
DOMINGO XXVII
(Tiempo ordinario - Ciclo C)
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Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiocesis de Managua
Habacuc
1,2-3; 2,2-4Lucas 17,5-10
Las
lecturas bíblicas de hoy nos ofrecen una espléndida meditación sobre la fe, en
la que se ponen en evidencia algunos aspectos fundamentales del creer bíblico.
Creer es leer la historia según la óptica de Dios, reconocer su presencia en su
aparente ausencia y esperar firmemente en el cumplimiento de su proyecto (primera
lectura). Creer es experimentar en nosotros una fuerza de vida ya que la fe
es ante todo apertura a la irrupción de Dios que transforma al hombre; al mismo
tiempo creer es también superar la concepción utilitarista de la religión a
través de la donación gratuita y amorosa a Dios sin límites ni pretensiones (evangelio).
Finalmente, creer es también conservar con fidelidad el “depósito” del mensaje
cristiano que hemos recibido en la Iglesia, contra todas las reducciones
ideológicas o las simplificaciones espiritualistas (segunda lectura).
La
primera lectura (Hab
1,2-3; 2.2-4) nos hace escuchar a uno de los profetas más fascinantes
del Antiguo Testamento, Habacuc, que ha llegado a ser famoso en la tradición
cristiana sobre todo por una frase suya que Pablo ha usado casi como título de
su carta a los Romanos: “el justo vivirá por la fe”.
Habacuc vive años
difíciles, en los que ve a su pueblo sometido ante los imperios de la época. A
partir del dolor del pueblo, el profeta se enfrenta con Dios en un largo y apasionado diálogo. En su
forcejeo con Dios el profeta va más allá de los límites de su época y deja
planteada una serie de interrogantes de valor universal. No comprende que el
Señor contemple tranquilamente las luchas y contiendas que se entablan en su tiempo
y no se resigna: “¿Hasta cuándo Señor gritaré sin que tú escuches? ¿Te gritaré
¡violencia! sin que tú salves? Por qué me haces ver la iniquidad y la opresión,
y tú miras impasible, mientras rapiña y violencia están delante de mí? Por eso
se ha debilitado la ley [...] y el malvado rodea al justo” (Hab 1,2-4). Dios le
responde que piensa castigar al opresor egipcio mediante otro imperio, el
babilónico (Hab 1,5-8). Pero la respuesta no satisface al profeta, pues con el
paso del tiempo, los babilonios resultan tan despóticos y crueles como los
egipcios y los asirios. Y el profeta vuelve a quejarse a Dios: “Tus ojos son
demasiado puros para contemplar el mal, no puedes contemplar la opresión. ¿Por
qué contemplas impasible a los infames y te quedas en silencio cuando el
malvado devora al inocente? (Hab 1,13).
Después de plantear a Dios sus
interrogantes se dispone a esperar una nueva respuesta suya, tomando la actitud
de un centinela que vigila y está alerta, atento a una nueva palabra de Dios,
“para ver qué me dice y qué responde a mi querella” (Hab 2,1). Dios le responde
diciendo: “El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá gracias a su
fidelidad (=fe)” (Hab 2,4). Los pobres vivirán gracias a su capacidad de creer
en la justa intervención de Dios, aún cuando éste parezca callar, y gracias a
su comportamiento recto, que se opone a la violencia y a la injusticia de los
opresores.
Dios
invita también al profeta a poner por escrito la promesa, que aunque llegue a
tardar, se cumplirá. El Señor le asegura a Habacuc que el poder imperialista no
subsistirá. La respuesta de Dios, que ha sido incluso puesta por escrito para
que sirva de testimonio perenne, no resuelve el problema, a lo sumo lo
interpreta. El silencio divino, que tanto ha atormentado al profeta, se rompe,
sin embargo, cada vez que se lee el escrito, ofreciendo así una pequeña luz,
una discreta palabra que asegura que Dios no está de parte de los opresores y
que aniquila todo poder imperialista que hace de los pueblos pobres víctimas
inocentes. El profeta –y con él todos los “justos” de la historia– son
invitados a confiar en la intervención de Dios que no tolera a los opresores,
aún cuando a veces parezca callar. La mayor riqueza del mensaje de Habacuc es
la actitud existencial que propone y que él mismo adopta: tomar en serio los
signos de los tiempos, hacer de los pobres y de las víctimas un lugar teológico
y el criterio decisivo desde el cual se lee la historia desde la fe, orar a
partir de la realidad, no interrumpir el diálogo sincero con Dios en los
momentos de mayor oscuridad y vivir únicamente de fe, de una fe que asegura la
realización del proyecto divino de justicia y de vida en favor de los más
pobres.
La
segunda lectura (2
Tim 1,6-8.13-14) constituye el inicio de la segunda carta a Timoteo, que
al igual que la primera es de cualidad
estrictamente pastoral, llena de ternura, serenidad y de llamados constantes a
la fidelidad. Se le recuerda a Timoteo, ante todo, como en 1 Tim 4,14, el
“carisma” de la vocación apostólica, un
carisma que le fue conferido a través de la consagración realizada con “la
imposición de las manos” (v. 6). De esta forma ha llegado a convertirse en
testigo de Cristo, hasta el punto de poder llegar a sufrir y morir a causa del
evangelio (v. 8).
