
EL ESPÍRITU Y LA IGLESIA
(Tomado del artículo escrito por el P. Silvio José Báez, “La Trinità nel Nuovo Testamento”, en el libro:
AA.VV. In comunione con la Trinità, editrice Vaticana, Roma 2000, pp. 79-93)
S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega

1. El
Espíritu Santo y la experiencia
pascual
La Tradición
primitiva transmite dos afirmaciones de fe que no se contraponen. La primera
confiesa que en la resurrección de Jesús, la acción del Espíritu tiene que ver
directamente con Jesús mismo (Rom 1,4; 1 Tim 3,16); la segunda, que en la
resurrección y ascensión al Padre Jesús recibe el Espíritu (que él posee en
plenitud desde el bautismo) para comunicarlo a los
creyentes.
La
resurrección de Jesús fue puesta desde el inicio en relación con el Espíritu.
Según Rom 1,4, Jesucristo resucitado es el Hijo katá pnéuma. Es
con la fuerza del Espíritu que Cristo ha resucitado: “muerto en la carne,
vivificado en el Espíritu (zôopoiētheis de pneumati)” (1 Pe 3,18). El
Espíritu es sobre todo Aquel que es donado por el Padre al Hijo, de forma que el
humillado sea exaltado, y el Crucificado viva en la nueva existencia de
Resucitado.
Pero el Nuevo Testamento no sólo afirma que Jesús Resucitado sea portador del Espíritu, sino que por el evento pascual se convierte también en aquel que dona el Espíritu a los creyentes (cf. Lc 24,49; Hch 1,4.8; Jn 20,22; cf. además los textos clásicos de la pneumatología joánica: Jn 14,16; 15,26; 16,7). “El Espíritu es el Otro que Jesús testifica y dona. Si en Jesús se ha manifestado Dios como aquel que se revela y comunica, se debe al Espíritu el que Jesús viva y permanezca en medio de los suyos”[1]. Es significativa en este sentido la afirmación de Hch 2,33: “Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís”. Aquí Lucas retoma una afirmación tradicional basada originalmente en una interpretación cristiana del Sal 68,19, testimoniada por Ef 4,18, y que pone la glorificación de Jesús en relación con el Espíritu recibido del Padre[2]. Este aspecto de la pneumatología alcanzará su mayor desarrollo en la posterior teología joánica, en donde el Espíritu proviene del Padre pero viene donado únicamente a través de Jesús (Jn 7,39; 15,26; 16,7; 20,22). En el evento pascual, el Espíritu se presenta como el vínculo de unión entre Dios y Cristo, y entre el Resucitado y los creyentes: “no es el Padre, ya que es dado por Él; no es el Hijo, ya que el Resucitado lo recibe y lo dona; es Alguien que, jamás separado de ellos, es distinto y autónomo en su acción”[3].
La condición definitiva de la salvación se realiza en Cristo, pero requiere de la acción del Espíritu, el cual se hace presente en cada “aquí y ahora” del universo y de la historia. Por el Espíritu Dios habita en nosotros (Jn 14,16s.23) como verdad (Jn 14,17), como amor (Rom 5,5) y como santidad (1Pe 1,15)[4]. La existencia “en Cristo” sólo es posible “en el Espíritu”, y sólo por el Espíritu tenemos acceso al Padre (Ef 2,18).
2. Explicitación
trinitaria del acontecimiento Jesucristo
La
comunidad primitiva presupone la fe en Dios, el Dios del Antiguo Testamento, del
mismo modo como lo había hecho Jesús de Nazaret. Por tanto, ella, al menos
inicialmente, no desea modificar la definición de Dios, pero al mismo tiempo
anuncia que existe un vínculo único e inseparable entre Jesús y Dios, por lo que
Dios obra la salvación a través de Jesús, el Mesías, que está presente y vivo
como Señor resucitado y glorificado. Como se ha podido observar en las fórmulas
cristológicas más antiguas, al anuncio de Jesús como Mesías de Israel y Señor
resucitado por Dios (Hch 3,12-26), siguió la proclamación de Jesucristo como
evento salvador único, lo cual supuso una clara ruptura con el judaísmo.
