Mons. Silvio José Báez

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua

 

 

DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

(17 de octubre)

 

 

           

La primera lectura (Is 2,1-5) es un bellísimo poema que canta el sueño profético de una paz universal fundada en una profunda experiencia de Dios. Isaías contempla desde lo alto de la colina del Templo, las caravanas que suben a Jerusalén durante una fiesta sagrada, provenientes de diversos puntos del país. Aquella experiencia lo impulsa a soñar y a esperar en algo que parece irrealizable. La colina del Templo se vuelve un monte altísimo, encumbrado “por encima de las colinas” (v. 2). Un monte que parece unir el cielo y la tierra. La peregrinación se convierte en una procesión universal de “todas las naciones” y “pueblos numerosos”. Se trata de gente que viene de todas partes, con la firme decisión de escalar aquella montaña, convencida de encontrar allí al Señor como maestro y guía para la paz.

            La visión del profeta parece anular la experiencia antigua de la torre de Babel, cuando unos pocos querían encumbrarse hasta el cielo en forma soberbia, despreciando al resto de la humanidad. El resultado fue la dispersión y la incomunicación. Ahora, en cambio, el profeta imagina a todos los hombres caminando hacia el monte de Dios, esperando y aceptando una única palabra: la palabra de Dios. El sueño de Isaías no conoce confines. Con aquella peregrinación, se anuncia el final de todo nacionalismo y de todo particularismo racial o religioso. Israel, a pesar de ser el depositario de las promesas y de la Palabra, camina con los otros pueblos. El movimiento es doble. Por una parte, los pueblos suben hacia la ciudad santa; por otra, experimentan la atracción de la voluntad de Dios que fascina y seduce.

            Unos a otros se animan e invitan: “Venid, subamos al monte del Señor, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Pues de Jerusalén saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra del Señor” (v. 3). Aquella humanidad ideal que contempla el profeta, busca con todas sus fuerzas entrar en los caminos de Dios, es decir, vivir según sus designios de vida y de justicia. Sólo así Dios llegará a ser el juez de la historia humana, “juzgará entre las naciones y será arbitro de pueblos numerosos” (v. 4). Aceptar sus caminos y vivir según su Palabra, sin embargo, supone una exigencia, la renuncia a “algo” en favor del bien mayor de la paz universal.

            En aquella idílica escena, Isaías sueña con el momento en que los pueblos de la tierra, iluminados por la palabra divina, renunciarán a la producción y al uso de las armas, para dedicarse a la construcción de instrumentos pacíficos en favor del desarrollo humano (v. 4a). Aquella humanidad transformada renunciará al uso de la violencia y de la fuerza. Isaías lo ve realizado: “No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra”. Para él, la razón es una sola: aquella gente ha decidido “caminar a la luz del Señor” (v. 5). Isaías está convencido: sin un conocimiento y una experiencia auténtica del Dios verdadero y de su voluntad de vida para todos, la humanidad no podrá lograr nunca la armonía y la paz universales.

 

La segunda lectura (Hch 1,3-8) muestra la enseñanza que Jesús Resucitado da los apóstoles antes de subir al cielo: “Después de su pasión, Jesús se les presentó muchas veces con muchas y evidentes pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3).

El número “cuarenta” es un número simbólico que evoca un tiempo perfecto y arquetípico. El tiempo necesario para pasar de una etapa a otra en la historia de la salvación y por tanto el tiempo de las manifestaciones divinas importantes y decisivas. El número cuarenta evoca los cuarenta años que Israel caminó en el desierto siendo probado y educado por Dios (Dt 8,2-6), los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18) y los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de iniciar su misión (Lc 4,1-2). “Cuarenta” es un número que evoca el tiempo de la prueba y de la preparación necesaria. En la tradición de los rabinos, en efecto, el número cuarenta tenía un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. Lucas quiere poner de manifiesto que los Apóstoles han recibido del Señor resucitado la formación autorizada y completa que los prepara para continuar su obra y ser testigos del reino de Dios en la historia.

Jesús recomienda a los apóstoles no apartarse de Jerusalén y esperar la promesa del Padre, el don del Espíritu Santo (v. 4). Jerusalén, la ciudad en la cual Jesús concluyó su camino, se convierte en el punto de partida de la misión de la iglesia. En Jerusalén los apóstoles recibirán el don escatológico del Espíritu Santo y desde allí comenzarán a ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra. La misión de la comunidad cristiana echa sus raíces en la ciudad santa, sede del Templo y centro de toda la tierra santa, porque como anunció Isaías: “de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la Palabra del Señor” (Is 2,3). En Jerusalén los apóstoles serán “bautizados en el Espíritu Santo”, es decir, serán inmersos en la potencia divina y vivificante del Espíritu que los llenará plenamente (Hch 2).

