger de entre lo malo lo

bueno, de entre lo erróneo lo mejor. Pero ¿no será injusto este proceder? La repuesta es, no. Dios

actúa de esta manera para humillar a los soberbios y enaltecer a los humildes: “y todos los

arboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla a los arboles altos y ensalza a los

arboles humildes” (v. 24). Esta manera de actuar de Dios contrasta, con la fuerza y lógica

humana. Esta es la razón por la que San Pablo dice a los Corintios: “¡miren hermanos, quiénes

han sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos. Ha escogido

Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los

débiles del mundo, para confundir a los fuertes. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha

escogido Dios; lo que no es para reducir a la nada lo que es” (1Co 1, 26-28).

 

En la segunda lectura a los Corintios el Apóstol Pablo es consciente de la necesidad de la fe, sin

ella nuestro paso por este mundo, se hace oscuro, incierto. La fe como don de Dios nos impulsa a

esforzarnos por agradarle. Sin la fe el hombre pierde el horizonte de su existencia, perdiéndose a

sí mismo y convirtiéndose en  destructor de su prójimo. No hay escusa para no hacer el bien, cada

ser humano debe encontrar la responsabilidad que tiene en este mundo en esforzarse por construir

un presente diferente, sin egoísmos, sin soberbia, sin vanagloria. Debemos pensar, un instante, en

ese momento en que nos vamos a presentar ante Dios para responder por lo que hemos hecho, lo

bueno o lo malo, para recibir el premio o el castigo que le corresponde a cada uno por lo que hizo

(v. 10). En este sentido es iluminador los que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice al

respecto: “La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o

rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento

habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda

venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata

después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del

pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así

como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un

último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros” (C.E.C.

№ 1021).

 

El evangelista San Marcos nos ofrece una imagen elocuente del actuar de Dios, un actuar que

podríamos llamar misterioso, y por tanto, evidentemente sencillo que pasa incluso desapercibido.

Este actuar de Dios contrasta claramente con el actuar del soberbio que es siempre imperioso y

con el actuar del necio que busca su gloria. Para el evangelista San Marcos la presencia de Dios

en el mundo, será de esta manera: poder, humildad, triunfo, cruz. Dios interviene no para competir

con el hombre como lo manifestaron filósofos como Augusto Conte y Jean Paul Sartre. Dios no

viene a luchar contra el hombre, sino a luchar por el hombre; Dios no viene a hacerle sombra al

hombre, viene a iluminarlo. Dios no es nuestro enemigo, sino Aquel que viene a salvarte. Y por

eso, escogió el camino de la cruz, para que entendiéramos que en ella su amor ha sido tal, que

todos, buenos y malos, justos e injustos, tenemos la posibilidad de conocer un mayor amor, al que

todos podemos acceder (Cfr. Jn 3, 14). La cruz de Cristo es el germen del verdadero amor, del

amor que se sacrifica por el pecador, del amor que se sacrifica por el pobre, del amor que se

sacrifica por los marginados, por los excluidos, por los que lloran, por los enfermos, por los

despreciados del mundo. Sólo el amor de la cruz produce estos frutos. Es en el árbol de la cruz

donde Cristo es Dios. Allí queda vencida la soberbia humana que se resiste a amar y a perdonar.

 

Este misterio de amor se sigue realizando en la Iglesia a través de cada bautizado, que ha recibido

el don de la fe, y que consiente de su misión se dispone a convertirse en testigo del amor de Dios.

"Decía también: ¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo

expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más

pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se

hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a

su sombra" (Mc 4,30-32).

 

El Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo. Eran la mayoría de

ellos humildes pescadores con escasa cultura, llenos de defectos y sin medios materiales: eligió la

flaqueza del mundo para elegir a los fuertes (1 Co 1,27). Somos nosotros también ese grano de

mostaza con relación a la tarea que nos encomienda el Señor en medio del mundo. No debemos

olvidar la desproporción entre los medios a nuestro alcance, nuestros escasos talentos y la

magnitud del apostolado que hemos de realizar; pero tampoco debemos de dejar a un lado que

tendremos siempre la ayuda del Señor. Surgirán dificultades, y seremos entonces más

conscientes de nuestra poquedad. Esto nos debe llevar a confiar más en el Maestro y en el

carácter sobrenatural de la obra que nos encomienda. Si no perdemos de vista nuestra poquedad

y la ayuda de la gracia, nos mantendremos siempre firmes y fieles a lo que Él espera de cada uno;

si no mirásemos a Jesús encontraríamos pronto el pesimismo, llegaría el desánimo y

abandonaríamos la tarea. Con el Señor lo podemos todo.