El núcleo
primordial de la fe neotestamentaria se manifiesta como fe en Cristo. Pero el
Nuevo Testamento afirma, no sólo que Dios ha obrado a través de Jesús, por el
Espíritu, sino que Jesús es el evento en el cual Dios se revela y se hace
presente, a tal punto que ya no es posible separar a Dios de Jesús. Jesús es
parte del misterio de Dios y ahí donde Dios obra, ahí está también la presencia
de Jesús. Por tanto, no sólo Dios está en Jesús, en el sentido que obra en él,
sino que Jesús está en Dios desde el principio. Esto explica la lectura
pascual-trinitaria que hace el Nuevo Testamento de la historia de Jesús de
Nazaret[5].
En primer lugar se lee en clave trinitaria el inicio de la historia terrena de Jesús. La encarnación del Hijo, enviado por el Padre, es presentada como obra del Espíritu Santo. La confesión trinitaria de la pascua aparece ahora en la encarnación, obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. San Juan de la Cruz ha puesto en evidencia este misterio cuando canta: “...la Trinidad / de carne al Verbo vestía; / y aunque tres hacen la obra, en el uno se hacía; / y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. / Y el que tenía sólo Padre, / ya también Madre tenía...” (R 8). María de Nazaret se vuelve así el punto de encuentro entre Dios y el hombre, lugar en el que la historia trinitaria de Dios, el proyecto del Padre, el envío del Espíritu Santo y la misión del Hijo, coloca su tienda en la historia de los hombres[6].
De igual forma el evento pre-pascual,
ciertamente histórico, del bautismo en el Jordán, ha sido explicitado en la
complejidad de sus relaciones divinas (Mc 1,11; Mt 3,13-17; Lc 3,21). El
bautismo de Cristo manifiesta visiblemente la realidad trinitaria a través de
los símbolos propios de la entronización del Mesías como profeta escatológico,
que lleva a término la irrupción de Dios en la humanidad[7]. “La voz, la entronización del Mesías, el Espíritu, vienen del cielo que
se ha rasgado porque el Hijo que sube del agua y de la tierra ha sido
constituido como camino hacia lo divino[8]”. De igual forma el relato de la tentación de
Jesús (Mc 1,12s; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13) es presentado en relación con el Padre y
con el Espíritu que ha descendido sobre él en el bautismo. Jesús, conducido por
el Espíritu (Mc 1,12) y lleno del Espíritu (Lc 4,1), es el Hijo que permanece
fiel al Padre y al proyecto del reino en medio de la prueba, a diferencia de
Israel en el pasado.
Los textos
evangélicos nos muestran que toda la vida de Jesús se ha desarrollado con
relación al Padre y al Espíritu. La historia de Jesús, narrada a la luz de la
pascua, es la buena noticia del Padre, que por el Hijo y en el Espíritu Santo,
entre en relación con la historia humana[9]. Jesús es el Hijo, “que hace únicamente lo que ve hacer al
Padre” (Jn 5,19) y que “exulta de gozo en el Espíritu Santo” para revelar que
“todo me lo ha entregado mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo, sino el
Padre; y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera
revelar” (Lc 10,21.22b; cf. Mt 11,25-27). Es el Espíritu quien revela la
presencia del Hijo en la figura humilde de Jesús de Nazaret. El Hijo, por su
parte, nos revela al Padre. El lo ha recibido todo del Padre (Jn 1,35), y
precisamente por eso, solamente el Hijo conoce verdaderamente al Padre, a través
de un conocimiento hecho de comunión y de donación recíproca. Por eso el Padre
expresa su conocimiento del Hijo en forma de amor: “Este es mi Hijo amado, en
quien me complazco” (Mt 3,17; cf. Mc 1,11; Lc
3,22).
Jesús, el
Hijo, está lleno del Espíritu desde el principio (Lc 1,35; Mt 1,20). El
testimonio del Bautista pone de manifiesto la presencia permanente del Espíritu
en Jesús: “Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y
permanecía en él” (Jn 1,32). Las palabras de Jesús comunican la vida porque son
manifestación del Espíritu que habita en él (Jn 6,63), ya que “aquel a quien
Dios ha enviado habla las palabras de Dios porque da el Espíritu sin medida” (Jn
3,34). Pero también todo el ministerio de Jesús es obra del Espíritu, que
inspira su programa mesiánico (Lc 4,18) y se manifiesta como fuerza
(dynamis) y como autoridad (exousía) con las cuales Jesús obra
milagros y gestos liberadores en favor de los hombres (Mc 3,20-30; 5,30; Mt
12,28). La fuerza que salía de él (Jn 5,30), porque permanecía en él, siendo al
mismo tiempo distinta de él, es lo que más tarde la comunidad cristiana llamará
la presencia del Espíritu Santo (cf. Hch 10,37-38).
