
Mons. Silvio José
Báez
Obispo Auxiliar de
la Arquidiocesis de Managua
DOMINGO XXX
(Tiempo ordinario – Ciclo C)
Eclesiástico
35,12-14.16-18
2 Timoteo 4,6-8.16-18
Lucas 18,9-14
La temática de las lecturas de este domingo retoma en cierto
modo la catequesis sobre la oración iniciada el domingo anterior. La
primera lectura del libro del Eclesiástico recuerda un dato
fundamental de la tradición bíblica, que asegura que Dios escucha
la oración de los pobres, de los oprimidos y de los humildes. La
segunda lectura es el último testamento de san Pablo, quien está a
punto de llegar al final de su vida y de su misión, firmemente convencido
que el Señor ha estado siempre a su lado como fuerza y como consuelo. En
el evangelio, el fariseo y el publicano representan dos actitudes
humanas, dos formas de concebir y practicar la oración y dos imágenes de
Dios. Mientras la religiosidad y la oración del primero se apoyan en el
orgullo de sus obras, el segundo se abandona totalmente a la misericordia
de Dios. Sólo de este último asegura Jesús que “bajó a su casa
reconciliado con Dios”.
La primera lectura (Eclo 35,12-14.16-18) forma parte de un amplio
trozo del libro del Eclesiástico en el cual se describe la justicia del
Dios de Israel, que se manifiesta como
misericordia en favor de los pobres y oprimidos. Es un principio
fundamental de la experiencia bíblica la afirmación que Dios escucha y
socorre a los últimos de este mundo, tal como lo ha demostrado la misma
experiencia histórica del pueblo elegido desde sus orígenes (Ex 3,7-9),
mientras que al mismo tiempo se muestra inflexible y severo con los
soberbios y malvados (Eclo 35,19.23).
El texto que comentamos del
Eclesiástico afirma con fuerza esta parcialidad misericordiosa del Dios de
Israel en favor de los pobres y los humildes cuando dice que Dios “escucha
el clamor del oprimido, no desprecia la súplica del huérfano, ni las
quejas que expone la viuda” (v. 13-14). El oprimido, el huérfano y la
viuda, son en la Biblia el símbolo de la persona desamparada que sólo en
Dios encuentra su consuelo y su justicia y a quien Dios siempre oye y
auxilia. Dios no acepta gestos exteriores e hipócritas de penitencia
cuando con ellos se busca ocultar la injusticia que se comete con los
pobres, pues “el Señor no favorece a nadie en perjuicio del pobre” (v.
12). La justicia de Dios se manifiesta sobre todo en su amor
misericordioso y privilegiado en favor de los últimos de la tierra, cuya
voz “atraviesa los cielos” (v. 17). La oración del humilde llega hasta el corazón de Dios, quien no
tardará en escucharlo e intervenir en su favor.
La segunda lectura (2 Tim 4,6-8.16-18) es la conclusión de la
segunda carta a Timoteo. Se trata de un texto conmovedor que puede ser
considerado como el testamento de Pablo, quien hace una especie de
relectura de toda su vida y de todo su ministerio. Utiliza para ello tres
ricas metáforas con las cuales describe su existencia de creyente y
apóstol. Su vida es como un sacrificio ofrecido a Dios (v. 6), como
una dura batalla que ahora está por concluir (v. 7), como una larga
carrera en la cual está a punto de llegar a la meta para “recibir
la corona de la salvación que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no
sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida
gloriosa” (v. 8).
El evangelio (Lc 18,9-14), más que una parábola, es un
“relato ejemplar”, en el cual se presentan dos personajes: el primero, el fariseo,
como anti-modelo, el segundo, el publicano, como modelo. En el evangelio
de Lucas, este relato es la continuación lógica de la enseña de Jesús
sobre la oración perseverante a través de la parábola de la viuda y del
juez injusto (Lc 18,1-8). El Señor ha exhortado a los discípulos a orar
insistentemente, sin desanimarse, para recibir la justicia de Dios (Lc
18,1), pero obviamente esto no basta. El orante, si no está atento a su
actitud interior, corre el riesgo de practicar una falsa oración
y cultivar una imagen
desfigurada del verdadero Dios.
