
DOMINGO
XVIII
(Tiempo Ordinario - Ciclo C)
5 Agosto 2001
S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Eclesiastés 1,2; 2,21-23Colosenses 3,1-5.9-11
Lucas 12,13-21
La idolatría
materialista o capitalista de los bienes económicos es una tentación que aflora
también entre los discípulos de Cristo y en la comunidad cristiana. Desde
perspectivas diferentes, las lecturas bíblicas de hoy nos invitan a establecer
una auténtica escala de valores, donde la relación con las realidades materiales
y las estructuras económicas de este mundo sean colocadas en su verdadero lugar,
ahí donde no atenten contra la libertad del propio corazón ni se conviertan en
instancias opresoras del hombre.
La primera lectura (Eclesiastés 1,2; 2,21-23) está tomada del libro del
Eclesiastés o Qohélet. Más que un nombre propio, Qohélet designa una función: es
“el Presidente de la Asamblea”. Detrás de este pseudónimo se esconde una de las
personalidades más fascinantes e incómodas de toda la sabiduría bíblica. Qohélet
es un hombre de gran agudeza crítica que afronta con gran originalidad y
libertad la oscura problemática que une Dios, mundo y hombre, en una trama de
relaciones que no están exentas de misterio y que son profundamente paradójicas
y, a veces, hasta escandalosas. La sabiduría tradicional, tal como lo atestigua
el libro de los Proverbios, había concebido el mundo fundamentado en un orden
establecido por Dios, en donde quien se ajustaba a él con una vida recta lograba
el éxito y la felicitad, que se reducían a la vida presente como única riqueza.
Qohélet, en cambio, parte de un interrogante fundamental: “¿Qué provecho saca el
hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (Ecl 1,3; cf. 2,22). A
partir de ahí va trabando sus reflexiones sobre los diversos valores y
pretensiones del hombre, subrayando la cara negativa y los límites de estas
realidades tradicionalmente valoradas como positivas. Su diagnóstico sobre la
realidad, en clara oposición con la sabiduría tradicional, no puede ser más
desalentador: el hombre no logra ninguna felicidad o provecho con los bienes de
este mundo y sus esfuerzos por conseguirlos, pues todo es vanidad, absurdo y
vacío.
Para Qohélet, en efecto, el mundo es “vanidad de vanidades” (Ecl 1,2). El
vocablo hebreo que traducimos por vanidad es hébel, una palabra con la
que se abre y se cierra el libro del Eclesiastés (Ecl 1,2; 12,28) y que designa
la transitoriedad de un soplo, del vapor que se disipa, algo sin consistencia.
El término hébel, que en otros textos designa la vaciedad y el absurdo de
los ídolos, sirve para calificar a este mundo como inconsistente, en donde las
cosas, los hechos y los hombres se desvanecen, se esfuman, y pasan. Este
calificativo se aplica, por tanto, a las realidades a las que el hombre se apega
y por las cuales se preocupa desmesuradamente. Las riquezas logradas en años,
“con sabiduría, ciencia y acierto” (Ecl 2,21), amasadas con fatiga y con muchas
noches sin dormir (Ecl 2,23), caerán en manos de un heredero que ni las ha
trabajado y que, a lo mejor, es un insensato que no las sabrá aprovechar. El
diagnóstico de Qohélet frente a este desenlace es radical: “También esto es
vanidad” (Ecl 2,21). Al final todo pasa: las riquezas amontonadas y las fatigas
de años no sirven para nada. “¿Qué le queda al hombre de todos los trabajos y
esfuerzos que realizó bajo el sol?” (Ecl 2,22).