En el cuarto
evangelio, Jesús hace del Espíritu el principio del nuevo nacimiento (Jn 3,3-8)
y del auténtico culto al Padre, que brota de la acción del Espíritu y se
fundamenta en la revelación de Jesús: un culto “en Espíritu y Verdad” (Jn 4,23).
En el evangelio de Juan se designa al Espíritu como “Espíritu de la Verdad” y
“Paráclito”. La expresión “Espíritu de la Verdad” (Jn 14,17; 15,26; 16,13)
coloca al Espíritu en relación directa con la Verdad de Jesús, es decir, con la
revelación que el Hijo único hace del Padre (Jn 1,18). La Verdad del Padre
revelada por Jesús –la Verdad que es Jesús– sólo puede ser interiorizada y
actualizada en nosotros por obra del Espíritu de la Verdad (Jn 16,13). El
término “Paráclito” (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7), tomado del mundo jurídico,
expresa la idea de asistencia, ayuda y defensa. Las funciones del Espíritu en el
cuarto evangelio son tres: (a) da testimonio de Jesús frente a los discípulos
(Jn 15,26-27) y le da gloria (Jn 16,14); (b) habita en los discípulos (Jn 14,16)
y les sirve de guía hacia la verdad completa (Jn 16,13); (c) en cuanto al mundo,
realidad hostil que rechaza la revelación del Hijo, el Espíritu demuestra en la
conciencia de los discípulos el pecado del mundo (Jn
16,8-11).
La comunidad primitiva descubre también en la historia del pueblo
elegido el signo trinitario de la Pascua[10]. El Dios de Israel[11] es reconocido como el Padre del Señor Jesús (Hch 3,13.18; Hb
1,1; cf. Hch 13,27; 26,22; 2Cor 1.20); el Hijo es el vértice de toda la historia
de Israel, en quien se cumplen todas las Escrituras (Mt 1,22; Hch 7,2ss; cf.
además todos los textos en donde se hace la afirmación “según las Escrituras”;
1Cor 10,1-3; 15,3); y esta tensión de Israel hacia Cristo y su acción en la
historia del pueblo elegido es obra del Espíritu (1Pe 1,10s; Hch 1,16; 2Tim
3,16; 2Pe 1,21).
La lectura
trinitaria del misterio de Cristo se extiende finalmente a los mismos orígenes
de la creación. El acto creador es un acto pascual y trinitario. Un texto
ejemplar, en el que se pasa a una cristología que no sólo comprende la
resurrección del crucificado, sino la preexistencia del Señor es 1 Cor 8,6:
“Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre (eis theòs ho patēr), del
cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo
(eis kyrios Iēsous Christòs), por quien son todas las cosas y por el cual
somos nosotros”. Probablemente Pablo aquí está reutilizando una fórmula de fe
arcaica propia del cristianismo primitivo helenístico[12]. El texto muestra claramente una estructura simétrica, a
nivel de sujetos (Dios Padre / Señor Jesucristo), y a nivel de
funciones de ambos (todo tiene origen en Dios Padre y somos para él / por
medio del Señor Jesucristo todo existe y somos mediante él). Se trata de una
doble confesión de fe, teológica la primera, cristológica la segunda. Dios Padre
es confesado principio supremo de la creación universal y fin último de la
existencia de los creyentes; Jesucristo, en cambio, es el mediador de la
creación y de la salvación. La fórmula de fe sintetiza los principales
contenidos del credo cristiano, subrayando la iniciativa de Dios y la obra
mediadora de Cristo a nivel cosmológico y soteriológico, de quien implícitamente
ya se afirma su preexistencia, probablemente a la luz de la hipóstasis de la
sabiduría en el Antiguo Testamento[13].
