
TERCER
DOMINGO DE
PASCUA
(Ciclo C)
S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Hechos 5,27-32.40-41
Juan
21,1-19
Las
lecturas de este domingo giran en torno al misterio de la presencia de
Cristo
Resucitado en la vida de la Iglesia. El Señor Jesús, “Cordero
degollado”, a
quien el cosmos entero tributa “honor, gloria y alabanza” (segunda
lectura),
acompaña a los discípulos en la vida cotidiana y humilde de cada día (la
pesca
fatigosa, la comida en común), se hace presente en su testimonio
valeroso y
comprometido (primera lectura), y guía a la comunidad como el único
Pastor a través de los pastores elegidos por él para cuidar de su rebaño
(evangelio).
La
primera lectura (Hch
5,27-32.40-41) está construida en base a un claro contraste entre
el
Sanedrín, la máxima autoridad colegial judía, que rechaza el nombre de
Jesucristo y por tanto desobedece a Dios, y los apóstoles, que prefieren
obedecer a Dios antes que a los hombres, y por eso son portadores del
Espíritu
Santo, que “Dios da los que le obedecen” (v. 32). Por boca del sumo
sacerdote
Lucas presenta el cuadro positivo de la predicación apostólica que ha
llegado a
toda la ciudad: “Han llenado Jerusalén con sus enseñanzas” (v. 27a). La
misión
en Jerusalén, primera etapa de la difusión de la Palabra, ha alcanzado
su
cumplimiento y está lista para extenderse a Judea y Samaría (Hch 1,8).
El sumo
sacerdote afirma además que los apóstoles quieren hacer responsable a
los
líderes judíos “de la muerte de ese hombre” (v. 27b). Lucas, sin
embargo, es de
la opinión que los judíos, al crucificar a Jesús, “lo hicieron por
ignorancia,
igual que sus jefes” (Hch 3,17); por lo tanto, deja abierta la puerta
del
arrepentimiento incluso para ellos.
En todo caso la
respuesta que da
Pedro en relación con el anuncio de Cristo Resucitado es tajante: “Hay
que
obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 4,19). Sus palabras
recuerdan
las de Sócrates antes de morir: “Obedeceré más al dios que a vosotros”,
con las
cuales Lucas quizás pretende acercarse a sus lectores de origen griego y
suscitar simpatía entre ellos, quienes sabían que también Sócrates había
sido
asesinado injustamente. Las palabras de Pedro afirman la autoridad
absoluta de
Dios, en lo que el Sanedrín concuerda plenamente. El punto central, sin
embargo, es establecer donde se manifiesta ahora la auténtica voluntad
de Dios:
¿a través de la autoridad máxima del judaísmo o a través del testimonio
de los
apóstoles de Cristo? Es claro que la verdad de Dios se manifiesta
actualmente
en los testigos del Resucitado que proclaman el kerigma de Jesús
constituido
Mesías y Señor que lleva a la salvación (v. 31). Los Apóstoles poseen el
Espíritu Santo, que junto con ellos es “testigo de todo esto” (v. 32).
El
Espíritu Santo, en efecto, a través de su testimonio interior comunica a
los
apóstoles la certeza de la glorificación de Jesús e ilumina los eventos
de su
muerte y resurrección, haciéndolos capaces de anunciar el kerigma de la
salvación.
La
segunda lectura (Ap
5,11-14) describe una estupenda escena de liturgia cósmica en la
cual se
celebra la obra del Cordero degollado, es decir, de Cristo muerto
y
resucitado, que en la plenitud de su función mesiánica (Ap 4,6a: “siete
cuernos”) y poseyendo la plenitud del Espíritu (Ap 4,6b: “siete ojos”),
dirige
y transforma eficazmente todo el desarrollo de la historia de la
salvación. Los
principales símbolos de esta magnífica litúrgica coral son el trono, los
ancianos y los cuatro vivientes. El trono indica la soberanía
absoluta
de Dios, Señor de la historia y de todos los hombres, que ejercita su
poder a
través del Cristo Resucitado. Los ancianos representan a las
grandes
figuras que encarnan los ideales del pueblo de Dios y que viven ahora
glorificados junto a Dios. Son los santos, los mártires, los pastores
fieles,
tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Son, en efecto,
“veinticuatro”
(número que evoca las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles del
Cordero)
(Ap 4,4). Los cuatro vivientes son el símbolo personificado de la
multiforme acción de Dios proyectada hacia los cuatro puntos cardinales
del
entero cosmos, que partiendo del mismo ámbito de la trascendencia divina
alcanzan la historia y la humanidad, y vuelven a Dios en forma de
alabanza y de
gloria (Ap 4,6-9). Al final aparece también toda la humanidad y toda la
creación uniéndose unánimes a esta liturgia cósmica de adoración en
honor a
Cristo Resucitado: “Al que está sentado en el trono y al Cordero,
alabanza,
honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos” (Ap 5,13).