 

La lógica de Einstein: se cuenta que dos niños patinaban en un lago congelado de Alemania. Era

una tarde nublada y fría. Los niños jugaban despreocupados. De repente, el hielo se quebró y uno

de los niños se cayó, quedando preso en la grieta del hielo. El otro, viendo su amigo preso y

congelándose, tiro un patín y comenzó golpear el hielo con todas sus fuerzas hasta, por fin,

conseguir quebrarlo y liberar el amigo. Cuando los bomberos llegaron y vieron lo que había

pasado, preguntaron al niño: ¿Cómo conseguiste hacer eso? ¡Es imposible que consiguieras partir

el hielo, siendo tan pequeño y con tan pocas fuerza! En ese momento el genio Albert Einstein, que

pasaba por allí, comentó: “yo sé como lo hizo” _ ¿Cómo? _Le preguntaron. “es sencillo, respondió

Einstein, no había nadie para decirle que no era capaza. Dios nos hace perfectos y no escoge a los

capacitados, sino que capacita a los escogidos. Hacer o no hacer algo, sólo depende de nuestra

voluntad y perseverancia”.

 

Permitámosle a Dios que haga con nosotros lo que nosotros sin Él no podemos hacer. Madre

Teresa de Calcuta nos ha dicho: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece

imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor. Dios no pretende de mí que tenga éxito.

Sólo me exige que le sea fiel. Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mí para que

seamos su amor y su compasión por los pobres”.  

   
 

Jueves 11 de Junio, 2009

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Primera lectura Ex 24,3-8; Segunda lectura Hb. 9,11-1.5; Mc 14,12-16. 22-26.

 

Reconoced en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz

lo que manó del costado

 
P. Herling Hernández B.

   
 

La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que celebra toda la Iglesia el día de hoy, brota de su

mismo corazón y que el evangelista San Juan lo expresa como un signo de amor y de fe en el momento de

la Cruz (Jn 19, 34), trono del verdadero Rey: “¿eres tú el rey de los judíos? … sí, como dices, soy

rey” (Jn 18, 33.37). La sangre de Cristo Rey que brota de su costado; es la sangre del cordero que quita

los pecados del mundo (Jn 1, 29). Esta es la sangre derramada por todos (Mc 14, 24). Este es el misterio

que celebramos, la redención llevada a cabo por el salvador y perpetuada a lo largo de los siglos, en el

sacramento de la Eucaristía, sacramento de nuestra fe. Porque “ante este misterio de amor nuestra

razón humana experimenta toda su limitación” (Ecclesia de Eucharistia 15, Juan Pablo II).

 

La primera lectura tomada del libro del éxodo recuerda el episodio de la primera Pascua_alianza donde

Dios cumple la promesa de liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto, la sangre del cordero, rociar

los dinteles de las puertas y la comida entre familiares y amigos (Cf. Ex 11, 1-14). Este momento

memorable para el pueblo de Israel vendrá celebrado de generación en generación: “este día será

memorable para ustedes” (Ex 11, 14).  En este pasaje se describe la alianza como una verdadera

comunión entre Dios y su pueblo, que pasa por el cumplimiento de sus mandatos, esto mismo lo expresa

San Pablo en su primera carta a los Corintios en lo que se refriere a la Eucaristía o cena del Señor en la

que se entra en verdadera comunión con él (Cf 1Co 11, 23-27).

 

La segunda lectura de la Carta a los Hebreos enfatiza que esta alianza verdadera se realiza en la Sangre

derramada por Cristo en la Cruz, ya no es entonces los sacrificios rituales ofrecidos en el templo lo que

evocará la alianza de Dios con su pueblo, que realizaba una purificación ritual, sino la Sangre de Cristo

derramada en el madero de la Cruz la que realizará verdaderamente, no una purificación ritual, sino el

perdón de los pecados, y la liberación definitiva, ya no como una obra humana, que era el sentido de los

sacrificios hechos por los hombres, sino como una obra de Dios, que se realiza en Jesús, Dios verdadero:

“Por eso él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de

los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa

de la herencia eterna” (Hb 9,15). Este culto verdadero y agradable a Dios es la Pascua de su Hijo;

única alianza e inquebrantable, portadora de la salvación.

