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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega![]()
Josué
5,9a.10-12
La liturgia de este domingo es un canto a
la reconciliación, como abandono de un pasado de esclavitud y de muerte y como
inicio de un futuro de vida nueva: Israel, dejando atrás definitivamente la
tierra de Egipto y el desierto, celebra por primera vez la pascua en la tierra
prometida (primera lectura); el hijo que estaba muerto ha vuelto a la vida y es
acogido amorosamente por el Padre que hace fiesta por él (evangelio); y Pablo
anuncia el evangelio de la reconciliación (segunda lectura): “a quien no cometió
pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que gracias a él, nosotros
nos transformemos en salvación de Dios” (2Cor
5,21).
La primera lectura (Jos 5,9a-10-12) narra la celebración de la primera
pascua del pueblo de Israel en la tierra de la libertad. En Guilgal “los
israelitas celebraron la pascua el día catorce de aquel mes por la tarde, en la
llanura de Jericó” (v. 10). Han quedado atrás los años de la esclavitud egipcia.
El pasado de opresión y de injusticia es sólo parte de una historia en la que
Dios ha actuado con poder y misericordia en favor de su pueblo. Con razón aquel
día en Guilgal, al celebrar la pascua, el Señor dijo a Josué, en una especie de
“absolución” casi sacramental: “Hoy os he quitado de encima la humillación que
sufristeis en Egipto” (v. 9). Han quedado atrás también los antiguos signos del
amor de Dios en el desierto. Desde aquel día “dejó de caer el maná, y los
israelitas ya no volvieron a tener maná; aquel año se alimentaron de los frutos
de la tierra de Canaán” (v. 12). De ahora en adelante también las
manifestaciones del amor de Dios serán nuevas, como nueva es la historia de
libertad del pueblo y nueva la tierra que de ahora en adelante los enriquecerá
con sus frutos.
La segunda
lectura (2 Cor 5,17-21)
forma parte de una ferviente
exhortación paulina a “dejarse reconciliar por Dios” (v. 20), ya que Dios “nos
ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo” (1Cor 5,18). El verbo
“reconciliar” (griego: katallássein) aparece solamente 6 veces en todo el
Nuevo Testamento (Rom 5,10; 1 Cor 7,11; 2 Cor 5,18.19.29), ordinariamente se usa
para hablar de la reconciliación del hombre con Dios (a excepción de 1Cor 7,11).
Etimológicamente está formado del prefijo katá (según, conforme a, etc.)
y del verbo lassein (cambiar, transformar), lo cual indica que la
reconciliación supone un cambio, una transformación radical, una novedad en las
relaciones, un inicio nuevo. Reconciliarse es restaurar un vínculo de amor o de
amistad que ha sido roto a causa de la infidelidad de una de las personas
comprometidas en la relación. Es cambiar de vida. Pablo anuncia que la
reconciliación con Dios, más que un esfuerzo humano, es una gracia que se ofrece
a todos a través de Cristo. El hombre ha roto con Dios a causa del pecado, pero
el Señor ofrece gratuitamente la reconciliación a través de la fe en Cristo:
“Somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por
medio de nosotros. En nombre de Cristo le suplicamos que se dejen
reconciliar con Dios. A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por
nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en
salvación de Dios” (vv. 20-21).
El evangelio (Lc 15,1-3.11.32) nos coloca delante del misterio insondable
de la misericordia del Padre, a través de esa obra maestra de Lucas que es la
“parábola del Padre pródigo de amor y de perdón”. En ella se narra la
experiencia de la reconciliación del hombre con un Dios que “no quiere la muerte
del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23). Jesús ha contado la
parábola para explicar su propio comportamiento en relación con los pecadores y
perdidos. Mientras los fariseos y maestros de la ley se mantienen a distancia de
los pecadores por fidelidad a la Ley (véase, por ejemplo, lo que dice Ex 23,1,
Sal 1,1; 26,5), Jesús anda con ellos, come y bebe y hace fiesta con ellos (Lc
15,1-3). Lo que choca a los maestros de la ley no es que Jesús hable del perdón
que se ofrece al pecador arrepentido. Muchos textos del Antiguo Testamento
hablaban del perdón divino. Lo que sorprende radicalmente es la forma en que
Jesús actúa, el cual en lugar de condenar como Jonás o Juan Bautista, o exigir
sacrificios rituales para la purificación como los sacerdotes, come y bebe con
los pecadores, los acoge y les abre gratuitamente un horizonte nuevo de vida y
de esperanza. Esto es lo que la parábola quiere ilustrar; su objetivo primario
es mostrar hasta dónde llega la misericordia de ese Dios que Jesús llama
“Padre”, una misericordia que se refleja y se hace concreta en la conducta de
Jesús frente a los pecadores.
