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S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Génesis 15,5-12.17-18
Filipenses 3,17-4,1
Lucas 9,28b-36
En medio del camino cuaresmal las lecturas
bíblicas de este domingo nos invitan a contemplar al Dios fiel y salvador que se
reveló en la oscuridad de la fe a Abraham y en el momento culminante en Cristo
su Hijo. Toda la liturgia está centrada hoy en tres grandes “revelaciones”: la
revelación del Dios fiel que hace alianza con el hombre (primera lectura), la
revelación del destino glorioso del creyente (segunda lectura) y la revelación
de la gloria de Cristo, “el Hijo elegido”, en el monte de la transfiguración
(evangelio). La cuaresma es un tiempo propicio para renovar nuestra fe y
orientar nuestra vida hacia la gran revelación de la pascua, el evento supremo a
través del cual Dios “transfigura” el universo y la historia en
Cristo.
La primera lectura (Gen
15,5-12.17-18) narra la alianza entre Dios y Abraham a través de
la cual Dios renueva al patriarca la promesa de una descendencia. La antigua
promesa de un hijo parecía cada vez más un sueño o una ilusión en la que se
proyectaban los propios deseos. Abraham está envuelto en la más densa oscuridad:
él es un anciano, Sara es estéril, el tiempo pasa, todo parece indicar que no
habrá descendencia y será un criado de su casa quien heredará los bienes de
Abraham (Gen 15,2). La noche interior de Abraham se ve iluminada con otra noche,
aquella noche estrellada durante la cual el Señor, sacándolo afuera, le renueva
la promesa: “Mira el cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le
dijo: Así será tu descendencia” (v. 5). Abraham logra ver en la noche,
más alla de las estrellas. En la
noche, ve la promesa de Dios; sin embargo, ha visto sin ver. Ha visto en la fe.
Permitiendo que Dios lo saque "fuera" de sí y logrando
ver en medio de la oscuridad de "la noche", Abraham es otro. De este modo Dios ilumina la noche oscura de Abraham y
le revela su palabra llena de esperanza. Abraham lleno de entusiasmo vuelve a
afirmar su amén inquebrantable en Dios. En el v. 6, en efecto,
encontramos el verbo hebreo amán, el verbo de la fe, que indica la acción
de apoyarse sólidamente en Dios y de donde viene nuestro término amén: “Y creyó
él (he’emín) en Yahvéh, el cual se lo acreditó como justicia” (Gen 15,6;
cf. Rom 4,18-25). El verbo “acreditar, tenérselo en cuenta” (hebreo
hashab) es el verbo técnico con el que se afirma la validez de los
sacrificios (cf. Lv 7,18). El sacrificio que agrada a Dios y que hace justo al
hombre es la adhesión cotidiana de la fe.
Después Dios confirma solemnemente su compromiso con Abraham en un
atardecer misterioso y a través de un antiguo gesto de “alianza”. El rito evoca
los pactos que se hacían en el antiguo medio oriente entre un soberano y su
vasallo: los contrayentes de la alianza pasaban en medio de los animales
descuartizados que representaban la suerte que debía correr quien no cumpliera
el pacto. En hebreo “realizar” una alianza se dice “cortar un pacto”. Pues bien,
una noche, cuando el sol ya se había puesto, “un horno humeante y una antorcha
de fuego” pasaba en medio de los animales (v. 17). Era el Señor comprometiéndose
a realizar su palabra en favor del patriarca: “A tu descendencia daré esta
tierra” (v. 18). Dios se revelaba así como el gran aliado del hombre, un aliado
fiel y benéfico a través de una alianza indestructible. Aquel fuego que
iluminaba la noche de Abraham era la presencia amorosa de Dios, una presencia
que el hombre debe saber acoger día a día en la oscuridad de la
fe.
