S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega

Isaías
62,1-5
1
Corintios12,4-11
Juan 2,1-12
La relación amorosa entre los esposos
constituye uno de los símbolos bíblicos más ricos para hablar del amor
existente entre Dios y el hombre. Desde el profeta Oseas, que en su propio
drama matrimonial intuyó en forma personal el amor fiel y misericordioso
de Dios (Os 1-3), hasta las últimas páginas del Apocalipsis, en donde la
Iglesia adornada como una esposa anhela el regreso de su Esposo Cristo (Ap
21,2; 22,7), el amor humano, la belleza, el gozo de la relación
matrimonial, constituyen un paradigma fundamental para comprender el
misterio de Dios que es amor (1Jn 4,8.16) y la vocación de la humanidad y
de cada hombre, llamado a la comunión y al diálogo con
Dios.
La primera lectura (Is 62,1-5) es
un poema dedicado a Jerusalén, la ciudad santa, que representa
simbólicamente a todo el pueblo. La ciudad es presentada como una novia
que está a punto de contraer matrimonio (v. 5). Un centinela grita
impaciente al amanecer: “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como
antorcha.” (v. 1). El canto despierta a la ciudad. Es
el día de sus bodas. Cuando finalmente sale el sol, sus rayos iluminan las
murallas y toda Jerusalén relumbra como “una corona magnífica”, “una
diadema real” (v. 3). La ciudad se parece entonces a la corona que el
esposo impone sobre la cabeza de la mujer.
El esposo es Yahvéh, el cual ofrece a su amada como dones
esponsalicios para el día de la boda, “la justicia” y la “salvación” (v.
2). Su amor por la ciudad es fiel y eterno: “Yahvéh te prefiere a ti y tu
tierra tendrá un esposo” (v. 4b). Han quedado atrás los años del exilio,
en que el pueblo ha vivido en el destierro y ha llorado la desolación de
su tierra, la miseria, el sin sentido y la muerte: “Ya no te llamarán
‘Abandonada’, ni a tu tierra ‘Desolada’” (v. 4a). No se trata de un simple
reencuentro entre el pueblo, representado simbólicamente por la
ciudad-esposa, y Dios. Es un auténtico noviazgo. Un nuevo inicio fundado
en el amor y la fidelidad recíproca: “Como un joven se casa con su novia,
así se casará contigo el que te construye (participio hebreo:
bonéh; que es mejor traducir en presente: “te construye”, que en
pasado: “te construyó”); como se alegra el esposo con su esposa, así se
alegrará tu Dios contigo” (v. 5).
La
nueva etapa histórica del pueblo y la nueva experiencia religiosa en la
que aquella se funda se concretizan en la transformación de la ciudad. Es
el “nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor” del que habla el poema
(v. 2). Un nuevo inicio que sólo Dios puede realizar. Como sabio
“constructor” coloca las bases no sólo de una nueva estructura material de
la ciudad, sino de una nueva sociedad: “Estarás fundada en la justicia,
libre de opresión, ya nada temerás, y ningún terror te inquietará” (Is
54,14). El texto termina evocando una apasionada luna de miel, fundada en
la felicidad de Dios entregado al amor de su pueblo.
La segunda lectura (1Cor 12,4-11) hace alusión a la riqueza
exuberante de los carismas presentes en la comunidad cristiana. Pablo
recuerda que los carismas, no obstante su diversidad, tienen un único
origen: “el Espíritu es el mismo”, “el Señor es el mismo”, “uno mismo
es el Dios que activa todas las cosas en todos” (vv. 4-6); en segundo
lugar, subraya la variedad y la pluralidad de la manifestación de los
carismas: “Hay diversidad de carismas”, “hay diversidad de servicios”,
“hay diversidad de actividades” (vv. 4-6); y finalmente concluye afirmando
que todos los carismas tienen una única finalidad: “A cada cual se
le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos” (v. 7).
Una bella síntesis de la teología paulina de los carismas: unidad en el
origen, pluralidad en la manifestación, unidad en la
finalidad.
No caben acá, por tanto, ni el exclusivismo integrista de algunos
grupos, ni el autoritarismo destructor, pues ambos niegan la libertad del
Espíritu, ya que la diversidad es condición de su acción; ni caben tampoco
la anarquía carismática y el desorden, pues a la raíz de todos los dones
está el único Señor que se manifiesta en la Iglesia para el bien de todos.
En los vv. 8-11 Pablo ofrece una especie de “catálogo” de carismas, aunque
obviamente no quiere decir que éstos sean los únicos o los más
importantes. Es reto permanente de la Iglesia y de cada comunidad
cristiana “poner al día” ese catálogo, descubriendo las nuevas
manifestaciones del Espíritu en cada situación histórica y según la vida y
la misión de cada comunidad. Y esto sólo es posible con oración y
discernimiento, apertura al Espíritu y lectura atenta de los
acontecimientos históricos.

El evangelio (Jn 2,1-12) es el conocido relato de las bodas
de Caná, construido como la primera lectura en torno al simbolismo
matrimonial. Es mejor comenzar el comentario por el v. 11 con el que
concluye la narración: “Así en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus
signos. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”. La
transformación del agua en vino es, por tanto, un “signo” (en griego:
sēmeion), un símbolo de una realidad misteriosa. No es un simple
milagro. Hay que hacer un esfuerzo hermenéutico para captar el significado
de lo realizado por Jesús.
En el v. 3 se insiste en la falta de vino en la boda: “Y, como
faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le
dice a Jesús su madre: no tienen vino”. Es iluminador recordar lo
que significa el vino en la tradición bíblica. En el Antiguo Testamento
representa a menudo los bienes de la nueva alianza, era uno de los
elementos esenciales del banquete mesiánico (Am 9,14; Jl 4,18; Is 25,6;
Prov 9,2.5). En el judaísmo tardío, el vino había llegado a ser uno de los
símbolos preferidos para designar la ley, especialmente la ley nueva que
tendría que enseñar un día el Mesías.
La intervención de la madre de Jesús (que el texto nunca
llama por su nombre propio, María!), prepara el momento
culminante de la acción. La respuesta de Jesús a su madre,
que ordinariamente se traduce: “¿Qué hay entre tu y yo, mujer”? (v. 4a),
es una expresión bíblica que indica un malentendido, una incomprensión
entre dos personas (Jue 11,2; 2Sam 16,10; 1 Re 17,18). La madre de Jesús
hablaba naturalmente de la falta de vino en la fiesta en Caná; Jesús, en
cambio, se sitúa en otro nivel, hace alusión a su propia misión mesiánica.
Él piensa en el “vino” en el sentido simbólico de los profetas, en los
bienes mesiánicos que acompañan su persona y que están por manifestarse en
Israel. La frase de Jesús: “no ha llegado mi hora” (v. 4b) evoca una idea
importante en el evangelio de Juan. La “hora” definitiva de Jesús es el
momento de la cruz, en donde plenamente manifestará su gloria (Jn 12,28) y
entregará el Espíritu (Jn 19,30), abriendo a la humanidad la totalidad de
los bienes mesiánicos de la salvación.
El signo de Caná es una anticipación, un desvelamiento
preliminar de la abundancia de la salvación en la cruz, en donde también
estará su Madre (Jn 19,25-27), la “mujer”, como le llama Jesús en dos
ocasiones (Jn 2,4; 19,26), ya que representa al pueblo de la nueva
alianza, a la humanidad entera. Su presencia femenina evoca a la “hija de
Sión”, a la Jerusalén-esposa mesiánica, al pueblo de Dios fiel de los
últimos tiempos (primera lectura).
El vino abundante de Caná (“¡seis tinajas de
piedra... de unos cien litros cada una”!) representa, por tanto, “la
verdad” traída por Jesús, en oposición al ritualismo estéril y al
legalismo ineficaz en que había caído la antigua alianza (Jn 1,17). La
“verdad” de Jesús, en cambio, es luz y vida (Jn 1,4). Es una verdad que
libera y transforma (Jn 8,12), es fuente de gozo y de plenitud (Jn
16,22-24). El vino, por tanto, es símbolo de Cristo mismo. Su origen, en
efecto, es misterioso (v. 9: “el mayordomo probó el vino sin saber de
dónde venía”), exactamente como se dirá después de Cristo en Jn 7,25-30
(Jn 7,28: “al que me envía, vosotros no lo conocéis”); como se dirá
también del Espíritu, que “no sabes de dónde viene, ni adónde va” (Jn
3,8). Pero también su llegada es excepcional: “Todo el
mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú,
en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora” (v. 10). Jesús es “el
último vino” en la espera del antigua alianza, pero es la presencia
perfecta, el “vino nuevo” por excelencia, signo de la plena bendición de
Dios.
En Caná no se revela tanto el poder de un ser superior, sino más
bien el amor de un Mesías que trae el gozo mesiánico a la humanidad. El
evangelio es palabra liberadora y fuente de vida para el hombre. El vino
de Jesús, misterioso y transformante, no conoce límites. Se ofrece a cada
hombre y a cada mujer en el camino de la vida como fuente de gozo y de
plenitud. El futuro de la humanidad no está en la repetición mecánica de
ritos religiosos estériles, ni en la aceptación infantil de unos fríos
dogmas, ni en la obediencia ciega a leyes y normas exteriores (“las seis
tinajas de piedra de purificación de los judíos”). El futuro del hombre y
su verdadero gozo (“el vino de Jesús”) está en la adhesión incondicional
del corazón y de la vida al Dios viviente que se ha revelado en Cristo,
esposo de toda la humanidad.
