Esta solemnidad, instituida por Pío XI en 1925,
cierra el año litúrgico con una grandiosa visión de fe y de esperanza en
el señorío de Jesús el Mesías de Dios, Señor del cosmos y de la
historia. Un señorío y una realeza que no se fundamentan ni en el poder
ni en el terror, sino en la donación de un amor sin límites. En el
centro de la liturgia de hoy emerge soberana la figura de Cristo en la
cruz que, según el evangelista Lucas, como último acto de su reino
terrestre y como primer gesto de su reino glorioso, ofrece el perdón y
la paz.
La primera
lectura (2
Sam 5,1-3) describe la aclamación real de David en Hebrón, la
primera capital del reino, después de una larga lucha contra Saúl. Todas
las tribus de Israel que se reúnen en esa ocasión, fundamentan la
coronación del nuevo monarca en dos principios. El primero es enunciado
en el v. 1: “Hueso tuyo y carne tuya somos nosotros”; el segundo,
en el v. 2: “El Señor te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel”.
Con el primer principio se afirma la condición humana
del rey de Israel. El monarca no es diverso del resto del pueblo,
comparte con los suyos la misma historia y en cierto modo el mismo
destino. El rey era una figura corporativa en Israel ya que en su
persona coincidían los anhelos de paz y de justicia de toda la
colectividad. El rey compartía sobre todo la misma fe del pueblo,
llegando a ser como un signo de la religiosidad y de la esperanza
mesiánica de Israel. Con razón el derecho deuteronomista sobre el rey
afirma: “A uno de entre tus hermanos pondrás como rey; no podrás darte
por rey a un extranjero que no sea hermano tuyo” (Dt 18,15b). Un
extranjero podría desviar al pueblo de la fe en el Dios de la alianza.
Esta concepción del rey como “uno de entre tus hermanos”, preparaba
misteriosa pero admirablemente el misterio de Cristo y de su Reino. El
Reino de Aquel que “fue probado en todo igual que nosotros, excepto en
el pecado” (Hb 4,15) porque “tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos”
(Hb 2,17).
Con el segundo principio se reconoce la elección
divina del rey. De este modo se puede firmar un pacto institucional y un
juramento de mutua lealtad entre el pueblo y su rey. En efecto, el texto
añade a continuación: “El rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón,
en presencia de Yahvéh. Y ungieron a David como rey de Israel”. Esta
adhesión del pueblo, que se renovaba cada vez que un monarca ascendía al
trono, se revelará constantemente limitada y frágil, debido a la
condición débil y pecadora de los reyes de Israel. Solamente Jesús de
Nazaret realizará en plenitud el ideal mesiánico de los antiguos
monarcas hebreos. De él dice el evangelio, “Dios le dará el trono de
David su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino
no tendrá fin” (Lc 1,32-33).
La segunda
lectura (Col
1,15-20) es el himno de origen litúrgico con el cual se abre la
carta a los Colosenses. El texto se puede dividir en dos grandes
secciones cristológicas: la primera celebra a Cristo en relación con la
creación (vv. 15-17), la segunda lo coloca en el misterio de la
redención (vv. 18-20). En la
primera sección, a la luz de la sabiduría bíblica (cf. Prov
8,22-30), se afirma que Cristo es la raíz, el centro supremo de unidad y
de armonía y de cohesión de toda la creación. Se canta el primado de
Cristo que es “imagen”, icono real del Padre, en cuanto mediador en la
obra de la creación, y “primogénito” de toda criatura, debido a su
condición de filiación única y eterna, antes de la creación del mundo.
En la segunda sección,
se proclama la dignidad de Cristo, en quien habita “la plenitud de la
divinidad”. Se afirma su primado en la Iglesia, de la cual es “cabeza” y
“primogénito”, en el sentido de anterioridad y supremacía. En él se ha
manifestado todo el poder y la grandeza de Dios. Por eso el universo
entero se reconcilia con Dios a través de él y es pacificado por la
sangre de su cruz.