En esta misma línea hay que interpretar la afirmación cristológica de Col
1,15: “Él es imagen (eikôn) de Dios invisible, Primogénito de toda la
creación”. En este texto Cristo es presentado a la luz de la sabiduría. El
término eikôn no expresa necesariamente la visibilidad. El Señor
Resucitado no es visible, al igual que la Sabiduría que es imagen de la bondad
divina, sin ser visible ella misma (Sab 7,22-26). La imagen de Col 1,15 no
connota la visibilidad, aun cuando manifiesta y refleja a Dios. Toda la
creación, y particularmente el hombre, dan a conocer también a Dios, como dice
Sab 2,23. La manifestación que se da en el Hijo, sin embargo, es diversa porque
viene de su participación, como mediador, en la obra de la creación (vv. 16-17),
a imagen de la sabiduría, como manifestación de Dios por su participación en la
actividad creadora[14]. Al decir que es “primogénito de toda la creación” (v. 16) se
quiere indicar, por tanto, su condición de filiación única y eterna, antes de la
creación del mundo[15].
Más
explícitos aún los primeros versículos del evangelio de Juan (Jn 1,1-3), en
donde se celebra su dimensión arquetípica y protológica del Lógos, del
cual se dice que es al mismo tiempo preexistente (“en el principio era”), divino
(théos), aunque personalmente distinto de Dios (ho theós), y
mediador en la creación (“todo ha llegado ha existir por medio de él”). Es
discutido entre los estudiosos si en Fil 2,6 se indica la preexistencia de
Cristo al afirmar que “siendo de condición divina (morphē theou), no
retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Para algunos autores aquí se afirma que
es propia de Cristo una originaria igualdad con Dios, la cual él, sin embargo,
no consideró una realidad para utilizar en favor suyo[16]; para otros, la expresión morphē theou alude al hombre
en general, como imagen de Dios, y por tanto, el ser igual a Dios habría sido
una tentación del Jesús terreno, semejante a la de Gen 3,5, en la cual él, sin
embargo, nunca cayó[17].
La preexistencia de Cristo y la interpretación trinitaria de los orígenes
se pone de manifiesto también en todos aquellos textos que contienen “teologías
de la encarnación” o de “la misión”, elaboradas a la luz de la pascua. Son
importantes para la teología de la Trinidad las afirmaciones de Pablo en Gál
4,4[18] y Rom 8,3, en donde se pueden evidenciar tres aspectos
fundamentales: (a) Siendo Dios quien envía se alude indirectamente a la
preexistencia del Hijo; (b) el objeto del envío tiene que ver con la liberación
de la Ley; (c) el resultado es la constitución de los hombres en “hijos
adoptivos” (Gál 4,6). En la teología de Juan son innumerables los textos sobre
el envío y la misión del Hijo (Jn 3,17.34; 5,37; 6,40-44; 7,28,33; 8,16.29.42;
11,42; 12,44s; 14,24; 16,5; 17,3), textos pascuales que ponen de manifiesto la
plenitud escatológica de lo ocurrido en Cristo, interpretando en clave
trinitaria el misterio de su preexistencia y de su
encarnación.
3. Autoconciencia y experiencia trinitaria
de la Iglesia
Desde sus inicios la comunidad cristiana se
concibió a sí misma en clave trinitaria[19]: ella es la Iglesia de Dios (Hch 20,28; 1Cor 10,32;
11,22; Gal 1,13; 6,16; 2 Tes 1,4; etc.); el Cuerpo de Cristo (cf. Ef
1,22; 5,23; Col 1,18.24); la Iglesia del Espíritu, que nace y se
desarrolla con la fuerza del Espíritu Santo, como lo testimonia sobre todo el
libro de los Hechos. En la comunidad eclesial se refleja la unidad trinitaria:
“Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de
ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el
mismo Dios que obra todo en todos” (1Cor 12,4-6). No se puede hablar de la vida
de la comunidad cristiana sin implicar a los tres principios vivos y
estructurantes de toda la novedad cristiana: el Padre, el Hijo y el Espíritu. La
misma existencia cristiana es presentada como existencia trinitaria, edificada
en Cristo Señor hasta ser morada de Dios en el Espíritu (cf. Ef 2,21b-22; 1 Cor
3,16; 1Pe 2,5). Una vida que se desarrolla en el Espíritu (Rom 8,14),
conformándonos cada vez más con Cristo (Gal 2,20) y participando de la
experiencia filial del Hijo en relación al Padre (cf. Gal
4,6).