El
evangelio (Jn
21,1-19) tiene claramente dos partes: (a) El encuentro, la pesca
milagrosa y la comida de Jesús con sus discípulos junto al lago (vv.
1-14) y
(b) El encargo pastoral que Jesús hace a Pedro (vv. 15-19).

a)
El encuentro, la pesca milagrosa y la comida de Jesús con sus
discípulos
junto al lago (vv. 1-14). Esta primera parte narra una
experiencia de los
discípulos con el Resucitado, vivida en un día normal de trabajo,
resaltando
así que la fe se puede y se debe vivir en lo ordinario de la vida, en
cualquier
tiempo y circunstancia. Los discípulos que estaban junto al lago eran
“siete”,
un número simbólico que evoca la universalidad de la Iglesia. La
experiencia
narrada pertenece, por tanto, a la Iglesia de todos los tiempos y de
todos los
lugares. En primer lugar se pone de manifiesto que sin Jesús el fracaso
es
total y la comunidad no puede hacer nada. El grupo vive en “la noche”.
En
efecto, el texto dice que: “salieron juntos y subieron a la barca; pero
aquella
noche no lograron pescar nada” (v. 3). En contraste con aquella
experiencia de
“noche”, al clarear el día se presenta Jesús precisamente allí, a la
orilla del
lago, en medio de la frustración y el cansancio de los suyos. Con su
pregunta
(v. 5: “Muchachos, ¿habéis pescado algo?”). Jesús los obliga a confesar
su
pobreza y su desánimo, para ayudarles a continuación a encontrarse con
ellos
mismos y con su fe.
Jesús les dirige su palabra amigable
pero llena de autoridad: “Echad la red al lado derecho de la barca y
encontraréis peces” (v. 6). Los invita a recobrar la fe a través de la
obediencia a su palabra. El resultado es una pesca milagrosa. Los
discípulos se
fiaron de Jesús, pusieron en el centro de sus vidas su palabra y
experimentaron, con Jesús en medio, la increíble novedad de la pascua:
la
vitalidad de la propia fe. Es ahora cuando lo reconocen: “Es el Señor”
(v. 7).
No se había dado a conocer antes pues los suyos, después de la pascua,
deben
aprender a reconocerlo exclusivamente en la fe. El texto termina con una
comida
en común. Todo es preparado y donado por Jesús, pero la comunidad debe
dar
también su contribución, por eso Jesús les pide: “Traed ahora algunos de
los
peces que acabáis de pescar” (v. 10). Los peces eran “ciento cincuenta y
tres”,
un número misterioso que probablemente evoca la misión universal de la
Iglesia;
la unidad de la Iglesia, en cambio, está simbolizada por la única red
que no se
rompe (cf. Jn 19,24). A la pesca sigue el banquete, en el que Cristo
resucitado
da él mismo de comer a los suyos, mostrándose como presencia misteriosa
pero
cierta en medio de la comunidad cristina. El pan y los gestos de Jesús
aluden
veladamente a la Eucaristía. El mensaje es claro: la misión apostólica
se
realiza colocando a Jesús en el centro de la vida como Señor, ya que
sólo a
través de la escucha de la Palabra y en el encuentro eucarístico la
Iglesia
realiza con fecundidad su misión en la historia.