El relato inicia contando que el hijo menor pide la parte de la herencia que le corresponde y se va de la casa (v. 12). Se trata de un hecho legal, a través del cual aquel hijo ejerce su derecho (Dt 21,15-17). Lucas no insiste tanto en las motivaciones por las que el hijo se fue, ni en la moralidad o legalidad de la petición de la herencia. En el relato interesa más saber que el hijo hizo mal uso de aquella riqueza y que llegó a una situación límite de miseria y de muerte por culpa suya: “despilfarró toda la fortuna viviendo como un libertino” (v. 13). Es responsable de lo que le ocurre, recibe lo que él mismo se ha buscado. La escasez de la región donde se encuentra complica más su situación y entonces es cuando intenta hacer algo, hasta llegar al límite de querer comer “hasta el alimento que daban a los cerdos, pero no se lo permitían” (v. 16). Entonces reflexiona: “¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino, regresaré a casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros” (vv. 17-19).
Ha corrido mucha tinta explicando la
reflexión del hijo menor como modelo de arrepentimiento. Pero, leyendo
atentamente el texto, en aquel monólogo hay poco de remordimiento y de confesión
del mal cometido, y mucho de cálculo y de interés. En realidad quiere volver
para comer como los jornaleros de la casa de su padre. En el mejor de los casos
sus palabras son ambiguas y nos dejan insatisfechos a los que esperaríamos una
conversión y un arrepentimiento serio de la vida tan desordenada que ha llevado
hasta ahora. El narrador ha querido dejar al lector con sus dudas acerca de la
recta intención del hijo que vuelve. Precisamente aquí está el punto central de
la paradoja de la parábola. El narrador no se hace ilusiones con ciertos
discursos de conversión y en ningún caso quiere proponer como modelo de
arrepentimiento a este hijo que no vuelve movido ni por amor a su padre, ni
confesando humildemente sus errores. La parábola no quiere describir el
itinerario de una conversión, sino presentar la sorprendente reacción del padre
cuando el hijo vuelve y la forma en que interpreta su regreso a
casa.
Cuando ya está cerca de su casa, “el padre lo vio y,
profundamente, conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió
de besos” (v. 20). El hijo, que ha preparado con cuidado su discurso, comienza a
hablar y no termina. Su discursito queda cortado. Y esto es importante. El
narrador de la parábola quiere insistir en que el padre no tiene necesidad de
las lindas palabras que el hijo ha preparado para correr, abrazarlo y besarlo.
No son las palabras del hijo las que determinan la conducta del padre. En este
momento la figura del padre llena toda la escena. El contraste es fuertísimo
entre la actitud calculadora del hijo y el amor inconmensurable del padre. El
padre, dice el texto, “se conmovió profundamente” (en griego:
splangnízomai, “conmoverse las entrañas maternas”). La ternura del padre
tiene su origen en lo más profundo de su ser. El padre es ternura. No se dice
nada de las reacciones del hijo, porque aquí interesan poco. Toda la atención
del lector se debe centrar en la figura de un padre fuera de lo común,
excepcionalmente misericordioso y excesivamente tierno y amoroso. Un padre que
no ha esperado el grito de arrepentimiento del hijo para correr y abrazarlo y
besarlo. Y es que la parábola no se propone describir lo que significa ser hijo,
sino que quiere revelar hasta dónde llega la paternidad de
Dios.