La segunda lectura (Fil 3,17-4,1) presenta dos destinos alternativos que se presentan a todo hombre. Un final de perdición, para “los enemigos de la cruz de Cristo”, cuyo dios es “el vientre” (Fil 3,18.19), aquellos que han orientado su vida según el egoísmo y la inmoralidad, y un final de gloria para los creyentes en Cristo Jesús, quien “transformará sus cuerpos frágiles en cuerpos gloriosos como el suyo” (Fil 3,21). El camino de la fe concluye con la “transfiguración” maravillosa del verdadero creyente. Por eso Pablo exhorta a los cristianos a vivir coherentemente con la fe que profesan, invitándolos a “mantenerse firmes en el Señor” (Fil 4,1), comportándose como “ciudadanos del cielo que esperan como salvador a Jesucristo el Señor” (Fil 3,20).
El evangelio (Lc
9,28b-36) de la Transfiguración, construido a la luz de
las teofanías del Antiguo Testamento, es una verdadera proclamación anticipada
de la gloria de la pascua. Todo acontece en “la montaña” (v. 28b), espacio
simbólico de la trascendencia y del mundo divino. De la misma forma que Dios “se
envuelve de luz como de un manto” (Sal 104,2), los vestidos de Jesús se
transfiguran llenos de luz resplandeciente, dejando entrever la gloria divina
presente en su persona. Lucas, a diferencia de los otros sinópticos, hace notar
que la transfiguración ocurre mientras Jesús estaba en oración (v. 29). Sólo en
el diálogo de fe y amor de la oración se produce la revelación del verdadero
rostro de Jesús y la transfiguración del creyente
La presencia
de Moisés, que simboliza la palabra de la Ley, y de Elías, que simboliza la
palabra de la profecía, indica que con Jesús la historia de la salvación ha
llegado a su culminación. Lucas describe a Jesús hablando con ellos de “su
partida que iba a cumplir en Jerusalén” (v. 31). El texto griego dice
exactamente del éxodo de Jesús, es decir, la culminación de su camino
terreno que, pasando por la muerte y la resurrección, alcanza su meta última en
la Ascensión, en donde se revela plenamente su filiación divina. En el monte, en
efecto, se deja oír la voz del Padre: “Este es mi Hijo elegido, escuchadlo” (v.
35). A los discípulos se les revela de esta forma el misterio de Jesús: él es el
Hijo. En la humillación de la carne se esconde la presencia salvadora de Dios
que libera a los hombres a través del Hijo-Siervo paciente. La Transfiguración
es, por tanto, la gran revelación del misterio de Jesús que iluminará el camino
de los discípulos a través de los siglos.
Para los
tres discípulos la experiencia fue única. Con razón Pedro exclama: “Maestro,
¡qué hermoso es estar aquí! Hagamos tres tiendas...” (v. 33). Han contemplado
por un momento la única belleza digna de amar por sí misma, la única que hay que
desear y cultivar porque será eterna; han vivido en la historia un instante de
eternidad, han probado el gozo de la comunión y del amor de Dios. Pero la
historia debe continuar. No ha llegado a su fin. Es ilusoria la petición de
Pedro. No se puede detener el tiempo, no se puede hacer permanente lo
transitorio. Hay que bajar del monte. Los tres discípulos bajaron, pero
transfigurados ellos también, con la certeza de que el camino del Maestro es el
único que lleva a la vida. Al final Jesús aparece solo (v. 36), porque solamente
él es el camino y el sentido de todo. La voz que han escuchado de parte de Dios
los invita a escucharlo y a seguirlo hacia la cruz. Sólo así podrán entrar
definitivamente en aquella gloria y en aquella hermosura que habían contemplado
y gozado anticipadamente.
La experiencia
vivida en el monte revela la gloria de Jesús. El Cristo glorioso de la
pascua, el Hijo amado del Padre, es el mismo Jesús de Nazaret que se encamina
hacia la muerte y anuncia su dolorosa pasión. La transfiguración no niega la
cruz, sino que es la revelación de su significado salvador como camino que lleva
a la vida. A través de esta experiencia Jesús fortalece la fe de sus discípulos
y los introduce en la paradoja de la pascua: una vida que llega a través de la
muerte y una gloria que no es evasión ni indiferencia frente al dolor de la
historia, sino meta y punto culminante del amor crucificado y fiel.