b) El encargo pastoral que Jesús hace a Pedro (vv. 15-19). Antes de confiar a Pedro la misión pastoral de la Iglesia, Jesús le exige una triple confesión de amor. La triple pregunta de Jesús sobre el amor hacia su persona ha sido visto, desde antiguo, como una forma de rehabilitación de Pedro que había negado al Señor tres veces durante la pasión (Jn 18,17.25.27). Es notorio en el texto el juego con dos verbos: “amar “ (agapáō) y “querer” (philéō). Cristo pregunta por dos veces “¿me amas?” con el verbo agapáō, que designa ordinariamente el amor de caridad, gratuito y misericordioso, que refleja en cierto modo el amor de Dios. Pedro responde humildemente con “te quiero”, con el verbo philéō, que es el verbo que generalmente desgina el afecto, la amistad emtre los hombres. La tercera vez, sin embargo, Jesús pregunta: “¿me quieres?”, usando philéō. Es objeto de discusión entre los exegetas si hay que mantener una clara diferencia entre ambos verbos.
Desde muy antiguo se ha visto una clara relación entre las preguntas de Jesús y las tres negaciones de Pedro antes de la pasión. En el evangelio de Juan, Pedro, antes de la pasión, más que negar a Jesús (como en los otros evangelios), reniega de sí mismo. Cuando la portera le pregunta si es discípulo de Jesús, Pedro responde "no lo soy", literalmente en griego ouk eimi, "no soy" (Jn 18,17). Cuando le vuelven a preguntar, responde igualmente: "no soy" (ouk eimi) (18,25). En 18,27 vuelve a negar.
Con el interrogatorio sobre el amor, Jesús propone a Pedro el único camino para rehacer su persona y su condición de discípulo.Con la primera pregunta (¿Me amas que éstos?), usando agapáō, Jesús invita a Pedro a reconocer su autosuficiencia y su conciencia de superioridad en relación con los demás discípulos (Mt 26,33; Jn 13,37); Pedro responde afirmativamente, pero sin presunción, declarando su amor personal por Jesús (usa philéō) que como Señor conoce lo que hay en su corazón. Con la segunda pregunta, (¿Me amas?), Jesús invita a Pedro a confesar su decisión de vivir según la palabra de Jesús, pues solamente quien guarda su palabra es quien lo ama (cf. Jn 14,23-24); Pedro responde como la primera vez. Con la tercera pregunta Jesús, en cambio, propone a Pedro un paso ulterior: (¿Me quieres?), usando philéō. Esta vez Pedro es interrogado sobre su amor personal a Jesús, más allá de la aceptación de sus palabras. A través de las tres preguntas Pedro, que había renegado de sí mismo diciendo "no soy", puede ahora decir: "soy todavía". "Soy" porque soy amado por Jesús, ya que puedo todavía confesar mi amor por él. Confesando su amor por Jesús, reconoce que es amado por Jesús y, amando y reconociéndose amado, puede volver a existir.
La
insistencia de Jesús sobre el amor tiene como objetivo último
restablecer al
discípulo en su antigua condición y asegurar
una relación de intimidad y de amistad con él, para poder luego
confiarle el
ministerio apostólico. Antes que cualquier otro don
humano, el ministerio pastoral de Pedro –y de todos los “pastores” a lo
largo
de la historia–, se fundamenta en una relación de fidelidad a la palabra
de
Jesús, en una relación de comunión
interior y de auténtico amor hacia Jesús. No se trata de una tarea que
brota
de las propias fuerzas humanas, ni de
un cargo de prestigio o de poder. Jesús le pasa a Pedro su misma misión:
“apacienta mis ovejas”. Como Jesús, también Pedro, y con él todos
aquellos que
tengan algún cargo de responsabilidad pastoral en la Iglesia, tendrán
que
conocer por su nombre a las ovejas, caminarán delante de ellas y estarán
dispuestos
a dar la vida por ellas (Jn 10). Como Jesús y al estilo de Jesús, el
único y
Buen Pastor. Por eso en el texto al ministerio pastoral se une el
martirio. El
amor del apóstol se manifestará en su docilidad a los caminos de Dios en
el
servicio eclesial. El apóstol verdadero está siempre dispuesto a servir
en
cualquier circunstancia con obediencia y prontitud. Eso es lo que
significa que
“otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras ir” (v. 18). Este amor se
manifestará en su plenitud y alcanzará su perfección en la
disponibilidad al
martirio, pues “no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”
(Jn
15,13), como Jesús. Dar la vida por los hermanos es la mejor definición
de la
misión del verdadero pastor en la Iglesia, del pastor que ha puesto al
servicio
de Dios toda su existencia.