El evento trinitario por excelencia es el bautismo, por medio del cual la
Iglesia y cada creyente entran en el misterio trinitario. En él se actualiza el
único, definitivo, paso de la Trinidad a la historia y de la historia a la
Trinidad, que es la historia trinitaria de la muerte y resurrección del
Señor[20]. De esto da testimonio la fórmula bautismal explícitamente
trinitaria de Mt 28,20: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. La
fórmula, de origen post-pascual, representa la cristalización doctrinal de una
larga reflexión de la comunidad del evangelista sobre el rito más importante de
la iglesia primitiva. El nombre, en sentido bíblico, representa la persona.
Bautizar “en el nombre” del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, significa
introducir al bautizado en la comunión de las Tres Personas divinas y colocarlo
en relación viva y personal con el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo[21]. Con el bautismo se sella la pertenencia de los discípulos a
Jesús Señor dentro de la comunidad. Con el bautismo en el nombre de la Trinidad
el creyente es introducido en la misma vida trinitaria y la Trinidad entra en
modo nuevo y pleno en el hombre[22]. Por medio del bautismo los hombres llegan a ser hijos
adoptivos de Dios, en el único Hijo amado (cf. Gal 3,26s; 4,4s); son
sepultados junto con Cristo en la muerte, para que como él puedan vivir
una vida nueva (cf. Rom 6,3-11; Col 2,12; 3,1; Ef 2,5) y, en el don del
Espíritu Santo, “unción, sello, arras” (cf. 2 Cor 1,21s; Ef 1,13s), son
regenerados y renovados (cf. Tit 3,5), pudiendo dirigirse a Dios llamándolo
Padre (Rom 8,15.26s; Gal 4,6)[23].
La
presencia de la Trinidad Santísima en la vida del creyente y de la comunidad se
pone de manifiesto también con el saludo, probablemente de origen litúrgico, con
el cual Pablo concluye la segunda carta a los Corintios: “La gracia del Señor
Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos
vosotros” (2Cor 13,13). La fórmula es única en todo el Nuevo Testamento y su
utilización en la liturgia contribuyó, sin duda, a la formulación de la doctrina
trinitaria. En el texto Jesucristo es presentado como gracia” (cháris),
pues en él se ha revelado la benevolencia gratuita y salvadora del Padre; Dios
representa al Padre y es puesto en relación con el amor, ya que es su fuente
originaria y Él mismo es amor (1Jn 4,8), que tanto ha amado al mundo que ha dado
a su propio Hijo (Jn 3,16) (agapé); y el Espíritu Santo es puesto en
relación con la comunión (koinonía)[24], ya que Él crea la unidad de la comunidad en la diversidad
(1Cor 14,5) e interioriza en el hombre el amor del Padre y del
Hijo.
El Nuevo Testamento hace referencia a una presencia interior,
personal, vivificante de Dios en el creyente, a partir de la cual la teología
posterior, confirmada por la experiencia de los místicos, reflexionará sobre lo
que se llamará tradicionalmente “la inhabitación trinitaria”,[25].
En la espiritualidad paulina, el evangelio de Cristo acogido
en la fe, principio fundamental de la justificación del creyente (Rom 1,16;
3,21-26), se convierte en una realidad viva que transforma la vida desde dentro,
permitiendo al cristiano desarrollar una praxis-sabiduría coherente con el
evangelio, que no sólo depende de Cristo, sino que se identifica con él: “De Él
(de Dios) os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros,
sabiduría de origen divino, santificación y redención” (1Cor 1,30). La
experiencia cristiana, tal como la describe Pablo, es profundamente
interpersonal, fundada en la fe y expresada en términos de amor. El cristiano es
consciente de ser amado por Cristo y se siente llamado a amarlo con un amor de
pertenencia recíproca, que va más allá de todo sentimentalismo y que se expresa
precisamente con la metáfora nupcial: “Os tengo desposados con un solo esposo
para presentaros cual casta virgen a Cristo” (2Cor 11,2). La relación entre el
Hijo de Dios y el cristiano crea una ósmosis vital entre ambos, a tal punto que
la vida que es propia de Cristo pasa al creyente y lo que es propio de el
creyente pasa a Cristo asumiendo nuevo valor: “Con Cristo estoy crucificado: y
no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al
presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó
a sí mismo por mí” (Gal 2, 20)[26].
Esta presencia amorosa del Hijo de Dios, que invade y
transforma continuamente la existencia del creyente coincide con “el Espíritu”.
