
Mons. Silvio José Báez
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua
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(Ciclo A)
Génesis
12,1-42
Timoteo 1,8b-10
Mateo 17,1-9
La liturgia de este domingo está centrada en tres grandes “vocaciones”:
la vocación de Abraham, que con prontitud abandona todas sus seguridades y
se fía únicamente de Dios (primera lectura); la vocación del cristiano,
llamado a una vida santa (segunda lectura), y la vocación de Cristo, “el
Hijo amado”, que camina hacia la cruz y la gloria por ser fiel al proyecto
de Dios (evangelio). La cuaresma es un tiempo propicio para renovar
nuestra fe y orientar nuestra vida hacia la novedad de la pascua de Cristo, el
evento supremo a través del cual Dios “transfigura” el universo y la
historia.
La primera lectura (Gen 12,1-4) relata sintéticamente la llamada de Dios a Abraham y la respuesta inmediata de éste a la vocación divina. Abram pertenece a aquella generación que Dios dispersó por toda la tierra después que los hombres intentaron construir una torre “cuya cumbre llegue al cielo” con el fin de “hacerse famosos” (literalmente en hebreo: “hacerse un nombre”) (Gen 11,1-9). De esta generación, que la Biblia presenta bajo el signo del pecado, nace Abram, un hombre inquieto, en búsqueda de la verdad y abierto a la trascendencia, que un día experimentó en medio de los acontecimientos de su vida una voz diversa de todas las demás que lo invitaba a arriesgar todo y confiar, una voz que era al mismo tiempo elección y promesa, cercanía y misterio: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré” (Gen 12,1).
Dios
promete a Abram hacer surgir de él un gran pueblo y “hacer grande su
nombre” (v. 2). Le concede por gracia lo que la gente de la torre de Babel
pretendía con sus fuerzas. Le promete una descendencia, una tierra, un futuro.
Responder a aquella llamada supone sin embargo entrar en un camino aparentemente
contradictorio. Para obtener una descendencia, Abram tiene que aceptar la
esterilidad de su esposa Sara y abandonar su familia, y la condición para llegar a poseer una
tierra en el futuro es convertirse en extranjero en una tierra
desconocida.
Abram cree, se fía y se pone en camino: “Partió, como le había dicho el Señor (v. 4). Este será siempre el drama de la fe, de Abram y de todos los que como él confían en Dios y caminan con esperanza por senderos desconocidos en obediencia a la palabra divina. A la renuncia voluntaria se añade el riesgo de perderlo todo y no encontrar nada. Este es el misterio y la tensión de la fe: dejar lo seguro y lo conocido por lo prometido y desconocido, confiando totalmente en Dios.
Por su parte Dios promete a Abram, que estará siempre de su parte y que lo hará llegar a ser punto de referencia para toda la humanidad: “Te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (v. 3). En el futuro, el nombre de Abram será sinónimo de bendición y él mismo será modelo de todo aquel que recibe la bendición divina. En aquella llamada resuena la llamada de Israel, destinado a ser fuente de bendición para todos los pueblos, y la llamada del cristiano, que como Abram, “cree contra toda esperanza” y pone toda su confianza en “aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor” (Rom 4,18.24).
Todo creyente, según el modelo de Abram, entra en el camino oscuro del “no saber”, pero paradójicamente, dejándose iluminar por la oscura luz de la fe, encuentra una certeza mayor (aunque siempre oscura), que viene del renunciar a los propios caminos para entrar en los de Dios: “Entréme donde no supe y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo” (San Juan de la Cruz).
La segunda lectura (2 Timoteo 1,8b-10) es una exhortación dirigida a Timoteo invitándolo a la fidelidad a la propia vocación, aun en medio de los sufrimientos que supone el testimonio y el servicio cristiano. Se recuerdan tres características de la vocación cristiana. En primer lugar, es absolutamente gratuita, fundada solamente en el amor de Dios y no en nuestras buenas obras; en segundo lugar, es una vocación “en Jesucristo”, es decir, recibida a través de él en su ministerio y en su misterio pascual y que consiste en modelar nuestra vida según su propia existencia histórica y, en tercer lugar, una vocación que tiene como meta la santidad, es decir la plena comunión de vida con el Dios Santo.
El
evangelio (Mt
17,1-9) es una
verdadera proclamación anticipada de la gloria de la pascua. Como en las
teofanías del Antiguo Testamento (Ex 3; 19) todo acontece en “la montaña” (v.
1), espacio simbólico de la trascendencia y del mundo divino. De la misma forma
que Dios “se envuelve de luz como de un manto” (Sal 104,2), los vestidos de
Jesús se transfiguran llenos de luz resplandeciente, dejando entrever la gloria
divina presente en su persona.
La presencia de Moisés, que
simboliza la palabra de la Ley, y de Elías, que simboliza la palabra de la
profecía, indica que con Jesús la historia de la salvación ha llegado a su
culminación. En el monte, en efecto, se escucha la voz del Padre: “Este es mi
Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo” (v. 5). A los discípulos se les
revela de esta forma el misterio de Jesús: él es el Hijo. En la humillación de
la carne del Hijo se esconde la presencia salvadora de Dios que libera a los
hombres.
La Transfiguración es, por tanto, la
gran revelación del misterio de Jesús, que iluminará el camino de los discípulos
a través de los siglos. Jesús se transfigura delante de sus discípulos en medio
de la cotidianidad de la vida. Cuando lo siguen hacia la cruz, experimentan la
gloria divina y escuchan la voz del Padre. Así será siempre de ahora en
adelante: la gloria de Dios y su palabra se revelarán allí donde los hombres
siguen a Jesús en el camino de amor solidario y sufriente por los otros hacia la
cruz.
Para los tres discípulos la
experiencia fue única. Con razón Pedro exclama: “Maestro, ¡qué hermoso es estar
aquí! Si quieres hago tres tiendas...” (v. 4). Han contemplado por un momento la
única belleza digna de amar por sí misma, la única que hay que desear y cultivar
porque será eterna; han vivido en la historia un instante de eternidad, han
probado el gozo de la comunión y del amor de Dios. Pero la historia debe
continuar. No ha llegado a su fin. Es ilusoria la petición de Pedro. No se puede
detener el tiempo, no se puede hacer permanente lo transitorio. Hay que bajar
del monte.
Los tres discípulos bajaron, pero
transfigurados ellos también, con la certeza de que el camino del Maestro es el
único que lleva a la vida. Al final Jesús aparece solo (v. 8), porque solamente
él es el camino y el sentido de todo. La voz que han escuchado de parte de Dios
los invita a escucharlo y a seguirlo hacia la cruz. Sólo así podrán entrar
definitivamente en aquella gloria y en aquella hermosura que habían contemplado
y gozado anticipadamente.
La experiencia vivida en el monte revela la gloria de Jesús. El Cristo glorioso de la pascua, el Hijo amado del Padre, es el mismo Jesús de Nazaret que se encamina hacia la muerte y anuncia su dolorosa pasión. La transfiguración no niega la cruz, sino que es la revelación de su significado salvador como camino que lleva a la vida. A través de esta experiencia Jesús fortalece la fe de sus discípulos y los introduce en la paradoja de la pascua: una vida que llega a través de la muerte y una gloria que no es evasión ni indiferencia frente al dolor de la historia, sino meta y punto culminante del amor crucificado y fiel.