 

El evangelio de San Marcos recoge, precisamente, estos dos momentos de la Institución de la Eucaristía,

como memorial de salvación y pascua verdadera que salva a todos los hombres, y que viene a referirse

a una obra Dios. La Eucaristía será todo esto: institución divina y sacramento de salvación. El

acontecimiento que hoy se repite tiene que ver con un Jesús que va a morir, más exacto, a quien se va a

matar. Pero Marcos nos dice que Jesús es víctima consciente, Jesús sabe lo que le va a suceder y por qué

le va a suceder. El acontecimiento se repite en nuestra Eucaristía. A Jesús lo representan el pan y el vino de

los que participamos, los comensales. Al comer el pan y beber el vino entramos en comunión con un Jesús

que va a la muerte, más exacto, a quien se va a matar. Al comer el pan y beber el vino sabemos también

que entramos en comunión con lo que parece imposible entre nosotros, pero que es absolutamente real en

Dios.

La sublimidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es su realismo, que tiene desde el punto

de vista teológico e histórico, hay una continuidad sorprendente entre la pascua judía y la institución de la

Eucaristía, simbolizados por el evangelista Marcos en el pan y el vino. Un realismo también en cuanto es

memorial de su muerte y anticipación de su resurrección. Por eso, es verdadera pascua, verdadera comida:

“porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). De este momento

memorable participamos todos los creyentes y de igual manera participamos de todos sus frutos: es

verdadera comunión con Cristo.

 

La Eucaristía es presencia viva de Cristo en su pueblo y en su Iglesia: nos recuerda al Dios de la Pascua

que acompaña a su pueblo, pero de una manera muy especial, él está con nosotros en su cuerpo y en su

sangre, real y verdaderamente: “La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el

camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección” (Homilía de Benedicto XVI en el

Corpus Christi, Basílica de San Juan de Letrán, ROMA, jueves, 22 mayo 2008).

 

Admirable momento de Amor el que tenemos todos nosotros en la celebración de la Eucaristía, entrega de

un Dios que nos ama (Cf. Jn 13, 1), y presencia de un Dios vivo que se queda entre nosotros, esto es

Corpus Christi: “¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad!

¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para

comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino

al mismo Cristo, verdadero Dios?” (De las obras de santo Tomás de Aquino, presbítero. Opúsculo

57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4).

   
 

Domingo 7 de Junio

SOLEMNIDAD  DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Primera lectura Dt 4,32-34. 39-40; Segunda lectura Rm 8,14-17; Evangelio Mt 28,16-20.

 

Señor y Dios mío, en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo

 
P. Herling Hernández B.
   
   
 

La solemnidad de la Santísima Trinidad, que celebra la liturgia de la Iglesia en este domingo, solo

puede ser comprendida desde la humildad del entendimiento humano, que se abre a la luz de la

Fe. Dios se ha manifestado como Padre, por medio de Jesucristo, el Hijo, en unión al Espíritu

Santo. Misterio Trinitario de Dios, revelado en la Sagradas Escrituras (Jn 14, 8-9; 16, 7) e invocado

por el Señor para confirmar la misión de los apóstoles (Mt 28, 19) y como cantico litúrgico en las

celebraciones de los primeros cristianos (2 Co 13,13).

   
  No podemos hacer abstracción de este misterio, porque nos quedaríamos en el esfuerzo inútil de
una razón que todo lo quiere explicar, abandonando el camino de la fe que todo lo puede iluminar.
Debemos dejar que la gracia de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, nos guie en
este misterio que celebramos, que es ante todo, misterio de Amor.
   
  La primera lectura nos sitúa desde una perspectiva de experiencia de amor, un Dios que se revela
grande por el amor: “¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por
medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes
terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?”
(Dt 4, 34). Esta
experiencia de amor, llevan a reconocer, a Dios como Padre, únicamente por su libertad y no por el
tributo de los hombre. Esta conciencia de la paternidad de Dios, será la garantía de la esperanza
del pueblo de Israel, cada vez que medita en su corazón estos signos de amor, no le quedará otra
cosa que reconocer que no hay otro Dios, mas grande que Él: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu
corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro”
(Dt 4, 39).
   
  La segunda lectura del Apóstol Pablo a los Romanos es una confirmación de esta paternidad de
Dios, que se ha hecho visible y concreta en la entrega del Hijo: “porque tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo unigénito”
(Jn 3,16). No es solamente el recuerdo de un acontecimiento, ni de un
sentimiento lo que confirmará esta experiencia de amor de Dios por medio de su Hijo, sino la vida
del Espíritu que habita en nosotros: “Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde:
que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos
con Cristo”
(Rm 8, 16-17). El amor de Dios no se vive solamente, como una experiencia externa,
sino más bien como una experiencia que viene de dentro, como aquel que habita en nosotros.
Aquí
la experiencia de Dios se hace más íntima y más personalizada. Es comprensible, puesto que hubo
un acontecimiento salvador único, una presencia de Dios viva y permanente, la Pascua gloriosa del
mismo Hijo de Dios. Ahora se manifiesta toda la intimidad de Dios y toda su generosidad. Dios
mismo puede habitar en nuestros corazones por medio de su Espíritu. El nos transforma en hijos
de Dios, identificándonos con Cristo, de cuya filiación participamos. Y así se inicia el canto de los
hijos: «Abba», y la esperanza de los hijos -herencia incalculable-: la ansiada visión y posesión de
Dios.
   
