Mons. Silvio José Báez

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua

(Ciclo A)

MONS. SILVIO JOSÉ BÁEZ

 

 

 

Éxodo 17,3-7

Romanos 5,1-2.5-8

Juan 4,5-42

 

            La liturgia de la palabra de este domingo está centrada en el símbolo del agua. En el desierto Moisés golpea la peña y de ella brota agua que sacia la sed del pueblo (primera lectura). Jesús ofrece a la mujer de Samaria un “agua viva” que “brota para la vida eterna” (evangelio). El agua es la realidad que el hombre de la tierra de la Biblia busca con ansiedad continua pues es símbolo y condición de la vida y de la fecundidad. Esta realidad amada y deseada con todo el cuerpo y el corazón del hombre llega a convertirse, por eso mismo, en símbolo de Dios. Para Jeremías, Dios es “manantial de aguas vivas” y no “cisterna agrietada” (Jer 2,13). San Pablo, en el comentario que hace a Éxodo 17, dice que aquella roca de donde brotó el agua en el desierto “era Cristo” (1 Cor 10,4). El agua que Jesús ofrece a la mujer de Samaria, junto al pozo de Jacob, es él mismo, su palabra vivificante e interiorizada por la acción del Espíritu, el don de la vida nueva.

            El simbolismo del agua evoca el misterio del bautismo, en donde la palabra de Cristo y la fuerza del Espíritu, presentes sacramentalmente en el agua, símbolo de fecundidad y vida nueva, transforman al hombre en nueva criatura que anuncia al mundo las maravillas de Dios. La cuaresma es por excelencia el momento ideal para una renovada catequesis bautismal que nos lleve a vivir más radicalmente los compromisos de nuestro propio bautismo.

 

            La primera lectura (Ex 17,3-7) narra uno de los momentos más críticos de la marcha de Israel en el desierto. El pueblo sufre a causa de la sed que padece y se rebela contra Moisés. El pueblo piensa que morirá en el desierto. No ve más allá, cree que el desierto es su situación definitiva. Ha perdido de vista la meta a la que se encamina y, a causa de la sed, el miedo y el cansancio, también ha olvidado todo lo que Dios ha hecho por él. La situación es tan grave que intentan incluso “apedrear” a Moisés (v. 4), con lo cual se demuestra que Israel, aunque ha salido de Egipto, lleva dentro de su corazón las estructuras irracionales y agresivas del opresor egipcio. Tiene todavía más confianza en la violencia que en la fuerza de Dios. En el desierto, como tiempo de tentación y de prueba, Israel tendrá que pasar definitivamente de la idolatría a la verdadera fe, de la mentalidad violenta del opresor egipcio a la actitud creyente fundada en la confianza en Dios, de donde surge una nueva humanidad y un nuevo modo de relacionarse entre los hombres.

            El Señor ordena a Moisés que golpee una peña con el mismo cayado que usó para realizar algunos de los prodigios en Egipto (v. 5). Cada vez que Moisés utilizó en Egipto su cayado, se manifestaba claramente el poder cósmico y universal de Yahvéh; ahora que en el desierto golpea la peña con el bastón, de nuevo Yahvéh se presenta como Dios del cosmos y el Señor de la naturaleza. Lo decisivo en el milagro no es el golpe de Moisés, sino la presencia del Señor que da eficacia a la acción de Moisés: “Yo estaré ante ti sobre la peña” (v. 6). Todo se realiza delante de “los ancianos de Israel” (vv. 5.6), pues serán los testimonios cualificados del evento ante el pueblo incrédulo. El agua que brota de la roca es una expresión del poder cósmico de Yahvéh y, por tanto, símbolo de la vida que Dios puede y desea donar a su pueblo.

            El texto concluye subrayando el contraste entre la promesa de Dios a Moisés (“Yo estaré delante de ti”) y la pregunta del pueblo que ha tentado al Señor (“¿Está el Señor entre nosotros o no?”). Toda la historia de Israel y la vida de cada creyente gira en torno a la dialéctica entre estas dos frases. El desierto surge cuando el hombre se interroga acerca de la presencia de Dios en medio a la oscuridad y de la prueba. Este mismo desierto es, sin embargo, el espacio y el tiempo propicio para renovar el conocimiento y la experiencia del Dios de la vida, el Dios que hace brotar agua de la roca en el desierto, cuando todo parece haber llegado a su fin.

En el desierto Israel experimenta que Yahvéh es el Señor de la vida. Esta es la paradoja del desierto de Israel y de todos nuestros desiertos: en el lugar de la esterilidad absoluta se descubre nuevamente al Dios de la vida. El desierto, naturalmente estéril, es el espacio más adecuado para que se manifieste la potencia vivificante de Dios, simbolizada en el agua.

 

            La segunda lectura (Rom 5,1-2.5-8) marca el inicio de la segunda parte de la Carta de san Pablo a los Romanos. Al tema de la justicia de Dios (Rom 1-4) sucede el predominio del amor (Rom 5-8). Pablo describe la situación de gracia en la que se encuentra el hombre “justificado” por Dios, es decir, el hombre que gratuitamente ha iniciado una “justa” relación con Dios. Se encuentra reconciliado con Dios, ha entrado en una situación de paz y de esperanza: una paz que supera toda tribulación y una esperanza activa que transforma realmente el presente. Todo es gracia recibida por medio de “nuestro Señor Jesucristo” (v. 1). Por tanto, no hay motivo de vanagloria. El cristiano pone “su orgullo” no en méritos de obras, sino en “la esperanza de la gloria de Dios” (v. 2), en las tribulaciones que lo robustecen (v. 3), en Dios mismo (v. 11).

