
DOMINGO XXI
(Tiempo Ordinario)
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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega

Hebreos
12,5-7.11-13
Lucas
13,22-30
El núcleo
temático de las lecturas bíblicas de este domingo se encuentra en el v. 29 del
evangelio: “Vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a
sentarse en la mesa del Reino de Dios” (Lc 13,29). La liturgia de hoy es un
canto al universalismo de la salvación, al amor infinito de Dios que no conoce
barreras raciales, políticas o sociales, y a la misteriosa riqueza escondida en
el corazón de cada hombre justo.
La primera lectura (Is 66,18-21) está tomada del último capítulo del
libro de Isaías. Su autor, un profeta anónimo del tiempo posterior al exilio
(hacia finales del s. VI a.C.), conocido con el nombre de Tercer Isaías
(capítulos 56-66 del volumen de Isaías), reaccionando frente a los primeros
síntomas de cerrazón y de nacionalismo integrista de la comunidad hebrea que se
había reconstruido después del exilio babilónico, lanza un mensaje de vibrantes
horizontes universalistas en la misma línea de antiguas profecías (Is 2; 19; 60;
Jonás; Ageo 2; Joel 3; Ez 29; etc.). El centro de su anuncio se encuentra en el
verbo “congregar”, que antes se aplicaba exclusivamente a los judíos dispersos
de la diáspora, pero que ahora llega a convertirse en una esperanza para toda la
humanidad: “Llegará el tiempo de congregar a todos los pueblos y lenguas;
vendrán y contemplarán mi gloria” (v. 18). Se anula el episodio de la torre de
Babel donde la división de las lenguas había sido el signo de la dispersión y de
la separación egoísta (Gen 11); ahora, como en el episodio cristiano de
Pentecostés, las lenguas se reúnen en un único nuevo y multiforme pueblo de
Dios.
Después de un misterioso “signo” del Señor, que puede hacer referencia a
un evento histórico doloroso, brota un grupo de supervivientes puros e fieles
que, aunque no son israelitas, debido a su existencia justa son ya pueblo de
Dios. Este grupo se constituye en testigo y anunciador de Yahvéh en medio de
pueblos lejanos “que nunca oyeron hablar de mí, ni han visto mi gloria” (v. 19).
Comienza de este modo un movimiento convergente desde todos los confines de la
tierra hasta el Templo de Jerusalén, una especie de peregrinación universal
atraída por el centro religioso de Israel: “Traerán de todos los pueblos, como
ofrenda al Señor, a todos sus hermanos... los traerán a mi monte santo en
Jerusalén -dice el Señor-, lo mismo que los israelitas traen
ofrendas en vasos purificados al templo del Señor” (v. 20). Y al final la gran
sorpresa, casi blasfema para un cierto integrismo racista y religioso hebreo:
también de entre los paganos Dios escogerá sacerdotes y levitas, aboliendo así
el privilegio exclusivista de un solo pueblo (v. 21).
La segunda lectura (Heb 12, 5-7.11-13) presenta la relación del creyente
con Dios a través de la imagen paterna y pedagógica, muy utilizada en la
literatura sapiencial, como lo prueba el hecho que esta reflexión este basada e
inspirada en Proverbios 3,11-12. El sufrimiento pertenece a la condición humana
y no debe ser considerado como castigo de Dios. Al contrario, Dios se sirve de
los sufrimientos para corregirnos, transformarnos y perfeccionarnos. La prueba,
en lugar de ser signo de rechazo de parte de Dios, puede ser para el creyente
expresión de su elección. Las pruebas se convierten así en lecciones necesarias
que dan testimonio de nuestra filiación en relación con un padre que nos ama
incluso con criterios que a un niño pueden parecer inaceptables o absurdos. El
texto concluye con la imagen deportiva de la carrera, con la que iniciaba el
capítulo (Hb 12,1-3), invitándonos a lanzarnos con paso firme y seguro en el
difícil camino de la vida (v. 13).