Identificando el Espíritu con Cristo, Pablo subraya la capacidad de amar, de
“ser para”, y que él hace coincidir con lo que llama “libertad”: “El Señor es el
Espíritu y donde está el Espíritu del Señor hay libertad” (2Cor 3,16). El
cristiano, por tanto, es consciente de poseer la capacidad de amor de Cristo
porque posee en su interior la fuerza y el germen del amor divino, pues “el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado” (Rom 5,5). El Espíritu Santo, es el Espíritu de Dios, el Espíritu de
Cristo, a tal punto que su presencia en la vida del creyente determina la
pertenencia a Cristo: “El Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene
el Espíritu de Cristo no le pertenece” (Rom 8,9). Consciente de ser amado por el
Padre, a tal punto de recibir el Espíritu del Padre y de Cristo, el cristiano
comprende y vive, desde lo más hondo de su ser, la situación de filiación
divina: “El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que
somos hijos de Dios” (Rom 8,16).
Pablo habla de "los gemidos inefables del Espíritu" en el interior
del hombre(vv. 26-27). Al anhelo del parto de la nueva creación y del hombre
nuevo se une el deseo apasionado y ansioso del Espíritu en nuestros corazones.
El Espíritu de Dios es presentado como un mediador eficaz y poderoso. El hombre,
como un niño pequeño que todavía no sabe hablar debidamente, no logra formular
su deseo más profundo con relación a la renovación radical de este mundo. El
Espíritu se encarga de hacerlo, convirtiéndose no sólo en principio y dinamismo
de la acción del creyente, sino de su propia oración. El Espíritu hace posible
la súplica perfecta en nuestros corazones, la verdadera oración que no conoce la
debilidad de nuestra condición humana que "ni siquiera sabe pedir lo que
conviene" (Rom 8,26). El Espíritu se vuelve intérprete e intercesor de la
oración del creyente, de forma que la oración es sostenida así por la fuerza de
Dios, pues "Dios, que examina los corazones, conoce el pensar del Espíritu, que
intercede por los creyentes según la voluntad de Dios" (Rom 8,27). La oración
cristiana se realiza, por tanto, "en el Espíritu", es decir, en sintonía
interior con el Espíritu de Dios, que habita en nosotros, "que viene en ayuda de
nuestra debilidad" (Rom 8,26) y "que escudriña todo, incluso las profundidades
de Dios" (1 Cor 2,10).
En la espiritualidad joánica, como ya hemos expuesto antes, el
Espíritu de la Verdad interioriza y actualiza en el creyente la palabra de
Jesús. La “verdad”, que en Juan indica la revelación que el Padre ofrece al
mundo mediante y en el Hijo encarnado y enviado al mundo, no es en primer lugar
una realidad intelectual. La revelación histórica de Jesús no tiene como
objetivo solamente disipar las tinieblas del error, sino crear en el hombre una
nueva existencia[27]. La Palabra de Jesús, en el interior del creyente, vivifica
(Jn 8,51), dona la verdadera libertad (Jn 8,32), santifica (Jn 17,17). La verdad
vive, por tanto, en el interior del creyente en cuanto revelación de Jesús,
acogida y convertida en principio interior de vida. Esta verdad que habita y
vivifica desde dentro al cristiano es Jesús mismo (Jn 14,6). El Espíritu, que
conduce a la verdad completa, es el Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 16,13), y
es él mismo Verdad, como Jesús (1Jn 5,6), porque interioriza la revelación de
Jesús e interpreta su Palabra en el cristiano.
Pero no solamente la palabra-verdad es interiorizada y habita en el
creyente, sino también la vida y el amor[28]. La vida eterna, que en la tradición sinóptica se proyecta en
el futuro escatológico, en Juan, en cambio, es una realidad presente, interior,
que se identifica con el conocimiento amoroso del Dios verdadero y de su enviado
Jesucristo (Jn 17,3). Por eso Jesús, el Hijo, ora por los suyos al Padre
diciendo: “Yo les he dado a conocer tu Nombre[29] y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú
me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26). El cristiano está llamado
a vivir la relación con Dios, como una participación viva y real de la comunión
de amor que existe entre el Padre y el Hijo: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,21).
