Homilía
  Misa del día de la Sagrada Familia
   

 
Debarim
 
 

 

 

SAGRADA FAMILIA
“¿No sabíais que yo debía estar en la Casa de mi Padre?”

 

Evangelio: Lucas 2,41-52

   
  S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
 
   
 

La vida de Jesús en una familia humana prolonga el misterio de la encarnación.
Dios ha querido asumir y santificar el misterio de la familia, llamada a ser
espacio de amor y de libertad, de comunión y de experiencia de Dios. La fiesta
de la sagrada familia de Nazaret es una oportunidad para iluminar la vida de
nuestras propias familias a la luz de la Palabra de Dios. La familia es un
signo de amor en medio de un mundo tantas veces dominado por el odio y la
división, pero es también una realidad frágil, inmersa en una sociedad a
menudo desorientada en los verdaderos valores y víctima tantas veces de
dramas económicos y sociales. La primera lectura y el evangelio hacen
referencia sobre todo a la relación de amor y de respeto entre padres e
hijos; la segunda lectura, en cambio, es una página de ética cristiana que
ilumina la vida de la pareja y el entero mundo de las relaciones familiares.

Evangelio: Lucas 2,41-52

El evangelio nos presenta el conocido episodio de Jesús perdido y hallado en
el Templo a la edad de doce años. El relato es una joya de reflexión teológica
sobre el misterio de Jesús. Es la primera vez que en el evangelio de Lucas el
joven Jesús manifiesta la propia personalidad teológica bajo dos aspectos: su
extraordinaria y precoz sabiduría y su relación filial única con el Padre del
cielo. En la lectura del texto hay que evitar una interpretación psicológica
que ve en el drama narrado, en la preocupación de la Madre y en la respuesta
de Jesús una anticipación de la crisis generacional de la familia moderna. no
se trata de un relato biográfico, ni de una relato edificante (leyenda), sino
de una narración “teológica” centrada sobre la primera palabra que escuchamos
de Jesús en el evangelio, una palabra que revela la relación única que él
tiene con Dios y su obediencia filial al Padre.

Lucas no se detiene en los detalles narrativos (pérdida del Niño, los tres días
de búsqueda, etc.), pues son sólo artificios literarios al servicio del mensaje
religioso del texto. El centro de interés de la narración inicia en el v. 46,
en donde Jesús aparece “en el Templo, sentado en medio de los maestros,
escuchándoles y preguntándoles”, según el estilo de “pregunta-respuesta” que
era propio en la enseñanza religiosa del judaísmo. Jesús aparece como alguien
asiduo e interesado en escuchar las cosas de Dios. En el v. 47 la óptica
narrativa cambia. Ahora Jesús no sólo escucha, sino que como maestro expone
y responde, “y todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia
y sus respuestas”. Lucas ve en la escena una anticipación del futuro
ministerio de Jesús, cuando su enseñanza “con autoridad” causará estupor en
la muchedumbre (Lc 4,32).

El diálogo del joven Jesús con María su madre es de un gran espesor teológico.
Es necesario evitar una explicación del estupor y de la sucesiva “reprensión”
de María desde el punto de vista psicológico. La “incomprensión” de María y
José representan la reacción natural de quien se encuentra frente a un hecho
que supera las expectativas y la comprensión humana. La fe de María y de José,
como la fe de todo creyente auténtico, se ve siempre superada por la realidad
insondable del misterio de Dios. No hay que olvidar lo que Jesús afirmará más
tarde: “Ninguno conoce quién es el Hijo, sino el Padre” (Lc 10,22). En la
reprensión de María (v. 48) se intuye ciertamente la angustia normal de unos
padres frente al hijo perdido; pero la respuesta de Jesús (v. 49a: “Y, ¿por
qué me buscabais?”) obliga a sus padres (y a los lectores del evangelio) a
superar el problema de las relaciones naturales de sangre, para entrar en la
lógica del misterio y los caminos de Dios.

La frase central de todo el relato es la pronunciada por Jesús en el v. 49b:
“¿No sabíais que yo debía estar en la Casa de mi Padre?” (o según otra posible
traducción del texto griego: “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas
de mi Padre?”). Es preferible la primera opción que habla de la “Casa de mi
Padre”, pues subraya la cercanía entre Jesús y Dios. El templo era, en efecto,
el espacio de la presencia de Dios y el lugar en donde se enseñaba la Palabra
de Dios. Para Lucas, la sabiduría de Jesús en medio de los doctores y su
enseñanza admirable encuentran su fundamento en su origen divino, en su
relación filial única con Dios. La escena concluye con la incomprensión de
los padres de Jesús (v. 50). La afirmación tiene una función literaria, más
que histórica. Es una invitación a la meditación y a la aceptación en la fe
del misterio de Jesús de Nazaret que la escena del Templo ha dejado entrever.

A los doce años, que según la ley judía era la edad en que todo joven hebreo
adquiere la responsabilidad frente a la Ley y la religión (el momento de la
bar-mitzvah, expresión que significa: “hijo del precepto”), Jesús revela su
auténtica realidad de Maestro y de Hijo, tomando distancia frente a la
realidad limitada y cotidiana de su condición humana. Es la primera revelación
que Jesús hace de su persona y de su destino, y el creyente auténtico, como
María su madre, aun no comprendiendo todo, “conserva cuidadosamente todas las
cosas en su corazón” meditándolas (Lc 2,51, Lc 2,19). María entiende que
también para ella comienza el fatigoso camino de la fe. Una fe que le hará
descubrir el misterio escondido en aquel joven hijo suyo y que le hará ir
perdiendo a su hijo como posesión para recibirlo como don salvador de Dios a
los pies de la cruz.

La experiencia de María es la experiencia de cada padre de familia, que debe
aceptar en el hijo un proyecto que no le pertenece, el proyecto nuevo y libre
de una persona distinta, que no se puede poseer totalmente y a la cual los
padres no le podrán imponer un destino establecido previamente. Pero la
experiencia de María es sobre todo la experiencia del creyente que sabe
encontrar a Jesús “en la Casa del Padre”, es decir, como Sacramento de la
sabiduría y de la presencia de Dios entre nosotros. Una experiencia que cada
familia está llamada a vivir, convirtiéndose en pequeña “iglesia doméstica”,
en donde cada hijo, educado en la fe y en los grandes valores de la solidaridad
humana, pueda crecer “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante
los hombres” (Lc 2,52), a imagen del adolescente Jesús de Nazaret. 

   
   
     
 

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