Carta Encíclica: Caritas In Veritate
     
 




CARTA ENCÍCLICA

CARITAS IN VERITATE

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XVI

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS

A TODOS LOS FIELES LAICOS

Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

SOBRE EL DESARROLLO

HUMANO INTEGRAL

EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD

   

INTRODUCCIÓN

1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y,

sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico

desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor -«caritas»- es una fuerza

extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en

el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor

eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que

Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su

verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto, defender la verdad,

proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e

insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres

perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los

abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y

en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones

humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de

amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la

caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a

nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn

14,6).

 

2. La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las

responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que,

según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da

verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el

principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo,

sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y

políticas. Para la Iglesia -aleccionada por el Evangelio-, la caridad es todo porque, como

enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica

«Dios es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere

forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a

los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.

Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la

caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en

cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico, cultural,

político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma

fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De

aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San

Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y

complementario, de «caritas in veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad

en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la

caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad,

iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su

capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo

de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la

verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola.

 

3. Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como

expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las

relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la

caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la

caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la

inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su

significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero

sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena

arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil

de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se

abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la

caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y

sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la

verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el

Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógos»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.

 

4. Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en

toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es «lógos»

que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los

hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de

las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas.

La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el lógos del amor: éste es el

anuncio y el testimonio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural actual, en el

que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad

lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento

útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero

desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir

fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia

social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un verdadero y propio

lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido

y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo

humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad.

 

5. La caridad es amor recibido y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su origen es el amor que

brota del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor que desde el Hijo desciende

sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros somos; es amor redentor, por el cual

somos recreados. Es el Amor revelado, puesto en práctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y

«derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres,

destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse

ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes

de caridad.

La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida.

Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la

sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva

y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la

historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la

vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución

adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad,

necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta

verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y

responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de

lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una

sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales.

 

6. «Caritas in veritate» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un

principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo

volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el

compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el

bien común.

Ante todo, la justicia. Ubi societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio de

justicia. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al

otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le

corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin

haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a

los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la

caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable

de la caridad»[1], intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo

Pablo VI, su «medida mínima»[2], parte integrante de ese amor «con obras y según la

verdad» (1 Jn 3,18), al que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la caridad exige la

justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los

pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y la

justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la

entrega y el perdón[3]. La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de

derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y

de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones

humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el

mundo.

 

7. Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer

su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con

el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros»,

formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad

social[4]. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman

parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de

modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y

caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto

de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que

se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente,

cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades

reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades

de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional -también política, podríamos decir- de la

caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra

directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis. El

compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia

superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de

la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo,

prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y

sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal

hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de

globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la

familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones[5], dando así forma

de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una

anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras.

 

8. Al publicar en 1967 la Encíclica Populorum progressio, mi venerado predecesor Pablo

VI ha iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y

la luz suave de la caridad de Cristo. Ha afirmado que el anuncio de Cristo es el primero y

principal factor de desarrollo[6] y nos ha dejado la consigna de caminar por la vía del

desarrollo con todo nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia[7], es decir, con el

ardor de la caridad y la sabiduría de la verdad. La verdad originaria del amor de Dios, que

se nos ha dado gratuitamente, es lo que abre nuestra vida al don y hace posible esperar

en un «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[8], en el tránsito «de

condiciones menos humanas a condiciones más humanas»[9], que se obtiene venciendo

las dificultades que inevitablemente se encuentran a lo largo del camino.

A más de cuarenta años de la publicación de la Encíclica, deseo rendir homenaje y honrar

la memoria del gran Pontífice Pablo VI, retomando sus enseñanzas sobre el desarrollo

humano integral y siguiendo la ruta que han trazado, para actualizarlas en nuestros días.

Este proceso de actualización comenzó con la Encíclica Sollicitudo rei socialis, con la que

el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso conmemorar la publicación de la Populorum

progressio con ocasión de su vigésimo aniversario. Hasta entonces, una conmemoración

similar fue dedicada sólo a la Rerum novarum. Pasados otros veinte años más, manifiesto

mi convicción de que la Populorum progressio merece ser considerada como «la Rerum

novarum de la época contemporánea», que ilumina el camino de la humanidad en vías de

unificación.

 

9. El amor en la verdad -caritas in veritate- es un gran desafío para la Iglesia en un mundo

en progresiva y expansiva globalización. El riesgo de nuestro tiempo es que la

interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la

interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo

realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es

posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El

compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura

sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza

del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano

a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.

La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer[10] y no pretende «de ninguna manera

mezclarse en la política de los Estados»[11]. No obstante, tiene una misión de verdad que

cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de

su dignidad y de su vocación. Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la

vida, incapaz de elevarse sobre la praxis, porque no está interesada en tomar en

consideración los valores -a veces ni siquiera el significado- con los cuales juzgarla y

orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía

de libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso la

Iglesia la busca, la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para

la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensión

singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad, de

cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia la acoge, recompone en

unidad los fragmentos en que a menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida

concreta siempre nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos[12].

 

CAPÍTULO PRIMERO

EL MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO

 

10. A más de cuarenta años de su publicación, la relectura de la Populorum progressio

insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad, considerándolo en el

ámbito del magisterio específico de Pablo VI y, más en general, dentro de la tradición de

la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar después los diversos términos en que

hoy, a diferencia de entonces, se plantea el problema del desarrollo. El punto de vista

correcto, por tanto, es el de la Tradición de la fe apostólica[13], patrimonio antiguo y

nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería un documento sin raíces y las

cuestiones sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos sociológicos.

 

11. La publicación de la Populorum progressio tuvo lugar poco después de la conclusión

del Concilio Ecuménico Vaticano II. La misma Encíclica señala en los primeros párrafos su

íntima relación con el Concilio.[14] Veinte años después, Juan Pablo II subrayó en la

Sollicitudo rei socialis la fecunda relación de aquella Encíclica con el Concilio y, en

particular, con la Constitución pastoral Gaudium et spes[15]. También yo deseo recordar

aquí la importancia del Concilio Vaticano II para la Encíclica de Pablo VI y para todo el

Magisterio social de los Sumos Pontífices que le han sucedido. El Concilio profundizó en

lo que pertenece desde siempre a la verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al

servicio de Dios, está al servicio del mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía

precisamente de esta visión para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda

la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a

promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un papel público que no se agota en sus

actividades de asistencia o educación, sino que manifiesta toda su propia capacidad de

servicio a la promoción del hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un

régimen de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y

persecuciones, o también limitada cuando se reduce la presencia pública de la Iglesia

solamente a sus actividades caritativas. La segunda verdad es que el auténtico desarrollo

del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus

dimensiones[16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este

mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de

reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar

disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la

caridad universal exige. El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas,

así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se

ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la

humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado

una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el

objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no

bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta

que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este

desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o

se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la

presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado.

Por lo demás, sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo

solamente al otro»[17], sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir

verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro y preocuparse por

el otro»[18].

 

12. La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa un

fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo precedieron,

puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la

Iglesia[19]. En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina social de la

Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales pontificias categorías extrañas a ella, no

contribuyen a clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra

postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo

siempre nueva[20]. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la

enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo

el corpus doctrinal en su conjunto[21]. Coherencia no significa un sistema cerrado, sino

más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida. La doctrina social de la Iglesia ilumina

con una luz que no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo[22]. Eso

salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este «patrimonio»

doctrinal[23] que, con sus características específicas, forma parte de la Tradición siempre

viva de la Iglesia[24]. La doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido

por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado después por los

grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se remite en definitiva al hombre nuevo, al

«último Adán, Espíritu que da vida» (1 Co 15,45), y que es principio de la caridad que «no

pasa nunca» (1 Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la

vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la paz. En ella se expresa la tarea

profética de los Sumos Pontífices de guiar apostólicamente la Iglesia de Cristo y de

discernir las nuevas exigencias de la evangelización. Por estas razones, la Populorum

progressio, insertada en la gran corriente de la Tradición, puede hablarnos todavía hoy a

nosotros.

 

13. Además de su íntima unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum

progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y, en

particular, con su magisterio social. Sus enseñanzas sociales fueron de gran relevancia:

reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad

según libertad y justicia, en la perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por

el amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había hecho mundial [25]

y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la unificación de la humanidad y el

ideal cristiano de una única familia de los pueblos, solidaria en la común hermandad.

Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el corazón del mensaje social

cristiano y propuso la caridad cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo.

Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre contemporáneo el amor de

Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones éticas importantes, sin ceder a las

debilidades culturales de su tiempo.

 

14. Con la Carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI trató luego el tema

del sentido de la política y el peligro que representaban las visiones utópicas e ideológicas

que comprometían su cualidad ética y humana. Son argumentos estrechamente unidos

con el desarrollo. Lamentablemente, las ideologías negativas surgen continuamente.

Pablo VI ya puso en guardia sobre la ideología tecnocrática[26], hoy particularmente

arraigada, consciente del gran riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo sólo a la

técnica, porque de este modo quedaría sin orientación. En sí misma considerada, la

técnica es ambivalente. Si de un lado hay actualmente quien es propenso a confiar

completamente a ella el proceso de desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideologías

que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, considerándolo radicalmente

antihumano y que sólo comporta degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no

sólo el modo erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino también los

descubrimientos científicos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de

crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo expresa

desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave error despreciar las

capacidades humanas de controlar las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el

hombre tiende constitutivamente a «ser más». Considerar ideológicamente como absoluto

el progreso técnico y soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su estado de

naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoración

moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad.

 

15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque no tan estrechamente relacionados con la

doctrina social -la Encíclica Humanae vitae, del 25 de julio de 1968, y la Exhortación

apostólica Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975- son muy importantes para

delinear el sentido plenamente humano del desarrollo propuesto por la Iglesia. Por tanto,

es oportuno leer también estos textos en relación con la Populorum progressio.

La Encíclica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la

sexualidad, poniendo así como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos,

hombre y mujer, que se acogen recíprocamente en la distinción y en la

complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida[27]. No se trata de una moral

meramente individual: la Humanae vitae señala los fuertes vínculos entre ética de la vida

y ética social, inaugurando una temática del magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a

poco en varios documentos y, por último, en la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo

II[28]. La Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la vida y ética social,

consciente de que «no puede tener bases sólidas, una sociedad que -mientras afirma

valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz- se contradice radicalmente

aceptando y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida

humana, sobre todo si es débil y marginada»[29].

La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi guarda una relación muy estrecha con el

desarrollo, en cuanto «la evangelización -escribe Pablo VI- no sería completa si no tuviera

en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el

Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre»[30]. «Entre evangelización y

promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes»[31]:

partiendo de esta convicción, Pablo VI aclaró la relación entre el anuncio de Cristo y la

promoción de la persona en la sociedad. El testimonio de la caridad de Cristo mediante

obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo,

que nos ama, le interesa todo el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda

el aspecto misionero [32] de la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de

evangelización[33]. Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente

imprescindible para educarse en ella.

 

16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el

progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios, cada

hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es

una vocación»[34]. Esto es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la

problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del

hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al

descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él.

Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum[35], era consciente de cumplir un deber

propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de

su tiempo[36].

Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de

una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí

mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación» aparece de nuevo en otro pasaje de

la Encíclica, donde se afirma: «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se

abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la

vida humana»[37]. Esta visión del progreso es el corazón de la Populorum progressio y

motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la caridad en el

desarrollo. Es también la razón principal por lo que aquella Encíclica todavía es actual en

nuestros días.

 

17. La vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El

desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos:

ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la

responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados de

ilusiones»[38] basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión

trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa

seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre,

reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una

vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Pablo VI

no tiene duda de que hay obstáculos y condicionamientos que frenan el desarrollo, pero

tiene también la certeza de que «cada uno permanece siempre, sean los que sean los

influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito o de su fracaso»[39]. Esta

libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo, también

a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una necesidad

histórica, sino que dependen de la responsabilidad humana. Por eso, «los pueblos

hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos»[40]. También

esto es vocación, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una

responsabilidad común. Pablo VI percibía netamente la importancia de las estructuras

económicas y de las instituciones, pero se daba cuenta con igual claridad de que la

naturaleza de éstas era ser instrumentos de la libertad humana. Sólo si es libre, el

desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable

puede crecer de manera adecuada.

 

18. Además de la libertad, el desarrollo humano integral como vocación exige también

que se respete la verdad. La vocación al progreso impulsa a los hombres a «hacer,

conocer y tener más para ser más»[41]. Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A

esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico

desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el

hombre»[42]. En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que, más aún

que en la sociedad de Pablo VI, se proponen también en la de hoy, la visión cristiana tiene

la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la persona humana y el

sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción

de todos los hombres y de todo el hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para

nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad

entera»[43]. La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o

posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de los cristianos, que ciertamente se han

dado y también hoy se dan, junto con sus naturales limitaciones[44], sino sólo en Cristo, al

cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano integral. El Evangelio es

un elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma revelación del

misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[45].

Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, los

interpreta y ofrece al mundo «lo que ella posee como propio: una visión global del hombre

y de la humanidad»[46]. Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al

hombre[47], el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para realizar el

propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el

hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central

de la Populorum progressio, válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el

plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador[48], requiere su

autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al hombre] su mayor plenitud;

ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal»[49]. Por tanto, la vocación cristiana a

dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por

el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural,

la finalidad y el "bien", empieza a disiparse»[50].

 

19. Finalmente, la visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la

caridad. En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del

subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras

dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende

de los deberes de la solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe

orientar adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta

«pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al

hombre moderno hallarse a sí mismo»[51]. Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene

una causa más importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad

entre los hombres y entre los pueblos»[52]. Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez

los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos,

pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los

hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la

hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos

ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo

VI, presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en lo más

alto, después de haber mencionado la fe, «la unidad de la caridad de Cristo, que nos

llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los

hombres»[53].

 

20. Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales

para dar vida y orientación a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos.

Además, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas[54]

y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se

actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta también por la caridad en la

verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14).

Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la

avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad

de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige

tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el

«corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia

metas plenamente humanas.

 

CAPÍTULO SEGUNDO

EL DESARROLLO HUMANO

EN NUESTRO TIEMPO

21. Pablo VI tenía una visión articulada del desarrollo. Con el término «desarrollo» quiso

indicar ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las

enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso

significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico

internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y

con buen nivel de formación; desde el punto de vista político, la consolidación de

regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz. Después de tantos años, al

ver con preocupación el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en estos

tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI

siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas. Por tanto,

reconocemos que estaba fundada la preocupación de la Iglesia por la capacidad del

hombre meramente tecnológico para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y

adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia es útil si, como medio, se

orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El

objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin

último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El desarrollo económico que

Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento real, extensible a todos y

concretamente sostenible. Es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo un factor

positivo que ha sacado de la miseria a miles de millones de personas y que, últimamente,

ha dado a muchos países la posibilidad de participar efectivamente en la política

internacional. Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha

estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis

actual ha puesto todavía más de manifiesto. Ésta nos pone improrrogablemente ante

decisiones que afectan cada vez más al destino mismo del hombre, el cual, por lo demás,

no puede prescindir de su naturaleza. Las fuerzas técnicas que se mueven, las

interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una

actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos

migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente, o la

explotación sin reglas de los recursos de la tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las

medidas necesarias para solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los

afrontados por el Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que tienen un efecto decisivo

para el bien presente y futuro de la humanidad. Los aspectos de la crisis y sus soluciones,

así como la posibilidad de un futuro nuevo desarrollo, están cada vez más

interrelacionados, se implican recíprocamente, requieren nuevos esfuerzos de

comprensión unitaria y una nueva síntesis humanista. Nos preocupa justamente la

complejidad y gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con

realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la

situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el

redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis

nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas

de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De

este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo.

Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más

que resignada.

 

22. Hoy, el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos. Los actores y las

causas, tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son múltiples, las culpas y los méritos

son muchos y diferentes. Esto debería llevar a liberarse de las ideologías, que con

frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la

dimensión humana de los problemas. Como ya señaló Juan Pablo II[55], la línea de

demarcación entre países ricos y pobres ahora no es tan neta como en tiempos de la

Populorum progressio. La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan

también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales se

empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas más pobres, algunos grupos gozan

de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo

inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue

produciendo «el escándalo de las disparidades hirientes»[56]. Lamentablemente, hay

corrupción e ilegalidad tanto en el comportamiento de sujetos económicos y políticos de

los países ricos, nuevos y antiguos, como en los países pobres. La falta de respeto de los

derechos humanos de los trabajadores es provocada a veces por grandes empresas

multinacionales y también por grupos de producción local. Las ayudas internacionales se

han desviado con frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades tanto en los donantes

como en los beneficiarios. Podemos encontrar la misma articulación de responsabilidades

también en el ámbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo y el

subdesarrollo. Hay formas excesivas de protección de los conocimientos por parte de los

países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del derecho a la propiedad

intelectual, especialmente en el campo sanitario. Al mismo tiempo, en algunos países

pobres perduran modelos culturales y normas sociales de comportamiento que frenan el

proceso de desarrollo.

 

23. Hoy, muchas áreas del planeta se han desarrollado, aunque de modo problemático y

desigual, entrando a formar parte del grupo de las grandes potencias destinado a jugar un

papel importante en el futuro. Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde

el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e

integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la

problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de

estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía

son pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas formas de explotación, las

consecuencias negativas que se derivan de un crecimiento marcado por desviaciones y

desequilibrios.

Tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas de

Europa Oriental y el fin de los llamados «bloques contrapuestos», hubiera sido necesario

un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II, quien en 1987 indicó que la

existencia de estos «bloques» era una de las principales causas del subdesarrollo[57],

pues la política sustraía recursos a la economía y a la cultura, y la ideología inhibía la

libertad. En 1991, después de los acontecimientos de 1989, pidió también que el fin de los

bloques se correspondiera con un nuevo modo de proyectar globalmente el desarrollo, no

sólo en aquellos países, sino también en Occidente y en las partes del mundo que se

estaban desarrollando[58]. Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un deber llevarlo

a cabo, tal vez aprovechando precisamente las medidas necesarias para superar los

problemas económicos actuales.

 

24. El mundo que Pablo VI tenía ante sí, aunque el proceso de socialización estuviera ya

avanzado y pudo hablar de una cuestión social que se había hecho mundial, estaba aún

mucho menos integrado que el actual. La actividad económica y la función política se

movían en gran parte dentro de los mismos confines y podían contar, por tanto, la una con

la otra. La actividad productiva tenía lugar predominantemente en los ámbitos nacionales

y las inversiones financieras circulaban de forma bastante limitada con el extranjero, de

manera que la política de muchos estados podía fijar todavía las prioridades de la

economía y, de algún modo, gobernar su curso con los instrumentos que tenía a su

disposición. Por este motivo, la Populorum progressio asignó un papel central, aunque no

exclusivo, a los «poderes públicos»[59].

En nuestra época, el Estado se encuentra con el deber de afrontar las limitaciones que

pone a su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional,

caracterizado también por una creciente movilidad de los capitales financieros y los

medios de producción materiales e inmateriales. Este nuevo contexto ha modificado el

poder político de los estados.

Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que

los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y

disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que

han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de

afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos.

Con un papel mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan

las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar

a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este sentido, es de

desear que haya mayor atención y participación en la res publica por parte de los

ciudadanos.

 

25. Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes

en tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les costará todavía más

en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro de

fuerzas profundamente transformado. El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre

todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo

coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de

adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo

en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado ha estimulado nuevas

formas de competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de

empresas extranjeras, adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la

falta de reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción

de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas

en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los

derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del

Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su

tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya

desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes

al gasto social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras

internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y

nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte de las

asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y económicos hace

que las organizaciones sindicales tengan mayores dificultades para desarrollar su tarea

de representación de los intereses de los trabajadores, también porque los gobiernos, por

razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad

de negociación de los sindicatos mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se ven

obligadas a superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la doctrina social de la

Iglesia, empezando por la Rerum novarum[60], a dar vida a asociaciones de trabajadores

para defender sus propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante

todo una respuesta pronta y de altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias

en el ámbito internacional y local.

La movilidad laboral, asociada a la desregulación generalizada, ha sido un fenómeno

importante, no exento de aspectos positivos porque estimula la producción de nueva

riqueza y el intercambio entre culturas diferentes. Sin embargo, cuando la incertidumbre

sobre las condiciones de trabajo a causa de la movilidad y la desregulación se hace

endémica, surgen formas de inestabilidad psicológica, de dificultad para crear caminos

propios coherentes en la vida, incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se

producen situaciones de deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a lo que

sucedía en la sociedad industrial del pasado, el paro provoca hoy nuevas formas de

irrelevancia económica, y la actual crisis sólo puede empeorar dicha situación. El estar sin

trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o

privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y

sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual. Quisiera recordar a todos,

en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden

económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar

es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin

de toda la vida económico-social»[61].

 

26. En el plano cultural, las diferencias son aún más acusadas que en la época de Pablo

VI. Entonces, las culturas estaban generalmente bien definidas y tenían más posibilidades

de defenderse ante los intentos de hacerlas homogéneas. Hoy, las posibilidades de

interacción entre las culturas han aumentado notablemente, dando lugar a nuevas

perspectivas de diálogo intercultural, un diálogo que, para ser eficaz, ha de tener como

punto de partida una toma de conciencia de la identidad específica de los diversos

interlocutores. Pero no se ha de olvidar que la progresiva mercantilización de los

intercambios culturales aumenta hoy un doble riesgo. Se nota, en primer lugar, un

eclecticismo cultural asumido con frecuencia de manera acrítica: se piensa en las culturas

como superpuestas unas a otras, sustancialmente equivalentes e intercambiables. Eso

induce a caer en un relativismo que en nada ayuda al verdadero diálogo intercultural; en

el plano social, el relativismo cultural provoca que los grupos culturales estén juntos o

convivan, pero separados, sin diálogo auténtico y, por lo tanto, sin verdadera integración.

Existe, en segundo lugar, el peligro opuesto de rebajar la cultura y homologar los

comportamientos y estilos de vida. De este modo, se pierde el sentido profundo de la

cultura de las diferentes naciones, de las tradiciones de los diversos pueblos, en cuyo

marco la persona se enfrenta a las cuestiones fundamentales de la existencia[62]. El

eclecticismo y el bajo nivel cultural coinciden en separar la cultura de la naturaleza

humana. Así, las culturas ya no saben encontrar su lugar en una naturaleza que las

transciende[63], terminando por reducir al hombre a mero dato cultural. Cuando esto

ocurre, la humanidad corre nuevos riesgos de sometimiento y manipulación.

 

27. En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema

inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas

víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico

epulón, como en cambio Pablo VI deseaba[64]. Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt

25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las

enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir. Además,

en la era de la globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en

una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. El

hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos

sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. Es decir, falta un sistema

de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a

la comida de manera regular y adecuada desde el punto de vista nutricional, como de

afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias

de crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la irresponsabilidad

política nacional e internacional. El problema de la inseguridad alimentaria debe ser

planteado en una perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo

provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante

inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los

mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del

mejor modo los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener

preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo

plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades locales en las

opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo. En esta perspectiva, podría ser útil

tener en cuenta las nuevas fronteras que se han abierto en el empleo correcto de las

técnicas de producción agrícola tradicional, así como las más innovadoras, en el caso de

que éstas hayan sido reconocidas, tras una adecuada verificación, convenientes,

respetuosas del ambiente y atentas a las poblaciones más desfavorecidas. Al mismo

tiempo, no se debería descuidar la cuestión de una reforma agraria ecuánime en los

países en desarrollo. El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante

para conseguir otros derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a la vida.

Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la

alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos,

sin distinciones ni discriminaciones[65]. Es importante destacar, además, que la vía

solidaria hacia el desarrollo de los países pobres puede ser un proyecto de solución de la

crisis global actual, como lo han intuido en los últimos tiempos hombres políticos y

responsables de instituciones internacionales. Apoyando a los países económicamente

pobres mediante planes de financiación inspirados en la solidaridad, con el fin de que

ellos mismos puedan satisfacer las necesidades de bienes de consumo y desarrollo de los

propios ciudadanos, no sólo se puede producir un verdadero crecimiento económico, sino

que se puede contribuir también a sostener la capacidad productiva de los países ricos,

que corre peligro de quedar comprometida por la crisis.

 

28. Uno de los aspectos más destacados del desarrollo actual es la importancia del tema

del respeto a la vida, que en modo alguno puede separarse de las cuestiones

relacionadas con el desarrollo de los pueblos. Es un aspecto que últimamente está

asumiendo cada vez mayor relieve, obligándonos a ampliar el concepto de pobreza [66] y

de subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la vida, sobre todo donde

ésta se ve impedida de diversas formas.

La situación de pobreza no sólo provoca todavía en muchas zonas un alto índice de

mortalidad infantil, sino que en varias partes del mundo persisten prácticas de control

demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia difunden la contracepción y

llegan incluso a imponer también el aborto. En los países económicamente más

desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han

condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad

antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si

fuera un progreso cultural.

Algunas organizaciones no gubernamentales, además, difunden el aborto, promoviendo a

veces en los países pobres la adopción de la práctica de la esterilización, incluso en

mujeres a quienes no se pide su consentimiento. Por añadidura, existe la sospecha

fundada de que, en ocasiones, las ayudas al desarrollo se condicionan a determinadas

políticas sanitarias que implican de hecho la imposición de un fuerte control de la

natalidad. Preocupan también tanto las legislaciones que aceptan la eutanasia como las

presiones de grupos nacionales e internacionales que reivindican su reconocimiento

jurídico.

La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se

encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la

motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del

hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida,

también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social[67]. La

acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda recíproca.

Fomentando la apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender mejor las

necesidades de los que son pobres, evitar el empleo de ingentes recursos económicos e

intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los propios ciudadanos y promover,

por el contrario, buenas actuaciones en la perspectiva de una producción moralmente

sana y solidaria, en el respeto del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a

la vida.