El evangelio (Lc 13,22-30) inicia con una pregunta que hacen los
discípulos a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (v. 23). La pregunta
era común en aquel tiempo. Según algunos se salvarían todos los hebreos
participando del reino futuro; según otros, solamente alcanzarían la salvación
unos pocos observantes de la ley. Jesús rompe el esquema de la discusión,
planteada en términos exclusivamente “cuantitativos”, y se coloca en un plano
más personal y “cualitativo”. Para él la pregunta misma está mal planteada. La
salvación no es cuestión de números, ni se resuelve con teoremas teológicos
estrechos y mezquinos. Para Jesús lo decisivo no es pertenecer a un grupo
religioso, llenarse la boca de términos o conceptos religiosos, ser fiel a las
propias tradiciones o a la práctica escrupulosa de algunos preceptos. Lo único
que cuenta para él es el haber atravesado “la puerta estrecha” (v. 24), es
decir, haber sido fieles en el compromiso y el esfuerzo personal y cotidiano por
buscar el Reino de Dios. Esta es la única medida de la pertenencia a Cristo y la
única garantía de que estamos en camino hacia el banquete del
Reino.
Por eso, ante la “curiosidad” de los discípulos acerca del número de los
salvados, la respuesta de Jesús es muy clara: “Esforzaos en entrar por la puerta
angosta, porque les digo que muchos intentarán entrar pero no podrán” (v. 24). Y
a continuación ilustra su posición con la sugestiva parábola de la puerta que
conduce al banquete del Reino, que es estrecha y frente a la cual se amontonan
muchos queriendo entrar. Los primeros que se adelantan para entrar están
convencidos de conocer y ser amigos de Cristo. Sin embargo la respuesta del
Señor es dramáticamente tajante, repetida en el texto dos veces: “¡No sé de
donde sois!” (vv. 25.27). No basta que hayan comido y bebido con él, ni haberlo
escuchado predicar en sus plazas. Ni la participación en la cena eucarística, ni
el hacer o escuchar sermones, nos asegura la entrada en el banquete del reino.
Sólo una opción de vida según los criterios del reino y una conducta iluminada
constantemente por la fe auténtica, logran abrir las puertas de la gran fiesta
final de la salvación.
Lo que originariamente en la parábola fue una amenaza para la mayoría de
los judíos, que serían lanzados fuera, mientras vendrían de todos los puntos
cardinales hombres y mujeres a formar parte del Reino de Dios, en su redacción
final es una advertencia también para el discípulo cristiano. Jesús quiere poner
en evidencia delante de los suyos la dificultad y la exigencia del seguimiento.
Si los discípulos de Jesús no entran por la puerta estrecha, esforzándose en
seguir radicalmente al Maestro, escuchando sus palabras y actuando en
consecuencia (Lc 6,47), sí entrarán “los últimos”, los “lejanos” justos, los
verdaderos obradores de paz y de justicia, los verdaderos fieles (Lc 13,28-30).
Estos sí que han puesto en práctica el evangelio y han entrado por la puerta
estrecha, aun cuando no pertenecen oficialmente a la Iglesia de Cristo. “Vendrán
muchos de oriente y de occidente, de norte y del sur a sentarse a la mesa en el
Reino de Dios” (Lc 13,29). Para
Jesús los confines verdaderos de la Iglesia no son visibles y exteriores, sino
que pasan a través del interior de las conciencias y de los
corazones.
Las lecturas bíblicas de hoy nos enseñan que se pertenece al pueblo de Dios no por la adhesión exterior o por la sola práctica de actos sagrados, sino por medio de la adhesión ética y existencial. Todo se juega en la vida. Podemos enseñar en nombre de Cristo, oír su palabra o celebrar ritos en su memoria, y tener el corazón y la vida lejos de él, permaneciendo para siempre extranjeros para él y para el Reino. La palabra de Dios de hoy es, por tanto, un fuerte llamado a comprometernos en el esfuerzo por vivir según los valores del evangelio. Al mismo tiempo nos recuerda que la salvación no se puede restringir a un grupo de privilegiados, pues el amor de Dios alcanza a todos los hombres. Por eso el mensaje bíblico de este domingo es también una exhortación al diálogo interreligioso, al respeto recíproco, a la comunión y a la superación de las desconcertantes cerrazones de individuos o grupos que se consideran poseedores privilegiados y exclusivos del bien y de la salvación.