  El evangelista San Mateo transmite la experiencia de la salvación como misterio trinitario, que
debe  ser realizado en el mundo por las palabras y las obras de los apóstoles: “Id y haced
discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”
(Mt 28, 19). De hecho la vida de
los apóstoles va ha ser vivida de esta manera. La Iglesia como el nuevo pueblo de Dios, vivirá de
este misterio de amor, ella misma es misterio de amor para la humanidad. Este misterio que
celebramos es el misterio que debemos vivir quienes hemos sido bautizados, esta es la razón por
la cual la fiesta de la Santísima Trinidad, es la fiesta por excelecia de los cristianos: “el misterio
de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de
Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los
ilumina”
(C.E.C. № 234).
   
  Vivir el misterio trinitario debe ser para el cristiano una experiencia diaria, como lo vivió el pueblo
de Israel, la paternidad de Dios en su providencia, que no abandona a sus hijos. La Trinidad divina
no es para nosotros simplemente un misterio impenetrable (como se la presenta a menudo), es
más bien la forma en que Dios ha querido darse a conocer al mundo y especialmente a nosotros
los cristianos: El es nuestro Padre que nos ha amado tanto que entregó a su Hijo por nosotros y
además nos dio su Espíritu para que pudiéramos conocer a Dios como el amor ilimitado.
   
  Posiblemente, los cristianos no hacemos visible a Dios, porque no tenemos una experiencia viva
de Él, porque nuestro trato con Dios es a veces más con una abstracción que con un Dios vivo, que
se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo. La justicia se hace visible en un hombre justo, la verdad en
un hombre veraz, el amor en un hombre que ama realmente, pues de esa misma manera Dios se
hace visible en un hombre que ha experimentado el amor, la ternura, la grandeza y belleza de
Dios; en un hombre "que ha visto, ha oído, ha tocado" a Dios en la Sagrada Escritura, en la oración,
en los sacramentos, en el hermano. ¿No es verdad que cada cristiano debería ser como un
ostensorio del Dios viviente, del Amor trinitario? Vivamos en el amor al prójimo y  celebremos el
amor en la Eucaristía. Comunión con Dios y el prójimo es misterio trinitario.
   
 

Jueves 4 de Junio, 2009

Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Primera lectura Is 52,13-53, 12; Segunda lectura Cor 11,23-26; Evangelio Lc 22, 14-24

 

La grandeza de Dios es el Amor, por eso, se ofrece totalmente por

los hombres, como víctima, sacerdote y altar.

 
P. Herling Hernández B.
 

 




 

La festividad de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, después de Pentecostés, reafirma el misterio

salvífico de Jesús, perpetuado en la historia de la humanidad, a través de su sacrificio redentor, en

el patíbulo de la cruz, momento de verdadera entrega y misterio de amor, en donde los hombres

serán atraídos por él. La primera lectura del profeta Isaías hace una descripción del Siervo de Dios,

que sufre y padece el escarnio de los hombres; pero por medio del cual se nos anuncia

proféticamente la salvación, en el Hijo de Dios se ven cumplidas las palabras del Profeta, tal como

sucedió en la pasión de Cristo, su sufrimiento será motivo de alivio para todos aquellos que

sufren. El Catecismo nos dirá:

 

“Este designio de salvación a través de la muerte del Siervo, el Justo había sido anunciado

antes en las sagradas escrituras como misterio de redención universal, es decir, de rescate

que libera a los hombres de la esclavitud del pecado” (C.E.C. № 601).  Su entrega generosa y

humillación son la manifestación de un amor extremo, que solo Dios podía realizar

voluntariamente.

 

Esta condición de humillado y despreciado, varón de dolores, es la repuesta de Dios al pecado,

imposible para los hombres pero posible para Dios. Un Dios que hace de la libertad un servicio de

amor, de entrega y sacrificio, frente a un mundo donde el egoísmo, la soberbia y el libertinaje se

convierten en la lógica de la vida. La grandeza de Dios es el Amor, por eso, se ofrece totalmente

por los hombres, como víctima, sacerdote y altar.