La segunda lectura (Colosenses 3,1-5.9.11) nos ofrece una rica reflexión
del misterio pascual de Cristo realizado en el creyente. Sabemos que en la
Iglesia primitiva el misterio de la pascua del Señor no se expresó solamente con
el concepto de “resurrección”, sino
que se utilizó también la categoría vertical de “exaltación”: Cristo Resucitado,
en efecto, es presentado “arriba”, “sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). En
este texto se aplica este mismo esquema vertical al cristiano que en el bautismo
y en la vida participa de la misma experiencia pascual de Cristo. Las “cosas de
arriba” indican los valores de la vida nueva en Cristo; “las cosas de la
tierra”, la existencia humana cerrada al Reino de Dios y al Evangelio. El
sentido de la antítesis (cosas de arriba / cosas de la tierra) no indica, por
tanto, un desprecio de las realidades terrestres creando una religión alienante
y de evasión. El contraste se explica mejor en la formulación de los vv. 9-10, a
través de las categorías “hombre viejo” y hombre nuevo”. El hombre viejo
es lo que en otros textos Pablo llama “la carne” (Gál 5,22) o “el pecado” (Rom
6,2.7), realidades que el bautizado ha dejado atrás y a las que continuamente
debe renunciar, ya que las ha sepultado en la fuente bautismal. El hombre
nuevo es una realidad dinámica: es la existencia humana bajo la acción del
Espíritu y de la gracia, que “se va renovando a imagen de su Creador”. Esta vida
nueva que irrumpe en nosotros es Cristo mismo; “vida vuestra” (Col 3,4). Una
vida que está, sin embargo, “escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), pues
pertenece al orden de la fe y del misterio.
El evangelio (Lucas 12,13-21) de hoy está centrado en la parábola
del rico insensato que ha puesto toda su preocupación y su confianza en las
riquezas. Jesús la cuenta a propósito de un pleito por cuestiones de herencias
entre dos hermanos, de los cuales uno de ellos se acercó al Señor pidiéndole que
interviniera diciéndole: “Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la
herencia” (Lc 12,13). Jesús, sin embargo, evita a toda costa de involucrarse en
el litigio familiar y plantea su discurso a un nivel diferente. No quiere ser
visto como un simple “juez” de querellas jurídicas familiares (v. 14), que da la
razón a uno de los contendientes y condena al otro. La posición de Jesús es
diversa. No se pone de parte de ninguno, sino que contando la parábola demuestra
que tanto un hermano como el otro estaban en un error, pues ambos estaban
cegados por la ambición material y el deseo de “tener”, considerando los bienes
de la herencia de primera importancia por encima de la fraternidad y la libertad
del corazón.
El mensaje de la parábola es claro: el rico descrito es un insensato, un
necio, pues no ha descubierto lo relativo y efímero de los bienes materiales y
lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer, y ha olvidado que la única
realidad auténticamente consistente es el juicio de Dios que inexorablemente
llegará para todo hombre. Es una verdadera insensatez dedicarse a acumular
riquezas y construirse una existencia sobre realidades tan frágiles e incapaces
de superar la prueba final del juicio divino.
El rico de la parábola no ha comprendido el espesor teologal y misterioso
del “hoy”. Para él, todo su “hoy” está lleno de planes económicos, de
inversiones a mediano y largo plazo y de búsqueda desmesurada del placer. Cree
que con todo esto tiene el futuro asegurado en sus manos y por eso se dice a sí
mismo: “Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come,
bebe y diviértete” (v. 19). Sin embargo, cuando menos lo espera, todo termina
cuando llega el implacable momento final, lo que el evangelio llama “esta misma
noche”, el instante de la muerte que como un martillo pulveriza todos sus
planes, su capital y sus compromisos terrenos: “Torpe, esta misma noche morirás.
¿Para quién será todo lo que has almacenado?” (v. 20). La conclusión se impone:
“así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico a los ojos de
Dios” (v. 21).
El leccionario de hoy nos
recuerda la relatividad del presente y de las cosas, su finitud, su límite.
Acoger la palabra de Dios este domingo es reconocer nuestro apego a los bienes
materiales y nuestra ansia de posesión y de “tener”. Lo que el evangelio llama
“hacerse ricos a los ojos de Dios” es descubrir otro punto de vista para
relacionarnos y juzgar los bienes de este mundo. Más importante que las riquezas
son los valores evangélicos. Por eso Jesús nos invita: “No amontonen tesoros en
esta tierra, donde la polilla y la herrumbre echan a perder las cosas, y donde
los ladrones perforan los muros y roban. Amontonen mejor tesoros en el cielo...”
(Mt 6,19-20). Amontonar tesoros en el cielo es descubrir el valor de la
fraternidad y la justicia, de la solidaridad con los más pobres, es también
abrir los ojos ante la ambigüedad que se esconde en un desarrollo económico
mundial y en una técnica que desconoce la dignidad del hombre y la miseria en la
que vive la gran mayoría de la humanidad.