El evangelio (Lc
23,35-43) narra los ultrajes de Jesús en el momento de la
crucifixión y la escena en la que intervienen los dos malhechores que
estaban en aquel momento junto a él.
Mientras el pueblo asiste a la crucifixión, los jefes
se burlan del Crucificado (v. 35). El objeto de la burla es la
salvación, un tema central en la teología de Lucas, quien presenta a
Jesús desde su nacimiento como un “salvador” (Lc 2,11; Hch 5,31; 13,23).
La salvación define su misión. Es sorprendente la repetición del verbo
“salvar” en el texto, en donde aparece 4 veces (vv. 35.35.37.39). Tal
insistencia sobre la salvación, en boca de los jefes del pueblo y de uno
de los malhechores crucificados, indica la diferencia entre la
concepción de salvación de la gente presente en el momento de la
crucifixión y la realizada por Jesús. Todos coinciden en que salvándose
a sí mismo, Jesús demostraría ser el verdadero Mesías; Jesús, en cambio,
se revela como Salvador precisamente en el anonadamiento total por amor.
Los soldados, burlándose, le ofrecen vinagre (v. 36),
gesto que no tiene nada de compasivo en el contexto. Era un gesto de
crueldad con el cual se intentaba prolongar la vida del crucificado
moribundo, para tenerlo más tiempo sometido a aquella tortura horrorosa.
Lucas se ha inspirado en el Salmo 69,22, en donde los enemigos ofrecen
al justo perseguido y sufriente este tipo de bebida.
Los soldados se dirigen a Jesús con el título “Rey de
los judíos” (v. 37), refiriéndose a la acusación que sufrió Jesús en el
proceso romano (Lc 23,2). Los guardias no se interesan por la dimensión
religiosa de la misión de Jesús. Insisten en el aspecto político. Por
eso lo llaman “rey”. Para ellos, soldados romanos no judíos, Jesús no
puede ser el ungido de Dios, sino solamente un hombre que reivindica una
autoridad en antagonismo con el dominio romano.
La imagen de “rey” que tienen en la mente es la del
Cesar como omnipotente soberano. Su concepto de rey está basado en la
fuerza, en la búsqueda de gloria y en la capacidad de imponerse sobre
los otros. Por eso le decían a Jesús: “Si eres el rey de los judíos,
¡sálvate!” (v. 37). La expresión “si eres...” recuerda el episodio de
las tentaciones, en donde el diablo se dirige a Jesús (Lc 4,3.9). La
propuesta de los soldados en el momento de la crucifixión era una
verdadera tentación, la última prueba sufrida por Jesús. Bajando de la
cruz y salvándose a sí mismo, Jesús habría mostrado un mesianismo y una
realeza fundados en el poder y la grandeza, en la espectacularidad y el
egoísmo.
El apelativo “rey de los judíos” aparece escrito
también en una placa que, según el ritual de la crucifixión, era
colocada sobre el madero de la cruz para anunciar públicamente el motivo
de la condena. Aquel escrito sobre la cruz de Jesús, que indica que la
misión de Jesús había sido interpretada con categorías políticas,
muestra al mismo tiempo la total incomprensión humana frente al misterio
del Rey-Mesías crucificado.
A
continuación viene la escena de los dos malhechores, la cual es
exclusiva del evangelio de Lucas (vv. 39-45). El primero de ellos se
burla de Jesús, invitándolo no sólo a salvarse a sí mismo, sino a
salvarlos también a ellos dos. Lucas expresa esta burla con el verbo
griego blasphemeo, que
significa “insultar” o “burlarse”, pero también “blasfemar”. La reacción
del segundo no es solamente diversa, sino totalmente antitética. Sus
palabras revelan un auténtico proceso de conversión, a tal punto que
aquel malhechor crucificado llega a convertirse en modelo del pecador
arrepentido.