Este misterio de amor de Cristo se une plenamente a los hombres de todos los tiempos en la

sacramentalidad de la Iglesia como Sacramento de salvación; San Pablo se reconoce así mismo

depositario de esta tradición: en la palabra, los sacramentos y el servicio de la caridad, se

manifiesta en plenitud el misterio de amor revelado a los hombres, por medio de Jesucristo, y

continuado en el tiempo a través de su Iglesia, ella como esposa de Cristo (Cfr. Ef. 5, 25-28),

santifica a todos los creyentes, uniéndolos de una manera particular a este designio de salvación

mediante los sacramentos, especialmente a través de la Eucaristía, que es participación de la

Pascua única y definitiva, que nos lleva de la muerte a la vida, de un estado de condena a la

libertad.  El Evangelista San Lucas pone en perspectiva teológica el momento de la ultima cena,

como sacrificio de salvación, unido al sacrificio de Cristo en la cruz: “cómo he deseado comer

esta pascua con ustedes antes de padecer” (Lc 22, 14). La Eucaristía que instituyó en este

momento será el memorial de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les

manda perpetuarla. Así Jesucristo instituye  a sus apóstoles sacerdotes de la nueva alianza (Cfr.

C.E.C. № 611).

Queridos hermanos en la Iglesia y particularmente en la Celebración de la Santa Misa, los

bautizados, experimentamos, el amor y la entrega del único, Sumo y Eterno Sacerdote: «La

Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a

nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su cuerpo y de su sangre» (Benedicto XVI,

Mensaje al terminar la celebración eucarística con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina,

20-IV-2005).

   
 

Domingo, 31 de mayo, 2009

Domingo de Pentecostés (Solemnidad)

Primera lectura: Hch 2,1-11; Segunda Lectura: I Cor 12, 3-7. 12-13; Evangelio: Jn 20,19-23
  “El cristiano es católico mientras vive en el cuerpo”
 
P. Herling Hernández B.
   
   

Con la Solemnidad de Pentecostés culminamos el tiempo litúrgico de Pascua, los cincuenta días

después de la resurrección, tiempo rico de enseñanzas y de renovación, no sólo por su contenido

escriturístico, que es sumamente riquísimo, sino también por las vivencias que en cada comunidad

de fieles se renueva, de una manera especial, a través de los sacramentos.

   
 

Pentecostés es la manifestación de la tercera persona de la Santísima Trinidad, por medio de la

cual quedan cumplidas la promesa hechas por Jesús a sus Apóstoles, antes y después de su

resurrección: “les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a ustedes el

paráclito, pero si me voy, se los enviaré” (Jn 16, 7). El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos

narra este momento en que esta promesa es cumplida, su valor histórico y teológico, son de gran

importancia para la vida de la Iglesia, porque con ello, se pone de manifiesto el carácter humano y

divino de la Iglesia: portadora de una misión que no quedara anclada en el tiempo, ni por razones

de raza, lengua, ni épocas. Por eso, nos dice el catecismo de la Iglesia Católica: “La misión de

Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo

[…] Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su

sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar

testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la comunión de la Santísima Trinidad”

(C.I.C. № 737-738).

   
 

Hay una relación sorprendente en las tres lecturas de este día, todos los Apóstoles se encuentra

reunidos, esto nos insinúa, aquel don que será la característica que identificará a los discípulos de

Jesús, la comunión, la unidad. No se  trata de un sentimiento, ni de relaciones humanas; es un don

de Dios y la razón de ser de los fieles, injertados a la familia cristiana por el bautismo. Jesús

suplica al Padre por esto: “que todos sean uno. Cómo tu Padre en mí y yo en ti, que ellos

también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

No hay misión sin comunión, ni comunión sin misión. Cristo envía y el Espíritu santo comunica,

¿Qué quiere decir esto? Jesús da un mandato a sus Apóstoles, revistiéndolos de poder: “reciban el

espíritu santo; a quienes le perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los

retengan, les quedan retenidos” (Jn 20, 23). La venida del Espíritu Santo sobre el colegio

Apostólico, viene a confirmar el poder que la Iglesia tiene como sacramento de Salvación para

todos los hombres. Los Apóstoles son, por tanto, aquellos que vienen a garantizar la continuidad

de la misión de Cristo y la comunión de su cuerpo místico, que es la Iglesia. Sin esta comunión no

podría darse la verdadera Iglesia, como tampoco se podría cumplir la misión de Cristo. Esta unidad

de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:

   
 

La profesión de una misma fe recibida de los apóstoles.

