UNA FE CONVINCENTE:
Presentar a Jesús, dar a conocer a Jesús
Pbro. Herling
Hernández
La ausencia de una fe convincente en
nuestras parroquias y en primer lugar en muchos
de nuestros hogares hace que ha algunas personas, no les sea, atractivo,
para nada,
una vida religiosa, la Iglesia, la fe: “no conocía todavía al
Señor” (1 Sam 3,7).
¿Dónde están los padres y padrinos de ese niño o esa niña que un día
consagraron
al Señor? Quedan muchos de ellos abandonados en su fe. Pregunte a los
niños de
primera comunión el 8 de diciembre del 2008, ¿Por qué muchos
niños después que dan
su primera comunión no vuelven a venir mas a misa?
Y una niña
con una voz fuerte y
elocuente me contesto: “porque nuestros padres no vienen a misa”.
Por eso, cuando
llegan a joven, la fe se les hace algo extraño, no encuentran una razón
contundente,
razonable, convincente, no lo es para su familia, no lo puede ser para
él, las más
generosas, son aquellas de bautizos, comuniones, bodas, sepelios:
¿qué convincente
puede ser esta fe para un joven? Esta fe no sirve para la vida.
Hay una inquietud, un
deseo, una curiosidad a la que muchas veces no sabemos responder, y no
siempre esa
curiosidad es satisfecha de la mejor manera, es aquí donde el ser humano
corre el
riesgo en no distinguir ente lo bueno y lo malo: ¡no hay buenos
maestros!, ¡no hay
buenos modelos!.
Los cristianos tenemos una gran responsabilidad de ayudar a los demás a
escuchar la
voz del Señor ¿pero como hacerlo? Si, nosotros mismos no la escuchamos.
Elí se nos
presenta como aquel que sabe ayudar a los demás, al joven Samuel. Dios
nos hace sus
colaboradores en la vida de los demás. Los sacerdotes debemos estar
preparados a
ayudar a los demás, por una vocación particular, pero no exclusiva,
porque todo
cristiano tiene una misión: Dios te ha puesto en un lugar especial, para
realizar esta
misión: en una familia, en una escuela, en una universidad, en un
hospital, en un
centro de salud, en el mercado, en un servicio publico etc.; donde se
encuentra un
cristiano, allí se encuentra su misión: presentar a Jesús, dar a conocer
a Jesús.
Hay que aprovechar la disponibilidad de aquellos que quieren escuchar;
pero muy
pocas veces queremos hablar de Dios y hablar con Dios; nosotros mismos
tenemos
que interiorizar la palabra de Dios. Difícilmente podemos hablar de Dios
y hablar
con Dios, sino hay disposición, sino interiorizamos su palabra, se ve
que Elí hablaba
con Dios y por eso hablaba de Dios. Hay un primer momento que le
corresponde al
cristiano hablar de Dios, luego es Dios quien hace el resto; después
viene la repuesta
personal: la vocación. <El señor se presentó y le llamo como antes:
¡Samuel, Samuel!
El respondió: “habla que tu siervo escucha”> (1Sam 3,10).
El Papa Juan Pablo II en su libro: “Don y misterio”
relata como algunas personas
influyeron en su decisión de hacerse sacerdote. Con los obreros de las
canteras
recuerda a Franciszek Labus: “se dirigía a mi con palabras de
este tipo: Karol tú
beberías ser sacerdote”. También su familia influirá machísimo,
especialmente su
padre, recuerda: “La preparación para el sacerdocio, recibida en el
seminario,
fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su
vida y su
ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que
enviudó
muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi
madre:
apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia clara de la
contribución,
seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa.
Después de su muerte y,
a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con
mi padre
que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente
su vida,
que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida
fue de
constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y
encontraba a mi
padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial.
Entre nosotros
no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en
cierto modo
el primer seminario, una especie de seminario doméstico”.
Que buscamos nosotros en esta vida, fama, dinero, éxitos, para algunos
Dios no
interesa mas, la sociedad cada vez mas quiere apartar a Dios de sus
vidas, como
la noticia de algunos días donde en autobuses de Inglaterra y España se
leía:
“probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de
la vida”. El
que se olvida de Dios o la hace a un lado, no le queda otra cosa que
permitirse
todo, no le importa lo que Dios diga. Sin Dios solo vamos a encontrar
nuestra
ruina, busquémoslo y encontraremos la verdadera felicidad: Cristo Jesús.
El
Papa Juan Pablo II dijo a los jóvenes de suiza en un encuentro que tuvo
con
ellos:
El cristianismo es una persona: Jesús
No se trata de simples palabras: es Jesús mismo,
el Verbo de Dios encarnado,
quien está delante de vosotros. Él es "la luz verdadera que ilumina a
todo hombre"
(Jn 1, 9), la verdad que nos hace libres (cf. Jn 14, 6), la vida que el
Padre nos da
en abundancia (cf. Jn 10, 10). El cristianismo no es un simple libro de
cultura o
una ideología; y ni siquiera es sólo un sistema de valores o de
principios, por
más elevados que sean. El cristianismo es una persona, una presencia, un
rostro:
Jesús, el que da sentido y plenitud a la vida del hombre.
