
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua
BAUTISMO DEL SEÑOR
(Ciclo A)

Isaías 42,1-4.6-7
Mateo 3,13-17
El bautismo de Jesús es la gran revelación de
la presencia salvadora de Dios en la historia. A través de una manifestación
excepcional de Dios, Jesús es presentado públicamente como el Hijo sobre el
cual desciende la fuerza del Espíritu como en una nueva creación. Se abren los
cielos, símbolo de la trascendencia de Dios, y se escucha la voz del Padre que
presenta al Mesías-Siervo como al Hijo amado en quien se complace. Como Cristo,
también el creyente está llamado a realizar un programa de vida, de justicia y
de liberación en favor de los hombres. Por el bautismo, también los creyentes,
movidos como Cristo por el Espíritu, están llamados a hacer el bien y a sanar a
todos los que viven oprimidos por el mal (cf. Hch 10,38).
La
primera lectura (Is
42,1-4.6-7) es el primero de los cánticos del “siervo del Señor” en el
libro del profeta Isaías. En los vv. 1-4 Dios presenta a un personaje
misterioso a quien llama “siervo”, título de honor que la Biblia da a los
grandes hombres que han colaborado con Dios en la historia de la salvación
(Moisés, David, Josué, etc.): “he aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi
elegido en quien se complace mi alma” (v.l ). Estará lleno del Espíritu de
Dios, que en la Biblia es símbolo de la vida, la fuerza y la novedad de Dios:
“he puesto mi espíritu sobre él” (v. 1). Proclamará la salvación y la
esperanza. Sin violencia ni prepotencia, no sólo proclamará la verdad de parte
de Dios, sino que recuperará lo que está por perderse y reanimará lo que está
por apagarse: “Dictará la ley a las naciones. No vociferará, ni alzará el
tono... caña quebrada no partirá y mecha mortecina no apagará, hasta implantar
en la tierra el derecho” (v. 2-3).
En los vv. 6-7 Dios se dirige
personalmente al siervo asegurándole su misión como parte del plan salvador de
Dios. El siervo ha sido “formado” por Dios, como fue formado el primer hombre
en Gen 2,7, y ha sido destinado para una misión de liberación en favor de
Israel y de todos los pueblos: “para ser alianza del pueblo y luz de las
naciones, para abrir los ojos al ciego, para sacar del calabozo al preso, de la
cárcel a los que viven en tinieblas” (vv. 6-7).
Históricamente
este cántico hacía referencia probablemente al rey persa Ciro, considerado
siervo-mesías del Señor, pues con sus decisiones históricas en favor de Israel
estaba colaborando misteriosamente con Dios y su proyecto salvífico. A este
poema, como a los demás poemas del siervo en el profeta Isaías, pronto se les
dio un sentido mesiánico, y de ellos se sirvieron los autores del Nuevo
Testamento para comprender y presentar mejor la figura de Jesús, el Mesías,
verdadero Siervo de Dios.
La
segunda lectura (Hch
10,34-38) forma parte del núcleo central del discurso de Pedro en casa
del centurión Cornelio. La obra salvadora de Dios es universal, pues él “no
hace acepción de personas” (v. 34) y se concretiza en Jesucristo, “Señor de
todos”, por medio del cual Dios ha anunciado la Buena nueva de la paz a los
hijos de Israel (v. 36). Pedro se remonta luego al mismo momento inicial del
ministerio de Jesús. En primer lugar hace alusión al bautismo de Jesús, una
especie de “consagración” mesiánica mediante el Espíritu que baja sobre él, e
inmediatamente después habla de la actividad pública de Jesús, sintetizada en
sus gestos de liberación en favor del hombre sufriente y oprimido. La obra
liberadora de Jesús queda explicada en una breve frase: “porque Dios estaba con
él” (v. 38).

El
evangelio (Mt
3,13-17) es un auténtico relato de “revelación”, con el cual el
evangelista Mateo proclama la identidad de Jesús como Mesías e Hijo predilecto
del Padre. En esta escena se condensa la fe cristológica más madura de la
comunidad cristiana que reconoce en Jesús, solidario con la humanidad pecadora,
al Hijo único de Dios, al Siervo fiel lleno de la plenitud del Espíritu de Dios
que lo capacita para enseñar y realizar con humildad el plan salvador de Dios.
En el actual relato evangélico del bautismo de Jesús se proyecta además la
experiencia eclesial del bautismo “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo”, a través del cual los creyentes entran a formar parte de la comunidad
mesiánica.
Jesús se presenta en el Jordán para ser bautizado con Juan, al lado de todos aquellos hombres y mujeres que delante del Bautista se hacían bautizar para el perdón de sus pecados como un modo de prepararse a la llegada del Mesías que esperaban. El evangelio de Mateo es el único que se fija en el aspecto problemático del bautismo de Jesús. ¿Por qué llega a bautizarse Jesús donde Juan? ¿Es que él también tiene necesidad de conversión a través de la confesión de sus pecados? ¿Su bautismo no contradice la presentación que de él ha hecho Juan como su Señor que bautiza en el Espíritu santo y el fuego?
La
respuesta a este problema la ofrece Mateo a través del diálogo entre Jesús y el
Bautista (v.13-15). La resistencia de Juan deja en claro la superioridad de
Jesús como Señor y Mesías. La respuesta de Jesús indica su total sometimiento a
toda “justicia”, es decir, a la voluntad de Dios y, por tanto, al proyecto
salvador de Dios inaugurado con el bautismo de Juan. Jesús y Juan cumplen
plenamente la voluntad de Dios realizando el rito del bautismo en la forma que
conviene a sus respectivas misiones, que entran en el proyecto de salvación de
Dios. Dios, a través del anuncio profético del Bautista había abierto la era
salvífica de la “plenitud”; ahora, a través del bautismo de Jesús revela al
mundo que esa plenitud se manifiesta en él, el Hijo, el Mesías.
El significado del relato se percibe claramente prestando atención a los dos elementos más importantes del texto: el descenso del Espíritu sobre Jesús y la voz del cielo que lo proclama “Hijo amado”. Se trata de la investidura carismática y de la solemne proclamación de Jesús, que lleno del Espíritu realizará su misión según el beneplácito divino.
El acto bautismal es descrito con
elementos propios de una vocación profética: los cielos abiertos, la visión, el
descendimiento del Espíritu, la voz divina (Ez 1,1; 2,2). La misión del Mesías
es ante todo la de hacer presente en el mundo la Revelación perfecta, la
Palabra definitiva, la intervención plena y eficaz del Padre. El acto bautismal
en sí mismo y la expresión “salir del agua” recuerdan otro evento bíblico, el
Éxodo (Is 63,11-14.19; Sal 114,3.5): el antiguo y fundamental acto liberador de
Dios se realiza en plenitud en el Hijo amado del Padre, el Siervo elegido (Is
42), que conducirá a la humanidad a la liberación completa y definitiva.