La celebración del culto divino, sobre todo en los sacramentos.

La sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la

familia de Dios (C.I.C. № 815).

   
 

San Agustín habla de esta comunión de Cristo con su Iglesia en estos términos. “Lo que es el alma

respecto al cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu Santo respecto al cuerpo de Cristo

que es la Iglesia. El Espíritu Santo obra en la Iglesia lo mismo que el alma en todos los

miembros de un único cuerpo.  Más ved de qué debéis guardaros, qué tenéis que cumplir y

qué habéis de temer. Acontece que en un cuerpo humano, mejor, de un cuerpo humano, hay

que amputar un miembro: una mano, un dedo, un pie. ¿Acaso el alma va tras el miembro

cortado? Mientras estaba en el cuerpo vivía; una vez cortado, perdió la vida. De idéntica

manera el cristiano es católico mientras vive en el cuerpo; el hacerse hereje equivale a ser

amputado, y el alma no sigue a un miembro amputado. Por tanto, si queréis recibir la vida

del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la

eternidad. Amén” (Sermón, 267).

   
 

Queridos hermanos reavivemos en cada uno de nosotros, el don del Espíritu Santo que nos ha

hecho miembros de su Iglesia, amémosla. “La Iglesia es nuestra Casa. En la Iglesia Católica

tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo” (S.S.

Benedito XVI, Sábado 12 de Mayo, 2007, Aparecida, Brasil).

   
 

Domingo, 24 de mayo, 2009

Séptimo Domingo de Pascua

 

Primera lectura: Hch 1,15-17.20a-26; Segunda lectura: 1Jn 4,11-16; Evangelio: Jn 17, 11b-19

 

Santifícalos en la verdad:

«La Iglesia del amor es también la Iglesia de la verdad»

 
P. Herling Hernández B.






Con el Séptimo Domingo de Pascua concluimos este ciclo pascual, culminándose con la celebración de

Pentecostés, el próximo domingo. La liturgia de la palabra, de este Domingo, pone su acento en la misión

de Jesús, que será también la misión de la Iglesia: “como tú me has enviado al mundo, yo también los

he enviado al mundo” (Jn 17, 18). Pero, ¿Cuál es en realidad esta Misión que Jesús a cumplido y que

debe cumplir, también, la Iglesia? El evangelio nos da una repuesta: La verdad; consagrarse a la verdad:

santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad” (Jn 17,17).

El Antiguo Testamento proclama que Dios es fuente de toda Verdad (Pr 8,7). En Jesucristo la verdad de

Dios se manifestó en plenitud: “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Jesús enseña a sus discípulos el

amor incondicional a la verdad: “sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no” (Mt 5,37). Hemos escuchado el

mandato que Jesús hace a sus disípalos, antes de subir a los cielos, ese mandato consiste en predicar el

evangelio a todas las criaturas hasta los confines del mundo: “Vallan por todo el mundo y proclamen el

Evangelio…” (Mc 16, 15).

El evangelio es Cristo; y Cristo es la verdad que nos hace libres (Jn 8,31). Por eso, la Iglesia se hace

portadora de esta verdad, proclamarla es su misión más importante, no se puede ocultar la verdad del

evangelio, aunque esto implique, en algunos momentos, dificultades, incluso, persecución y hasta la muerte.

La Iglesia en función de su propia misión, no siempre será acogida y escuchada; precisamente, porque

siempre pondrá al descubierto las mentiras del mundo, las injusticia de los hombres y los engaños de las

ideologías: “yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como

tampoco yo lo soy” (Jn 17,14). 

Todos los discípulos de Jesús debemos de estar comprometidos con la verdad, todo cristiano ha sido

santificado en la verdad, por tanto, deben de dar testimonio de la verdad, el catecismo de la Iglesia

Católica, nos recuerda que: “el hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y

atestiguarla… con los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la

simulación y la hipocresía” (C.I.C № 2467). El discípulo de Jesús, el cristiano, no debe hacerse

cómplice de la mentira, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera por un fin bueno, por eso debe de

reflexionar seriamente contra aquellas ofensas a la verdad, como son: falso testimonio y perjurio, el juicio

temerario, la maledicencia, la calumnia, el halago, la adulación o complacencia, la vanagloria o jactancia y

la mentira.

El Cardenal Joseph Ratzinger  en su homilía de inicio del conclave, para elegir al sucesor del Papa Juan

Pablo II, caracterizó a la sociedad de hoy, como una sociedad que quiere imponer la dictadura del

relativismo. El compromiso con la verdad requiere la ayuda del Espíritu Santo: “cuando venga él, el

Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).

Por eso, nos dirá el Papa Benedicto XVI: «La Iglesia del amor es también la Iglesia de la verdad,

entendida ante todo como fidelidad al Evangelio confiado por el Señor Jesús a los suyos. Por eso, la

familia de los hijos de Dios, para vivir en la unidad y en la paz, necesita de alguien que la custodie en la

verdad y la guíe con sabio y autorizado discernimiento: esto es lo que está llamado a hacer el ministerio de

los apóstoles, cuyos sucesores son los obispos. Los apóstoles y sus sucesores son por tanto los custodios

y los testigos autorizados del depósito de la verdad entregado a la Iglesia, y son también los ministros de la

caridad: dos aspectos que van juntos.  Esto significa que estos pastores tienen que pensar siempre en el

carácter inseparable de este doble servicio, que en realidad es el mismo: verdad y caridad, reveladas y

donadas por el Señor Jesús.  En este sentido, realizan ante todo un servicio de amor: la caridad que tienen

que vivir y promover no puede separarse de la verdad que custodian y transmiten. La verdad y el amor

son dos caras del mismo don: que procede de Dios y que gracias al ministerio apostólico es custodiado

en la Iglesia y nos llega hasta nuestro presente. (Benedicto XVI, CIUDAD DEL VATICANO,

miércoles, 5 abril 2006).

Hermanos consagrémonos a la verdad, vivamos en la verdad, porque sólo la verdad nos hará libres.

   
  Solemnidad de la Ascensión del Señor
Jueves, 21 de mayo, 2009
 
P. Herling Hernández B.
 
 





Una espera y una nueva presencia: “Si te fijas en el espacio está lejos;

si te fijas en el amor está con nosotros”

 

La ascensión del Señor marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor resucitado ya no

aparecerá más, sino que sube al cielo para interceder por los hombres ante el Padre.

 

Este hecho es narrado por los hechos de los apóstoles en la primera lectura subrayando el estupor y

asombro de aquellos hombres (1L). El evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús

confía a sus apóstoles. Se trata de un verdadero mandato apostólico: Id y predicad (Ev). En la

segunda lectura, tomada de la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de comportarse

adecuadamente conforme a la vocación, pues a cada uno se le ha dado la gracia en la medida del don

de Cristo (2L).

 

Así pues, los apóstoles se encuentran ante una nueva situación. Por una parte, según las palabras de

Cristo, deben esperar para ser revestidos del Espíritu Santo, pero por otra parte, deben meditar que ya

ha empezado la hora de dar continuidad a la obra de Cristo en su cuerpo que es la Iglesia.


   
   
   
 

La Solemnidad de la Ascensión del Señor, es para todos los cristianos, una espera y una nueva presencia.

Jesús no se separa totalmente de sus discípulos, las palabras que muchas veces  hemos escuchado en el

evangelio de San Juan: “soy yo” (Jn 6,20) tienen un gran significado, un antes y un después, que evoca

momentos decisivos en la vida de los apóstoles; como aquel momento cuando, los discípulos, creían ver

un fantasma mientras Jesús caminaba sobre las aguas; ante su asombro y temor él les responde: “soy yo;

no teman” (Mt 14,27). Estos momentos se convertirán en un cambio, que decidirá, no solo la vida de los

apóstoles, sino la de toda la Iglesia: su misión. Porque ello significa la victoria de Cristo, sobre la muerte,

las tribulaciones y el pecado del mundo: “En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡Ánimo! Yo he vencido

al mundo” (Jn 18,33).

   
 

La ascensión inaugura una virtud que estará presente en la vida de los todos cristianos: la esperanza,

esta virtud teologal será la razón de la alegría de los discípulos, aun en medio de las dificultades a causa

del Evangelio: “Bienaventurados cuando los injurien y los persigan y digan con mentira toda clase de

mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el

cielo” (Mt 5, 11-12). Esta es la esperanza de la que nos habla San Pablo en su carta a los efesios y que

quedará sellada y garantiza por la venida del Espíritu Santo, una nueva presencia, que tendrá su gran

manifestación, en la Iglesia, a quien el Señor Resucitado, llena con sus dones, para hacer de ella,

instrumento de salvación para toda la humanidad: “Vallan al mundo entero y proclamen el Evangelio a

toda la creación… ellos fueron y proclamaron el Evangelio a todas partes” (Mc 16,15.20). Después de la

ascensión, y con la venida del Espíritu Santo, la obra de la redención se completa, en espera de alcanzar

la herencia de los santos.

