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(Ciclo C)
S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Hechos
14,21-27
Juan 13,31-33a.34-35
La liturgia
de hoy es un canto a la novedad que crea la pascua del Señor en la historia, de
la cual la Iglesia es “signo e instrumento” (Conc. Vaticano II). La vida de la
comunidad cristiana, animada por sus pastores y viviendo fielmente el evangelio
en medio de las pruebas de la vida (primera lectura), es el gran signo y la
anticipación histórica del cielo nuevo y la tierra nueva entre los hombres
(segunda lectura), sobre todo a través de la vivencia del “mandamiento nuevo”
del Señor, síntesis de la nueva alianza fundada en el amor de Jesús por la
humanidad (evangelio).
La primera lectura (Hch 14,21-27) corresponde a los versículos
conclusivos de la narración del primer viaje misionero de Pablo en el libro de
los Hechos de los Apóstoles. La comunidad de Antioquía había enviado en misión a
Pablo y Bernabé (Hch 13,2-3). Terminada la misión, en su viaje de regreso a
Antioquía, los apóstoles visitan las ciudades evangelizadas: Derbe, Listra e
Iconio (14,21). En cada ciudad realizan tres acciones apostólicas orientadas a
fortalecer la vida de fe de las nuevas comunidades: exhortan, designan
presbíteros y celebran una liturgia de despedida.
(a) La
exhortación (14,22) era parte fundamental del trabajo del apóstol, que
animaba a los cristianos a permanecer fieles en la fe cristiana, llevando una
vida conforme a las exigencias de Jesús. Lucas resume en una especie de sumario
la exhortación de los apóstoles: “Es necesario pasar muchos sufrimientos para
poder entrar en el reino de Dios”. No es que el sufrimiento sea un valor en el
cristianismo. Para Lucas “sufrimiento” es sinónimo de fidelidad a Dios. En el
Nuevo Testamento la frase “es necesario” indica algo que entra en los planes de
Dios. En el evangelio de Lucas, en efecto, el Señor Resucitado explica los
discípulos de Emaús el designio divino diciendo que “era necesario que el Mesías
sufriera todo eso para entrar en su gloria” (Lc 24,26). Los sufrimientos de los
cristianos, como los de Jesús, son el precio de la fidelidad a los caminos de
Dios. Desde esta óptica evangélica, las tribulaciones y las pruebas de la vida
cotidiana, el peso de la propia debilidad y las persecuciones, son fuente de
fortaleza y de esperanza, auténtico camino que lleva a la
gloria.
(b) La designación de presbíteros
(14,23a) constituye otra acción fundamental en la formación de las nuevas
comunidades. Con el término griego genérico de presbyteroi, Lucas designa
a los “ancianos”, es decir, a los responsables y animadores de cada iglesia,
encargados de velar por el crecimiento en el amor y la unidad en la fe de todos
los hermanos, a imagen de la Iglesia madre de
Jerusalén.
(c) La
liturgia de despedida (14,23b) no era sólo un rito de confirmación de los
presbíteros sino una auténtica celebración litúrgica para fortalecer la fe de
toda la comunidad. A través de ella se revela el valor que ocupaba la oración
comunitaria y el ayuno en la primera comunidad cristiana y la conciencia que
poseían los apóstoles de que el verdadero pastor de la Iglesia es el mismo
Señor. Con pocas palabras Lucas sintetiza el valor espiritual de esta liturgia
conclusiva del trabajo del evangelizador: “después de orar y ayunar, los
encomendaron al Señor, en quien habían creído”. Los hermanos son encomendados a
Cristo, el Pastor, el único que puede garantizar un futuro a la
comunidad.
La segunda lectura (Ap
21,1-5a) tiene su centro medular en la frase que Dios pronuncia, “sentado
en el trono”, como Señor de la historia: “Yo hago nuevas todas las cosas” (v.
5). El verbo “hacer” aparece en presente, indicando de este modo que la acción
renovadora de Dios ha comenzado en la historia, aunque alcanzará su plenitud en
el momento final, en la manifestación de “los nuevos cielos y la nueva tierra”.