 

29. Hay otro aspecto de la vida de hoy, muy estrechamente unido con el desarrollo: la

negación del derecho a la libertad religiosa. No me refiero sólo a las luchas y conflictos

que todavía se producen en el mundo por motivos religiosos, aunque a veces la religión

sea solamente una cobertura para razones de otro tipo, como el afán de poder y riqueza.

En efecto, hoy se mata frecuentemente en el nombre sagrado de Dios, como muchas

veces ha manifestado y deplorado públicamente mi predecesor Juan Pablo II y yo

mismo[68]. La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los pueblos

hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual. Esto ocurre especialmente con el

terrorismo de inspiración fundamentalista[69], que causa dolor, devastación y muerte,

bloquea el diálogo entre las naciones y desvía grandes recursos de su empleo pacífico y

civil. No obstante, se ha de añadir que, además del fanatismo religioso que impide el

ejercicio del derecho a la libertad de religión en algunos ambientes, también la promoción

programada de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por parte de muchos países

contrasta con las necesidades del desarrollo de los pueblos, sustrayéndoles bienes

espirituales y humanos. Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre en cuanto,

habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad trascendente y alimenta su

anhelo constitutivo de «ser más». El ser humano no es un átomo perdido en un universo

casual[70], sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que

ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si

tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones en que vive,

si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza

destinada a transcenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de incremento o de

evolución, pero no de desarrollo. Cuando el Estado promueve, enseña, o incluso impone

formas de ateísmo práctico, priva a sus ciudadanos de la fuerza moral y espiritual

indispensable para comprometerse en el desarrollo humano integral y les impide avanzar

con renovado dinamismo en su compromiso en favor de una respuesta humana más

generosa al amor divino[71]. Y también se da el caso de que países económicamente

desarrollados o emergentes exporten a los países pobres, en el contexto de sus

relaciones culturales, comerciales y políticas, esta visión restringida de la persona y su

destino. Éste es el daño que el «superdesarrollo»[72] produce al desarrollo auténtico,

cuando va acompañado por el «subdesarrollo moral»[73].

 

30. En esta línea, el tema del desarrollo humano integral adquiere un alcance aún más

complejo: la correlación entre sus múltiples elementos exige un esfuerzo para que los

diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos, con vistas a la promoción de un

verdadero desarrollo de los pueblos. Con frecuencia, se cree que basta aplicar el

desarrollo o las medidas socioeconómicas correspondientes mediante una actuación

común. Sin embargo, este actuar común necesita ser orientado, porque «toda acción

social implica una doctrina»[74]. Teniendo en cuenta la complejidad de los problemas, es

obvio que las diferentes disciplinas deben colaborar en una interdisciplinariedad

ordenada. La caridad no excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima

desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede

reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al

hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser «sazonado» con la

«sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En

efecto, «el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las

causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con

intrepidez»[75]. Al afrontar los fenómenos que tenemos delante, la caridad en la verdad

exige ante todo conocer y entender, conscientes y respetuosos de la competencia

específica de cada ámbito del saber. La caridad no es una añadidura posterior, casi como

un apéndice al trabajo ya concluido de las diferentes disciplinas, sino que dialoga con

ellas desde el principio. Las exigencias del amor no contradicen las de la razón. El saber

humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán indicar por sí solas la

vía hacia el desarrollo integral del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la

caridad en la verdad[76]. Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de

la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe

el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.

 

31. Esto significa que la valoración moral y la investigación científica deben crecer juntas,

y que la caridad ha de animarlas en un conjunto interdisciplinar armónico, hecho de

unidad y distinción. La doctrina social de la Iglesia, que tiene «una importante dimensión

interdisciplinar»[77], puede desempeñar en esta perspectiva una función de eficacia

extraordinaria. Permite a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su

lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre. La doctrina social de la Iglesia

ejerce especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio con claridad que una

de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de pensamiento

capaz de elaborar una síntesis orientadora[78], y que requiere «una clara visión de todos

los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales»[79]. La excesiva

sectorización del saber[80], el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica[81], las

dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del

saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza

la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo caracterizan. Es

indispensable «ampliar nuestro concepto de razón y de su uso»[82] para conseguir

ponderar adecuadamente todos los términos de la cuestión del desarrollo y de la solución

de los problemas socioeconómicos.

 

32. Las grandes novedades que presenta hoy el cuadro del desarrollo de los pueblos

plantean en muchos casos la exigencia de nuevas soluciones. Éstas han de buscarse, a

la vez, en el respeto de las leyes propias de cada cosa y a la luz de una visión integral del

hombre que refleje los diversos aspectos de la persona humana, considerada con la

mirada purificada por la caridad. Así se descubrirán singulares convergencias y

posibilidades concretas de solución, sin renunciar a ningún componente fundamental de

la vida humana.

La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las

opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable

las desigualdades [83] y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al

trabajo por parte de todos, o lo mantengan. Pensándolo bien, esto es también una

exigencia de la «razón económica». El aumento sistémico de las desigualdades entre

grupos sociales dentro de un mismo país y entre las poblaciones de los diferentes países,

es decir, el aumento masivo de la pobreza relativa, no sólo tiende a erosionar la cohesión

social y, de este modo, poner en peligro la democracia, sino que tiene también un impacto

negativo en el plano económico por el progresivo desgaste del «capital social», es decir,

del conjunto de relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que son

indispensables en toda convivencia civil.

La ciencia económica nos dice también que una situación de inseguridad estructural da

origen a actitudes antiproductivas y al derroche de recursos humanos, en cuanto que el

trabajador tiende a adaptarse pasivamente a los mecanismos automáticos, en vez de dar

espacio a la creatividad. También sobre este punto hay una convergencia entre ciencia

económica y valoración moral. Los costes humanos son siempre también costes

económicos y las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos.

Además, se ha de recordar que rebajar las culturas a la dimensión tecnológica, aunque

puede favorecer la obtención de beneficios a corto plazo, a la larga obstaculiza el

enriquecimiento mutuo y las dinámicas de colaboración. Es importante distinguir entre

consideraciones económicas o sociológicas a corto y largo plazo. Reducir el nivel de

tutela de los derechos de los trabajadores y renunciar a mecanismos de redistribución del

rédito con el fin de que el país adquiera mayor competitividad internacional, impiden

consolidar un desarrollo duradero. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente las

consecuencias que tienen sobre las personas las tendencias actuales hacia una

economía de corto, a veces brevísimo plazo. Esto exige «una nueva y más profunda

reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines»[84], además de una honda

revisión con amplitud de miras del modelo de desarrollo, para corregir sus disfunciones y

desviaciones. Lo exige, en realidad, el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere

sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes en todas

las partes del mundo desde hace tiempo.

 

33. Más de cuarenta años después de la Populorum progressio, su argumento de fondo,

el progreso, sigue siendo aún un problema abierto, que se ha hecho más agudo y

perentorio por la crisis económico-financiera que se está produciendo. Aunque algunas

zonas del planeta que sufrían la pobreza han experimentado cambios notables en

términos de crecimiento económico y participación en la producción mundial, otras viven

todavía en una situación de miseria comparable a la que había en tiempos de Pablo VI y,

en algún caso, puede decirse que peor. Es significativo que algunas causas de esta

situación fueran ya señaladas en la Populorum progressio, como por ejemplo, los altos

aranceles aduaneros impuestos por los países económicamente desarrollados, que

todavía impiden a los productos procedentes de los países pobres llegar a los mercados

de los países ricos. En cambio, otras causas que la Encíclica sólo esbozó, han adquirido

después mayor relieve. Este es el caso de la valoración del proceso de descolonización,

por entonces en pleno auge. Pablo VI deseaba un itinerario autónomo que se recorriera

en paz y libertad. Después de más de cuarenta años, hemos de reconocer lo difícil que ha

sido este recorrido, tanto por nuevas formas de colonialismo y dependencia de antiguos y

nuevos países hegemónicos, como por graves irresponsabilidades internas en los propios

países que se han independizado.

La novedad principal ha sido el estallido de la interdependencia planetaria, ya

comúnmente llamada globalización. Pablo VI lo había previsto parcialmente, pero es

sorprendente el alcance y la impetuosidad de su auge. Surgido en los países

económicamente desarrollados, este proceso ha implicado por su naturaleza a todas las

economías. Ha sido el motor principal para que regiones enteras superaran el

subdesarrollo y es, de por sí, una gran oportunidad. Sin embargo, sin la guía de la caridad

en la verdad, este impulso planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta

ahora desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana. Por eso, la caridad y la

verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy vasto y complejo.

Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e

imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa «civilización del amor», de

la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura.

 

CAPÍTULO TERCERO

FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO

Y SOCIEDAD CIVIL

 

34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La

gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa

desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y

la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su

dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser

el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la

cerrazón egoísta en sí mismo, que procede -por decirlo con una expresión creyente- del

pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la

realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y

en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida,

inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de

la acción social y de las costumbres»[85]. Hace tiempo que la economía forma parte del

conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado.

Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de

eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y

la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además,

la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de

carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de

manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en

sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de

los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la

justicia que prometían. Como he afirmado en la Encíclica Spe salvi, se elimina así de la

historia la esperanza cristiana[86], que no obstante es un poderoso recurso social al

servicio del desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia. La esperanza

sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la voluntad[87]. Está ya presente en la fe,

que la suscita. La caridad en la verdad se nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta.

Al ser un don absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo que no

es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito,

su norma es sobreabundar. Nos precede en nuestra propia alma como signo de la

presencia de Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que,

como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín[88]. Incluso nuestra

propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos ha sido «dada». En

efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se

encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la

voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano»[89].

Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la

comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La

comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser

sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las

fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la

comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos

convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica

del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un

segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si

quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión

de fraternidad.

 

35. Si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la institución económica que

permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el

contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo

para satisfacer sus necesidades y deseos. El mercado está sujeto a los principios de la

llamada justicia conmutativa, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre

iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la

importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado,

no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por

la trama de relaciones en que se desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige

únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian,

no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin

formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir

plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y

esta pérdida de confianza es algo realmente grave.

Pablo VI subraya oportunamente en la Populorum progressio que el sistema económico

mismo se habría aventajado con la práctica generalizada de la justicia, pues los primeros

beneficiarios del desarrollo de los países pobres hubieran sido los países ricos[90]. No se

trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe considerar a los

pobres como un «fardo»[91], sino como una riqueza incluso desde el punto de vista

estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de

quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota

de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa promover la

emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo que está

fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces

de generarlas.

 

36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin

más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es

responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente

que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza,

de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la

redistribución, es causa de graves desequilibrios.

La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial.

Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle

al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo

comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que

el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino

por una cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado

no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y

condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal

utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se

puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas

consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no

se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y

a su responsabilidad personal y social.

La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente

humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro

de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico

no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del

hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada

éticamente.

El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo

de globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en

el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o

debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad

y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la

lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la

actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual,

pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al

mismo tiempo.

 

37. La doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las

fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y

con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y

todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así,

toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral. Lo confirman las

ciencias sociales y las tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo, tal

vez se podía confiar primero a la economía la producción de riqueza y asignar después a

la política la tarea de su distribución. Hoy resulta más difícil, dado que las actividades

económicas no se limitan a territorios definidos, mientras que las autoridades

gubernativas siguen siendo sobre todo locales. Además, las normas de justicia deben ser

respetadas desde el principio y durante el proceso económico, y no sólo después o

colateralmente. Para eso es necesario que en el mercado se dé cabida a actividades

económicas de sujetos que optan libremente por ejercer su gestión movidos por principios

distintos al del mero beneficio, sin renunciar por ello a producir valor económico. Muchos

planteamientos económicos provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que

esto es realmente posible.

En la época de la globalización, la economía refleja modelos competitivos vinculados a

culturas muy diversas entre sí. El comportamiento económico y empresarial que se

desprende tiene en común principalmente el respeto de la justicia conmutativa.

Indudablemente, la vida económica tiene necesidad del contrato para regular las

relaciones de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita igualmente leyes

justas y formas de redistribución guiadas por la política, además de obras caracterizadas

por el espíritu del don. La economía globalizada parece privilegiar la primera lógica, la del

intercambio contractual, pero directa o indirectamente demuestra que necesita a las otras

dos, la lógica de la política y la lógica del don sin contrapartida.

 

38. En la Centesimus annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática al

advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la

sociedad civil[92]. Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una

economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos ámbitos. Hoy

podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad de

múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con modalidades

específicas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la

globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y

extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas

instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de una forma concreta y profunda de

democracia económica. La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan

responsables de todos[93]; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del

Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la

gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la

gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el

cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen

fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los

diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas

organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca

interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los

comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de

la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y

organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más

allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo.

 

39. Pablo VI pedía en la Populorum progressio que se llegase a un modelo de economía

de mercado capaz de incluir, al menos tendencialmente, a todos los pueblos, y no

solamente a los particularmente dotados. Pedía un compromiso para promover un mundo

más humano para todos, un mundo «en donde todos tengan que dar y recibir, sin que el

progreso de los unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros»[94]. Así, extendía

al plano universal las mismas exigencias y aspiraciones de la Rerum novarum, escrita

como consecuencia de la revolución industrial, cuando se afirmó por primera vez la idea -

seguramente avanzada para aquel tiempo- de que el orden civil, para sostenerse,

necesitaba la intervención redistributiva del Estado. Hoy, esta visión de la Rerum

novarum, además de puesta en crisis por los procesos de apertura de los mercados y de

las sociedades, se muestra incompleta para satisfacer las exigencias de una economía

plenamente humana. Lo que la doctrina de la Iglesia ha sostenido siempre, partiendo de

su visión del hombre y de la sociedad, es necesario también hoy para las dinámicas

características de la globalización.

Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener

el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad

en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia, que no

se identifican con el «dar para tener», propio de la lógica de la compraventa, ni con el

«dar por deber», propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone

por ley. La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las

transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras

asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto

mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de

gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad,

mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la

sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad

no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el

mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco.

 

40. Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por graves

distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de

entender la empresa. Antiguas modalidades de la vida empresarial van desapareciendo,

mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de los mayores riesgos

es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente a las expectativas de los

inversores en detrimento de su dimensión social. Debido a su continuo crecimiento y a la

necesidad de mayores capitales, cada vez son menos las empresas que dependen de un

único empresario estable que se sienta responsable a largo plazo, y no sólo por poco

tiempo, de la vida y los resultados de su empresa, y cada vez son menos las empresas

que dependen de un único territorio. Además, la llamada deslocalización de la actividad

productiva puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los

interesados, como los trabajadores, los proveedores, los consumidores, así como al

medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas, que

no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de una extraordinaria movilidad.

El mercado internacional de los capitales, en efecto, ofrece hoy una gran libertad de

acción. Sin embargo, también es verdad que se está extendiendo la conciencia de la

necesidad de una «responsabilidad social» más amplia de la empresa. Aunque no todos

los planteamientos éticos que guían hoy el debate sobre la responsabilidad social de la

empresa son aceptables según la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, es cierto

que se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa

no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de

todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes,

proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia. En los

últimos años se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita de manager, que a

menudo responde sólo a las pretensiones de los nuevos accionistas de referencia

compuestos generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución. Pero

también hay muchos managers hoy que, con un análisis más previsor, se percatan cada

vez más de los profundos lazos de su empresa con el territorio o territorios en que

desarrolla su actividad. Pablo VI invitaba a valorar seriamente el daño que la trasferencia

de capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar a la propia

nación[95]. Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral, además

de económico[96]. Se ha de reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a

pesar de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna

mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no

humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se

invierte en el extranjero en vez de en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los

vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese capital y los

perjuicios que comporta para las personas el que no se emplee en los lugares donde se

ha generado[97]. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por

la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en

vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real

y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los

países necesitados de desarrollo. Tampoco hay motivos para negar que la

deslocalización, que lleva consigo inversiones y formación, puede hacer bien a la

población del país que la recibe. El trabajo y los conocimientos técnicos son una

necesidad universal. Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar

particulares condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad

local una verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y

social, factor imprescindible para un desarrollo estable.

 

41. A este respecto, es útil observar que la iniciativa empresarial tiene, y debe asumir

cada vez más, un significado polivalente. El predominio persistente del binomio mercado-

Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo

capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro. En realidad, la iniciativa

empresarial se ha de entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones

metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un

significado humano[98]. Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»[99] y por

eso es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad de dar la propia aportación a su

labor, de modo que él mismo «sea consciente de que está trabajando en algo

propio»[100]. Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo trabajador es un creador»[101].

Precisamente para responder a las exigencias y a la dignidad de quien trabaja, y a las

necesidades de la sociedad, existen varios tipos de empresas, más allá de la pura

distinción entre «privado» y «público». Cada una requiere y manifiesta una capacidad de

iniciativa empresarial específica. Para realizar una economía que en el futuro próximo

sepa ponerse al servicio del bien común nacional y mundial, es oportuno tener en cuenta

este significado amplio de iniciativa empresarial. Esta concepción más amplia favorece el

intercambio y la mutua configuración entre los diversos tipos de iniciativa empresarial, con

transvase de competencias del mundo non profit al profit y viceversa, del público al propio

de la sociedad civil, del de las economías avanzadas al de países en vía de desarrollo.

También la «autoridad política» tiene un significado polivalente, que no se puede olvidar

mientras se camina hacia la consecución de un nuevo orden económico-productivo,

socialmente responsable y a medida del hombre. Al igual que se pretende cultivar una

iniciativa empresarial diferenciada en el ámbito mundial, también se debe promover una

autoridad política repartida y que ha de actuar en diversos planos. El mercado único de

nuestros días no elimina el papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una

colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar

apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la crisis actual,

su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay naciones

donde la construcción o reconstrucción del Estado sigue siendo un elemento clave para

su desarrollo. La ayuda internacional, precisamente dentro de un proyecto inspirado en la

solidaridad para solucionar los actuales problemas económicos, debería apoyar en primer

lugar la consolidación de los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los

países que todavía no gozan plenamente de estos bienes. Las ayudas económicas

deberían ir acompañadas de aquellas medidas destinadas a reforzar las garantías propias

de un Estado de derecho, un sistema de orden público y de prisiones respetuoso de los

derechos humanos y a consolidar instituciones verdaderamente democráticas. No es

necesario que el Estado tenga las mismas características en todos los sitios: el

fortalecimiento de los sistemas constitucionales débiles puede ir acompañado

perfectamente por el desarrollo de otras instancias políticas no estatales, de carácter

cultural, social, territorial o religioso. Además, la articulación de la autoridad política en el

ámbito local, nacional o internacional, es uno de los cauces privilegiados para poder

orientar la globalización económica. Y también el modo de evitar que ésta mine de hecho

los fundamentos de la democracia.

 

42. A veces se perciben actitudes fatalistas ante la globalización, como si las dinámicas

que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras

independientes de la voluntad humana[102]. A este respecto, es bueno recordar que la

globalización ha de entenderse ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no es

ésta su única dimensión. Tras este proceso más visible hay realmente una humanidad

cada vez más interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso debe ser

de utilidad y desarrollo[103], gracias a que tanto los individuos como la colectividad

asumen sus respectivas responsabilidades. La superación de las fronteras no es sólo un

hecho material, sino también cultural, en sus causas y en sus efectos. Cuando se

entiende la globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y

orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que

han de ser sometidas a un discernimiento. La verdad de la globalización como proceso y

su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia humana y su

crecimiento en el bien. Por tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer una

orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de

integración planetaria.

A pesar de algunos aspectos estructurales innegables, pero que no se deben absolutizar,

«la globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella»[104].

Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados

por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud

errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos

positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples

oportunidades de desarrollo que ofrece. El proceso de globalización, adecuadamente

entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a

escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede

incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el

mundo. Es necesario corregir las disfunciones, a veces graves, que causan nuevas

divisiones entre los pueblos y en su interior, de modo que la redistribución de la riqueza

no comporte una redistribución de la pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos

temer también una mala gestión de la situación actual. Durante mucho tiempo se ha

pensado que los pueblos pobres deberían permanecer anclados en un estadio de

desarrollo preestablecido o contentarse con la filantropía de los pueblos desarrollados.

Pablo VI se pronunció contra esta mentalidad en la Populorum progressio. Los recursos

materiales disponibles para sacar a estos pueblos de la miseria son hoy potencialmente

mayores que antes, pero se han servido de ellos principalmente los países desarrollados,

que han podido aprovechar mejor la liberalización de los movimientos de capitales y de

trabajo. Por tanto, la difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser

obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas o dictados por intereses

particulares. En efecto, la participación de países emergentes o en vías de desarrollo

permite hoy gestionar mejor la crisis. La transición que el proceso de globalización

comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que sólo se podrán superar si se toma

conciencia del espíritu antropológico y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia

metas de humanización solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con frecuencia

marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales de carácter individualista y

utilitarista. La globalización es un fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser

comprendido en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la

teológica. Esto consentirá vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos de

relacionalidad, comunión y participación.

 

CAPÍTULO CUARTO

DESARROLLO DE LOS PUEBLOS,

DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE

 

43. «La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un

deber».[105] En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si

no es a sí mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y con frecuencia les cuesta

madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno. Por ello, es

importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y

sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario[106]. Hoy se da una profunda

contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter

arbitrario y voluptuoso, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y

promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan

en gran parte de la humanidad[107]. Se aprecia con frecuencia una relación entre la

reivindicación del derecho a lo superfluo, e incluso a la transgresión y al vicio, en las

sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o

cuidados sanitarios elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y también

en la periferia de las grandes ciudades. Dicha relación consiste en que los derechos

individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se

desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y carente de

criterios. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes

delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se

insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes

refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso

al servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las

deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier

momento y, consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos

y tratar de conseguirlos. Los gobiernos y los organismos internacionales pueden olvidar

entonces la objetividad y la cualidad de «no disponibles» de los derechos. Cuando esto

sucede, se pone en peligro el verdadero desarrollo de los pueblos[108]. Comportamientos

como éstos comprometen la autoridad moral de los organismos internacionales, sobre

todo a los ojos de los países más necesitados de desarrollo. En efecto, éstos exigen que

la comunidad internacional asuma como un deber ayudarles a ser «artífices de su

destino»[109], es decir, a que asuman a su vez deberes. Compartir los deberes recíprocos

moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos.

 

44. La concepción de los derechos y de los deberes respecto al desarrollo, debe tener

también en cuenta los problemas relacionados con el crecimiento demográfico. Es un

aspecto muy importante del verdadero desarrollo, porque afecta a los valores

irrenunciables de la vida y de la familia[110]. No es correcto considerar el aumento de

población como la primera causa del subdesarrollo, incluso desde el punto de vista

económico: baste pensar, por un lado, en la notable disminución de la mortalidad infantil y

al aumento de la edad media que se produce en los países económicamente

desarrollados y, por otra, en los signos de crisis que se perciben en la sociedades en las

que se constata una preocupante disminución de la natalidad. Obviamente, se ha de

seguir prestando la debida atención a una procreación responsable que, por lo demás, es

una contribución efectiva al desarrollo humano integral. La Iglesia, que se interesa por el

verdadero desarrollo del hombre, exhorta a éste a que respete los valores humanos

también en el ejercicio de la sexualidad: ésta no puede quedar reducida a un mero hecho

hedonista y lúdico, del mismo modo que la educación sexual no se puede limitar a una

instrucción técnica, con la única preocupación de proteger a los interesados de

eventuales contagios o del «riesgo» de procrear. Esto equivaldría a empobrecer y

descuidar el significado profundo de la sexualidad, que debe ser en cambio reconocido y

asumido con responsabilidad por la persona y la comunidad. En efecto, la responsabilidad

evita tanto que se considere la sexualidad como una simple fuente de placer, como que

se regule con políticas de planificación forzada de la natalidad. En ambos casos se trata

de concepciones y políticas materialistas, en las que las personas acaban padeciendo

diversas formas de violencia. Frente a todo esto, se debe resaltar la competencia

primordial que en este campo tienen las familias[111] respecto del Estado y sus políticas

restrictivas, así como una adecuada educación de los padres.

La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica.

Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la

capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo florecientes pasan ahora

por una fase de incertidumbre, y en algún caso de decadencia, precisamente a causa del

bajo índice de natalidad, un problema crucial para las sociedades de mayor bienestar. La

disminución de los nacimientos, a veces por debajo del llamado «índice de reemplazo

generacional», pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los

costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los recursos financieros

necesarios para las inversiones, reduce la disponibilidad de trabajadores cualificados y

disminuye la reserva de «cerebros» a los que recurrir para las necesidades de la nación.

Además, las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces, corren el riesgo de empobrecer

las relaciones sociales y de no asegurar formas eficaces de solidaridad. Son situaciones

que presentan síntomas de escasa confianza en el futuro y de fatiga moral. Por eso, se

convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas

generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias

más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los

estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la

integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula

primordial y vital de la sociedad[112], haciéndose cargo también de sus problemas

económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.

 

45. Responder a las exigencias morales más profundas de la persona tiene también

importantes efectos beneficiosos en el plano económico. En efecto, la economía tiene

necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de

una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de ética en el campo económico,

bancario y empresarial. Surgen centros de estudio y programas formativos de business

ethics; se difunde en el mundo desarrollado el sistema de certificaciones éticas, siguiendo

la línea del movimiento de ideas nacido en torno a la responsabilidad social de la

empresa. Los bancos proponen cuentas y fondos de inversión llamados «éticos». Se

desarrolla una «finanza ética», sobre todo mediante el microcrédito y, más en general, la

microfinanciación. Dichos procesos son apreciados y merecen un amplio apoyo. Sus

efectos positivos llegan incluso a las áreas menos desarrolladas de la tierra. Conviene, sin

embargo, elaborar un criterio de discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del

adjetivo «ético» que, usado de manera genérica, puede abarcar también contenidos

completamente distintos, hasta el punto de hacer pasar por éticas decisiones y opciones

contrarias a la justicia y al verdadero bien del hombre.