   
 

Esta es la razón por la que el Teólogo de Hipona, San Agustín, nos dirá: “Esperemos, por tanto, para el

final lo que ya nos ha anticipado él. Él nos dará lo prometido; tenemos esa certeza porque nos dejó una

garantía. Escribió el evangelio; nos dará lo prometido. Más es lo que nos ha dado ya. ¿Acaso vamos a

pensar que no nos dará la vida futura quien ya nos dio su muerte?... Caminemos confiados hacia esa

esperanza porque es veraz quien ha hecho la promesa; pero vivamos de tal manera que podamos

decirle con la frente bien alta: «Cumplimos lo que nos mandaste, danos lo que nos prometiste »

(Sermón, 395).

   
 

Domingo, 17 de mayo, 2009

Sexto Domingo de Pascua

 

Calidad Humana: Sólo en el Amor a Dios y al Prójimo

   
 

P. Herling Hernández B.

   
 

Hoy nuestra sociedad está perdiendo calidad humana, precisamente, porque en muchos ambientes

ya no existe temor a Dios ni se practica la justicia. Y cuando en una familia, no hay temor a Dios y se

deja de practicar la justicia, esa familia empieza un proceso  de descomposición, por ende, su expresión

natural que es la sociedad, sufre sus efectos.

Los seres humanos están perdiendo “calidad”. Es hermoso recordar a las generaciones pasadas, a

nuestros mayores, a nuestros abuelitos, Cornelio, nos dice la primera lectura de hoy era un hombre que

temía a Dios y practicaba la justicia.

   
  ¿Cuál es la causa de que hoy los seres humanos estén perdiendo “calidad”?
 

 

  • Vemos cuanta corrupción en todos los ambientes.
  • Vemos falta de respeto entre los esposos, los hijos, los vecinos.
  • Vemos infanticidios, asesinatos, robos, drogadicción, alcoholismo, mentiras, etc.
  • Vemos injusticias, avaricias, egoísmos, codicias, libertinajes.
   
 

Los seres humanos perdemos calidad cuando nos olvidamos de Dios ¿Qué podemos hacer frente a este

deterioro Moral de nuestra generación? Los cristianos somos los primeros “en poner nuestra barba en remojo”

dice un refrán popular. El cristiano está llamado a ser expresión de una nueva creación, nacida del agua y del

Espíritu (Jn 3,5), “este es mi mandamiento que se amen los unos a los otros, como yo los he amados”

(Jn 15,12). Pero este amor no es posible sin una conversión personal:

   
 

Hay que empezar por cumplir los mandamientos de Dios

¿Cómo vas a amar  a tu prójimo, sino amas a Dios? “Si Guardan mis mandamientos, permanecerán en mi

amor” (Jn 15,10).

¿Cómo vas amar a Dios, sino amas a tu prójimo? “Si alguno que posee bienes ve a su hermano que está

necesitado y le cierra sus entrañas ¿Cómo puede permanecer en él el amor de Dios? No amemos de palabras

ni con la boca, sino con obras y con la verdad” (1 Jn 4,17)

 

Hay que empezar amar no de palabras, sino de obras. “Los he destinados para que den frutos y su

fruto permanezca”  (Jn 15,16).

¿Cuáles son eso frutos?: Amor, Alegría, Paz, Paciencia, Afabilidad, Bondad, Fidelidad, Modestia, Dominio

de sí (Gal 5, 22-24).

   
  El Santo Padre Benedicto XVI en su Encíclica “Deus caritas est” nos dice: “el amor siempre será
necesario, incluso en la sociedad más justa”
.
   
 

ü  No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor.

ü  Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda.

ü  Siempre habrá soledad.

ü  Siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que

      muestre un amor concreto al prójimo.

   
 

Para que sea verdadero y concreto este Amor debe ser:

v  La caridad cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías.

v  La caridad cristiana no ha de ser un medio en fusión de lo que hoy se considera un proselitismo.

v  La caridad no adopta una posición de superioridad ante el otro. El poder ayudar no es merito suyo,

      ni motivo de orgullo. Esto es gracia.

   
  Sólo este amor y amando de esta manera es que el ser humano puede vivir con dignidad y calidad, Madre
Teresa de Calcuta nos ha dicho: “El dinero sólo puede comprar cosas materiales, como alimentos,
ropas y vivienda. Pero se necesita algo más. Hay males que no se pueden curar con dinero, sino
sólo con amor”
. Por eso, siempre necesitaremos de Dios, de ser amados y de amar. “Les he dicho esto,
para que mi gozo este en usted, y su gozo sea colmado”
(Jn 15,11).
   
     
 

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