 

            El evangelio (Jn 4,5-42) narra el encuentro de Jesús con la mujer de Samaria, que junto con Nicodemo (símbolo de la ortodoxia oficial judía: Jn 3) y el funcionario real (símbolo de los paganos: Jn 4,46-54), es un personaje colectivo que representa a todo un pueblo, el pueblo samaritano, considerado tradicionalmente por los judíos, por diversos motivos históricos, como religiosamente contaminado de paganismo y teológicamente heterodoxo.

            Para una recta interpretación del pasaje de la samaritana hay que ir más allá de una simple lectura moralizante o psicológica del texto. La narración no es en absoluto la historia de la conversión de una mujer pecadora, a la que Jesús milagrosamente le “adivina” su vida sexual irregular e invita pedagógicamente a la conversión. El texto no es fácil, pues hila diversas temáticas (el agua, el matrimonio-concubinato, el verdadero culto, el tema de la cosecha) y al mismo tiempo está construido con símbolos de gran profundidad teológica.

            Un primer punto de referencia global para la interpretación de la narración es la progresiva manifestación de la persona de Jesús, quien es presentado inicialmente como “judío” (v. 9), luego como “alguien más importante que Jacob” (v. 12), después como “profeta” (v. 19), “Mesías” (v. 29) y, finalmente, como “Salvador del mundo” (v. 42). Todo el texto gira en torno a un único tema central: el misterio de la persona de Jesús.

1. Jesús dona el agua viva. Jesús es el gran don de Dios (Jn 3,16), que donando su palabra, superior a la ley mosaica (Jn 1,17) (“el agua del pozo de Jacob”) genera en el creyente la vida eterna, es decir, la misma vida de Dios (“manantial que brota para la vida eterna”). El agua del pozo calma la sed cada vez que se bebe, pero hay que volver a beber. El agua que ofrece Jesús calma la sed definitivamente porque se convierte en el hombre en manantial, que brotará perpetuamente y comunicará vida inmortal. El agua es la palabra y la verdad de Jesús, la cual no puede permanecer exterior al hombre: el creyente debe interiorizarla en su corazón bajo la acción del Espíritu (Jn 7,37-38). El agua es la palabra de Jesús, que llega a convertirse en nosotros en “espíritu y vida” (Jn 6,63); más aún, es Jesús mismo, que a través de su palabra leída y meditada en la comunidad y bajo la acción del Espíritu, se nos revela progresivamente y nos hace partícipes de su misma vida filial.

2. Jesús Profeta invita a la fidelidad al Dios único. Como profeta Jesús denuncia el “adulterio” del pueblo de Samaria, que desde antiguo adoraba “cinco divinidades” (2 Re 17,24-41). Su lenguaje es el de los antiguos profetas (cf. Os 2), que consideraban la idolatría como adulterio, como infidelidad del pueblo (esposa) a Yahvéh (esposo). A la luz del capítulo 2 del profeta Oseas es fácil ver en la “mujer samaritana” la personificación del pueblo de Samaria, infiel al marido Yahvéh, entregada a los ídolos amantes, pervirtiendo el culto, amenazada de morir de sed. Jesús, como Yahvéh antiguamente, corteja nuevamente al pueblo, hablándole al corazón y reconciliándolo con él (Os 2,16).

3. Jesús Mesías proclama el verdadero culto. En íntima relación con el problema de la idolatría se encuentra el tema del “culto”. Como profeta-Mesías Jesús anuncia el verdadero culto que se debe tributar al único y verdadero Dios: “en Espíritu y Verdad”. En el evangelio de Juan, el término “Verdad” indica la dimensión reveladora de la palabra de Jesús; la palabra “Espíritu”, el dinamismo amoroso de Dios que interiormente transforma al creyente, “llevándolo a la verdad completa” (Jn 16,13), es decir, a la comprensión vital de la palabra de Jesús. La adoración cristiana se realiza bajo la acción del Espíritu, pero siempre en la verdad de Jesús. Para el cristiano, esta adoración es la expresión de su fe en Cristo Jesús y de su comunión con él. La expresión “adorar en Espíritu y en Verdad” no indica, por tanto, un simple culto espiritual o interior, sino que designa la entera existencia del cristiano modelada por la palabra de Jesús y animada por la acción del Espíritu, y que se manifiesta necesaria y principalmente a través del amor. El verdadero culto al Padre es una existencia marcada por la amorosa obediencia filial hacia él y por el amor concreto y eficaz hacia los demás considerados como hermanos. La samaritana habla simplemente de “Dios”, pero Jesús habla del “Padre”, delante del cual todos los hombres son hijos y hermanos entre sí.

            4. Jesús es el Salvador del mundo. Los samaritanos, con su adhesión a Jesús, inauguran la perspectiva universal de la obra mesiánica y de la misión de la Iglesia. Ellos son la primicia de la mies ya madura para la gran cosecha del universalismo de la salvación (Jn 4,34-38). Jesús no es un Mesías nacional, sino que es, como lo reconocieron los samaritanos, “el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Su misión es universal. Para él no hay diferencias entre los hombres y entre los pueblos. La nueva era sin templos, en donde el verdadero culto es vivir según la palabra de Jesús, anula los reductos del nacionalismo religioso. El nuevo manantial de aguas vivas que sustituye al antiguo pozo de Jacob, hace indiferente la ascendencia israelita. El nuevo rostro de Dios que revela Jesús elimina las discusiones religiosas y las diferencias cultuales, pues hay un solo Dios, Padre común de toda la humanidad.