En efecto, mucho depende del sistema moral de referencia. Sobre este aspecto, la

doctrina social de la Iglesia ofrece una aportación específica, que se funda en la creación

del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la

persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales. Una

ética económica que prescinda de estos dos pilares correría el peligro de perder

inevitablemente su propio significado y prestarse así a ser instrumentalizada; más

concretamente, correría el riesgo de amoldarse a los sistemas económico-financieros

existentes, en vez de corregir sus disfunciones. Además, podría acabar incluso

justificando la financiación de proyectos no éticos. Es necesario, pues, no recurrir a la

palabra «ética» de una manera ideológicamente discriminatoria, dando a entender que no

serían éticas las iniciativas no etiquetadas formalmente con esa cualificación. Conviene

esforzarse -la observación aquí es esencial- no sólo para que surjan sectores o

segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y

las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto de

exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la

Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector

de la actividad humana[113].

 

46. Respecto al tema de la relación entre empresa y ética, así como de la evolución que

está teniendo el sistema productivo, parece que la distinción hasta ahora más difundida

entre empresas destinadas al beneficio (profit) y organizaciones sin ánimo de lucro (non

profit) ya no refleja plenamente la realidad, ni es capaz de orientar eficazmente el futuro.

En estos últimos decenios, ha ido surgiendo una amplia zona intermedia entre los dos

tipos de empresas. Esa zona intermedia está compuesta por empresas tradicionales que,

sin embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones promovidas

por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos de utilidad social;

por el amplio mundo de agentes de la llamada economía civil y de comunión. No se trata

sólo de un «tercer sector», sino de una nueva y amplia realidad compuesta, que implica al

sector privado y público y que no excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para

objetivos humanos y sociales. Que estas empresas distribuyan más o menos los

beneficios, o que adopten una u otra configuración jurídica prevista por la ley, es

secundario respecto a su disponibilidad para concebir la ganancia como un instrumento

para alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad. Es de desear que

estas nuevas formas de empresa encuentren en todos los países también un marco

jurídico y fiscal adecuado. Así, sin restar importancia y utilidad económica y social a las

formas tradicionales de empresa, hacen evolucionar el sistema hacia una asunción más

clara y plena de los deberes por parte de los agentes económicos. Y no sólo esto. La

misma pluralidad de las formas institucionales de empresa es lo que promueve un

mercado más cívico y al mismo tiempo más competitivo.

 

47. La potenciación de los diversos tipos de empresas y, en particular, de los que son

capaces de concebir el beneficio como un instrumento para conseguir objetivos de

humanización del mercado y de la sociedad, hay que llevarla a cabo incluso en países

excluidos o marginados de los circuitos de la economía global, donde es muy importante

proceder con proyectos de subsidiaridad convenientemente diseñados y gestionados, que

tiendan a promover los derechos, pero previendo siempre que se asuman también las

correspondientes res-ponsabilidades. En las iniciativas para el desarrollo debe quedar a

salvo el principio de la centralidad de la persona humana, que es quien debe asumirse en

primer lugar el deber del desarrollo. Lo que interesa principalmente es la mejora de las

condiciones de vida de las personas concretas de una cierta región, para que puedan

satisfacer aquellos deberes que la indigencia no les permite observar actualmente. La

preocupación nunca puede ser una actitud abstracta. Los programas de desarrollo, para

poder adaptarse a las situaciones concretas, han de ser flexibles; y las personas que se

beneficien deben implicarse directamente en su planificación y convertirse en

protagonistas de su realización. También es necesario aplicar los criterios de progresión y

acompañamiento -incluido el seguimiento de los resultados-, porque no hay recetas

universalmente válidas. Mucho depende de la gestión concreta de las intervenciones.

«Constructores de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables de él.

Pero no lo realizarán en el aislamiento»[114]. Hoy, con la consolidación del proceso de

progresiva integración del planeta, esta exhortación de Pablo VI es más válida todavía.

Las dinámicas de inclusión no tienen nada de mecánico. Las soluciones se han de ajustar

a la vida de los pueblos y de las personas concretas, basándose en una valoración

prudencial de cada situación. Al lado de los macroproyectos son necesarios los

microproyectos y, sobre todo, es necesaria la movilización efectiva de todos los sujetos de

la sociedad civil, tanto de las personas jurídicas como de las personas físicas.

La cooperación internacional necesita personas que participen en el proceso del

desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad de la presencia, el

acompañamiento, la formación y el respeto. Desde este punto de vista, los propios

organismos internacionales deberían preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos

burocráticos y administrativos, frecuentemente demasiado costosos. A veces, el

destinatario de las ayudas resulta útil para quien lo ayuda y, así, los pobres sirven para

mantener costosos organismos burocráticos, que destinan a la propia conservación un

porcentaje demasiado elevado de esos recursos que deberían ser destinados al

desarrollo. A este respecto, cabría desear que los organismos internacionales y las

organizaciones no gubernamentales se esforzaran por una transparencia total,

informando a los donantes y a la opinión pública sobre la proporción de los fondos

recibidos que se destina a programas de cooperación, sobre el verdadero contenido de

dichos programas y, en fin, sobre la distribución de los gastos de la institución misma.

 

48. El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la

relación del hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos, y su uso

representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones

futuras y toda la humanidad. Cuando se considera la naturaleza, y en primer lugar al ser

humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la

responsabilidad en las conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso

resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar

responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades -materiales e inmaterialesrespetando

el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se

acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de

ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la

creación de Dios.

La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos

ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1,20) y de su

amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la «plenitud» en Cristo al final de los

tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una «vocación»[115]. La

naturaleza está a nuestra disposición no como un «montón de desechos esparcidos al

azar»,[116] sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas

para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para «guardarla y

cultivarla» (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo

considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta

postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre

no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista.

Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa

tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto,

sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una «gramática» que indica finalidad y

criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al

desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. Reducir

completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba siendo fuente

de violencia para con el ambiente, provocando además conductas que no respetan la

naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia, sino

también de espíritu, y por tanto rica de significados y fines trascendentes, tiene un

carácter normativo incluso para la cultura. El hombre interpreta y modela el ambiente

natural mediante la cultura, la cual es orientada a su vez por la libertad responsable,

atenta a los dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo

humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de

caracterizarse por la solidaridad y la justicia intergeneracional, teniendo en cuenta

múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el

cultural[117].

 

49. Hoy, las cuestiones relacionadas con el cuidado y salvaguardia del ambiente han de

tener debidamente en cuenta los problemas energéticos. En efecto, el acaparamiento por

parte de algunos estados, grupos de poder y empresas de recursos energéticos no

renovables, es un grave obstáculo para el desarrollo de los países pobres. Éstos no

tienen medios económicos ni para acceder a las fuentes energéticas no renovables ya

existentes ni para financiar la búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. La acumulación

de recursos naturales, que en muchos casos se encuentran precisamente en países

pobres, causa explotación y conflictos frecuentes entre las naciones y en su interior.

Dichos conflictos se producen con frecuencia precisamente en el territorio de esos países,

con graves consecuencias de muertes, destrucción y mayor degradación aún. La

comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos

institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la

participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro.

En este sentido, hay también una urgente necesidad moral de una renovada solidaridad,

especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y países altamente

industrializados[118]. Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben

disminuir el propio gasto energético, bien porque las actividades manufactureras

evolucionan, bien porque entre sus ciudadanos se difunde una mayor sensibilidad

ecológica. Además, se debe añadir que hoy se puede mejorar la eficacia energética y al

mismo tiempo progresar en la búsqueda de energías alternativas. Pero es también

necesaria una redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que

también los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino no puede

dejarse en manos del primero que llega o depender de la lógica del más fuerte. Se trata

de problemas relevantes que, para ser afrontados de manera adecuada, requieren por

parte de todos una responsable toma de conciencia de las consecuencias que afectarán a

las nuevas generaciones, y sobre todo a los numerosos jóvenes que viven en los pueblos

pobres, los cuales «reclaman tener su parte activa en la construcción de un mundo

mejor»[119].

 

50. Esta responsabilidad es global, porque no concierne sólo a la energía, sino a toda la

creación, para no dejarla a las nuevas generaciones empobrecida en sus recursos. Es

lícito que el hombre gobierne responsablemente la naturaleza para custodiarla, hacerla

productiva y cultivarla también con métodos nuevos y tecnologías avanzadas, de modo

que pueda acoger y alimentar dignamente a la población que la habita. En nuestra tierra

hay lugar para todos: en ella toda la familia humana debe encontrar los recursos

necesarios para vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de Dios a sus

hijos, con el tesón del propio trabajo y de la propia inventiva. Pero debemos considerar un

deber muy grave el dejar la tierra a las nuevas generaciones en un estado en el que

puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola. Eso comporta «el compromiso de

decidir juntos después de haber ponderado responsablemente la vía a seguir, con el

objetivo de fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser

reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos»[120].

Es de desear que la comunidad internacional y cada gobierno sepan contrarrestar

eficazmente los modos de utilizar el ambiente que le sean nocivos. Y también las

autoridades competentes han de hacer los esfuerzos necesarios para que los costes

económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se

reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se

benefician, y no por otros o por las futuras generaciones. La protección del entorno, de los

recursos y del clima requiere que todos los responsables internacionales actúen

conjuntamente y demuestren prontitud para obrar de buena fe, en el respeto de la ley y la

solidaridad con las regiones más débiles del planeta[121]. Una de las mayores tareas de

la economía es precisamente el uso más eficaz de los recursos, no el abuso, teniendo

siempre presente que el concepto de eficiencia no es axiológicamente neutral.

 

51. El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí

mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida

que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo,

despreocupándose de los daños que de ello se derivan[122]. Es necesario un cambio

efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los

cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los

demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las

opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones»[123]. Cualquier menoscabo

de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, así como la degradación

ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las relaciones sociales. La naturaleza,

especialmente en nuestra época, está tan integrada en la dinámica social y culturales que

prácticamente ya no constituye una variable independiente. La desertización y el

empobrecimiento productivo de algunas áreas agrícolas son también fruto del

empobrecimiento de sus habitantes y de su atraso. Cuando se promueve el desarrollo

económico y cultural de estas poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además,

muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y

entre los pueblos permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza. El

acaparamiento de los recursos, especialmente del agua, puede provocar graves conflictos

entre las poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los recursos puede

salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el bienestar de las sociedades interesadas.

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en

público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la

creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la

destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre

bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la

cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la «ecología humana»[124]

en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes

humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro

también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca

tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza.

Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos

económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos

importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no

se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la

gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la

investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y

con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones

el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a

respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que

concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una

palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están

relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su

relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave

antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el

ambiente y daña a la sociedad.

 

52. La verdad, y el amor que ella desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger.

Su última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es Verdad y

Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto

que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación misma al

desarrollo de las personas y de los pueblos no se fundamenta en una simple deliberación

humana, sino que está inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es

un deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye -el Amor y la

Verdad subsistentes- nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos

señala así el camino hacia el verdadero desarrollo.

 

CAPÍTULO QUINTO

LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA

 

53. Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad.

Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento,

del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el

rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo,

pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un

«extranjero» en un universo que se ha formado por casualidad. El hombre está alienado

cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un

Fundamento[125]. Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a proyectos

exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas[126]. Hoy la humanidad aparece

mucho más interactiva que antes: esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera

comunión. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como

parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por

seres que no viven simplemente uno junto al otro[127].

Pablo VI señalaba que «el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas»[128].

La afirmación contiene una constatación, pero sobre todo una aspiración: es preciso un

nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una familia; la

interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para que la

integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129] en vez del de la marginación.

Dicho pensamiento obliga a una profundización crítica y valorativa de la categoría de la

relación. Es un compromiso que no puede llevarse a cabo sólo con las ciencias sociales,

dado que requiere la aportación de saberes como la metafísica y la teología, para captar

con claridad la dignidad trascendente del hombre.

La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones

interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en

la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en

relación con los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es

fundamental. Esto vale también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil

para su desarrollo una visión metafísica de la relación entre las personas. A este respecto,

la razón encuentra inspiración y orientación en la revelación cristiana, según la cual la

comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía, como

ocurre en las diversas formas del totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la

relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo[130]. De la misma

manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la componen,

y la Iglesia misma valora plenamente la «criatura nueva» (Ga 6,15; 2 Co 5,17), que por el

bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, así también la unidad de la familia humana no

anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más

transparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad.

 

54. El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas

y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en

la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta

perspectiva se ve iluminada de manera decisiva por la relación entre las Personas de la

Trinidad en la única Sustancia divina. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres

Personas divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas

divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque constituyen una absoluta

unidad y unicidad. Dios nos quiere también asociar a esa realidad de comunión: «para

que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento

de esta unidad[131]. También las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se

han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En particular, a la luz del misterio

revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión

centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se manifiesta también en las experiencias

humanas comunes del amor y de la verdad. Como el amor sacramental une a los esposos

espiritualmente en «una sola carne» (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos que eran hace

de ellos una unidad relacional y real, de manera análoga la verdad une los espíritus entre

sí y los hace pensar al unísono, atrayéndolos y uniéndolos en ella.

55. La revelación cristiana sobre la unidad del género humano presupone una

interpretación metafísica del humanum, en la que la relacionalidad es elemento esencial.

También otras culturas y otras religiones enseñan la fraternidad y la paz y, por tanto, son

de gran importancia para el desarrollo humano integral. Sin embargo, no faltan actitudes

religiosas y culturales en las que no se asume plenamente el principio del amor y de la

verdad, terminando así por frenar el verdadero desarrollo humano e incluso por impedirlo.

El mundo de hoy está siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso, que

no llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda del bienestar

individual, limitándose a gratificar las expectativas psicológicas. También una cierta

proliferación de itinerarios religiosos de pequeños grupos, e incluso de personas

individuales, así como el sincretismo religioso, pueden ser factores de dispersión y de

falta de compromiso. Un posible efecto negativo del proceso de globalización es la

tendencia a favorecer dicho sincretismo[132], alimentando formas de «religión» que alejan

a las personas unas de otras, en vez de hacer que se encuentren, y las apartan de la

realidad. Al mismo tiempo, persisten a veces parcelas culturales y religiosas que

encasillan la sociedad en castas sociales estáticas, en creencias mágicas que no

respetan la dignidad de la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En esos

contextos, el amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el

auténtico desarrollo.

Por este motivo, aunque es verdad que, por un lado, el desarrollo necesita de las

religiones y de las culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad

también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad religiosa no significa

indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales[133]. El

discernimiento sobre la contribución de las culturas y de las religiones es necesario para

la construcción de la comunidad social en el respeto del bien común, sobre todo para

quien ejerce el poder político. Dicho discernimiento deberá basarse en el criterio de la

caridad y de la verdad. Puesto que está en juego el desarrollo de las personas y de los

pueblos, tendrá en cuenta la posibilidad de emancipación y de inclusión en la óptica de

una comunidad humana verdaderamente universal. El criterio para evaluar las culturas y

las religiones es también «todo el hombre y todos los hombres». El cristianismo, religión

del «Dios que tiene un rostro humano»[134], lleva en sí mismo un criterio similar.

 

56. La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si

Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural,

social, económica y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha nacido para

reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135] de la religión cristiana. La negación del

derecho a profesar públicamente la propia religión y a trabajar para que las verdades de

la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero

desarrollo. La exclusión de la religión del ámbito público, así como, el fundamentalismo

religioso por otro lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el

progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece de motivaciones y la política

adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que no se respeten los

derechos humanos, bien porque se les priva de su fundamento trascendente, bien porque

no se reconoce la libertad personal. En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la

posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe

religiosa. La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la

razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre

necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La

ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la

humanidad.

 

57. El diálogo fecundo entre fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la caridad en el

ámbito social y es el marco más apropiado para promover la colaboración fraterna entre

creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz

de la humanidad. Los Padres conciliares afirmaban en la Constitución pastoral Gaudium

et spes: «Según la opinión casi unánime de creyentes y no creyentes, todo lo que existe

en la tierra debe ordenarse al hombre como su centro y su culminación»[136]. Para los

creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad, sino de un proyecto

de Dios. De ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los

hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que

nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la

mirada del Creador. Sin duda, el principio de subsidiaridad[137], expresión de la

inalienable libertad humana. La subsidiaridad es ante todo una ayuda a la persona, a

través de la autonomía de los cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando la

persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos, implicando

siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y la participación a la

hora de asumir responsabilidades. La subsidiaridad respeta la dignidad de la persona, en

la que ve un sujeto siempre capaz de dar algo a los otros. La subsidiaridad, al reconocer

que la reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto

más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella puede dar razón

tanto de la múltiple articulación de los niveles y, por ello, de la pluralidad de los sujetos,

como de su coordinación. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para

gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir

la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la

globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos

diversos, que colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una

autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global; sin

embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con división de

poderes[138], tanto para no herir la libertad como para resultar concretamente eficaz.

 

58. El principio de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la

solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad sin la solidaridad desemboca en

el particularismo social, también es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría

en el asistencialismo que humilla al necesitado. Esta regla de carácter general se ha de

tener muy en cuenta incluso cuando se afrontan los temas sobre las ayudas

internacionales al desarrollo. Éstas, por encima de las intenciones de los donantes,

pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso favorecer

situaciones de dominio local y de explotación en el país que las recibe. Las ayudas

económicas, para que lo sean de verdad, no deben perseguir otros fines. Han de ser

concedidas implicando no sólo a los gobiernos de los países interesados, sino también a

los agentes económicos locales y a los agentes culturales de la sociedad civil, incluidas

las Iglesias locales. Los programas de ayuda han de adaptarse cada vez más a la forma

de los programas integrados y compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad

que el recurso humano es más valioso de los países en vías de desarrollo: éste es el

auténtico capital que se ha de potenciar para asegurar a los países más pobres un futuro

verdaderamente autónomo. Conviene recordar también que, en el campo económico, la

ayuda principal que necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer

cada vez más el ingreso de sus productos en los mercados internacionales, posibilitando

así su plena participación en la vida económica internacional. En el pasado, las ayudas

han servido con demasiada frecuencia sólo para crear mercados marginales de los

productos de esos países. Esto se debe muchas veces a una falta de verdadera demanda

de estos productos: por tanto, es necesario ayudar a esos países a mejorar sus productos

y a adaptarlos mejor a la demanda. Además, algunos han temido con frecuencia la

competencia de las importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes de

los países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar que la posibilidad de

comercializar dichos productos significa a menudo garantizar su supervivencia a corto o

largo plazo. Un comercio internacional justo y equilibrado en el campo agrícola puede

reportar beneficios a todos, tanto en la oferta como en la demanda. Por este motivo, no

sólo es necesario orientar comercialmente esos productos, sino establecer reglas

comerciales internacionales que los sostengan, y reforzar la financiación del desarrollo

para hacer más productivas esas economías.

 

59. La cooperación para el desarrollo no debe contemplar solamente la dimensión

económica; ha de ser una gran ocasión para el encuentro cultural y humano. Si los

sujetos de la cooperación de los países económicamente desarrollados, como a veces

sucede, no tienen en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus valores

humanos, no podrán entablar diálogo alguno con los ciudadanos de los países pobres. Si

éstos, a su vez, se abren con indiferencia y sin discernimiento a cualquier propuesta

cultural, no estarán en condiciones de asumir la responsabilidad de su auténtico

desarrollo[139]. Las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el

propio desarrollo tecnológico con una presunta superioridad cultural, sino que deben

redescubrir en sí mismas virtudes a veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo

de su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles a lo que hay de

verdaderamente humano en sus tradiciones, evitando que superpongan automáticamente

a ellas las formas de la civilización tecnológica globalizada. En todas las culturas se dan

singulares y múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma naturaleza

humana, querida por el Creador, y que la sabiduría ética de la humanidad llama ley

natural[140]. Dicha ley moral universal es fundamento sólido de todo diálogo cultural,

religioso y político, ayudando al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no se

alejen de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. Por tanto, la adhesión a

esa ley escrita en los corazones es la base de toda colaboración social constructiva. En

todas las culturas hay costras que limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que se

encarna en las culturas trascendiéndolas, puede ayudarlas a crecer en la convivencia y

en la solidaridad universal, en beneficio del desarrollo comunitario y planetario.

 

60. En la búsqueda de soluciones para la crisis económica actual, la ayuda al desarrollo

de los países pobres debe considerarse un verdadero instrumento de creación de riqueza

para todos. ¿Qué proyecto de ayuda puede prometer un crecimiento de tan significativo

valor -incluso para la economía mundial- como la ayuda a poblaciones que se encuentran

todavía en una fase inicial o poco avanzada de su proceso de desarrollo económico? En

esta perspectiva, los estados económicamente más desarrollados harán lo posible por

destinar mayores porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al desarrollo,

respetando los compromisos que se han tomado sobre este punto en el ámbito de la

comunidad internacional. Lo podrán hacer también revisando sus políticas internas de

asistencia y de solidaridad social, aplicando a ellas el principio de subsidiaridad y creando

sistemas de seguridad social más integrados, con la participación activa de las personas y

de la sociedad civil. De esta manera, es posible también mejorar los servicios sociales y

asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas

abusivas, para destinarlos a la solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social

más participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos coordinado,

podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor también de la solidaridad

entre los pueblos.

Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir de la aplicación eficaz de la

llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de

los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando

degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad social desde la base,

con obvios beneficios también desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo.

 

61. Una solidaridad más amplia a nivel internacional se manifiesta ante todo en seguir

promoviendo, también en condiciones de crisis económica, un mayor acceso a la

educación que, por otro lado, es una condición esencial para la eficacia de la cooperación

internacional misma. Con el término «educación» no nos referimos sólo a la instrucción o

a la formación para el trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a

la formación completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto

problemático: para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer su

naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza plantea serios

problemas a la educación, sobre todo a la educación moral, comprometiendo su difusión

universal. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias

negativas también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las

que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también modos y medios

pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena realización humana.

Un ejemplo de la importancia de este problema lo tenemos en el fenómeno del turismo

internacional[141], que puede ser un notable factor de desarrollo económico y crecimiento

cultural, pero que en ocasiones puede transformarse en una forma de explotación y

degradación moral. La situación actual ofrece oportunidades singulares para que los

aspectos económicos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y la aparición de

experiencias empresariales locales significativas, se combinen con los culturales, y en

primer lugar el educativo. En muchos casos es así, pero en muchos otros el turismo

internacional es una experiencia deseducativa, tanto para el turista como para las

poblaciones locales. Con frecuencia, éstas se encuentran con conductas inmorales, y

hasta perversas, como en el caso del llamado turismo sexual, al que se sacrifican tantos

seres humanos, incluso de tierna edad. Es doloroso constatar que esto ocurre muchas

veces con el respaldo de gobiernos locales, con el silencio de aquellos otros de donde

proceden los turistas y con la complicidad de tantos operadores del sector. Aún sin llegar

a ese extremo, el turismo internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y

hedonista, como una evasión y con modos de organización típicos de los países de

origen, de forma que no se favorece un verdadero encuentro entre personas y culturas.

Hay que pensar, pues, en un turismo distinto, capaz de promover un verdadero

conocimiento recíproco, que nada quite al descanso y a la sana diversión: hay que

fomentar un turismo así, también a través de una relación más estrecha con las

experiencias de cooperación internacional y de iniciativas empresariales para el

desarrollo.

 

62. Otro aspecto digno de atención, hablando del desarrollo humano integral, es el

fenómeno de las migraciones. Es un fenómeno que impresiona por sus grandes

dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos

que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a

la comunidad internacional. Podemos decir que estamos ante un fenómeno social de que

marca época, que requiere una fuerte y clarividente política de cooperación internacional

para afrontarlo debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha

colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir

acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los

diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los

derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de

destino. Ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas

migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que

conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un fenómeno complejo de gestionar;

sin embargo, está comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las

dificultades inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo

al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país de origen a través de

las remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados

como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados como

cualquier otro factor de producción. Todo emigrante es una persona humana que, en

cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por

todos y en cualquier situación[142].

 

63. Al considerar los problemas del desarrollo, se ha de resaltar relación entre pobreza y

desocupación. Los pobres son en muchos casos el resultado de la violación de la

dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación,

subocupación), bien porque se devalúan «los derechos que fluyen del mismo,

especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de

su familia»[143]. Por esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de

venerada memoria, con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, lanzó un llamamiento

para «una coalición mundial a favor del trabajo decente»[144], alentando la estrategia de

la Organización Internacional del Trabajo. De esta manera, daba un fuerte apoyo moral a

este objetivo, como aspiración de las familias en todos los países del mundo. Pero ¿qué

significa la palabra «decencia» aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier

sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo

libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al

desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores

sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las

necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar;

un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un

trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el

ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los

trabajadores que llegan a la jubilación.

 

64. En la reflexión sobre el tema del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las

organizaciones sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por

la Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el

ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a hacerse cargo de los

nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las limitaciones propias de los

sindicatos de clase. Me refiero, por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los

estudiosos de las ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora y

persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que se ha efectuado un

desplazamiento de la centralidad del trabajador a la centralidad del consumidor, parece en

cualquier caso que éste es también un terreno para experiencias sindicales innovadoras.

El contexto global en el que se desarrolla el trabajo requiere igualmente que las

organizaciones sindicales nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de

sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no afiliados y, en particular, hacia los

trabajadores de los países en vía de desarrollo, donde tantas veces se violan los

derechos sociales. La defensa de estos trabajadores, promovida también mediante

iniciativas apropiadas en favor de los países de origen, permitirá a las organizaciones

sindicales poner de relieve las auténticas razones éticas y culturales que las han

consentido ser, en contextos sociales y laborales diversos, un factor decisivo para el

desarrollo. Sigue siendo válida la tradicional enseñanza de la Iglesia, que propone la

distinción de papeles y funciones entre sindicato y política. Esta distinción permitirá a las

organizaciones sindicales encontrar en la sociedad civil el ámbito más adecuado para su

necesaria actuación en defensa y promoción del mundo del trabajo, sobre todo en favor

de los trabajadores explotados y no representados, cuya amarga condición pasa

desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos de la sociedad.

 

65. Además, se requiere que las finanzas mismas, que han de renovar necesariamente

sus estructuras y modos de funcionamiento tras su mala utilización, que ha dañado la

economía real, vuelvan a ser un instrumento encaminado a producir mejor riqueza y

desarrollo. Toda la economía y todas las finanzas, y no sólo algunos de sus sectores, en

cuanto instrumentos, deben ser utilizados de manera ética para crear las condiciones

adecuadas para el desarrollo del hombre y de los pueblos. Es ciertamente útil, y en

algunas circunstancias indispensable, promover iniciativas financieras en las que

predomine la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar que

todo el sistema financiero ha de tener como meta el sostenimiento de un verdadero

desarrollo. Sobre todo, es preciso que el intento de hacer el bien no se contraponga al de

la capacidad efectiva de producir bienes. Los agentes financieros han de redescubrir el

fundamento ético de su actividad para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados

con los que se podría traicionar a los ahorradores. Recta intención, transparencia y

búsqueda de los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar. Si el

amor es inteligente, sabe encontrar también los modos de actuar según una conveniencia

previsible y justa, como muestran de manera significativa muchas experiencias en el

campo del crédito cooperativo.

Tanto una regulación del sector capaz de salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir

escandalosas especulaciones, cuanto la experimentación de nuevas formas de finanzas

destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son experiencias positivas que se han de

profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad del ahorrador. También la

experiencia de la microfinanciación, que hunde sus raíces en la reflexión y en la actuación

de los humanistas civiles -pienso sobre todo en el origen de los Montes de Piedad-, ha de

ser reforzada y actualizada, sobre todo en los momentos en que los problemas financieros

pueden resultar dramáticos para los sectores más vulnerables de la población, que deben

ser protegidos de la amenaza de la usura y la desesperación. Los más débiles deben ser

educados para defenderse de la usura, así como los pueblos pobres han de ser educados

para beneficiarse realmente del microcrédito, frenando de este modo posibles formas de

explotación en estos dos campos. Puesto que también en los países ricos se dan nuevas

formas de pobreza, la microfinanciación puede ofrecer ayudas concretas para crear

iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las capas más débiles de la sociedad,

también ante una posible fase de empobrecimiento de la sociedad.

 

66. La interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de los

consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe profundizar, pues

contiene elementos positivos que hay que fomentar, como también excesos que se han

de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto

moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una responsabilidad social específica,

que se añade a la responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser

constantemente educados[145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden

desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la racionalidad

económica intrínseca en el acto de comprar. También en el campo de las compras,

precisamente en momentos como los que se están viviendo, en los que el poder

adquisitivo puede verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es

necesario abrir otras vías como, por ejemplo, formas de cooperación para las

adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo, que existen desde el s.

XIX, gracias también a la iniciativa de los católicos. Además, es conveniente favorecer

formas nuevas de comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas del

planeta para garantizar una retribución decente a los productores, a condición de que se

trate de un mercado transparente, que los productores reciban no sólo mayores márgenes

de ganancia sino también mayor formación, profesionalidad y tecnología y, finalmente,

que dichas experiencias de economía para el desarrollo no estén condicionadas por

visiones ideológicas partidistas. Es de desear un papel más incisivo de los consumidores

como factor de democracia económica, siempre que ellos mismos no estén manipulados

por asociaciones escasamente representativas.

67. Ente el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de

una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la

Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera

internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se

siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de

la responsabilidad de proteger[146] y dar también una voz eficaz en las decisiones

comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a

un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración

internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la

economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su

empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme

integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y

regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política

mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad

deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de

subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común[147],

comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en

los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida

por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el

cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos[148]. Obviamente, debe tener la

facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las

medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto,

cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados

en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de

poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración

internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento

internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización[149], que se lleve a

cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre

esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto

de las Naciones Unidas.

 

CAPÍTULO SEXTO

EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS

Y LA TÉCNICA

68. El tema del desarrollo de los pueblos está íntimamente unido al del desarrollo de cada

hombre. La persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está

garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es

consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata de un

desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no

el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada

por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de

manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo» sobre la base de un «sí

mismo» que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como no

disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos. El desarrollo de la persona se

degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo,

también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede

recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo

económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las

finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta pretensión

prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino

verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la precede. Para

alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las

normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón.

 

69. El problema del desarrollo en la actualidad está estrechamente unido al progreso

tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en campo biológico. La técnica - conviene

subrayarlo - es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del

hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.

«Siendo éste [el espíritu] "menos esclavo de las cosas, puede más fácilmente elevarse a

la adoración y a la contemplación del Creador"»[150]. La técnica permite dominar la

materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde

a la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio

talento, el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica es el

aspecto objetivo del actuar humano[151], cuyo origen y razón de ser está en el elemento

subjetivo: el hombre que trabaja. Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta

quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del

ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La

técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15),

que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y

medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios.

 

70. El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica,

cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo

impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad

humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento

de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El

proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica[152],

transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al

riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para

encontrar el ser y la verdad. En ese caso, cada uno de nosotros conocería, evaluaría y

decidiría los aspectos de su vida desde un horizonte cultural tecnocrático, al que

perteneceríamos estructuralmente, sin poder encontrar jamás un sentido que no sea

producido por nosotros mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista,

que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la

eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero

desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una

inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano

del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la

globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre opera a través de un satélite o de un

impulso electrónico a distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una

libertad responsable. La técnica atrae fuertemente al hombre, porque lo rescata de las

limitaciones físicas y le amplía el horizonte. Pero la libertad humana es ella misma sólo

cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la

responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso

ético y responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el ser

humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la

seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando

por nuestro propio ser.

 

71. Esta posible desviación de la mentalidad técnica de su originario cauce humanista se

muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del desarrollo y de la paz. El

desarrollo de los pueblos es considerado con frecuencia como un problema de ingeniería

financiera, de apertura de mercados, de bajadas de impuestos, de inversiones

productivas, de reformas institucionales, en definitiva como una cuestión exclusivamente

técnica. Sin duda, todos estos ámbitos tienen un papel muy importante, pero deberíamos

preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora sólo en

parte. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca estará plenamente

garantizado plenamente por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales,

ya provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El

desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes

políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita

tanto la preparación profesional como la coherencia moral. Cuando predomina la

absolutización de la técnica se produce una confusión entre los fines y los medios, el

empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción;

el político, la consolidación del poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos.

Así, bajo esa red de relaciones económicas, financieras y políticas persisten

frecuentemente incomprensiones, malestar e injusticia; los flujos de conocimientos

técnicos aumentan, pero en beneficio de sus propietarios, mientras que la situación real

de las poblaciones que viven bajo y casi siempre al margen de estos flujos, permanece

inalterada, sin posibilidades reales de emancipación.

 

72. También la paz corre a veces el riesgo de ser considerada como un producto de la

técnica, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los gobiernos o de iniciativas

tendentes a asegurar ayudas económicas eficaces. Es cierto que la construcción de la

paz necesita una red constante de contactos diplomáticos, intercambios económicos y

tecnológicos, encuentros culturales, acuerdos en proyectos comunes, como también que

se adopten compromisos compartidos para alejar las amenazas de tipo bélico o cortar de

raíz las continuas tentaciones terroristas. No obstante, para que esos esfuerzos

produzcan efectos duraderos, es necesario que se sustenten en valores fundamentados

en la verdad de la vida. Es decir, es preciso escuchar la voz de las poblaciones

interesadas y tener en cuenta su situación para poder interpretar de manera adecuada

sus expectativas. Todo esto debe estar unido al esfuerzo anónimo de tantas personas que

trabajan decididamente para fomentar el encuentro entre los pueblos y favorecer la

promoción del desarrollo partiendo del amor y de la comprensión recíproca. Entre estas

personas encontramos también fieles cristianos, implicados en la gran tarea de dar un

sentido plenamente humano al desarrollo y la paz.

 

73. El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los

medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia

humana sin su presencia. Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en la

vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de quienes defienden su

neutralidad y, consiguientemente, reivindican su autonomía con respecto a la moral de las

personas. Muchas veces, tendencias de este tipo, que enfatizan la naturaleza

estrictamente técnica de estos medios, favorecen de hecho su subordinación a los

intereses económicos, al dominio de los mercados, sin olvidar el deseo de imponer

parámetros culturales en función de proyectos de carácter ideológico y político. Dada la

importancia fundamental de los medios de comunicación en determinar los cambios en el

modo de percibir y de conocer la realidad y la persona humana misma, se hace necesaria

una seria reflexión sobre su influjo, especialmente sobre la dimensión ético-cultural de la

globalización y el desarrollo solidario de los pueblos. Al igual que ocurre con la correcta

gestión de la globalización y el desarrollo, el sentido y la finalidad de los medios de

comunicación debe buscarse en su fundamento antropológico. Esto quiere decir que

pueden ser ocasión de humanización no sólo cuando, gracias al desarrollo tecnológico,

ofrecen mayores posibilidades para la comunicación y la información, sino sobre todo

cuando se organizan y se orientan bajo la luz de una imagen de la persona y el bien

común que refleje sus valores universales. El mero hecho de que los medios de

comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de

ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para

alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en

la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente

animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad

natural y sobrenatural. En efecto, la libertad humana está intrínsecamente ligada a estos

valores superiores. Los medios pueden ofrecer una valiosa ayuda al aumento de la

comunión en la familia humana y al ethos de la sociedad, cuando se convierten en

instrumentos que promueven la participación universal en la búsqueda común de lo que

es justo.

 

74. En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre

el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la

posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo,

donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es

un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este

campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen

imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o

una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo. Pero la

racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional,

porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor. Por ello, la cerrazón a la

trascendencia tropieza con la dificultad de pensar cómo es posible que de la nada haya

surgido el ser y de la casualidad la inteligencia[153]. Ante estos problemas tan

dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída

por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de

su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta

de las personas[154].

 

75. Pablo VI había percibido y señalado ya el alcance mundial de la cuestión social[155].

Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido

radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de que implica no sólo el modo

mismo de concebir, sino también de manipular la vida, cada día más expuesta por la

biotecnología a la intervención del hombre. La fecundación in vitro, la investigación con

embriones, la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se

promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier

misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí donde el absolutismo de

la técnica encuentra su máxima expresión. En este tipo de cultura, la conciencia está

llamada únicamente a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no han de

minimizarse los escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los nuevos y

potentes instrumentos que la «cultura de la muerte» tiene a su disposición. A la plaga

difusa, trágica, del aborto, podría añadirse en el futuro, aunque ya subrepticiamente in

nuce, una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos. Por otro lado, se va

abriendo paso una mens eutanasica, manifestación no menos abusiva del dominio sobre

la vida, que en ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida. Detrás de estos

escenarios hay planteamientos culturales que niegan la dignidad humana. A su vez, estas

prácticas fomentan una concepción materialista y mecanicista de la vida humana. ¿Quién

puede calcular los efectos negativos sobre el desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo

podemos extrañarnos de la indiferencia ante tantas situaciones humanas degradantes, si

la indiferencia caracteriza nuestra actitud ante lo que es humano y lo que no lo es?

Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto.

Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias

inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el

mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una

conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al hombre; la razón y

la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la

que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria,

cuando desconoce el reclamo de la verdad moral.

 

76. Uno de los aspectos del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propensión a

considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida interior sólo

desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente neurológico. De esta manera,

la interioridad del hombre se vacía y el ser conscientes de la consistencia ontológica del

alma humana, con las profundidades que los Santos han sabido sondear, se pierde

progresivamente. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el

concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas

veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo. Estas

reducciones tienen su origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida

espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende

también de las soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo

debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno

en cuerpo y alma»[156], nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente.

El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí

misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo

mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La

alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan las sociedades

opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar,

materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada

hacia un auténtico desarrollo. Las nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la

desesperación en la que caen tantas personas, tienen una explicación no sólo sociológica

o psicológica, sino esencialmente espiritual. El vacío en que el alma se siente

abandonada, contando incluso con numerosas terapias para el cuerpo y para la psique,

hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y

moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.

 

77. El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello

que no se explica con la pura materia. Sin embargo, todos los hombres tienen experiencia

de tantos aspectos inmateriales y espirituales de su vida. Conocer no es sólo un acto

material, porque lo conocido esconde siempre algo que va más allá del dato empírico.

Todo conocimiento, hasta el más simple, es siempre un pequeño prodigio, porque nunca

se explica completamente con los elementos materiales que empleamos. En toda verdad

hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos hay siempre

algo que nos sorprende. Jamás deberíamos dejar de sorprendernos ante estos prodigios.

En todo conocimiento y acto de amor, el alma del hombre experimenta un «más» que se

asemeja mucho a un don recibido, a una altura a la que se nos lleva. También el

desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si consideramos la

dimensión espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo para ser auténtico.

Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión

materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo

más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel

desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la

caridad en la verdad.

 

CONCLUSIÓN

78. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los

grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y

al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin

mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días,

hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en

la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por

la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es

capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un

verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como

comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de

forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo

íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un

humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad,

acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios

provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea

solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que

olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan

hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a

Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos

puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil -en el ámbito de

las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos-, protegiéndonos del riesgo de

quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de

Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el

desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto

ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es

limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun

cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las

autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que

anhelamos[158]. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque

Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.