Ya desde el inicio se hace clara mención de unos destinatarios bien
precisos a los cuales Jesús dirige el relato: “unos que presumían ser
justos y despreciaban a los demás” (v. 9). Anticipadamente, por
tanto, podemos intuir la causa de la condena del fariseo y de la
justificación del publicano de los que habla la narración. En la tradición
bíblica de Israel, un justo era aquel que actuaba en conformidad
con los preceptos de la ley para realizar la voluntad de Dios (Lc 1,6;
2,25; 23,50). Sin embargo, Jesús no duda en lanzar críticas durísimas
cuando este comportamiento se vuelve motivo de orgullo y de ostentación y
sirve para crear discriminación entre quien se cree en regla con Dios y
los demás a quienes se les considera inferiores (cf. Lc
16,14-15).
El texto habla de dos personajes que subieron al templo a orar. El
primero era fariseo, miembro del grupo llamado de los perushím,
término que probablemente quería decir “puros”. Se les llamaba así porque
cumplían estrictamente con la ley de Moisés, aunque a menudo se trataba de
una observancia exterior y legalista. Como sabemos por otros textos del
evangelio, los fariseos se preocupaban por cumplir preceptos
insignificantes, mientras descuidaban los grandes mandamientos del amor y
de la justicia (Lc 11,42-44). El segundo personaje era un publicano, que
ejercía una de las ocupaciones consideradas como malditas por el pueblo de
Israel. Los publicanos se encargaban de cobrar los impuestos en favor del
imperio romano y, por tanto, eran considerados por los judíos piadosos
como ladrones a causa del dinero e impuros a causa de su contacto con los
paganos.
El fariseo, ora en posición erguida (v. 11), probablemente
ostentando su seguridad religiosa, y se dirige a Dios con una bendición,
oración a través de la cual se agradecía a Dios todos los bienes
recibidos. El fariseo bendice a Dios porque se siente distinto de los
demás hombres que son “ladrones, injustos, adúlteros”. Él, en cambio, está
en regla con Dios porque cumple todos los preceptos del decálogo, incluso
va más allá pues ayuna dos veces por semana e paga el diezmo de todo lo
que posee. Además da
gracias por no ser como aquel publicano que había subido al templo al
mismo tiempo que él. En realidad sus palabras no son una oración, sino un
monólogo a través del cual expresa su orgullo y su autosuficiencia,
motivos por los cuales juzga y desprecia al
otro. Invoca a Dios
solamente para confirmar su perfección.
El publicano, por su parte, “se mantiene a distancia y no se
atreve ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el
pecho” (v. 13). Tres actitudes revelan su interioridad: se queda lejos
pues se siente lejos de Dios a causa de su oficio, no alza los ojos al
cielo pues no se siente digno de dirigirse a Dios y se golpea el pecho
expresando su sentido de culpa y de pecado. Si la oración del fariseo es
relativamente larga, la del publicano se caracteriza por su brevedad:
“Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador” (v. 13). Sabe que no
tiene nada de qué gloriarse ante Dios y se fía únicamente su
misericordia.
Al final Jesús interviene con un comentario que cambia totalmente
la opinión popular de la gente, según la cual el fariseo era objeto de la
salvación de Dios y el publicano no. La conclusión de Jesús es totalmente
opuesta: “Os
digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado con Dios, y el
otro (el fariseo) no. Porque el que se engrandece será humillado, y el que
se humilla será enaltecido” (v. 14). Ser “justificado”, en el lenguaje bíblico,
quiere decir “declarado justo ante Dios a través del juicio divino”, es
decir, haber obtenido la remisión de los pecados.
El fariseo y el publicano representan dos imágenes de Dios. Para el
primero Dios es solamente alguien que confirma una presunta rectitud conquistada con el propio
esfuerzo y las propias obras; para el segundo, en cambio, Dios es fuente
de misericordia gratuita que salva a los pecadores. Un principio que es
fundamental para la teología y la práctica de la oración cristiana, que no
se basa
en la justicia del hombre, sino en la justicia misericordiosa y salvadora
de Dios.
