El Sacerdote
Oración por los Sacerdotes
 
Señor Jesús,
presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus Sacerdotes,
haz que sus palabras sean solo las tuyas,
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.

Que ellos sean los hombres
que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.

Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia
como Ella quiere ser servida.

Que sean hombres,
testigos del eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia
con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.

Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría
del don recibido.

Te lo pido por San Juan María Vianney
Patrono de todos los Sacerdotes
y por tu Madre la Santísima Virgen María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida
de tus sacerdotes.
Amen.
 
 
La Figura del Sacerdote
 

Cuando se piensa que solamente un sacerdote puede perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde
confesionario, Dios, obligado por su propia palabra, lo ata en el Cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios...
 
Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, realizó un milagro más grande que la creación del Universo
con todos sus esplendores, y fue convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre para alimentar al mundo, y que este portento,
ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.
 
Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico,
más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.
 
Cuando se piensa que un sacerdote, cuando celebra en el altar, tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no
es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese pan y ese vino, y que eso puede ocurrir,
porque están escaseando las vocaciones sacerdotales, y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra,
como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes aullarán de hambre y de angustia, y pedirán ese Pan, y no
habrá quien se lo dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el
mayor de los espantos.
 
Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.
 
Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo,
una vocación sacerdotal...
 
Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se reflejaba en las leyes.
 
Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.
 
Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.
 
Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título
de nobleza incomparable.
 
Uno comprende que más que una iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado...
 
Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor,
costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre, que
durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la Tierra y que todos los santos del Cielo, pues será
Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo.

 
 
 
Guarda, Señor, a tus Sacerdotes que todos los días te inmolan en el altar.
Protégelos, porque sin ser del mundo, han de vivir en él. Cuando los placeres
mundanos les seduzcan, sácialos con las delicias de tu Corazón. Defiéndelos
y consuélalos en las horas de amargura cuando crean estéril toda su vida de
sacrificio por las almas; atráelos, porque no tienen más que a Ti
Presérvalos inmaculados como la Hostia Santa que diariamente estrechan
en sus manos. Bendice todos sus pensamientos, palabras y obras.
Amén.
   
 

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