El relato de la Ascensión hace referencia a la mentalidad de los apóstoles en relación con la instauración del reino mesiánico en favor del pueblo elegido, en consonancia con la esperanza mesiánica del Antiguo Testamento: “Señor, ¿vas a restablecer ahora el reino de Israel?” (v. 6). Esta expectativa no era necesariamente nacionalista o política, sino que reflejaba la concepción del pueblo de la primera alianza que limitaba la salvación a Israel. Al mismo tiempo la pregunta evoca un interrogante de la Iglesia primitiva: “¿Cuándo va a ser reconstruido el Reino?”. Jesús rechaza categóricamente cualquier tipo de especulación apocalíptica. Ese momento definitivo del reino sólo lo conoce el Padre que guía la historia de la salvación: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y momentos que ha establecido el Padre con su autoridad” (v. 7). En un segundo momento Jesús les enseña que no hay conexión temporal directa entre el don del Espíritu y la llegada del reino. La experiencia del Espíritu servirá más bien para dar inicio al tiempo y misión de la Iglesia (Hch 1,8).

 

 

El evangelio (Mt 28, 16-20) refiere la aparición pascual en Galilea con la que concluye el evangelio de Mateo, estructurada en tres partes: la presentación de Cristo, la misión y la promesa de la presencia del Señor hasta el final de los tiempos. El escenario es un “monte”, símbolo bíblico que evoca un espacio privilegiado en el que Dios se ha revelado en la primera alianza (cf. Ex 19; 1 Re 19). La indicación geográfica hace referencia sobre todo a la historia de Jesús, quien desde un monte proclama las bienaventuranzas (Mt 5,1; 8,1), subía a la montaña para orar en soledad (Mt 14,23); sentado en la montaña acogía a las multitudes y curaba a los enfermos (Mt 15,29) y en una montaña se había revelado a los discípulos como el Mesías enviado de Dios (Mt 17,1.5). El último encuentro y la última revelación de Jesús tienen lugar también en un monte, espacio simbólico de la revelación y de la salvación de Dios.

 

(a) La presentación de Jesús. Se trata de una solemne declaración acerca del señorío absoluto de Jesús sobre el cielo y la tierra: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). La formulación pasiva de la frase indica que Jesús ha recibido el poder de parte de Dios, como en Mt 11,27 donde sí se explicita al Padre como sujeto: “Todo me ha sido entregado por mi Padre”. La palabra “poder” traduce el término griego exousía, que indica el poder, el derecho y la capacidad que caracterizan la palabra y la obra de Jesús para llevar a cabo el proyecto del reino (Mt 7,29: “enseñaba con exousía”; 9,6: “el Hijo del Hombre tiene en la tierra exousía para perdonar pecados”; 21,27: “tampoco yo os digo con qué exousía hago esto”). En dos ocasiones esta exousía mesiánica se extiende también a los discípulos y a la comunidad (9,8: “la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal exousía a los hombres”; 10,1: “y llamando a sus doce discípulos les dio exousía sobre los espíritus inmundos”). Jesús Resucitado es Señor de cielo y tierra, con el poder mesiánico para transformar la historia humana y llevarla a la plenitud de Dios.

Delante de Jesús los discípulos se postran en humilde adoración, como habían hecho antes las mujeres el día de pascua (Mt 28,9). Pero Mateo agrega un detalle significativo: “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28,17). La fe pascual de los discípulos no está exenta de la duda, que acompañará también la fe de la comunidad cristiana en la historia. Es la fe frágil de los discípulos que tienen miedo en medio de la tempestad del lago (Mt 8,26), y de Pedro que empieza a hundirse cuando se deja impresionar por la violencia del viento (Mt 14,30-31). Solamente la presencia y la palabra de Jesús hará que el creyente supere la duda y el miedo y pueda madurar en el camino de la fe. 

 

(b) La misión. Jesús ordena a los discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). La misión de la Iglesia aparece sin ningún tipo de límites ni restricciones, destinada a alcanzar a todos los hombres de la tierra. Los verbos utilizados son significativos: “ir” sugiere el dinamismo de la vida cristiana y de la misión que debe caracterizar al discípulo de Jesús; “hacer discípulos” indica el testimonio en palabras y obras, a través del cual se lleva a otros el anuncio de Jesús; “bautizar” evoca el signo por el que los hombres se configuran radicalmente con Cristo Resucitado y la misma actividad sacramental de la iglesia que santifica las realidades terrenas comunicándoles la vida divina; “observar” indica la respuesta del creyente, su plena acogida y su obediencia a la palabra de Jesús en la vida cotidiana.

 

(c) Las presencia de Jesús. Es la última palabra de Jesús en el evangelio de Mateo. Una promesa que es fuente de confianza y de esperanza para los discípulos. En el Antiguo Testamento, la frase: “yo estaré contigo”, o “yo estaré con vosotros”, expresa la garantía de una presencia salvadora y activa de Dios en favor de sus elegidos o de su pueblo (cf. Ex 3,12; Jer 1,8; Is 41,10; 43,5). Jesús, constituido Señor universal mediante la resurrección, lleva a plenitud esta presencia salvadora de Dios. El es el “Emmanuel”, “el Dios–con–nosotros”, como lo llama Mateo al inicio del evangelio, evocando un texto de Isaías que se refiere al descendiente mesiánico de David (Mt 1,22-23; cf. Is 7,14). La presencia de Jesús no está ahora limitada por el espacio y el tiempo de la tierra de Israel. No se trata tampoco de una presencia provisoria. Los discípulos realizan la misión universal de Jesús bajo el signo de su presencia consoladora y reconfortante.