
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua
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SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD
El libro del Eclesiástico, escrito a inicios del s. II a.C., es un magnífico ejemplo del esfuerzo hecho por algunas corrientes del judaísmo postexilíco por releer la propia tradición religiosa en diálogo con la cultura helenista. Jesús Ben Sirá, el autor del libro, elabora en el capítulo veinticuatro de su obra una gran síntesis teológica, utilizando terminología y conceptos tradicionales del Antiguo Testamento.
El proyecto y el designio de Dios, misterioso y escondido desde toda la eternidad, se ha manifestado como “sabiduría”, volviéndose manifiesto, palpable y evidente. El texto se presenta como un himno en el que la sabiduría se presenta y se alaba a sí misma. Se ha manifestado en primer lugar a través de la creación (Eclo 24,3-7) y luego a través de la experiencia que Israel ha hecho con su Dios en el contexto de la alianza (Eclo 24,8-12).
Dios invitó a la sabiduría a establecer su morada privilegiada en “Jacob” y determinó que Israel fuese “su heredad”. La sabiduría eterna llega así a morar en la tienda sacra de Sión, es decir, en el Templo de Jerusalén. Allí se vuelve el centro de la liturgia, como palabra que viene de Dios y vuelve a él. De este modo echa sus raíces en el antiguo pueblo de la alianza, “pueblo glorioso”, “porción del Señor”. Desde allí se convertirá en un gran árbol destinado a iluminar y dar la vida a toda la humanidad (Eclo 24,13-22).
2 lectura: Efesios 1,3-6.15-18. Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.
El grandioso himno con el que inicia la carta a los Efesios (Ef 1,3-14) es una bendición en la que se agradece y se alaba a Dios por la obra de la salvación realizada en Cristo Jesús. Se bendice a Dios Padre, quien amorosamente nos ha hecho participar del don de la salvación en Cristo, eligiéndonos desde toda la eternidad para ser sus hijos (vv. 3-6). El autor de la carta da gracias por la vida de fe y de caridad de sus destinatarios y ora por ellos, pidiendo que el Dios que los ha elegido, les conceda el don de la sabiduría para conocerlo y les ilumine para que puedan contemplar desde ahora, en la condición histórica y en la oscuridad de la fe, la herencia de gloria a la que han sido llamados (vv. 15-18).
3 lectura: Juan 1,1-18. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
El poema al Lógos-Palabra, con el que inicia el evangelio de Juan, echa sus raíces en la concepción bíblica de la Sabiduría divina, al mismo tiempo trascendente e inmanente, contemporáneamente presente en Dios y en el mundo de los hombres (cf. Pr 8,22-31; Eclo 24).
El Lógos-Palabra, como la Sabiduría en el Antiguo Testamento, se presenta colaborando con Dios en la obra de la creación: es al mismo tiempo instrumento del poder creador de Dios y expresión de su proyecto de vida. Este mismo Lógos-Palabra, que se hizo patente en la obra de la creación, aparece continuamente en la historia humana como vida y como luz. Sin embargo el rechazo de los hombres al proyecto de Dios desencadena la dramática lucha entre la luz y las tinieblas.
No obstante el rechazo de la humanidad, la “luz verdadera”, que es la Palabra, continuó iluminando “a todo hombre”. A lo largo de la historia muchos profetas, “testigos de la luz”, como Juan Bautista, han dado testimonio de ella. Y aquellos que la han acogido, han participado de una relación de filiación con Dios.
En la plenitud de los tiempos la historia del Lógos-Palabra alcanza su punto culminante: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (v. 14). El verbo “acampar” traduce el verbo griego skēnoō, con el que se indica la acción de plantar una tienda para habitar y establecerse. En el Antiguo Testamento el lugar ideal de la presencia divina era la tienda del desierto (Ex 25,8; 40,35) o el Templo (Ex 37,27; Jl 4,17). De ahora en adelante el Lógos-Palabra, creador y omnipotente, fuente de vida y de luz para los hombres, resplandece en la humanidad de Jesús de Nazaret.
La comunidad cristiana contempla en la fe la gloria del Hijo, “lleno de gracia y de verdad”. En la teología joánica “la verdad” es la revelación plena de la vida divina en Cristo Jesús. La Palabra hecha carne, el Hijo venido del Padre, es la gracia de la verdad, el don supremo del Padre a la humanidad.
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