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Fuente: ACI PRENSA
Hay algunos que piensan que los católicos "adoramos" a María!
¿Es eso
cierto?
1. Desde el Designio Divino
Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel
enviado por Dios saludó a María con
estas palabras: "Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo" (Lc
1,28). Dios Padre
ha querido asociar a María a la realización de su Plan de
Reconciliación. Es así que
María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un
simple capricho o
exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de
María está
íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella "todo está referido a
Cristo",
subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le
vienen por
los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con
dones únicos
para una misión muy particular en la historia.
La cooperación de María en la obra de la Reconciliación. Para ser la
Madre del
Salvador, María fue dotada por Dios con dones a la medida de su
importante misión;
ella es la "Llena de gracia". Sin esta gracia única, María no hubiera
podido responder
a tan grande llamado. Ella es Inmaculada, libre de todo pecado original,
en virtud de
los méritos de su Hijo (LG 53).
Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra
divina que
sobrepasa toda comprensión y posibilidad humanas (Catecismo de la
Iglesia Católica
n. 497). María es, pues, una mujer muy especial, dotada por Dios para
ser Madre del
Redentor, Madre de Dios.
2. Testimonio de las Escrituras
Los Evangelios nos la presentan como activa
colaboradora en la misión de su Hijo.
En Belén da a luz a Jesús, lo presenta a los pastores, a los Magos y en
el Templo;
convive con Él treinta años en Nazareth; intercede en Caná; sufre al pie
de la cruz;
ora en el Cenáculo. Por tanto, hacer a un lado a María, separarla de
Cristo, no es lo
que la revelación enseña. Si los Reyes Magos adoraron a Jesús en brazos
de María,
¿será idolatría imitar su ejemplo?
3. En la Vida de la Iglesia
La Iglesia nos presenta a María como Abogada,
Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
"Pero todo esto ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada
nada a la dignidad
y eficacia de Cristo, único Mediador" (S. Ambrosio). La luna brilla
porque refleja la luz
del sol. La luz de la luna no quita ni añade nada a la luz del sol, sino
manifiesta su
resplandor. De la misma manera, la mediación de María depende de la de
Cristo, único
Mediador.
El culto a María está basado en estas palabras proféticas: "Todas las
generaciones me
llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso" (Lc
1, 48-49).
Ella será llamada bienaventurada, no porque su naturaleza sea divina,
sino por las
maravillas que el Poderoso hizo en ella. Así como María presentó a los
pastores al
Salvador, a los Magos al Rey, para que lo adoraran, le presentaran dones
y se alegraran
con el gozo de su venida, así el culto a la Madre hace que el Hijo sea
mejor conocido,
amado, glorificado y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus
mandamientos. María nunca
busca reducir la gloria de su propio Hijo; todo lo contrario, y así es
como lo ha entendido
la Iglesia desde los primeros siglos, cuando oraban al Señor los
discípulos en el Cenáculo
en compañía de la Virgen Madre (Hch 1,14).
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