
SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO
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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega![]()
Génesis
14,18-20
1 Corintios
11,23-26
Lucas 9,11b-17
La primera lectura de hoy constituye una especie de prefiguración
sacerdotal-eucarística en la misteriosa persona de Melquisedec; la segunda
lectura nos hace pasar de la imagen a la realidad, a través de la catequesis
eucarística de Pablo a la comunidad de Corinto; finalmente, el evangelio nos
recuerda que la eucaristía es y debe ser siempre expresión y fuente de caridad:
nace del
amor de Cristo y se vuelve fundamento del amor entre los fieles reunidos en
torno al Pan donado por Jesús y distribuido por sus discípulos entre los
hermanos. La eucaristía sostiene toda la vida de la comunidad creyente: mientras
hacemos presente el “amor hasta el extremo” por el que Jesús ofreció su vida en
la cruz (pasado), nos comprometemos a formar un sólo cuerpo animado por
la fe y la caridad solidaria (presente), “mientras esperamos su venida
gloriosa” (1 Cor 11,26) (futuro).
La primera lectura (Gen
14,18-20)
es un antiguo texto, originalmente quizás solo de naturaleza política-militar,
en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un
poco de pan y de vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel
alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla
contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una
escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis
teológica oriental. El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de
acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de
una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto representan una nueva luz
sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es
ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha
construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso
texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el
Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de
Melquisedec”.
La
segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo
dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas
cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más
pobres. Ya que esta situación estaba destruyendo de raíz el sentido más
profundo de la Cena del Señor, Pablo aprovecha
la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena
eucarística como sacramento del amor gratuito de Jesús. Se coloca así en
sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza
el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia
(cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc
7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida
por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el
Señor "entregó" su cuerpo y su sangre en la cruz por
“vosotros”.
La lectura
paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que el
Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su
sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor
11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman
de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz
eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos
reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva
alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una
verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada
sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de
comunión entre Dios y los hombres.
La celebración
eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace
presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz
(pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir
el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia "en memoria mía"
(1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su
regreso glorioso, "hasta que él venga" (1 Cor 11,26) (futuro). El
misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se
entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el
amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni
hipocresías.

El evangelio (Lucas
9,10-17) relata el episodio de la multiplicación de los panes, que
aparece con diversos matices también en los otros evangelios (dos veces en
Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un alto grado de
historicidad, sino que también es fundamental para comprender la misión de
Jesús.
Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de
gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que
Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo
necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que
se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El
momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús
precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está
anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al
caer el día.
El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por
una parte, los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos
para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo
piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual
se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la
iniciativa del amor, de la gratuidad total, y la prueba incuestionable de que el
anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la
gente. Al final del v. 12 el lector se da cuenta de que todo está ocurriendo en
un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través
del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel
experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por
ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias
y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través
de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).
La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) no sólo es
provocativa dada la poca cantidad de alimento, sino que sobre todo intenta poner
de manifiesto la misión de los discípulos al interior del gesto misericordioso
que realizará Jesús. Los discípulos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo
largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús
preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los
discípulos acomodaron a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces,
levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando
a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16). El gesto de
“levantar los ojos al cielo” pone en evidencia la actitud orante de Jesús que
vive en permanente comunión con el Dios del reino; la bendición (la
berajá hebrea) es una oración que al mismo tiempo expresa gratitud y
alabanza por el don que se ha recibido o se está por recibir. Es digno de notar
que Jesús no bendice los alimentos, pues para él “todos los alimentos son puros”
(Mc 7,19), sino que bendice a Dios por ellos reconociéndolo como la fuente de
todos los dones y de todos los bienes. El gesto de partir el pan y distribuirlo,
recuerda indiscutiblemente la última cena de Jesús, en donde el Señor llena de
nuevo sentido el pan y el vino de la comida pascual, haciéndolos signo
sacramental de su vida y su muerte como dinamismo de amor hasta el extremo por
los suyos.
Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de
la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de
la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29;
Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en
sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16;
2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don,
sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la
obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como
la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente
a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los
hombres.
En el texto, como hemos visto, se sobreponen diversos niveles de significado. El milagro realizado por Jesús lo presenta como el profeta de los últimos tiempos. Al mismo tiempo el evento anticipa el gesto realizado por Jesús en la última cena, cuando el Señor dona a la comunidad en el pan y el vino el signo sacramental de su presencia. Por otra parte, el don del pan en el desierto inaugura el tiempo nuevo de la fraternidad, que prefigura la plenitud de la comunión escatológica. Además se pone en evidencia, como hemos señalado antes, el papel esencial de los discípulos de Jesús como mediadores del reino. A través de aquellos que creemos en el Señor debería llegar a todos los hombres el pan del bienestar material que permite una vida digna de hijos de Dios, el pan de la esperanza y de la gratuidad del amor, y sobre todo el pan de la Palabra y de la Eucaristía, sacramento de la presencia de Jesús y de su amor misericordioso en favor de todos los hombres.
Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis