
PRIMER DOMINGO DE CUARESMA
(Ciclo C)
S.E.R. Mons. Silvio Báez Ortega
Deuteronomio
26,4-10Romanos 10,8-13
El tiempo de
cuaresma es un momento oportuno para renovar y purificar nuestra fe como
respuesta y adhesión personal al proyecto salvador de Dios, el cual ha alcanzado
su culminación en la vida, muerte y resurrección de Cristo. La fe debe ser viva,
sólida, coherente, enraizada en la historia, despojada de dualismos e
incoherencias. Este primer domingo, las lecturas bíblicas se centran en el tema
de la confesión de la fe como reconocimiento de la acción de Dios en la
historia (primera lectura), como proclamación de la victoria de Cristo sobre la
muerte, principio de toda esperanza (segunda lectura), y como fidelidad a la
Palabra de Dios y al proyecto del reino (evangelio). La cuaresma es un llamado a
la conversión, una invitación a rectificar nuestros propios proyectos y nuestras
decisiones morales a la luz de la Palabra de Dios.
La primera lectura (Dt 26,4-10) recoge un fragmento de un antiguo “Credo
de Israel”, conservado en un texto del libro del Deuteronomio, que se remonta a
la reforma del rey Josías en el siglo VII a.C. Se trata de una auténtica
profesión de fe que refleja el camino y la experiencia religiosa del pueblo de
la Biblia a lo largo de los siglos. En el libro del Deuteronomio aparece
ambientado en el contexto de la fiesta primaveral de las primicias (vv. 4.10) y
estructurado en torno a tres artículos de fe: la vocación de los patriarcas
(Jacob, “arameo errante”), el don de la liberación después de la amarga
experiencia de Egipto, y el don de la tierra que “mana leche y miel” (vv. 5-9).
De esta estructura se puede deducir una característica fundamental de la fe
bíblica: es una fe fundamentalmente histórica. El Dios de la Biblia se ha
revelado en medio de los acontecimientos de la historia de un pueblo
insignificante en sus orígenes (“errante”) y que además vivió después oprimido y
empobrecido en Egipto, sometido a “dura esclavitud”. El grito de dolor de este
pueblo llegó hasta Dios, invocado como “Dios de nuestros padres”, el cual “vio
su miseria, su angustia y su opresión”, lo liberó de la esclavitud con “mano
fuerte y brazo poderoso” y lo condujo a “una tierra que mana leche y
miel”.
Cuando el pueblo de la Biblia quiere
expresar su fe, narra una historia, –en concreto la historia de su liberación
del yugo del faraón–, con el claro
propósito de iluminar desde esta óptica toda su historia como pueblo y el
fundamento de su experiencia religiosa. Por eso, según la Biblia, la fórmula de
fe perfecta es la proclamación de las acciones liberadoras de Dios en favor de
su pueblo, la más alta oración es el himno y la alabanza que celebra las grandes
obras de Dios, y la forma más genuina de moral es el compromiso cotidiano por
luchar contra toda esclavitud que se oponga al proyecto liberador de Dios en
favor de los hombres.
La segunda lectura (Rom
10,8-13) es un espléndido “Credo cristiano”, que se remonta probablemente
a los mismos inicios del cristianismo y que Pablo retoma en la Carta a los
Romanos. En él se proclama el acontecimiento central de la fe de la Iglesia, “la
palabra de la fe que nosotros anunciamos” (v. 8): el misterio pascual de Cristo.
En el texto la Pascua se expresa con dos “esquemas teológicos” sinónimos: el
esquema de exaltación (“Jesús es Señor”) y el esquema de resurrección (“Dios lo
ha resucitado de entre los muertos”). Con dos lenguajes diversos se expresa el
mismo mensaje pascual. En el primer esquema la Pascua es el evento que revela el
misterio de divinidad y de gloria escondidos en el “siervo” Jesús, a quien el
creyente reconoce como “Señor” y “Salvador”. En el segundo esquema, la
Resurrección de Jesús subraya con
mayor fuerza la continuidad entre Jesús de Nazaret y el Cristo Resucitado: Dios
ha resucitado a Jesús, confirmando su palabra y su historia como la culminación
de la historia de la salvación, e inaugurando en él la renovación absoluta de
toda la creación, que en el Hijo es redimida y
santificada.
La fe pascual proclamada por la
Iglesia es abierta a todos, judíos y griegos, pero debe ser creída con “el
corazón”, es decir, aceptada desde lo más íntimo del hombre como fundamento de
la propia existencia, y al mismo tiempo proclamada con “la boca”, es decir,
testimoniada y profesada exteriormente con la propia vida. Es a través de esta
profesión global de la fe que nace la salvación: “Si proclamas con tu boca que
Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los
muertos te salvarás” (Rom 10,9), pues “todo el que invoque el nombre del Señor
se salvará” (Rom 10,13).
El evangelio (Lc 4,1-13) nos relata una dimensión misteriosa pero
real en la vida y en el ministerio de Jesús: la tentación. Esta página
evangélica es ante todo un documento teológico, que ha sido compuesto y
transmitido no para informarnos acerca de un episodio de la vida de Jesús, sino
para hacernos comprender el modo con que el Hijo de Dios comprendió su misión
mesiánica. Los evangelistas quieren subrayar el hecho de la tentación, no
el modo concreto con que se presentó en la vida de Jesús. El lenguaje del
relato es claramente antropomórfico y simbólico, con elementos maravillosos que
no se deben interpretar literalmente y constituye solamente el marco narrativo
para presentar una dimensión misteriosa de la existencia del Mesías.