No tengáis miedo de encontraros con Jesús Pues bien, yo os digo a
vosotros,
queridos jóvenes: No tengáis miedo de encontraros con Jesús. Más aún,
buscadlo
en la lectura atenta y disponible de la sagrada Escritura y en la
oración personal
y comunitaria; buscadlo participando de forma activa en la Eucaristía.
Buscar a Cristo acudiendo a la Confesión Buscadlo acudiendo a un
sacerdote
para el sacramento de la reconciliación; buscadlo en la Iglesia, que se
manifiesta
a vosotros en los grupos parroquiales, en los movimientos y en las
asociaciones;
buscadlo en el rostro del hermano que sufre, del necesitado, del
extranjero.
También yo tuve 20 años
También yo, como vosotros, tuve veinte años. Me
gustaba hacer deporte, esquiar,
declamar. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos e inquietudes. En aquellos
años,
ya lejanos, en tiempos en que mi patria se hallaba herida por la guerra
y luego
por el régimen totalitario, buscaba dar un sentido a mi vida. Lo
encontré siguiendo
al Señor Jesús.
Qué vas a hacer con tu vida
La juventud es el momento en que también tú,
querido muchacho, querida muchacha,
te preguntas qué vas a hacer con tu existencia, cómo puedes contribuir a
hacer que
el mundo sea un poco mejor, cómo puedes promover la justicia y construir
la paz.
Escuchar a Dios
Esta es la segunda invitación que te
dirijo: ¡Escucha!". No te canses de entrenarte en
la difícil disciplina de la escucha. Escucha la voz del Señor, que te
habla a través de
los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los
sufrimientos que
la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a
través de la
voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de
belleza.
Podrás formar una familia
Y podrás formar una familia, fundada en el
matrimonio como pacto de amor entre un
hombre y una mujer que se comprometen a una comunión de vida estable y
fiel.
Podrás afirmar con tu testimonio personal que, a pesar de las
dificultades y los
obstáculos, se puede vivir en plenitud el matrimonio cristiano como
experiencia
llena de sentido y como "buena nueva" para todas las familias.
Podrás entregar el corazón por entero a
Dios
Y si Dios te llama, podrás ser sacerdote,
religioso o religiosa, entregando con corazón
indiviso tu vida a Cristo y a la Iglesia, transformándote así en signo
de la presencia
amorosa de Dios en el mundo de hoy. Podrás ser, como muchos otros antes
que tú,
apóstol intrépido e incansable, vigilante en la oración, alegre y
acogedor en el servicio
a la comunidad.
No tengas miedo: Dios no se deja vencer
en generosidad
Sí, también tú podrías ser uno de ellos. Sé muy
bien que ante esta propuesta titubeas.
Pero te digo. ¡No tengas miedo! Dios no se deja vencer en generosidad.
Después de
casi sesenta años de sacerdocio, me alegra dar aquí, ante todos
vosotros, mi testimonio:
¡es muy hermoso poder consumirse hasta el final por la causa del reino
de Dios!
Ponte en camino: ¡ha llegado el tiempo de
la acción!
Os quiero hacer una tercera invitación: … "¡Ponte
en camino!". No te limites a discutir;
no esperes para hacer el bien las ocasiones que tal vez no se presenten
nunca. ¡Ha
llegado el tiempo de la acción!
En los albores de este tercer milenio, también vosotros, jóvenes, estáis
llamados a
proclamar el mensaje del Evangelio con el testimonio de vuestra vida. La
Iglesia
necesita vuestras energías, vuestro entusiasmo, vuestros ideales
juveniles, para
hacer que el Evangelio impregne el entramado de la sociedad y suscite
una
civilización de auténtica justicia y de amor sin discriminaciones.
Hoy, más que nunca, en un mundo a menudo sin luz y sin la valentía de
ideales
nobles, no es tiempo para avergonzarse del Evangelio (cf. Rm 1, 16). Más
bien,
es tiempo de proclamarlo desde las terrazas (cf. Mt 10, 27).
Llevad en vuestras manos la cruz de Cristo; en vuestros labios, las
palabras de
vida; y en vuestro corazón, la gracia salvadora del Señor resucitado.
¡Levántate!
Es Cristo quien te habla. ¡Escúchalo!
El Papa reza por vosotros
Queridos jóvenes amigos, sabed que el Papa os
ama, os acompaña con su oración
diaria, cuenta con vuestra colaboración para el anuncio del Evangelio y
os anima
con confianza en el camino de la vida cristiana.
Formar generaciones de jóvenes apóstoles
valientes
La Iglesia es misión. También hoy necesita
"profetas" capaces de despertar en las
comunidades la fe en el Verbo revelador del Dios rico en misericordia
(cf. Ef 2, 4).
Ha llegado el tiempo de preparar a generaciones jóvenes de apóstoles que
no
tengan miedo de anunciar el Evangelio. Para todo bautizado es esencial
pasar de
una fe rutinaria a una fe madura, que se manifieste en opciones
personales claras,
convencidas y valientes.