Refiriéndose a esta comunión de amor, Santa Teresa de Jesús
exclama en las séptimas moradas del Castillo Interior:
“¡No sé que mayor amor puede ser que éste!” (7 Moradas 2,7). Y
san Juan de la Cruz precisa su naturaleza: “Comunicándoles el mismo amor que al
Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad
y transformación de amor. Como tampoco se entiende aquí quiere decir el Hijo al
Padre que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como los son el Padre
y el Hijo, sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en
unidad de amor” (Cántico 39,5)
En el discurso del Pan de vida se pone de manifiesto esta comunión
recíproca y misteriosa entre Cristo y el creyente, que el evangelio Juan designa
con el verbo “permanecer” (en griego: menô[30]): “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo
en él” (Jn 6,56). Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con él,
quien se alimenta de su palabra y se ha abierto a su misterio de entrega en la
cruz, realidades que se actualizan cotidianamente en la celebración de la
Eucaristía, se ve introducido misteriosamente en el horizonte de la amistad
divina. Este “permanecer” mutuo que se produce entre Cristo y el creyente es
quizás el mensaje más profundo del cuarto evangelio. Al manifestar la comunión
del discípulo con el Hijo, el evangelista piensa en aquella otra relación,
eterna y originaria, que es la comunión entre el Padre y el Hijo. La relación
Padre–Hijo es el modelo y la fuente de la inmanencia y de la comunión recíproca
entre Jesús y el discípulo: “Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo
por él, así también, el que me coma vivirá por mí” (v. 57). Toda vida, toda
comunión, tanto la del Padre y del Hijo, como la del Hijo y el creyente, tiene
su origen en el Padre, que “posee la vida”. Así como el Hijo es enviado y vive
por el Padre, el creyente que “come el pan”, que es Jesús, vivirá por
él.
En el cuarto
evangelio, el amor no es sólo una realidad objetiva que modela la conducta, sino
una realidad interior puesta por Dios en el creyente (Jn 5,42; 17,26; 1Jn
2,5.15b; 3,1.17; 4.7). También para el amor, como para la Palabra de Jesús, se
utiliza la fórmula de reciprocidad típica de la relación interpersonal y de la
alianza con Dios: “Quien permanece (menô) en el amor, permanece
(menô) en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). El amor, concretizado en la
comunión con la Palabra de Jesús, es la condición y la expresión de la
permanencia divina en el interior del creyente: “Si alguno me ama guardará mi
Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
morada en él” (Jn 14,23). El texto de Jn 14,23 es de gran importancia en la
espiritualidad de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz. En la
experiencia mística de ambos santos carmelitas, la presencia amorosa y
transformadora de la Trinidad ha alcanzado expresiones
sublimes.
Para san Juan de la Cruz, la inhabitación trinitaria, incluso en sus más
elevadas expresiones, es una realidad experimentable en el camino de la fe: “No
hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que
él da en regalar, porque si consideramos que es Dios y que se les hace como Dios
y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón, pues él dijo que
en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo y harían morada en
él (Jn 14,23); lo cual había de ser haciéndole a él vivir y morar en el Padre,
Hijo y Espíritu Santo en vida de Dios” (Llama, Prol. 2); y en otro lugar afirma:
“Y no es de tener por increíble que a un alma ya examinada, purgada y probada en
el fuego de tribulaciones y trabajo y variedad de tentaciones, y hallada fiel en
el amor, deje de cumplirse en esta fiel alma en esta vida lo que el Hijo de Dios
prometió, conviene a saber: que si alguno le amase, vendría la Santísima
Trinidad en él y moraría de asiento en él (Jn 14,23); lo cual es ilustrándole el
entendimiento divinamente en la sabiduría del Hijo y deleitándole la voluntad en
el Espíritu Santo, y absorbiéndola el Padre poderosa y fuertemente en el abrazo
abisal de su dulzura” (Llama 1,15).
Santa Teresa se sirve de Jn 14,23 para describir lo que ella llama “el
matrimonio espiritual”: “Se le muestra la Santísima Trinidad [...], entiende con
grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y
un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma,
podemos decir, por vista [...]. Aquí se le comunican todas tres Personas, y la
hablan y la dan a entender aquellas palabras que dice el evangelio que dijo el
Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le
ama y guarda sus mandamientos” (7 Moradas 1,6)
[1] Cf. A.
Milano, “Trinità”,
1776.
[2] Cf. G,
Rossé, Atti degli apostoli, 155.
[3] Cf. B.
Forte, Trinità come storia, 34.
[4] Cf. A.
Milano, “Trinità”, 1776.
[5] Cf. B.
Forte, Trinità come storia, 43-53.
[6] Cf. B. Forte, Idem,
44.
[7] Cf. R.