Superadas todas las fuerzas históricas y sociales negativas; destruida
Babilonia, la ciudad símbolo del mal; anulados los poderosos que encarnan la
fuerzas del anti-reino y neutralizada toda raíz demoníaca en la historia,
aparece finalmente el punto terminal de la historia de la salvación, la
Jerusalén perfecta, “como una novia que se adorna para su esposo” (v. 2). En el
centro de la nueva creación está la nueva Jerusalén. En ella, la
shekinah, la presencia de Dios, será total y abrazará a todos los
salvados. El Arca, el Templo, la encarnación de Cristo en “la tienda” de su
cuerpo, se funden en plenitud y presentan la realización completa del nombre
“Emmanuel”, “Dios-con-nosotros”, que Cristo asumió y que aquí llena todo el
horizonte del cosmos y de la humanidad: “él será Dios-con-ellos” (v. 3).
Superada la muerte, eliminada toda lágrima y todo sufrimiento, se llega a la
renovación mesiánica de todo, en una comunión total con Dios cara a cara, en una
plenitud de vida individual y comunitaria (vv.
4-5).
El evangelio (Jn 13,31-33a-34-35) es la conclusión de la escena de
la traición de Judas, que abandona el cenáculo de noche (Jn 13,30). Jesús
comenta el episodio hablando de su destino que ahora comienza a mostrarse más
claramente: “Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios será
glorificado en él. Y si Dios va a ser glorificado en el Hijo del hombre, también
Dios lo glorificará a él. Y lo va a hacer muy pronto” (Jn 13,31-32). Jesús habla
de una glorificación, que en el léxico del evangelio de Juan indica la
exaltación pascual de Cristo muerto y resucitado, fuente de nuestra salvación.
En la cruz del Hijo del hombre se mostrará la gloria, la
doxa-kabód bíblica, es decir, la más alta presencia de Dios
Altísimo en medio de la humanidad y la máxima manifestación de su poder salvador
en favor de los hombres.
La
glorificación producirá, sin embargo, una “separación” entre Jesús y los suyos:
“Hijos míos, ya no estaré con ustedes por mucho tiempo” (v. 33a). Los discípulos
tendrán que vivir unidos a Jesús en una forma distinta a la que han vivido hasta
ahora. Ya no podrán seguir al Maestro sino a través de la gloria de la cruz. Por
eso Jesús los prepara para la nueva experiencia de la vida de fe. Es en ese
momento cuando les hace un “don”: “Os doy un mandamiento nuevo”. Un don
que revela el único camino por el cual los discípulos podrán seguir a Jesús y
mantenerse en comunión con él: el mandamiento nuevo del
amor.
Juan habla
de “mandamiento”, pero no utiliza la palabra griega nómos, que designa
una norma exterior o un código legal, sino el término entolé, que indica
una revelación de la voluntad de Dios que se vuelve ineludible para el hombre.
“Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado,
así también amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a
los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13,34-35). Jesús
dirige estas palabras a los suyos para mostrarles el único camino que lleva a la
vida. Les manda amarse no para que sean más buenos, sino para que sean humanos
plenamente.
Es un
mandamiento “nuevo” porque representa la síntesis de la nueva alianza
fundada en el amor de Jesús por la humanidad; porque reproduce el amor de Jesús
que “ha amado a los suyos hasta el extremo” (Jn 13,1) y es signo y anticipación
de los nuevos cielos y la nueva tierra, meta de toda la
humanidad.
Es un amor
“recíproco” (“los unos a los otros”) que desencadena un dinamismo de vida
y de comunión por medio del cual ninguno es superior a otro y todos tienen
necesidad del amor del otro.
Es un amor
“a la medida de Cristo”, en el cual se supera el ideal de “amar al
prójimo como a sí mismo” (Mt 22,39). Jesús invita a amarnos “como
(kathós) yo os he amado”, es decir, con la misma intensidad y totalidad
de donación de Cristo, el Hijo de Dios. La partícula griega kathós, sin
embargo, no sólo indica comparación (“como yo os he amado”), sino también
consecuencia, por lo que la frase se puede también traducir: “porque yo
os he amado”. El amor cristiano no sólo es modelado a ejemplo del amor de Jesús,
sino que es precedido y animado por el amor de Jesús, fuente inagotable del amor
fraterno. Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Sí, lo sé. Cuando soy
caritativa, es únicamente Jesús que actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él,
más amo a todas mis hermanas” (Ms C 12v).
Es un amor que “nos identifica ante el mundo”. El amor es nuestra mejor identificación como miembros de la comunidad de Jesús y el testimonio más vivo y eficaz del paso del Hijo de Dios en medio de nosotros.
El mandamiento nuevo del amor en Santa Teresita del Niño
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