En realidad, la tentación no es una
instigación al mal, ni constituye de por sí un pecado, sino que constituye un
momento imprescindible en la vida de todo hombre, a través del cual se someten a
prueba la propia identidad y las propias opciones. La tentación pertenece al
camino humano. El texto evangélico también es, en cierto modo, una
proclamación de fe: a la confianza inquebrantable de Cristo en la Palabra
de Dios, con la cual elabora todas sus respuestas al diablo, se une la fe de la
Iglesia que reconoce en Jesús al Mesías de Dios.
El relato de las tentaciones en
Lucas aparece íntimamente unido a la presentación de la genealogía que el
evangelista ha hecho de Jesús al final del capítulo tres, la cual concluye con
la mención de “Adán” (Lc 3,38). El hecho de que Jesús sea descendiente de Adán
nos hace recordar la tentación del jardín de Edén en Génesis 3, prototipo de
toda tentación, incluida la de Jesús. A diferencia de Adán, Jesús supera la
prueba demostrando su adhesión obediente y filial a Dios en forma
inquebrantable. El escenario de las tentaciones también tiene su importancia:
Jesús está en el desierto, adonde ha sido conducido por el Espíritu (v. 1). El
desierto recuerda el camino de purificación de Israel, constantemente tentado de
volver a Egipto y poniendo en duda muchas veces la bondad de Dios. El desierto
es lugar de tentación, de auto comprensión de la propia identidad, pero también
espacio para afirmar la fidelidad en Dios como único absoluto. Jesús pasa allí
cuarenta días (v. 2), un período de tiempo que recuerda los cuarenta años de
Israel caminando por el desierto, los cuarenta días de Moisés en el monte Sinaí
antes de recibir los diez mandamientos (Ex 34,28) y los cuarenta días de camino
de Elías hacia el monte Horeb al encuentro con Dios. Es un tiempo decisivo, un
período de prueba y de preparación. Jesús ayuna, privándose del alimento
necesario, expresando así su confianza y su obediencia en Dios, como único dador
de todos los bienes (Dt 8,1-3). El evangelio habla de un agente externo de la
tentación y lo llama “diablo”, en griego diabolos, es decir, el que
divide y separa. El diablo representa toda realidad que invita al hombre a tomar
un camino que lo aleja de los caminos del Señor y de su proyecto de
salvación.
Las “tres” tentaciones de Jesús no
son sino una sola: la tentación de abandonar el mesianismo humilde y obediente
en favor de los hombres y emprender un camino de gloria, de poder y de
autosuficiencia humana. La invitación perversa a transformar la piedra en pan
corresponde a la seducción del mesianismo económico, que se reduce a la
mera satisfacción de las necesidades materiales del pueblo, sirviéndose de los
más pobres para el propio interés (cf. Jn 6,14-15); la segunda tentación, cuando
Jesús es conducido a un punto alto para ver todos los reinos sobre los cuales
habría tenido dominio, corresponde al mesianismo político, que se reduce
a la lucha por el poder terreno en este mundo, dominando y venciendo a los
enemigos. Jesús se sirve de la Escritura para vencer el dramático momento. A la
primera tentación responde afirmando su total fidelidad a Dios: “No sólo de pan
vive el hombre” (Dt 8,3); a la segunda, proclamando la soberanía única y
absoluta de Dios: “Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él rendirás culto” (Dt 6,13).
La suprema prueba mesiánica es la
tercera, que tiene como escenario precisamente Jerusalén, la ciudad hacia la
cual se orienta todo el evangelio de Lucas y el mismo camino de Jesús (Lc
9,51ss; Lc 23,35-43). A Jesús se le sugiere realizar un salto grandioso desde el
pináculo del Templo en Jerusalén, es decir, que lleve adelante un mesianismo
espectacular, hecho de prodigios extraordinarios que lo llevaran a la fama y
a la gloria personal. Esta es la verdadera “última tentación” de Jesús: rechazar
su destino último, es decir, la llegada de la salvación a través de la pobreza
extrema de la cruz. Jesús renunciaría así a su perfecta confianza-obediencia al
Padre. Sin embargo, Jesús respetando la libertad soberana de Dios y de su
proyecto salvador, pronuncia el “sí” definitivo al Padre y se abandona
totalmente a su destino. Para Lucas, el terror a la muerte es la tentación
máxima que Jesús superará, como queda confirmado por el relato de la pasión. El
texto, en efecto, dice que “el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno”
(v. 13), es decir, hasta el momento del sufrimiento y de la angustia de la
pasión, que Lucas llamará “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53),
cuando “Satanás había entrado en Judas Iscariote” (Lc 22,3). Jesús se mantiene
firme proclamando su fidelidad absoluta y su confianza inquebrantable en los
caminos del Padre: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc
4,12).
Jesús llega a convertirse así en el
emblema luminoso de la fe bíblica, es decir, en modelo de adhesión plena y total
a Dios y a su voluntad. Las tentaciones de Jesús recapitulan la historia de Adán
y la historia de Israel, que en vez de mantenerse fieles a Dios se rebelaron. El
relato, sin embargo, alude también al futuro de la comunidad cristiana. Este
texto no pretende sólo informar al lector acerca de las pruebas sufridas por
Jesús, sino que es una página de catequesis que nos invita a estar atentos para
no caer en las actuales tentaciones del poder, del materialismo y de la religión
construida sobre la base de milagros espectaculares y de sentimentalismos
estériles. El evangelio de hoy nos exhorta a una fe fuerte, basada en la Palabra
de Dios y expresada en la obediencia y la confianza a los caminos de Dios en
nuestra vida.