Pesch, Il Vangelo di Marco, I, Brescia 1980,
162ss.
[8] Cf. J.M. Rovira Belloso, “Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo”, en X. Pikaza – N. Silanes (ed.), Diccionario Teológico. El Dios cristiano, Salamanca1992, 1373.
[9] Cf. J.
Moltmann, Trinità e Regno di Dio, Brescia 1983, 86; B. Forte, “Trinità come storia”,
47.
[10] Cf. B.
Forte, Trinità come storia, 47-51.
[11] Cf. S.J.
Báez, “Il Dio d’Israele: presenza, cammino e promessa” en Rivista di
vita spirituale 54 (2000) 391-408.
[12] Cf. G.
Barbaglio, Le lettere di Paolo, vol. 1,
393.
[13] Idem, 394; R.
Penna, I Ritratti originali di Gesù il Cristo,
186.
[14] Cf. J.N.
Aletti, Lettera ai Colossesi, Bologna 1994,
90-91.
[15] Idem, 93.
[16] Cf. R.
Penna, I Ritratti originali di Gesù Cristo,
129-132.
[17] Cf. J. Murphy-O’Connor, “Christological
Anthropology in Phil. II,
6-11 », en Revue Biblique 83 (1976)
25-50.
[18] En Gál 4,4-6 se
usa dos veces el verbo “enviar” con relación al Hijo y con relación al
Espíritu. La formulación es absolutamente novedosa, si se piensa que no
encontramos nada similar ni en el Antiguo Testamento, ni en el judaísmo
extrabíblico. El envío del Hijo evoca la encarnación en la historia; el envío
del Espíritu, alude a la experiencia interior del cristiano, que gracias a la
presencia eficaz del Espíritu viven la experiencia real de la filiación divina,
participando a la de Jesús (Cf. R. Penna, Lo
Spirito di Cristo. Cristologia e
pneumatologia secondo un’originale formulazione paolina, Brescia 1976,
207-235).
[19] Cf. B.
Forte, Trinità come storia, 53-56.
[20] Cf. B. Forte, Idem,
54.
[21] En el contexto del evangelio de Mateo, el Padre es el nuevo rostro de Dios revelado por Jesús a sus discípulos; el Hijo es la identidad profunda de Jesús, que es conocida por el Padre que la revela a los pequeños; el Espíritu Santo es el poder benéfico y salvador que Dios revela en los gestos y las palabras de la misión histórica de Jesús (Mt 12,18.28.31-32) (Cf. R. Fabris, Matteo, 572).
[22] B. Forte, Trinità come storia,
188.
[23] Idem, 189.
[24] La expresión “la comunión del Espíritu Santo” (hē koinônía tou agiou pnéumatos) puede ser interpretada como genitivo objetivo (=comunión con el Espíritu) o como genitivo subjetivo (=comunión donada por el Espíritu). Creemos que una interpretación no excluye la otra. Entrar en comunión con el Espíritu es participar de sus dones, que a su vez crean la comunión entre los creyentes.
[25] Cf. E. Llamas, “Inhabitación trinitaria”,
en X. Pikaza-N. Silanes (ed.),
Diccionario teológico. El Dios cristiano, Salamanca,
691-710
[26] Cf. U.
Vanni, “La spiritualità di Palo”, en R. Fabris (ed.), La spiritualità del
Nuovo Testamnento, Roma 1985, 204-205.
[27] Cf. G.
Segalla, “La spiritualità nella tradizione giovannea”, en R. Fabris (ed.), La spiritualità del
Nuovo Testamento, Roma, 1985, 392.
[28] Idem,
393-394.
[29] En el mundo antiguo, la persona, su
ser y su destino, se expresaban en el “nombre”. Entre él y la persona existía
una relación esencial. En el Antiguo Testamento, la realidad y el ser de Dios se
expresan y se concretizan en su “Nombre” (cf. Ex 3,14). La fe cristiana afirma
que el “Nombre” de Dios, es decir, su persona, se ha manifestado plenamente en
Jesús de Nazaret, quien expresa el sentido de su misión reveladora del Padre
diciendo: “Yo he dado a conocer tu Nombre a aquellos que tú me diste” (Cf. S.J. Báez, “Il Dio d’Israele: presenza,
cammino e promessa”, 397-398).
[30] El verbo griego menô, en el evangelio de Juan, posee la connotación de estabilidad y de permanencia continua.