El hijo menor no sólo encuentra comida, “como uno de los jornaleros”, sino que vuelve a tenerlo todo con exceso: anillo, sandalias, fiesta... Todo es fruto del gozo paterno. Un gozo que tiene una sola explicación, una explicación que justamente es el padre quien la da en la parábola: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (v. 24). El padre nunca pronuncia la palabra “pecado”. Más que a la ofensa recibida con la lejanía del hijo, piensa en las consecuencias que esto ha traído para su hijo, piensa en la muerte que amenazaba con privarlo de su hijo. El discurso del padre tampoco hace alusión a las motivaciones ambiguas que empujaron al hijo a volver. Poco importan. Para el padre cuenta sólo que el hijo está allí, que lo ha recuperado y que ahora podrá vivir junto a él. En realidad, el padre nunca rechazó al hijo, porque la filiación no estaba condicionada por sus méritos. Para el padre no cuenta el pasado del hijo, ni tampoco el futuro. Ni lo juzga por lo que ha hecho, ni le exige nada a cambio de recibirlo. Cuenta la vida del hijo. Ahora vive, junto al padre; lejos de él, “se moría de hambre”.
La parábola concluye haciendo alusión al “hijo mayor”, que
nunca se fue de la casa y que, cuando regresó el hermano, estaba precisamente
trabajando en los campos del padre (v. 25). La fiesta que celebra el regreso del
hijo menor ha comenzado cuando el mayor todavía está en el campo. La fiesta ha
sido organizada exclusivamente por el padre, tiene su origen y su sentido en la
misericordia del padre. Al hijo mayor sólo le queda la opción de unirse a
aquella fiesta o rechazarla, según acepte o no la decisión misericordiosa del
padre. El hijo mayor, sin embargo, sólo piensa en él. Él es el único punto de
referencia. Resume su conducta hablando de vida ejemplar, fiel, pero se expresa
en términos de esclavitud: “Hace ya muchos años que te sirvo (en griego:
doulein, “ser esclavo”). Se cree justo y merecedor de todo. Es más, cree
saber más que el padre en cuestión de retribución y de justicia! No interpreta
su vida en clave de cercanía con el padre, de amor recíproco, de gratuidad.
Considera las relaciones con el padre en términos de retribución y describe su
existencia en términos de esclavitud: “Hace ya muchos años que te sirvo sin
desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una
fiesta con mis amigos” (v. 29).
El hijo mayor, que representa a los escribas y fariseos que daban gracias
porque “no eran como los demás”, se resiste a entrar a la casa a celebrar. El
padre, sin embargo, “salió y trataba de convencerlo” (v. 28). Salió a buscar al
mayor como había salido a esperar al menor. El padre no rechaza tampoco a este
hijo, pero lo invita a superar la lógica de la retribución, a no interpretar su
existencia de hijo en clave de remuneración y de sueldo: “Hijo, tú estás siempre
conmigo, y todo lo mío es tuyo” (v. 31). El padre de la parábola vuelve a
aparecer dándolo todo, sin medida, sin cálculo de ningún tipo. Ser padre es
compartir todo con sus propios hijos. Pero respeta también al hijo mayor. Y así
como no obligó al menor a no marcharse de casa, tampoco obliga al mayor a entrar
y participar de la fiesta.
Esta parábola narra una historia universal en la que todos nos podemos
reconocer y en la que todas las palabras hablan de la ternura y el inmenso amor
del Padre. Unos y otros somos invitados a participar del amor del Padre. Los
alejados, volviendo a la casa paterna y recuperando el gozo de la vida
verdadera; los orgullosos y satisfechos de sí mismos que juzgan a los demás,
entrando a la casa para vivir el gozo del amor del Padre, alegrándose del perdón
ofrecido gratuitamente a todos. No sabemos si el hijo menor se quedó para
siempre en la casa. Tampoco sabemos si el mayor se decidió a entrar y compartir
la alegría del Padre. Son preguntas que cada lector del evangelio debe responder
con su propia vida.