 

79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración,

cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede

el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello,

también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez,

hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida

espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad

espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y

perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto

es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de

carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del

hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez

es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el

mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y

Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del cristiano es que toda la familia humana

pueda invocar a Dios como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los

hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo

Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y

tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que

nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal

(cf. Mt 6,9-13).

 

Al concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las mismas palabras del

Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea una farsa: aborreced lo

malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros,

estimando a los demás más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María,

proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo cristiano como

Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la

fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en

favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[159].

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo,

del año 2009, quinto de mi Pontificado.

 

BENEDICTO XVI

[1] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 22: AAS 59 (1967), 268; Conc. Ecum. Vat. II, Const.

past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69.

[2] Homilía para la «Jornada del desarrollo» ( 23 agosto 1968): AAS 60 (1968), 626-627.

[3] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002: AAS 94 (2002), 132-140.

[4] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 26.

[5] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 268-270.

[6] Cf. n. 16: l.c., 265.

[7] Cf. ibíd., 82: l.c., 297.

[8] Ibíd., 42: l.c., 278.

[9] Ibíd., 20: l.c., 267.

[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap.

Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403-404; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1

mayo 1991), 43: AAS 83 (1991), 847.

[11] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.

[12] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 76.

[13] Cf. Discurso en la inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13

mayo 2007): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 mayo 2007), pp. 9-11.

[14] Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.

[15] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987) 6-7: AAS 80 (1988), 517-519.

[16] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264.

[17] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006), 232.

[18] Ibíd., 6: l.c., 222.

[19] Cf. Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas (22 diciembre 2005): L'Osservatore

Romano, ed. en lengua española (30 diciembre 2005), pp. 9-12.

[20] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 3: l.c., 515.

[21] Cf. ibíd., 1: l.c., 513-514.

[22] Cf. ibíd., 3: l.c., 515.

[23] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens (14 septiembre 1981), 3: AAS 73 (1981), 583-584.

[24] Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus, 3: l.c., 794-796.

[25] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.

[26] Cf. ibíd., 34: l.c., 274.

[27] Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968), 485-487; Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional con

ocasión del 40 aniversario de la encíclica «Humanae vitae» (10 mayo 2008): L'Osservatore Romano, ed. en lengua

española (16 mayo 2008), p. 8.

[28] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 93: AAS 87 (1995), 507-508.

[29] Ibíd., 101: l.c., 516-518.

[30] N. 29: AAS 68 (1976), 25.

[31] Ibíd., 31: l.c., 26.

[32] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 41: l.c., 570-572.

[33] Ibíd.; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5. 54: l.c., 799. 859-860.

[34] N. 15: l.c., 265.

[35] Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892,

97-144; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 8: l.c., 519-520; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5: l.c., 799.

[36] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 2. 13: l.c., 258. 263-264.

[37] Ibíd., 42: l.c., 278.

[38] Ibíd., 11: l.c., 262; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 25: l.c., 822-824.

[39] Carta enc. Populorum progressio, 15: l.c., 265.

[40] Ibíd., 3: l.c., 258.

[41] Ibíd., 6: l.c., 260.

[42] Ibíd., 14: l.c., 264.

[43] Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 53-62: l.c., 859-867; Id., Carta enc. Redemptor hominis (4

marzo 1979), 13-14: AAS 71 (1979), 282-286.

[44] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 12: l.c., 262-263.

[45] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.

[46] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.

[47] Cf. Discurso a los participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19 octubre 2006): L'Osservatore

Romano, ed. en lengua española (27 octubre 2006), pp. 8-10.

[48] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 16: l.c., 265.

[49] Ibíd.

[50] Discurso en la ceremonia de acogida de los jóvenes (17 julio 2008): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española

(25 julio 2008), pp. 4-5.

[51] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 20: l.c., 267.

[52] Ibíd., 66: l.c., 289-290.

[53] Ibíd., 21: l.c., 267-268.

[54] Cf. nn. 3. 29. 32: l.c., 258. 272. 273.

[55] Cf. Carta enc.Sollicitudo rei socialis, 28: l.c., 548-550.

[56] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 9: l.c., 261-262.

[57] Cf. Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 20: l.c., 536-537.

[58] Cf. Carta enc.Centesimus annus, 22-29: l.c., 819-830.

[59] Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269. 273-274.

[60] Cf. l.c., 135.

[61] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 63.

[62] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.Centesimus annus, 24: l.c., 821-822.

[63] Cf. Id., Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 33. 46. 51: AAS 85 (1993), 1160. 1169-1171. 1174-1175; Id.,

Discurso a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (5 octubre 1995), 3: L'Osservatore Romano,

ed. en lengua española

(13 octubre 1995), p. 7.

[64] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 47: l.c., 280-281; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 42: l.c.,

572-574.

[65] Cf. Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación 2007: AAS 99 (2007), 933-935.

[66] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 18. 59. 63-64: l.c., 419-421. 467-468. 472-475.

[67] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 5: L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (15

diciembre 2006), p. 5.

[68] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002, 4-7. 12-15: AAS 94 (2002), 134-136. 138-140;

Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 8: AAS 96 (2004), 119; Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la

Paz 2005, 4: AAS 97 (2005), 177-178; Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006, 9-10: AAS 98

(2006), 60-61; Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 5. 14: l.c., 5-6.

[69] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002, 6: l.c., 135; Benedicto XVI, Mensaje para la

Jornada Mundial de la Paz 2006, 9-10: l.c., 60-61.

[70] Cf. Homilía durante la Santa Misa en la explanada de «Isling» de Ratisbona (12 septiembre 2006): L'Osservatore

Romano, ed. en lengua española (22 septiembre 2006), pp. 9-10.

[71] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 1: l.c., 217-218.

[72] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 28: l.c., 548-550.

[73] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 19: l.c., 266-267.

[74] Ibíd., 39: l.c., 276-277.

[75] Ibíd., 75: l.c., 293-294.

[76] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 28: l.c., 238-240.

[77] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 59: l.c., 864.

[78] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 40. 85: l.c., 277. 298-299.

[79] Ibíd., 13: l.c., 263-264.

[80] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 85: AAS 91 (1999), 72-73.

[81] Cf. ibíd., 83: l.c., 70-71.

[82] Discurso en la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (22

septiembre 2006), pp. 11-13.

[83] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 33: l.c., 273-274.

[84] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2000, 15: AAS 92 (2000), 366.

[85] Catecismo de la Iglesia Católica, 407; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 25: l.c., 822-824.

[86] Cf. Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 17: AAS 99 (2007), 1000.

[87] Cf. ibíd., 23: l.c., 1004-1005.

[88] San Agustín explica detalladamente esta enseñanza en el diálogo sobre el libre albedrío (De libero arbitrio II 3, 8

ss.). Señala la existencia en el alma humana de un «sentido interior». Este sentido consiste en una acción que se

realiza al margen de las funciones normales de la razón, una acción previa a la reflexión y casi instintiva, por la que la

razón, dándose cuenta de su condición transitoria y falible, admite por encima de ella la existencia de algo externo,

absolutamente verdadero y cierto. El nombre que San Agustín asigna a veces a esta verdad interior es el de Dios

(Confesiones X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero arbitrio II 3, 8), pero más a menudo el de Cristo (De Magistro 11, 38;

Confesiones VII, 18, 24; XI, 2, 4).

[89] Carta enc. Deus caritas est, 3: l.c., 219.

[90] Cf. n. 49: l.c., 281.

[91] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 28: l.c., 827-828.

[92] Cf. n. 35: l.c., 836-838.

[93] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 38: l.c., 565-566.

[94] N. 44: l.c., 279.

[95] Cf. ibíd., 24: l.c., 269.

[96] Cf. Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.

[97] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 24: l.c., 269.

[98] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c., 832-833; Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 25:

l.c.,

269-270.

[99] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 24: l.c., 637-638.

[100] Ibíd., 15: l.c., 616-618.

[101] Carta enc. Populorum progressio, 27: l.c., 271.

[102] Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Instr. Libertatis conscientia, sobre la libertad cristiana y la liberación (22

marzo 1987), 74: AAS 79 (1987), 587.

[103] Cf. Juan Pablo II, Entrevista al periódico «La Croix», 20 de agosto de 1997.

[104] Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales (27 abril 2001): AAS 93 (2001), 598-601.

[105] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 17: l.c., 265-266.

[106] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, 5: AAS 95 (2003), 343.

[107] Cf. ibíd.

[108] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 13: l.c., 6.

[109] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.

[110] Cf., ibíd., 36-37: l.c., 275-276.

[111] Cf. ibíd., 37: l.c., 275-276.

[112] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11.

[113] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c.,

832-833.

[114] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 77: l.c., 295.

[115] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 6: AAS 82 (1990), 150.

[116] Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. - 475 a.C. ca.), Fragmento 22B124, en: H. Diels - w. kranz, Die Fragmente

der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 1952.

[117] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nn. 451-487.

[118] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 10: l.c., 152-153.

[119] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.

[120] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7: AAS 100 (2008), 41.

[121] Cf. Discurso a los miembros de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (18 abril 2008):

L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 abril 2008), pp. 10-11.

[122] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 13: l.c., 154-155.

[123] Id., Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.

[124] Ibíd., 38: l.c., 840-841;cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8: l.c., 6.

[125] Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 41: l.c., 843-845.

[126] Ibíd.

[127] Cf. Id., Carta Enc. Evangelium vitae, 20: l.c., 422-424.

[128] Carta Enc. Populorum progressio, 85: l.c., 298-299.

[129] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, 3: AAS 90 (1998), 150; Id., Discurso a los

Miembros de la Fundación «Centesimus Annus» pro Pontífice (9 mayo 1998), 2: L'Osservatore Romano, ed. en lengua

española (22 mayo 1998), p. 6; Id., Discurso a las autoridades y al Cuerpo diplomático durante el encuentro en el

«Wiener Hofburg» (20 junio 1998), 8: L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (26 junio 1998), p. 10; Id.,

Mensaje al Rector Magnífico de la Universidad Católica del Sagrado Corazón (5 mayo 2000), 6: L'Osservatore Romano,

ed. en lengua española (26 mayo 2000), p. 3.

[130] Según Santo Tomás «ratio partis contrariatur rationi personae» en III Sent d. 5, 3, 2; también: «Homo non ordinatur

ad communitatem politicam secundum se totum et secundum omnia sua» en Summa Theologiae, I-II, q. 21, a. 4., ad

3um.

[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

[132] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la VI sesión pública de las Academias Pontificias (8 noviembre 2001), 3:

L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (16 noviembre 2001), p. 7.

[133] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad

salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto 2000), 22: AAS 92 (2000), 763-764; Id., Nota doctrinal sobre algunas

cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24 noviembre 2002), 8: AAS 96

(2004), 369-370.

[134] Carta Enc. Spe salvi, 31: l.c., 1010; cf. Discurso a los participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19

octubre 2006): l.c., 8-10.

[135] Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 5: l.c., 798-800; cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la

IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19 octubre 2006): l.c., 8-10.

[136] N. 12.

[137] Cf. Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno (15 mayo 1931): AAS 23 (1931), 203; Juan Pablo II, Carta enc.

Centesimus annus, 48: l.c., 852-854; Catecismo de la Iglesia Católica, 1883.

[138] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 274.

[139] Cf. Pablo VI, Carta Enc. Populorum progressio, 10. 41: l.c., 262. 277-278.

[140] Cf. Discurso a los participantes en la sesión plenaria de la Comisión Teológica Internacional (5 octubre 2007):

L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (12 octubre 2007), p. 3; Discurso a los participantes en el Congreso

Internacional sobre «La ley moral natural» organizado por la Pontificia Universidad Lateranense (12 febrero 2007):

L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (16 febrero 2007), p. 3.

[141] Cf. Discurso a los Obispos de Tailandia en visita «ad limina apostolorum» (16 mayo 2008): L'Osservatore Romano,

ed. en lengua española (30 mayo 2008), p. 14.

[142] Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Instr. Erga migrantes caritas Christi (3

mayo 2004): AAS 96 (2004), 762-822.

[143] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 8: l.c., 594-598.

[144] Jubileo de los Trabajadores. Saludos después de la Misa (1 mayo 2000): L'Osservatore Romano, ed. en lengua

española (5 mayo 2000), p. 6.

[145] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.

[146] Cf. Discurso a los Miembros de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (18 abril 2008):

l.c., 10-11.

[147] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 293; Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la doctrina

social de la Iglesia, n. 441.

[148] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 82.

[149] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 43: l.c., 574-575.

[150] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 41: l.c., 277-278; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past, Gaudium et

spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 57.

[151] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 5: l.c., 586-589.

[152] Cf. Pablo IV, Carta apost. Octogesima adveniens, 29: l.c., 420.

[153] Cf. Discurso a los participantes en el IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana, (19 octubre 2006): l.c., 8-10; Homilía

durante la Santa Misa en la explanada de «Isling» de Ratisbona (12 septiembre 2006): l.c., 9-10.

[154] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas personae sobre algunas cuestiones de bioética (8

septiembre 2008): AAS 100 (2008), 858-887.

[155] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.

[156] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 14.

[157] Cf. n. 42: l.c., 278.

[158] Cf. Carta enc. Spe salvi, 35: l.c., 1013-1014.

[159] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 42: l.c., 278.

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