
Domingo de Pascua

S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
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1 lectura: Hechos 10, 34a.37-43. Hemos comido y bebido con él después de la resurrección.
En casa
del centurión Cornelio, Pedro pronuncia un auténtico discurso
kerigmático. Inicia a partir de datos históricos conocidos por
todos (v. 34), mencionando el bautismo de Jesús y su ministerio en Galilea (v. 38). A
estos datos históricos, añade la fuerza del testimonio personal: “Nosotros
somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” (v. 39a). Como
conclusión de la historia terrena de Jesús, Pedro recuerda el hecho
sangriento e injusto de la cruz: “lo mataron colgándolo de un madero” (v.
39b). A continuación proclama que, en abierto contraste con la
injusticia cometida por los hombres, Dios ha intervenido resucitando a
Jesús: “Dios lo resucitó al tercer día” (v. 40). Este es el gran anuncio
de la novedad pascual. Dios ha hecho justicia a su Mesías, a sus opciones
y a sus actos de liberación, glorificándolo a través de la resurrección.
Después de refrendar nuevamente el anuncio con el testimonio personal:
“nosotros hemos comido y bebido con él, después de su resurrección” (v.
41), el discurso kerigmático concluye con la proclamación del don
de la salvación de Cristo: “los que creen en él reciben, por su nombre, el
perdón de los pecados” (v. 43).
2 lectura: 1 Corintios 5,6b-8. Celebremos la Pascua con los
panes asimos de la sinceridad y la
verdad.
El texto pertenece a la sección más amplia, en la que Pablo enfrenta el caso del incesto que se había producido en Corinto (1Cor 5). Resuelto el problema, Pablo pasa a un discurso teológico de carácter parenético. Utiliza en “forma alegórica” los símbolos del rito de la fiesta pascual hebrea. El cordero inmolado es Cristo, fuente de la liberación cristiana; los panes ázimos, que se consumían después de la pascua representan a los cristianos nacidos de la pascua de Jesús; la levadura, que se hacía desaparecer de las casas antes de pascua, es el pecado.
La interpretación alegórica no es del todo coherente, pues la levadura vieja indica también una conducta reprobable, y los panes ázimos, la sinceridad y la verdad. En el texto se refleja la dinámica típica de Pablo en su reflexión teológico-moral: el cristiano ya es (por gracia) lo que debe llegar a ser (con su propio esfuerzo).
3 lectura: Juan 20,1-9. Él había de resucitar de entre los
muertos. Jn presenta la Resurrección a
través de los signos de la presencia del Resucitado y por medio de los
diversos encuentros de Cristo con sus discípulos. Los relatos pascuales
representan la toma de conciencia progresiva de la comunidad de que la
cruz no ha sido un evento de derrota y de humillación, y de que la
Resurrección es el inicio de la vuelta de Cristo al Padre y de su nueva
presencia en medio de los suyos. El primer día de la semana, María
Magdalena va al sepulcro. A diferencia de los relatos de la tradición
sinóptica, María va sola, no entra en la tumba, ni encuentra ángeles, ni
recibe ningún anuncio. Solamente “vio la losa quitada del sepulcro” (v.
1). Luego corre a llevar la noticia a Pedro y al discípulo amado (v. 2).
Sus palabras: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde los
han puesto” (v. 2), no es todavía un verdadero anuncio pascual, pero es ya
el primer dato que conmueve al grupo de Jesús aquella mañana y que empuja
a los discípulos a confrontarse con el hecho. Pedro y el otro discípulo van
corriendo al sepulcro. Jn subraya la importancia de las dos figuras en el
momento inicial de la fe pascual. Según el Deuteronomio, los testigos de
un hecho deben ser dos (Dt 19,15). “Corren juntos”, pero cada uno vive en
modo personal su experiencia de búsqueda de los signos visibles del Señor.
El discípulo amado “corría más”, movido por su intuición amorosa, él ha
sido el predilecto de Jesús, estuvo junto a él en la Cena y al pie de la
cruz; Pedro, va más lento, es el encargado del grupo y probablemente su
carrera encarna el peso de la responsabilidad y de la institución
eclesial. El discípulo amado llega al
sepulcro, ve pero no entra; después llega Pedro y constata que todo está
en perfecto orden dentro. El sepulcro, las vendas y el sudario son signos
de que Jesús ha sido liberado de la muerte, aunque no constituyen una
prueba en el pleno sentido de la palabra. Después entra el otro discípulo,
“vio y creyó”, o mejor, según un matiz posible de la formal verbal griega
del verbo pistéuo:
“comenzó a creer”. Se abre a la fe, a través de unos signos visibles, pero
no es todavía la fe completa en la resurrección.
“Hasta entonces no habían entendido la
Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (v. 9). Después
de aquel primer paso, será necesario el encuentro personal con el Señor
Resucitado y que reciban de él el don del Espíritu para llegar a la nueva
comprensión de la Escritura. |