Este último comienza reprendiendo al primero: “¿Es
que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?” (v. 40). Aquella
reprensión nos hace recordar el consejo de Jesús en Lc 17,3: “Si tu
hermano peca, repréndelo”. Una reprensión que es motivada por el hecho
que aquel delincuente, con sus insultos, demostraba no “temer a Dios”,
que es la actitud religiosa que distingue en el Antiguo Testamento al
hombre justo y sabio del impío y necio.
El segundo malhechor, conocido en la piedad popular
como “el buen ladrón”, muestra que es consciente de haber sido condenado
justamente por una culpa que él mismo cometió y, al mismo tiempo,
demuestra saber que la de Jesús es la condena de un inocente (v. 41). A
diferencia del pueblo y de los jefes que piden la crucifixión (Lc
23,18.20.23), este malhechor reconoce en Jesús a un condenado sin culpa.
Habiendo
llegado al final de su vida, se dirige directamente a “Jesús” (v. 42),
en un modo un tanto insólito para dirigirse a él, ya que cuando alguno
lo llama por su nombre es siempre acompañado de algún título: “Jesús,
Maestro” (Lc 17,13), Jesús de Nazaret (Mc 1,24), Señor Jesús (Hch
7,59). Le pide que se
“acuerde” de él. El verbo “recordarse” pertenece al ámbito de la oración
judía, en la cual el orante se dirige a Dios para que intervenga en su
favor. Aquel malhechor, no sólo manifiesta una confianza incondicional
en Jesús, sino que al mismo tiempo lo reconoce como Mesías, a diferencia
de los otros que se burlan.
Si la petición de aquel bandido arrepentido parece
orientarse al futuro (v. 42: “Jesús: acuérdate de mí cuando vengas en tu
Reino”), Jesús le asegura la salvación en el momento presente (v. 43:
“Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”). El término “hoy”
tiene un valor importante en la teología de Lucas, quien insiste en
mostrar que la salvación de Jesús es eficaz y efectiva en el presente.
Los pastores anuncian el nacimiento de Jesús diciendo: “Os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11).
Jesús mismo se presenta en la sinagoga de Nazaret, al inicio de su
misión, diciendo: “Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplidohoy”
(Lc 4,21). El tiempo de la salvación es el hoy de cada día. Incluso el
momento mismo que precede a la muerte es tiempo de salvación. En ese
último instante el hombre puede pedir perdón y acoger la salvación en su
último y extremo hoy.
Jesús, el Mesías, puede conceder el perdón a un condenado a muerte que
se arrepiente en el último instante de su existencia.
Mientras aquel condenado a muerte le pide a Jesús que
se acuerde de él cuando venga en “su Reino”, Jesús le promete el
“paraíso”. El término “paraíso” (griego:paradeisos) es de origen
persa y significa “jardín”, “recinto”. En la Biblia griega de los LXX
con este término se designa al jardín de Génesis 2-3, mientras en la
literatura apocalíptica designa el contenido de la esperanza
escatológica. En el evangelio de Lucas, el “paraíso” corresponde
claramente al Reino eterno, en donde el hombre podrá vivir en comunión
eterna con Jesús el Resucitado.
La salvación inaugurada por Jesús, Mesías y Rey, no
consiste en bajar de la cruz y salvarse a sí mismo, sino que se realiza
con el inicio del tiempo de la reconciliación. La imagen de Jesús Rey no
es la de un vencedor o un poderoso, exento de sufrimientos, sino la de
alguien que, viviendo y anunciando fielmente el proyecto divino de amor
y de justicia, llega a ser víctima de la injusticia y de la violencia
humana. Jesús Rey, sin embargo, no muere lanzando palabras de condena y
de odio, sino ofreciendo el perdón sin límites, ya que nunca es
demasiado tarde para alcanzar de él la salvación.