Un
elemento fundamental de su vida como testigo y evangelizador será, por tanto, la
conservación de la fe en la palabra de Dios testimoniada y proclamada por los
Apóstoles, una fe que se describe como fidelidad al “buen depósito” o
“tesoro” (griego: parathēkē) que se nos ha encomendado. La
palabra griega parathēkē, de origen jurídico, utilizada dos
veces en los vv. 12 y 14, designa la Buena Nueva de Cristo transmitida y
anunciada por los Apóstoles, y que es el objeto de la fe. Al final de la
primera carta a Timoteo ya se hacía referencia a ello, invitando al misionero a
ser un fiel servidor: “¡Oh,
Timoteo!, guarda lo que se te ha encomendado-el tesoro o depósito (parathēkē), y evita las palabrerías vacías y
profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ciencia” (1 Tim
6,20).
El evangelio (Lc 17,5-10)
inicia con una petición espontánea y sincera de los apóstoles: “¡Aumenta
nuestra fe!” (v. 5). Delante de los compromisos que exige el seguimiento de
Jesús, delante de las pruebas y sufrimientos que comporta el camino con el
Maestro, la petición es perfectamente comprensible. Jesús, sin embargo, no
responde a los apóstoles dándoles en ese momento una fe extraordinaria que
luego ellos podrían manifestar a través de capacidades prodigiosas. El Señor
más bien celebra la fuerza infinita de la fe, la cual pone al hombre en
comunión con Dios haciéndolo partícipe de su poder creador y salvador. La
imagen del árbol, cuyas raíces son tan resistentes que ni una tempestad podría
arrancar, indica que la fe, aún cuando es pequeña, tiene una fuerza dinámica
que logra, así como se puede arrancar y mover un árbol, cambiar el corazón de
cada uno y cambiar las relaciones entre los hombres según el proyecto de Dios.
A continuación Jesús
cuenta una parábola que completa su catequesis sobre la verdadera fe. La
parábola es un poco extraña pues describe a un patrón vulgar y prepotente con
sus siervos, a los cuales trata con indiferencia y cinismo. ¿Cómo puede ser
símbolo de Dios un patrón así? (Véase Lc 12,37!). Todo se aclara cuando se comprende
que el acento de la parábola no está en el comportamiento del patrón sino en la
actitud del siervo. Jesús quiere describir el modo de actuar del verdadero
creyente, del verdadero hombre de fe que vive en total disponibilidad frente a
Dios, sin cálculos ni pretensiones.
La parábola describe la
auténtica relación que une al hombre con Dios por medio de la fe. No es la
relación entre un patrón y un asalariado. El hombre debe donarse a Dios con
amor, en una relación gratuita, libre y generosa. El trabajo del siervo se
indica en el v. 8 con el verbo griego diakoneō, servir, que en el
Nuevo Testamento indicia el servicio eclesial ofrecido a Dios y a los hermanos.
La parábola enseña que quien sirve en la comunidad cristiana no debe buscar ni
exigir prestigio o dignidad mayores porque ha ofrecido servicios mayores. El
cumplimiento de la voluntad de Dios no es un pretexto para reclamar derechos o
méritos delante de él (v. 9), sino simplemente la condición imprescindible para
ser discípulos.
Todos debemos reconocernos
“siervos inútiles” (griego: douloi ajreioi), es decir, siervos que no
pretenden el agradecimiento o el reconocimiento del patrón. La utilización del
adjetivo ajreioi, “inútil”, no intenta describir la relación del
creyente con Dios como la de un patrón y su esclavo, sino que se quiere afirmar
que el siervo, precisamente porque se considera “inútil”, sabe que sus obras no
pueden nunca ser motivo de jactancia delante de Dios. El auténtico creyente es
un siervo que, por considerarse “inútil”, no tiene derecho ni exige una
especial alabanza o retribución de parte de Dios, sino que vive y sirve sereno
y feliz de poderse donar, amar y sacrificarse por Dios y por los otros, más
allá de la lógica “capitalista” del “dar para que me des”. Con esta parábola desaparece
para siempre la concepción utilitarista de la religión. El creyente verdadero
no posee un libro de “debe” y “haber” en relación con Dios, sino que celebra el
gozo de la salvación que Dios ofrece a través de la obra de nuestras manos y
del anuncio de nuestras palabras.
La parábola está dirigida en primer lugar a los apóstoles, es decir, a los que tienen algún cargo de responsabilidad en la comunidad cristiana. Ellos son los primeros que tienen que reconocer que la verdadera “gratificación” por sus servicios es el hecho mismo de dedicarse a servir al Señor y a los hermanos con gozo y generosidad. La evangelización no se debe transformar nunca en rutina y en deber, sino que tiene ser la principal fuente de gozo para el apóstol. La alegría y plenitud interior de colaborar en el anuncio del Reino es el verdadero “premio” de quienes se reconocen y viven como “siervos inútiles” que simplemente “hacen lo que deben hacer”.